EL PASEO
Maria Siguió
andando, un paso tras otro. Atravesó fincas de olivos y vides hasta
llegar a un cerro. Se detuvo bajo las sombras de encinas, robles y
pinos. Respiró. Estaba lejos del pueblo, de su agobio; pero no lo
suficiente.
Un
paso, otro paso, otro más. Nunca sería suficiente.
Era
un alma de ciudad. De humo. De tráfico. De edificios altos hasta el
cielo.
Los
bosques, las nubes sobre su cabeza, los arroyos que cortaban el
camino; eso no era para ella.
Un
paso, otro paso, otro más… Miró a su alrededor: árboles,
arbustos y rocas. Nada más. No sabía dónde estaba y tampoco le
importaba mucho. Había logrado su propósito: huir.
Un
relincho recorrió el bosque. Se giró buscando el origen del sonido.
Era extraño, estaba alejada del pueblo, que ella supiese no había
fincas por esa zona, claro que tampoco sabía mucho de Mombeltrán.
Sin
saber por qué se dirigió hacia el sonido, le daba igual estar
perdida en un lado que en otro. Se iba a aburrir lo mismo al norte
que al sur, y los caballos siempre le habían gustado.
Otro
relincho, esta vez más cercano. Apresuró sus pasos hasta llegar a
una alta valla que se extendía de este a oeste hasta el infinito, o
eso parecía. Supuso que se trataba de un coto privado de caza. La
cerca estaba encajada entre altos árboles, rodeando una gran
parcela, y a través de los agujeros podía ver un claro más allá
de los árboles.
Otro
relincho.
María
siguió la alambrada, buscando un lugar desde el que la vegetación
le dejara ver al dueño de tan potentes pulmones.
Unos
minutos después vio un sendero asfaltado que llevaba hasta unas
puertas de forja. Observó el lugar, alerta; no quería ver a nadie,
quería morir de aburrimiento ella sola, sin habladurías ni
murmullos; pero el camino estaba desierto y el caballo relinchaba de
nuevo.
Se
acercó con cautela, la puerta estaba cerrada con una cadena. Empujó,
el candado que debía sujetarla cayó. Lo recogió del suelo y dudó
unos segundos con él en las manos, luego lo enganchó a un eslabón
sin cerrarlo del todo y entró en la finca.
Árboles
altos y frondosos rodeaban el camino asfaltado intentando devorarlo
hasta que, pocos metros después, el sendero desaparecía y los
árboles con él. Como si hubiera sido eliminado por alguna fuerza
mágica, el bosque se abrió en un claro enorme y verde en mitad del
cerro.
Frente
a ella una alta cerca blanca formaba un círculo de unos treinta
metros de diámetro. Pegada al perímetro había una construcción de
paredes de chapa y tejado de uralita en forma de «U» invertida que
probablemente sería un establo y, unos veinticinco o treinta metros
al este, rodeada por un muro bajo hecho de piedras y elevada a medio
metro del suelo sobre una plataforma de cemento, se ubicaba una
pequeña casa rústica de tejas rojas y paredes de pino, con un
pequeño porche sobre el que destacaba una mecedora de madera.
Si
hubiera creído en los cuentos, habría pensado que estaba en la casa
de la abuelita de Caperucita Roja. Pero no creía en ellos y además
estaba aburrida.
Fijó
la mirada en el círculo blanco, donde un precioso caballo negro, de
crines largas hasta los ijares y cruz alta, con una estrella blanca
destacando en la sien y la cola ondeando al viento relinchaba alzando
la testa y arqueando el cuello. Recorría con pasos pesados el centro
del círculo y se alzaba sobre sus patas traseras en dirección a un
alazán rojizo, algo más pequeño, que pastaba tranquilo atado al
pie del cercado. Este alzó la cola y soltó un buen chorro de orina
en respuesta a su compañero. El negro corcoveó excitado, alzó el
labio superior y olisqueó el aire con movimientos casi espasmódicos.
María
se acercó como hipnotizada. Era impresionante ver a ambos corceles;
uno tan tranquilo, el otro tan nervioso y a la vez tan majestuoso y
altivo. Aferró la cerca con los dedos y apoyó la barbilla sobre las
manos, incapaz de apartar la mirada.
Ahora
el negro se aproximaba al alazán, casi podía decirse que bailaba
alrededor de él levantando los cascos, acercándose orgulloso para,
al instante siguiente, alejarse nervioso. El alazán volvió a
orinar. El negro arqueó el cuello, destacando de esta manera los
músculos duros y delineados de la cruz, a la vez que volvía a subir
el labio superior y cabeceaba en el aire con énfasis.
—¿Qué
están haciendo? —se preguntó María.
—El
semental danza para la yegua —susurró una voz ronca sobre su nuca,
a la vez que un cuerpo duro y cálido se pegaba a su espalda.
—¡Qué…!
—María intentó volverse, pero unos fuertes brazos la rodearon por
los hombros y unas manos ásperas se posaron sobre las suyas,
inmovilizándola.
—Ahora
la yegua le muestra al semental que está preparada —continuó el
desconocido haciendo caso omiso de los intentos de María por
liberarse—. Observa —ordenó.
En
ese momento el alazán separó las patas traseras y levantó durante
breves segundos la tupida cola de pelo canela, mostrando la vulva
hinchada y rojiza de una yegua. El corcel negro se volvió loco. Hizo
cabriolas, dio saltos y elevó las patas delanteras mostrando su
belleza en todo su esplendor.
—Lo
está provocando —aseveró el desconocido. Los labios susurrando en
su oído— pero el semental no se fía; conoce a las yeguas, sabe
que antes de aparearse tiene que ganársela.
El
corcel se acercó a la yegua y en ese momento ella bufó y bajó su
cola ocultando la entrada a su vagina. El negro reculó y se lanzó a
la carrera hacia el otro extremo del vallado.
—Se
rinde... —dijo María entristecida. Con un suspiro intentó volver
la cabeza y ver de quien era la voz que la mantenía inmóvil; una
voz que, estaba segura, debía de reconocer.
—No.
Se replantea el cortejo —susurró el desconocido empujando su pecho
sobre la espalda de María, obligándola a pegarse a la valla antes
de que ella pudiera verle el rostro.
María
volvió su atención al semental. Se le veía más calmado,
recorriendo pausadamente el perímetro de la cerca, ignorando a la
yegua.
—Más
bien pasa de ella —aseveró María, intentando liberar las manos
del agarre del hombre.
—No.
Están jugando, ella quiere un semental entre sus patas, pero antes
quiere un cortejo en toda regla —susurró él introduciendo uno de
sus pies entre los de ella.
—Yo
no soy una yegua que busca follar con un semental —declaró María,
sin moverse ni alzar la voz, pensando que debería intentar liberarse
de él. O, al menos, sentir miedo por la situación en la que estaba
inmersa. Pero no era así, no tenía ni pizca de miedo ni se sentía
atacada. Algo en su interior le decía que el desconocido no era tal.
—No.
No eres una yegua —aseveró él en voz baja, ocultando adrede el
tono verdadero de su voz e ignorando el resto de la frase—. Ahora
volverá a tentarle. Y así fue. La yegua volvió a miccionar y el
semental respondió con un sonoro relincho, corcoveando y hocicando
al aire.
El
desconocido presionó las manos de María sobre la valla hasta que
éstas se juntaron, luego asió ambas con una de las suyas y llevó
la otra hasta el estómago de la mujer.
María
se tensó sin saber bien por qué. El roce de sus dedos sobre la
camiseta era cálido, demasiado cálido.
«Esto
no me está pasando a mí», pensó. «No puedo estar en mitad del
campo, pegada a un tío que no sé ni cómo es, observando a un par
de caballos a punto de echar un polvo... Y con ganas de echarlo yo
misma.»
El
semental negro volvió a repetir el baile y la yegua volvió a
levantar su cola. En el momento en que él se acercó, ella la bajó
otra vez.
—Menuda
calienta pollas está hecha —comentó María apoyando la barbilla
en el dorso de la mano que sujetaba las suyas. Era morena, con uñas
cortas y limpias. Sintió sus dedos callosos acariciándole los
nudillos. «No debería estar relajada, este tipo me está seduciendo
y ni siquiera sé quién es...»
—Negro
sabe
lo que se hace, ahora es cuando va a empezar a impresionarla —susurró
él.
—Ya
veo —replicó burlona. Quería que él dejara de susurrar, que
levantara la voz hasta su tono normal. Estaba segura de que si lo
hacía le reconocería.
—No
miras adonde debes. Cualquier yegua se sentiría impresionada ante él
—aseveró el desconocido pegando su ingle a las nalgas de María
Estaba
erecto.
Ambos
machos lo estaban.
El
pene del caballo se alargaba hasta casi el corvejón, a mitad de la
pata trasera.
La
verga del desconocido se acomodaba entre las nalgas de María; dura,
gruesa, quemándola a través de la tela de los vaqueros.
María
se quedó petrificada. Debería girarse y darle una buena patada en
los cojones, pero no podía. Mentira, no quería. Hacia tanto tiempo
que nada ardía en ella, que no sentía la sangre correr alterada por
sus venas… Continuó inmóvil.
El
semental se acercó a la yegua, ésta lo ignoró; la golpeó
suavemente con la testa en los lomos, ella no se movió.
El
desconocido posó sus labios sobre la nuca de María. Ella sintió su
lengua cálida y húmeda lamiéndola en círculos, acercándose poco
a poco a la vena que le latía erráticamente en el cuello para
apretar los labios contra ella y absorber con fuerza, justo en mitad
de un latido. Un escalofrío recorrió su espalda y bajó directo
hasta su vagina.
El
semental negro tampoco se había quedado quieto. Bailaba alrededor de
la yegua, acercándose a ella para golpearla con el hocico en las
ancas para alejarse al instante en un baile frustrante que dio como
resultado que ésta apartara a un lado la cola y expusiera levemente
su vulva hinchada para volver a ocultarla al segundo siguiente. El
semental se alejó, el pene bamboleó inmenso entre sus patas
traseras cuando levantó las delanteras y lanzó un potente relincho.
El
desconocido recorrió con los dedos el camino desde el estómago a
los pechos y sostuvo el izquierdo en la palma de su mano; sus dedos
extendidos abarcaron el seno y lo tentaron suavemente, deslizándose
sobre el pezón fugazmente. María echó la cabeza hacia atrás hasta
que su mejilla encontró la del desconocido, pero él la empujó con
el mentón hasta que quedó apoyada en su hombro duro y masculino.
Luego recorrió con los labios la delicada clavícula femenina,
raspándola con su incipiente barba y mandando destellos de placer
con cada áspero roce. María cerró los ojos, frustrada por no ser
capaz de verle, de reconocer su voz.
—Abre
los ojos —ordenó él con voz enronquecida.
María
le obedeció a duras penas, sus músculos no respondían a las
órdenes de su cerebro. Las piernas estaban flojas, sin fuerzas; las
manos todavía reposaban sobre la valla, sujetas por las de él; su
pecho subía y bajaba al ritmo de su respiración errática, ansiando
un nuevo roce de sus dedos callosos.
El
semental estaba tras la yegua. Le hocicaba las ancas, empujándola y
alejándose de ella. En ese momento el alazán elevó la cola y el
semental hundió el hocico en la vulva; frotó su morro en ella,
humedeciéndolo, para separarse al instante del fruto prohibido; su
verga mostrándose en todo su esplendor.
La
mano del desconocido liberó las suyas, recorrió lentamente los
brazos y aterrizó sobre su estómago. Pero no se detuvo allí, bajó
hasta encontrar la cinturilla de los vaqueros y se coló bajo ellos,
quemándole la piel.
María
sintió los dedos recorriendo los rizos de su pubis; presionando su
vulva, húmeda al igual que la de la yegua.
«Estoy
libre, me ha soltado; debería darme la vuelta, golpearle, escapar,
salir corriendo», pensó. Pero no lo hizo, no quería hacerlo.
Se
aferró con fuerza a la cerca, los dedos temblándole de
anticipación, las rodillas débiles por la excitación, la mirada
fija en los dos corceles... Se acercaba el final.
El
semental volvió a alzar las patas delanteras. María no podía
apartar la vista de la inmensa verga negra; brillante y rígida,
larga y orgullosa, gruesa y lisa... Parecía suave. Tan suave como
las caricias de las yemas del desconocido en sus labios vaginales.
La
mano que jugaba con su pecho izquierdo se desplazó lentamente hacia
el derecho, los dedos rodearon el pezón, lo pellizcaron, tiraron de
él y sintió que la tierra sobre la que estaban posados sus pies
desaparecía, que todo su mundo giraba alrededor de las manos de
aquel hombre. La que excitaba sus pezones, la que abarcaba su vulva.
—Observa
a los caballos —ordenó él, situando un dedo a cada lado del
clítoris—. La yegua está preparada, su vagina está lubricada.
Abre las patas y levanta la cola, ofreciéndose sumisa. —Apretó
los dedos contra el clítoris y María estuvo a punto de estallar.
El
pie enfundado en la bota campera del desconocido la golpeó
suavemente en los tobillos hasta que abrió más las piernas. María
jadeó con fuerza cuando vio desaparecer su gruesa y morena muñeca
por debajo de la cinturilla de los pantalones, se olvidó de respirar
cuando sus dedos llegaron hasta la entrada de su vagina.
—¿Qué
crees que hará Negro
ahora?
—preguntó susurrando.
—No...
No lo sé... —respondió María cerrando los ojos, perdida en las
sensaciones que recorrían su cuerpo.
—Míralos
—ordenó severo.
María
obedeció. El semental se colocó tras la yegua y elevó las patas
delanteras para cubrirla, encerrándola bajo su cuerpo, sujetándola
por las ancas. La enorme y pulida verga en su máxima extensión, los
testículos hinchados balanceándose bajo su negra y tupida cola.
María
se humedeció los labios.
El
negro corcel penetró de una sola embestida la entrada rosada e
hinchada de la yegua alazana.
El
desconocido introdujo con fuerza dos dedos dentro de su vagina al
mismo tiempo que presionaba el clítoris con el pulgar.
Las
rodillas dejaron de sostenerla, pero él la sujetó por el estómago
sin dejar de bombear con los dedos en su vagina. Dentro y fuera.
Dentro y fuera. Con fuerza. Rápidamente, curvando los nudillos en
cada embestida a la vez que azotaba con el pulgar el clítoris
endurecido.
—Para...
por favor... Para... —rogó María con voz apenas audible.
El
desconocido hizo caso omiso. Pegó más su ingle a las nalgas y
comenzó a frotarse contra ella.
María
creyó que se rompería en pedazos. Él empujaba con su pene inhiesto
y sólido contra sus glúteos mientras sus dedos le invadían la
vagina sin pausa. Su pulgar recorría en apretados y húmedos
círculos el clítoris, mientras la palma de su otra mano le quemaba
el estómago.
El
aire no le llegaba a los pulmones, la sangre ardía en sus venas,
tenía los blancos de apretar la cerca y sus labios abiertos jadeaban
en busca de oxígeno.
El
semental montaba a la yegua con fuerza. Los dedos del desconocido
destrozaban los nervios de su sexo, mandando ramalazos de placer por
todo su cuerpo, llevándola hasta donde nunca había llegado.
—Esto
no está bien... —intentó razonar María al borde del orgasmo—.
No debo...
—Córrete
para mí —ordenó él—. Ahora.
María
gritó. Tembló. Cayó en un abismo que no sabía que existía.
Se
derrumbó sin fuerzas sobre la mano del desconocido, sintiendo sus
ásperos dedos entre sus pliegues más íntimos, la palma de su mano
húmeda por sus fluidos.
—Cierra
los ojos y respira —ordenó él sosteniéndola.
María
dejó caer las pestañas y se esforzó por volver a respirar con
normalidad.
El
desconocido la tumbó con suavidad sobre el suelo.
Esperó
lánguida a que él la desnudara y se la follara con la misma
intensidad con que la había masturbado, pero en vez de eso le sintió
girarse y oyó sus pasos alejarse entre los árboles.
Abrió
los ojos confundida.
El
semental pastaba tranquilo al otro lado de la valla, sus instintos
satisfechos.
La
yegua sacudía la cabeza como saliendo de un sueño.
Giró
la cabeza y buscó a su alrededor. El prado, vacío; la puerta del
establo, cerrada; la cabaña... Tal vez el desconocido había ido a
la cabaña.
Se
levantó lentamente, sus piernas aún no respondían con rapidez.
Un
paso, otro paso, otro más hasta llegar a la choza. La puerta estaba
cerrada y las ventanas tenían cortinas que le impedían ver el
interior. Estuvo a punto de golpear la puerta con los puños, pero
sabía que sería inútil. Él se había ido. Había oído sus pasos
alejándose en dirección contraria, hacia los árboles que rodeaban
el claro. No lo encontraría si él no quería. Y parecía que ése
era el caso.
—¡Cabrón!
—gritó con todas sus fuerzas—. Cabrón… —repitió entre
dientes sabiendo que no tenía derecho a insultarlo, ni siquiera a
enfadarse.
No
tenía derecho a sentirse ofendida. Él no le había obligado a hacer
nada; de hecho no había hecho nada más que dejarse llevar y aceptar
el placer que él le daba.
—Pude
haberme ido. Él me soltó, pude haber echado a correr, haber
gritado, haberme girado y verle la cara. Pero no lo hice —reconoció
para sí— ¿Por qué no lo hice?
Respiró
profundamente y se colocó la ropa. Tenía los pezones sensibles. La
vulva le latía con el recuerdo del orgasmo. Los músculos de la
vagina se le contraían involuntariamente. El clítoris ardía.
Miró
a la yegua y se acercó hasta ella. Ésta la miró curiosa.
—Nos
lo hemos pasado bien esta tarde... Espero que haya merecido la pena,
tú te quedaras aquí con tu semental, ignorando lo que te rodea; yo
volveré al pueblo y rezaré porque mi semental no se vaya de la
lengua y no me haga sentir como una puta en un sitio en el que no me
siento yo misma.
Se
dio la vuelta y se dirigió hacia el camino asfaltado, esperando que
éste llevara a alguna carretera que confluyera con la del pueblo.
Realmente no tenía ni la más remota idea de donde se encontraba.
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