EXTRAÑA CITA
El caminó hacia ella, se colocó a su espalda y se arrodilló.
—Veo que has vuelto a por más, ¿no tuviste bastante? —murmuró mientras ataba sus manos a
la espalda, obligándola a abrazar el respaldo del sillón—. Ahora, disfruta del espectáculo.
Ana, confusa, no entendía qué sucedía, ¿por qué la ataba? ¿Qué era lo que pretendía hacer?
¿Qué clase de espectáculo?
No pudo evitar sentir algo de desazón, un leve escalofrío que se apoderó de su cuerpo.
El se levantó y se dirigió al rincón más apartado de la habitación, donde apareció la otra
chica que había elegido antes que a ella. Las dudas la incomodaban, ¿qué se suponía que iban a
hacer? ¿Un trío?
La chica se acercaba gateando, el la llevaba atada con una correa alrededor de su cuello,
como si fuese su mascota. La mujer ya no llevaba el vestido, sólo la ropa interior, que era igual
que la de ella. Se parecía tanto a esa extraña que por un momento Ana creyó que estaba
viéndose a sí misma.
El soltó el pelo recogido de la otra chica y lo acarició, para desenredarlo con los dedos.
Había algo oscuro en la situación que excitaba a Ana, sentía la humedad entre sus piernas
cada vez más espesa.
En el espacio donde se desarrollaba la escena había una silla como único decorado. El
levantó a la chica del suelo e introdujo el asa de la correa por una de las patas de la silla.
—No te muevas —le ordenó, y ella se quedó quieta al instante.
Durante un momento, desapareció de la vista de Ana. El miedo regresó y ella deseó poder
llevarse las manos al estómago y salir corriendo, pero no era una posibilidad: estaba atada.
¿Qué iba a suceder a continuación? ¿Merecía tanto la pena un orgasmo a cambio de esa
incertidumbre?
A los pocos segundos, él reapareció llevando en su mano… una fusta.
Se acercó a la otra chica, que lo esperaba a cuatro patas como si fuese una perra en celo, y
golpeó su trasero con fuerza, lo que la hizo gemir.
¿Había gemido? ¿No había sentido dolor?
El miró a Ana y se percató en ese instante de que en realidad la que había gemido había
sido ella. La había excitado contemplar la escena.
A continuación, los golpes suaves se sucedieron, él se había colocado de rodillas detrás de la
mujer y, tras cada golpe de la fusta, le dedicaba un beso, una caricia, un roce con su lengua
húmeda… Cada vez que la premiaba, miraba con intensidad a Ana, que jadeaba alterada.
La humedad que destilaba su cuerpo parecía suficiente para formar un charco a sus pies, el
vestido iba a quedar inservible, pero a ella no le importaba. En realidad no le importaba nada
más que participar de una vez en el acto. Ansiosa, trataba de suplicar su deseo con sus ojos casi
ocultos por el antifaz.
—¿Te gusta? —preguntó el y, aunque la otra chica fue la que contestó, Ana tenía la
extraña sensación de que la pregunta iba dirigida a ella.
Asintió sin mover los labios. El se levantó, obligó a la chica a ponerse en pie también y
luego la colocó de rodillas sobre el asiento de la silla.
El trasero redondeado de la otra mujer quedaba expuesto a la mirada de Ana, que pudo
contemplar algunas zonas enrojecidas a través del encaje suave de la ropa interior. El
ordenó a la chica que bajara la cabeza y pusiera los brazos hacia abajo, colgando laxos sobre el
respaldo de la silla. Ana sólo podía ver su espalda y su trasero, que ahora reposaba sobre sus
propias piernas.Él se acercó entonces Ana, que esperaba su turno en tensión. Lo deseaba como nunca antes
había deseado a ningún otro hombre, tanto que no le importaba lo que hiciera con ella.
Tenía la extraña sensación de que él era capaz de hacerla llegar al orgasmo sin tocarla siquiera,
¿sería posible?
El se arrodilló frente a ella para que sus rostros quedasen a la misma altura, apoyando las
manos en el asiento del sillón y acariciando sus muslos suavemente. El cuerpo de Ana
reaccionó y a la vez que se mordía el labio inferior, dejó escapar más flujos, que se unieron a
los anteriores, humedeciendo más así su lencería, sus piernas, el sillón…
Él, despacio; arrimó su rostro al de ella y Ana notó cómo su garganta se secaba, cómo su
respiración se contraía, cómo sus pupilas se dilataban delatando el deseo que le recorría el
cuerpo.
La boca de el se acercó a la de ella, que deseaba que la poseyese de inmediato; no le
importaba cómo ni dónde, pero sí cuándo. Y lo quería ahora.
Una de sus manos se encaminó despacio hasta el centro de sus muslos, colándose bajo el
vestido para acariciar la humedad. Por un instante, el cerró los ojos y sonrió al ver lo
húmeda que estaba para él, por él. No podía negar el deseo que despertaba en su interior.
—Así que has vuelto a por más —murmuró disfrutando del momento, y se deleitó al saberse
deseado.
—Sí, —contestó ella apenas con un hilo de voz.
—Voy a tener que castigarte por desear más de lo que permito —susurró él de nuevo, y esta
vez su dedo se coló bajo las bragas.
Acariciaba su sexo mojado de arriba abajo, describiendo un profundo círculo cuando llegaba al
clítoris, arrancando jadeos desesperados que quedaban en el olvido en cuanto los dejaba
escapar, pues, tras cada jadeo, él alejaba los dedos para comenzar de nuevo la tortura.
Ana no sabía qué decir, no podía pensar, sólo sentir. ¿Cómo era posible que ese hombre le
nublase la razón?
—El castigo que te impondré por ser una niña mala será prohibirte que te corras —murmuró el.
Él no tenía ni idea del significado de sus palabras, pero ella sí. No podía, nunca había podido,
sólo con él. Él había sido su primera vez. Llevaba sufriendo el martirio de no conseguir llegar al
clímax toda su vida.
—No lo harás hasta que yo diga que puedes.
La tortura se alargaba, los dedos del hombre se perdían entre sus pliegues, acariciando su
interior, la zona donde comenzaba su ano, para de nuevo regresar al clítoris, pellizcarlo y
despojarla de voluntad.
El dejó a Ana jadeante y frustrada cuando se alejó para volver con la otra mujer, que
esperaba en la misma postura.
La torturaba mientras ella se veía obligada a presenciar la sucesión de caricias y besos que
deseaba para sí. Un placer que le pertenecía y esa mujer le estaba robando. La chica gemía y
jadeaba sin tapujos, aceptando todo el placer que el tenía a bien regalarle.
Ana observó cómo los dedos de él penetraban en el sexo de la otra chica, que se retorcía
sobre la silla por el placer, los introducía para volver a sacarlos, dar para después quitar.
Sentía que iba a morir de deseo, anhelaba con todas sus fuerzas que la otra mujer
desapareciera. Sólo quería ser suya, para eso había pagado, para poder estar con él otra noche,
unas horas…, pero sólo para ella. No quería compartirlo.
El se desnudó dejando su escultural cuerpo a la vista de ambas mujeres, que ardían de
pasión al ver el miembro erecto de su amo. Él otorgó el privilegio de ser la primera a la chica,
rozando su pene por su espalda, que jadeaba sin parar.
Se colocó tras el respaldo de la silla, lo que lo dejaba justo frente a Ana. La otra chica lo tenía justo delante, podía tocarlo, olerlo…, y Ana sintió envidia. Deseaba su polla. Dentro de ella.
Dándole placer.
—Come —ordenó el a la otra mujer, que alzó el rostro y comenzó a lamer su sexo.
Él no dejaba de mirarla con intensidad; no cerró los ojos, aunque el deseo le nublaba la mirada,
haciéndola más oscura.
A continuación, agarró a la chica por el pelo y tiró de él con fuerza. Ella no protestó, sino que
continuó acariciando el miembro del hombre a la vez que lo lamía desesperada. Luego lo retuvo
dentro de su boca con movimientos rítmicos que la hicieron balancearse sobre la silla, que
emitía un leve crujido ronco, una sutil protesta.
El suspiraba, jadeaba, gemía…, y no dejaba de mirarla ni una sola vez.
—Lo haces muy bien —musitó.
Pero de nuevo Ana tuvo la extraña sensación que en realidad se dirigía a ella, que soportaba
la visión sin emitir ninguna protesta. Sin exigir, a pesar de estar segura de que iba a explotar de
un momento a otro si no la satisfacía.
—Tócate —le ordenó él entonces a la chica, que inmediatamente usó una mano para
acariciarse mientras mantenía el ritmo, mientras lo lamía y lo saboreaba.
Las caricias se hicieron eternas, Ana no sabía cuánto tiempo había pasado, pero no podía
soportarlo más. Sentía que iba a desfallecer, necesitaba tanto el alivio…
—Ahora es tu momento, córrete para mí —exigió él a la chica, que dejó su boca libre de su
miembro y elevó la cara mientras él pellizcaba sus pezones enhiestos, y se corrió
usando sus propios dedos, procurándose placer.
Ana jadeaba y gemía descontrolada desde su sillón. Si no la dejaba salir de allí, iba a prender
fuego a la tapicería.
Una vez que la otra chica estuvo satisfecha, el se alejó de ella.
—Ahora mirarás tú —la informó—. Como te has portado muy bien, voy a permitir que te
masturbes de nuevo mientras nos miras y vuelvas a correrte.
La chica asintió aún jadeante, con el pelo largo revuelto y alborotado.
El se aproximó a Ana. Todavía no podía creer la suerte que había tenido después de
dejarla en la sala de personal a punto de caramelo para que sufriera y anhelara entregarse a él
porque lo deseara y no por querer conseguir el ascenso. No había podido relajarse y hacer
desaparecer la erección que durante el resto del día había tratado de disimular. Ahora, la tenía
allí, toda para él.. Quería alargar el momento, la excitación, el deseo…, necesitaba poseerla para
saber si lo que había sentido con ella esa primera vez volvía a repetirse pero, al mismo tiempo,
temía que esa sensación hubiese sido tan sólo algo efímero que se hubiera desvanecido con la
misma facilidad con la que había surgido.
Su paso lento permitió que Ana disfrutara de él en todo su esplendor. A continuación, su polla
erecta e inflamada comenzó a pasearse por su boca rozando sus labios, deslizándose hacia los
pechos, que bajo la suave tela del vestido se elevaron, esperando más caricias que no llegaron
porque su miembro siguió su camino hasta detenerse en su estómago.Ana no podía dejar de
jadear, sentía cómo los flujos de el se repartían por todo su cuerpo; era algo nuevo, algo que
nunca antes había experimentado, y la excitaba hasta enloquecer.
Sin desatarle las manos, él la levantó, dejando que sus brazos desnudos acariciaran el respaldo
del sofá, y la llevó hasta la cama, donde la depositó suavemente boca arriba. Con sus fuertes
manos, agarró el vestido y lo rasgó sin compasión, descubriendo su ropa interior.
Ana lo miró un instante, seguía sin poder ver bien su rostro, pero era un hombre atractivo de
una manera salvaje, animal, y él era consciente de ello.
La acarició mientras su sexo seguía rozando la piel por donde se paseaba transmitiendo su
calor, tan abrasador como el de ella.
—Estás siendo muy buena y obediente. Eres mía, te he marcado, ahora me perteneces. Y todo lo mío lo cuido, así que voy a hacer que estalles de placer.
Ana no pudo decir nada, la boca de él se tragó la suya. La poseyó ferozmente, su lengua
entraba y salía, la lamía y saboreaba mientras sus manos arañaban, pellizcaban y acariciaban
cada centímetro de piel.
El arrancó la ropa interior de la mujer que lo volvía loco; el ruido al rasgarse la excitó, pudo
verlo. Introdujo los dedos dentro de ella para acariciar su interior y sentirla desesperarse por
más.
—Así me gusta, me complace saber que estás preparada para mí. Sólo para mí.
—Sólo para ti —murmuró Ana fuera de sí.
El no sabía cuánta verdad encerraban esas palabras.
—A partir de hoy, sólo vas a correrte conmigo, con ningún otro —dijo sin pensar.
De nuevo, sus palabras guardaban una verdad de la que él no era consciente.
—Sí, mi amo —contestó ella sin aliento.
Por alguna extraña razón, eso le agradó. La levantó y la colocó de espaldas, sobre sus piernas,
apartó sus bragas mojadas a un lado y, sin previo aviso, la penetró hasta el fondo con una única
y fuerte embestida que la hizo aullar, que la llenó, que logró que perdiese el sentido, la razón, y
consiguió que todo quedase oculto bajo una espesa bruma de deseo que se había adueñado de
su mente y de su cuerpo.
Todo el pasado, todo el dolor, el miedo, la culpa, la decepción… se habían desvanecido. Sólo
existía él moviéndose con fuerza dentro de ella, golpeando su trasero y excitándola más.
—Ahora quiero que te toques mientras sigo follándote,mein Stern—ordenó el con su
ronca entonación, que en ese momento se acentuó al comenzar a hablarle en una lengua que
no entendía.
La desató desesperado mientras se movía rápido dentro de ella y agarraba su trasero con
fuerza entre las manos. Antes de llegar a correrse, oyeron de fondo los gemidos de la otra
mujer, a la que habían olvidado, que alcanzaba su segundo orgasmo.
Ana arqueó la espalda y apoyó las palmas, ahora libres, sobre el colchón, arrancando las
sábanas, retorciéndolas entre sus dedos. De nuevo sabía que esa sensación poderosa iba a
llegar, obligándola a gritar por más, deseando que no acabase, que no se desvaneciera.
—Córrete para mí,mein Stern, vamos, preciosa. Dámelo, grita tu placer para que pueda llenar tu
coño con mi leche —jadeó él desesperado.
Al oírlo tan fuera de sí como ella misma, Ana no pudo contenerse más. Esas palabras, que la
habrían avergonzado en otra situación, la volvieron loca, y el orgasmo llegó arrasándola,
dejándola vacía y llena, aliviada y asustada…
Junto con sus gritos, llegaron los gruñidos de el. Podía sentirlo dentro de ella, vaciándose,
llenándola con su simiente tal como había prometido. Sus manos apretaron sus nalgas con
fuerza, casi era doloroso, pero no le molestaba; le gustaba sentir que había perdido el juicio por
ella.
—Veo que has vuelto a por más, ¿no tuviste bastante? —murmuró mientras ataba sus manos a
la espalda, obligándola a abrazar el respaldo del sillón—. Ahora, disfruta del espectáculo.
Ana, confusa, no entendía qué sucedía, ¿por qué la ataba? ¿Qué era lo que pretendía hacer?
¿Qué clase de espectáculo?
No pudo evitar sentir algo de desazón, un leve escalofrío que se apoderó de su cuerpo.
El se levantó y se dirigió al rincón más apartado de la habitación, donde apareció la otra
chica que había elegido antes que a ella. Las dudas la incomodaban, ¿qué se suponía que iban a
hacer? ¿Un trío?
La chica se acercaba gateando, el la llevaba atada con una correa alrededor de su cuello,
como si fuese su mascota. La mujer ya no llevaba el vestido, sólo la ropa interior, que era igual
que la de ella. Se parecía tanto a esa extraña que por un momento Ana creyó que estaba
viéndose a sí misma.
El soltó el pelo recogido de la otra chica y lo acarició, para desenredarlo con los dedos.
Había algo oscuro en la situación que excitaba a Ana, sentía la humedad entre sus piernas
cada vez más espesa.
En el espacio donde se desarrollaba la escena había una silla como único decorado. El
levantó a la chica del suelo e introdujo el asa de la correa por una de las patas de la silla.
—No te muevas —le ordenó, y ella se quedó quieta al instante.
Durante un momento, desapareció de la vista de Ana. El miedo regresó y ella deseó poder
llevarse las manos al estómago y salir corriendo, pero no era una posibilidad: estaba atada.
¿Qué iba a suceder a continuación? ¿Merecía tanto la pena un orgasmo a cambio de esa
incertidumbre?
A los pocos segundos, él reapareció llevando en su mano… una fusta.
Se acercó a la otra chica, que lo esperaba a cuatro patas como si fuese una perra en celo, y
golpeó su trasero con fuerza, lo que la hizo gemir.
¿Había gemido? ¿No había sentido dolor?
El miró a Ana y se percató en ese instante de que en realidad la que había gemido había
sido ella. La había excitado contemplar la escena.
A continuación, los golpes suaves se sucedieron, él se había colocado de rodillas detrás de la
mujer y, tras cada golpe de la fusta, le dedicaba un beso, una caricia, un roce con su lengua
húmeda… Cada vez que la premiaba, miraba con intensidad a Ana, que jadeaba alterada.
La humedad que destilaba su cuerpo parecía suficiente para formar un charco a sus pies, el
vestido iba a quedar inservible, pero a ella no le importaba. En realidad no le importaba nada
más que participar de una vez en el acto. Ansiosa, trataba de suplicar su deseo con sus ojos casi
ocultos por el antifaz.
—¿Te gusta? —preguntó el y, aunque la otra chica fue la que contestó, Ana tenía la
extraña sensación de que la pregunta iba dirigida a ella.
Asintió sin mover los labios. El se levantó, obligó a la chica a ponerse en pie también y
luego la colocó de rodillas sobre el asiento de la silla.
El trasero redondeado de la otra mujer quedaba expuesto a la mirada de Ana, que pudo
contemplar algunas zonas enrojecidas a través del encaje suave de la ropa interior. El
ordenó a la chica que bajara la cabeza y pusiera los brazos hacia abajo, colgando laxos sobre el
respaldo de la silla. Ana sólo podía ver su espalda y su trasero, que ahora reposaba sobre sus
propias piernas.Él se acercó entonces Ana, que esperaba su turno en tensión. Lo deseaba como nunca antes
había deseado a ningún otro hombre, tanto que no le importaba lo que hiciera con ella.
Tenía la extraña sensación de que él era capaz de hacerla llegar al orgasmo sin tocarla siquiera,
¿sería posible?
El se arrodilló frente a ella para que sus rostros quedasen a la misma altura, apoyando las
manos en el asiento del sillón y acariciando sus muslos suavemente. El cuerpo de Ana
reaccionó y a la vez que se mordía el labio inferior, dejó escapar más flujos, que se unieron a
los anteriores, humedeciendo más así su lencería, sus piernas, el sillón…
Él, despacio; arrimó su rostro al de ella y Ana notó cómo su garganta se secaba, cómo su
respiración se contraía, cómo sus pupilas se dilataban delatando el deseo que le recorría el
cuerpo.
La boca de el se acercó a la de ella, que deseaba que la poseyese de inmediato; no le
importaba cómo ni dónde, pero sí cuándo. Y lo quería ahora.
Una de sus manos se encaminó despacio hasta el centro de sus muslos, colándose bajo el
vestido para acariciar la humedad. Por un instante, el cerró los ojos y sonrió al ver lo
húmeda que estaba para él, por él. No podía negar el deseo que despertaba en su interior.
—Así que has vuelto a por más —murmuró disfrutando del momento, y se deleitó al saberse
deseado.
—Sí, —contestó ella apenas con un hilo de voz.
—Voy a tener que castigarte por desear más de lo que permito —susurró él de nuevo, y esta
vez su dedo se coló bajo las bragas.
Acariciaba su sexo mojado de arriba abajo, describiendo un profundo círculo cuando llegaba al
clítoris, arrancando jadeos desesperados que quedaban en el olvido en cuanto los dejaba
escapar, pues, tras cada jadeo, él alejaba los dedos para comenzar de nuevo la tortura.
Ana no sabía qué decir, no podía pensar, sólo sentir. ¿Cómo era posible que ese hombre le
nublase la razón?
—El castigo que te impondré por ser una niña mala será prohibirte que te corras —murmuró el.
Él no tenía ni idea del significado de sus palabras, pero ella sí. No podía, nunca había podido,
sólo con él. Él había sido su primera vez. Llevaba sufriendo el martirio de no conseguir llegar al
clímax toda su vida.
—No lo harás hasta que yo diga que puedes.
La tortura se alargaba, los dedos del hombre se perdían entre sus pliegues, acariciando su
interior, la zona donde comenzaba su ano, para de nuevo regresar al clítoris, pellizcarlo y
despojarla de voluntad.
El dejó a Ana jadeante y frustrada cuando se alejó para volver con la otra mujer, que
esperaba en la misma postura.
La torturaba mientras ella se veía obligada a presenciar la sucesión de caricias y besos que
deseaba para sí. Un placer que le pertenecía y esa mujer le estaba robando. La chica gemía y
jadeaba sin tapujos, aceptando todo el placer que el tenía a bien regalarle.
Ana observó cómo los dedos de él penetraban en el sexo de la otra chica, que se retorcía
sobre la silla por el placer, los introducía para volver a sacarlos, dar para después quitar.
Sentía que iba a morir de deseo, anhelaba con todas sus fuerzas que la otra mujer
desapareciera. Sólo quería ser suya, para eso había pagado, para poder estar con él otra noche,
unas horas…, pero sólo para ella. No quería compartirlo.
El se desnudó dejando su escultural cuerpo a la vista de ambas mujeres, que ardían de
pasión al ver el miembro erecto de su amo. Él otorgó el privilegio de ser la primera a la chica,
rozando su pene por su espalda, que jadeaba sin parar.
Se colocó tras el respaldo de la silla, lo que lo dejaba justo frente a Ana. La otra chica lo tenía justo delante, podía tocarlo, olerlo…, y Ana sintió envidia. Deseaba su polla. Dentro de ella.
Dándole placer.
—Come —ordenó el a la otra mujer, que alzó el rostro y comenzó a lamer su sexo.
Él no dejaba de mirarla con intensidad; no cerró los ojos, aunque el deseo le nublaba la mirada,
haciéndola más oscura.
A continuación, agarró a la chica por el pelo y tiró de él con fuerza. Ella no protestó, sino que
continuó acariciando el miembro del hombre a la vez que lo lamía desesperada. Luego lo retuvo
dentro de su boca con movimientos rítmicos que la hicieron balancearse sobre la silla, que
emitía un leve crujido ronco, una sutil protesta.
El suspiraba, jadeaba, gemía…, y no dejaba de mirarla ni una sola vez.—Lo haces muy bien —musitó.
Pero de nuevo Ana tuvo la extraña sensación que en realidad se dirigía a ella, que soportaba
la visión sin emitir ninguna protesta. Sin exigir, a pesar de estar segura de que iba a explotar de
un momento a otro si no la satisfacía.
—Tócate —le ordenó él entonces a la chica, que inmediatamente usó una mano para
acariciarse mientras mantenía el ritmo, mientras lo lamía y lo saboreaba.
Las caricias se hicieron eternas, Ana no sabía cuánto tiempo había pasado, pero no podía
soportarlo más. Sentía que iba a desfallecer, necesitaba tanto el alivio…
—Ahora es tu momento, córrete para mí —exigió él a la chica, que dejó su boca libre de su
miembro y elevó la cara mientras él pellizcaba sus pezones enhiestos, y se corrió
usando sus propios dedos, procurándose placer.
Ana jadeaba y gemía descontrolada desde su sillón. Si no la dejaba salir de allí, iba a prender
fuego a la tapicería.
Una vez que la otra chica estuvo satisfecha, el se alejó de ella.
—Ahora mirarás tú —la informó—. Como te has portado muy bien, voy a permitir que te
masturbes de nuevo mientras nos miras y vuelvas a correrte.
La chica asintió aún jadeante, con el pelo largo revuelto y alborotado.
El se aproximó a Ana. Todavía no podía creer la suerte que había tenido después de
dejarla en la sala de personal a punto de caramelo para que sufriera y anhelara entregarse a él
porque lo deseara y no por querer conseguir el ascenso. No había podido relajarse y hacer
desaparecer la erección que durante el resto del día había tratado de disimular. Ahora, la tenía
allí, toda para él.. Quería alargar el momento, la excitación, el deseo…, necesitaba poseerla para
saber si lo que había sentido con ella esa primera vez volvía a repetirse pero, al mismo tiempo,
temía que esa sensación hubiese sido tan sólo algo efímero que se hubiera desvanecido con la
misma facilidad con la que había surgido.
Su paso lento permitió que Ana disfrutara de él en todo su esplendor. A continuación, su polla
erecta e inflamada comenzó a pasearse por su boca rozando sus labios, deslizándose hacia los
pechos, que bajo la suave tela del vestido se elevaron, esperando más caricias que no llegaron
porque su miembro siguió su camino hasta detenerse en su estómago.Ana no podía dejar de
jadear, sentía cómo los flujos de el se repartían por todo su cuerpo; era algo nuevo, algo que
nunca antes había experimentado, y la excitaba hasta enloquecer.
Sin desatarle las manos, él la levantó, dejando que sus brazos desnudos acariciaran el respaldo
del sofá, y la llevó hasta la cama, donde la depositó suavemente boca arriba. Con sus fuertes
manos, agarró el vestido y lo rasgó sin compasión, descubriendo su ropa interior.
Ana lo miró un instante, seguía sin poder ver bien su rostro, pero era un hombre atractivo de
una manera salvaje, animal, y él era consciente de ello.
La acarició mientras su sexo seguía rozando la piel por donde se paseaba transmitiendo su
calor, tan abrasador como el de ella.
—Estás siendo muy buena y obediente. Eres mía, te he marcado, ahora me perteneces. Y todo lo mío lo cuido, así que voy a hacer que estalles de placer.
Ana no pudo decir nada, la boca de él se tragó la suya. La poseyó ferozmente, su lengua
entraba y salía, la lamía y saboreaba mientras sus manos arañaban, pellizcaban y acariciaban
cada centímetro de piel.
El arrancó la ropa interior de la mujer que lo volvía loco; el ruido al rasgarse la excitó, pudo
verlo. Introdujo los dedos dentro de ella para acariciar su interior y sentirla desesperarse por
más.
—Así me gusta, me complace saber que estás preparada para mí. Sólo para mí.
—Sólo para ti —murmuró Ana fuera de sí.
El no sabía cuánta verdad encerraban esas palabras.
—A partir de hoy, sólo vas a correrte conmigo, con ningún otro —dijo sin pensar.
De nuevo, sus palabras guardaban una verdad de la que él no era consciente.
—Sí, mi amo —contestó ella sin aliento.
Por alguna extraña razón, eso le agradó. La levantó y la colocó de espaldas, sobre sus piernas,
apartó sus bragas mojadas a un lado y, sin previo aviso, la penetró hasta el fondo con una única
y fuerte embestida que la hizo aullar, que la llenó, que logró que perdiese el sentido, la razón, y
consiguió que todo quedase oculto bajo una espesa bruma de deseo que se había adueñado de
su mente y de su cuerpo.
Todo el pasado, todo el dolor, el miedo, la culpa, la decepción… se habían desvanecido. Sólo
existía él moviéndose con fuerza dentro de ella, golpeando su trasero y excitándola más.
—Ahora quiero que te toques mientras sigo follándote,mein Stern—ordenó el con su
ronca entonación, que en ese momento se acentuó al comenzar a hablarle en una lengua queno entendía.
La desató desesperado mientras se movía rápido dentro de ella y agarraba su trasero con
fuerza entre las manos. Antes de llegar a correrse, oyeron de fondo los gemidos de la otra
mujer, a la que habían olvidado, que alcanzaba su segundo orgasmo.
sábanas, retorciéndolas entre sus dedos. De nuevo sabía que esa sensación poderosa iba a
llegar, obligándola a gritar por más, deseando que no acabase, que no se desvaneciera.
—Córrete para mí,mein Stern, vamos, preciosa. Dámelo, grita tu placer para que pueda llenar tu
coño con mi leche —jadeó él desesperado.
Al oírlo tan fuera de sí como ella misma, Ana no pudo contenerse más. Esas palabras, que la
habrían avergonzado en otra situación, la volvieron loca, y el orgasmo llegó arrasándola,
dejándola vacía y llena, aliviada y asustada…
Junto con sus gritos, llegaron los gruñidos de el. Podía sentirlo dentro de ella, vaciándose,
llenándola con su simiente tal como había prometido. Sus manos apretaron sus nalgas con
fuerza, casi era doloroso, pero no le molestaba; le gustaba sentir que había perdido el juicio por
ella.




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