LA ENTREVISTA
De rodillas –dijo sin titubear.
Me arrodillé y él se quitó el cinturón y
me lo puso debajo de los senos,
apretando mi cintura y resaltando más
mis pechos. Luego se desabotono el
pantalón y se bajó el cierre. Aun con los
pantalones puestos, se sacó su falo.
– De esto depende tu trabajo, así que
más vale que superes a todos esos
hombres que tienen un mejor currículo
que el tuyo, que tienen años de
experiencia y a los que seguramente los
obreros seguirían como su jefe –
sentencio.
Me sentí usada, degradadada, entre otras
cosas; sin embargo, eso provocó que en
mi interior se creara un fuego ardiente,
capaz de pulverizarme ahí mismo.
Temblorosa me acerque a él y tome su
pené con adoración.
Había hecho antes felaciones, sobre
todo a Santiago. Me encantaba el
miembro de Santiago, y por eso siempre
me decía que lo hacía bien, porque me
gustaba complacerlo porque así
encontraba mi placer.
Pero el pené de este desconocido… no
me impulsaba a hacer lo mismo que el
de Santiago. Las sensaciones eran
distintas. Con Santiago quería
complacerlo a él y hacía lo que él
quería, pero con el de recursos
humanos… quería hacer lo que yo
quería.
No era un hombre, pero me imaginaba
siempre que es lo que a ellos les
excitaba y estaba dispuesta a ponerlo en
práctica.
Puse mi boca en la punta de su pené y
me entretuve ahí un rato, haciendo que él
se acostumbrara al calor de mi boca.
Sentí unas ligeras vibraciones, así que
continué.
Desplacé una mano hasta la base de su
falo y apreté un poco, lo justo para que
no se viniera hasta que yo lo decidiera,
o al menos eso había leído en algún
lado.
Con la otra mano, comencé a
masturbarlo, mientras que mi boca
abarca todo lo que podía y succionaba
todo ese miembro delicioso.
Seguí con mi tarea, entusiasmada y
totalmente comprometida. Por un
momento, iba lentamente y otras
ocasiones, ponía todo mi empeño.
Pasaba mi lengua por toda su longitud,
como si se tratara de una paleta.
Apretaba más fuerte su base con tal de
no hacer que se viniera.
Cada vez sentía más cerca su orgasmo,
y pensaba bañarme con toda esa leche.
– Basta –me dijo apartando mi cara de
su miembro.
Le pegó una de mis senos y yo chillé,
no por el dolor, sino porque había
tenido un pequeño y brutal orgasmo.
Hace unos días había conocido la
verdad del porque yo alcanzaba los
orgasmos con sólo unos toques, y era
por el simple hecho que mi mente era
más sucia y pervertida que la del común
denominador de mujeres. Todas ellas no
se ponen a pensar en el sexo, en lo sucio
e increíble que puede ser, pero yo lo
hago, y por esa razón es que no me
cuesta tenerlos.
– Levantate –dijo tomando el cinturón
que estaba enrollado en mi cintura y
apretando un poco más el objeto.
Sentí como mis pechos se erguían más.
Me levante y él me tiró hacia el
escritorio y acomodo mis piernas para
que estuviera lo más abierta posible.
– Me encanta cuando las mujeres se
excitan –dijo–. Hasta el aroma de una
habitación cambia.
Olió mi sexo y pude notar como lo
disfrutaba.
Quizás yo no era la única degenerada
en la habitación, de eso estaba segura.
Metió dos dedos de una sola vez en mi
vagina, sin previo aviso. Debo admitir
que me dolió, pero me gustaba ese
dolor.
– Callada –me reprendió cuando solté
un alarido.
Asentí con la cabeza.
Comenzó a sacar y meter los dedos
rápidamente,
yo estaba hipnotizada con
su mano, que salía y entraba dentro de
mi campo de visión.
Metió un tercer dedo y bajo su cabeza
para poder lamer y succionar mi clítoris
sin consideración.
Agarre el borde del escritorio
fuertemente y trate de resistir las ganas
de cerrar las piernas cuando el orgasmo
me atacó. Aluciné ese instante. Estaba
perdida. Toque las estrellas y las pude
apreciar.
Siguió sin ninguna compasión,
atacando mi sexo.
– Quiero que ruegues para que pare –
dijo enojado, separándose un poco de
mí–. ¡Quiero más de ti!
Sus dedos dentro de mí, encontraron
mi punto “g” y él lo supo. Atacó
indiscriminadamente mi interior y llegue
a mi segundo orgasmo. Esta vez no pude
dejar mis piernas abiertas y las cerré
presionando, sin querer, su cabeza en mi
clítoris.
Creí que moriría en ese instante, ya
que no veía; todo era oscuro aunque
tenía los ojos abiertos. La voz no me
salía aunque estaba segura que estaba
tratando de gritar. Temblaba y no
escuchaba nada, ni siquiera mi corazón.
Él paró.
Cansada, me desparrame
completamente.
– Ahora viene lo mejor –dijo
maliciosamente.
– No –grite asustada–, no creo
aguantar.
Realmente estaba asustada.
Todavía no podía ver bien, no
enfocaba del todo. Era como estar
viendo una foto tomada con una cámara
de bajo pixelaje.
Los oídos me zumbaban.
Y sobre todo, no podía mover casi los
músculos.
Lejos de ser un buen orgasmo… se
convirtió en mi peor orgasmo. No sabía
cómo eso había ocurrido, pero lo había
logrado, había hecho de esto una mala
experiencia.
– ¿Quieres el trabajo? –preguntó
molesto.
– Claro –tartamudee insegura.
– Entonces podrás –aseguro y luego, de
una sola estocada, metió en mí, su erecto
pené.
Sentí como se me hubieran metido una
espada
en llamas y no pude evitar gritar.
Él me pegó una bofetada.
– Callada –dijo con la mandíbula
apretada.
Estaba segura que esto era lo más
cerca que podría estar de una violación,
aunque fuera consentida, mi cuerpo sentí
como si lo estuvieran violando, pero eso
hizo que me humedeciera en
sobremanera.
No sabía cómo, mi mente estaba
confundida, realmente confundida, pero
por lo visto mi cuerpo no.
Mi teoría sobre el por qué tenía
rápidamente orgasmos estaba a punto de
ser derrumbada.
No era yo, era mi cuerpo.
Me dejé llevar por las sensaciones, no
tenía de otra.
Y luego vino a mí una idea: ¡Quería
ser violada por este hombre! ¡Quería
dejar que me manipulara a su antojo!
Él froto fuertemente mi clítoris y
llegue a un tercer orgasmo, igual de
devastador que el anterior.
Pero esta vez, me desmaye.
Cuando me desperté, tenía su pené en
mi boca, estaba dejando todo ese semen
caliente en mi garganta, ya que lo tenía
tan dentro de mi boca que me provocaba
ahorcadas.
No sabía que había sucedido conmigo
en todo ese tiempo, y una sensación de
pánico me embargo.
Trague rápidamente y trate de no
ahogarme.
Una vez terminó de descargarse en mí,
apretó mi cuello y dijo:
– El trabajo es tuyo, perra –y me
escupió en la cara.
Temblaba completamente y me dolía
todo.
¡Realmente había sido violada!
Y no me gustaba, para nada me
gustaba.
Me caí al suelo cuando me intente
levantarme.
Trate de recoger mi ropa, pero mis
músculos no tenían fuerza.
– Espero que te guste lo que he hecho
contigo –se ajustó la corbata y me quitó
el cinturón de la cintura, luego me pegó
en un pecho con el cinturón y se lo
puso–. Como lo has hecho tan bien, te
daré el mejor de los dos trabajos que
teníamos vacantes. Además, ya sabes,
cuando quieras me puedes venir a
buscar –me guiño el ojo.
– Eso no fue sexo, fue violación –dije
indignada.
– No es así –replicó moviendo la
cabeza–. Nunca me pediste que parará,
lo querías así, lo querías rudo y sin
poder defenderte, el hecho de que ahora
te sientas indefensa no quiere decir que
fuera de otra forma. Además, ¿piensas
que todos los hombres te tratarán con
respeto y te harán el amor? Eres una
ilusa si piensas así –trate de hablar pero
él siguió–. No puedes creer que te
saldrás siempre con la tuya, que tratarás
a los hombres como quieras, mientras
enseñas todo tu cuerpo de esa manera.
Lo siento, pero si quieres estar en este
mundo, que sigue siendo machista,
tendrás que aparentar ser una dama para
que te traten de esa manera, o por lo
menos decir cuando no quieres algo –se
dio vuelta y se sentó en su escritorio.
Estaba confusa.
Realmente nunca dije que no, nunca lo
detuve.
Había dicho que parara cuando me iba
a meter su pené, pero no lo detuve
después de eso, lo dejé entrar en mí.
No era una violación, sólo sexo
salvaje, realmente salvaje, no como
esos que había visto en tantas películas
porno, o ese que había experimentado
con aquel chico en el callejón.
Sentí mis piernas totalmente húmedas,
y estaba segura que era mía toda esa
humedad.
Quizás él tenía razón y me había
gustado, pero mi cerebro se había
negado creerlo.
– ¿Tienes algo con que limpiarme? –
pregunte.
– Mi lengua, cariño –se burló.
– Hazlo –le dije, aunque después me di
cuenta de lo que pedía, pedía más y más.
– Me gusta tu sentido del humor –dijo
levantándose de su silla y mirándome
desde su altura.
Me sentí insignificante a la par de ese
hombre.
Fue una sensación rara, pero me hizo
darme cuenta de que tan loca estaba.
Estaba mal si pensaba dejarme tocar
por ese hombre de nuevo. Estaba más
que loca si quería otro orgasmo.
– Está bien –accedió–. Pero esta vez
seré cuidadoso, no quiero que te vuelvas
a desmayar, no es mi estilo follar con
mujeres inconscientes, por suerte ya
estaba a punto de terminar –explicó.
– ¿Cuánto tiempo estuve desmayada? –
me anime a preguntar.
– Ni un segundo –respondió riendo.
Abrió mis débiles piernas y poco a
poco fue lamiendo todos mis jugos.
– No fue una violación ¿no? –pregunte
humillada por mi comportamiento.
– No, no lo fue. Y no debes sentirte
mal por querer algo que ahora se ve
como malo. Querer ser objeto de un
hombre no es malo –dijo sobando mi
pezón cariñosamente.
–
Me arrodillé y él se quitó el cinturón y
me lo puso debajo de los senos,
apretando mi cintura y resaltando más
mis pechos. Luego se desabotono el
pantalón y se bajó el cierre. Aun con los
pantalones puestos, se sacó su falo.
– De esto depende tu trabajo, así que
más vale que superes a todos esos
hombres que tienen un mejor currículo
que el tuyo, que tienen años de
experiencia y a los que seguramente los
obreros seguirían como su jefe –
sentencio.
Me sentí usada, degradadada, entre otras
cosas; sin embargo, eso provocó que en
mi interior se creara un fuego ardiente,
capaz de pulverizarme ahí mismo.
Temblorosa me acerque a él y tome su
pené con adoración.
Había hecho antes felaciones, sobre
todo a Santiago. Me encantaba el
miembro de Santiago, y por eso siempre
me decía que lo hacía bien, porque me
gustaba complacerlo porque así
encontraba mi placer.
Pero el pené de este desconocido… no
me impulsaba a hacer lo mismo que el
de Santiago. Las sensaciones eran
distintas. Con Santiago quería
complacerlo a él y hacía lo que él
quería, pero con el de recursos
humanos… quería hacer lo que yo
quería.
No era un hombre, pero me imaginaba
siempre que es lo que a ellos les
excitaba y estaba dispuesta a ponerlo en
práctica.
Puse mi boca en la punta de su pené y
me entretuve ahí un rato, haciendo que él
se acostumbrara al calor de mi boca.
Sentí unas ligeras vibraciones, así que
continué.
Desplacé una mano hasta la base de su
falo y apreté un poco, lo justo para que
no se viniera hasta que yo lo decidiera,
o al menos eso había leído en algún
lado.
Con la otra mano, comencé a
masturbarlo, mientras que mi boca
abarca todo lo que podía y succionaba
todo ese miembro delicioso.
Seguí con mi tarea, entusiasmada y
totalmente comprometida. Por un
momento, iba lentamente y otras
ocasiones, ponía todo mi empeño.
Pasaba mi lengua por toda su longitud,
como si se tratara de una paleta.
Apretaba más fuerte su base con tal de
no hacer que se viniera.
Cada vez sentía más cerca su orgasmo,
y pensaba bañarme con toda esa leche.
– Basta –me dijo apartando mi cara de
su miembro.
Le pegó una de mis senos y yo chillé,
no por el dolor, sino porque había
tenido un pequeño y brutal orgasmo.
Hace unos días había conocido la
verdad del porque yo alcanzaba los
orgasmos con sólo unos toques, y era
por el simple hecho que mi mente era
más sucia y pervertida que la del común
denominador de mujeres. Todas ellas no
se ponen a pensar en el sexo, en lo sucio
e increíble que puede ser, pero yo lo
hago, y por esa razón es que no me
cuesta tenerlos.
– Levantate –dijo tomando el cinturón
que estaba enrollado en mi cintura y
apretando un poco más el objeto.
Sentí como mis pechos se erguían más.
Me levante y él me tiró hacia el
escritorio y acomodo mis piernas para
que estuviera lo más abierta posible.
– Me encanta cuando las mujeres se
excitan –dijo–. Hasta el aroma de una
habitación cambia.
Olió mi sexo y pude notar como lo
disfrutaba.
Quizás yo no era la única degenerada
en la habitación, de eso estaba segura.
Metió dos dedos de una sola vez en mi
vagina, sin previo aviso. Debo admitir
que me dolió, pero me gustaba ese
dolor.
– Callada –me reprendió cuando solté
un alarido.
Asentí con la cabeza.
Comenzó a sacar y meter los dedos
rápidamente,
yo estaba hipnotizada con
su mano, que salía y entraba dentro de
mi campo de visión.
Metió un tercer dedo y bajo su cabeza
para poder lamer y succionar mi clítoris
sin consideración.
Agarre el borde del escritorio
fuertemente y trate de resistir las ganas
de cerrar las piernas cuando el orgasmo
me atacó. Aluciné ese instante. Estaba
perdida. Toque las estrellas y las pude
apreciar.
Siguió sin ninguna compasión,
atacando mi sexo.
– Quiero que ruegues para que pare –
dijo enojado, separándose un poco de
mí–. ¡Quiero más de ti!
Sus dedos dentro de mí, encontraron
mi punto “g” y él lo supo. Atacó
indiscriminadamente mi interior y llegue
a mi segundo orgasmo. Esta vez no pude
dejar mis piernas abiertas y las cerré
presionando, sin querer, su cabeza en mi
clítoris.
Creí que moriría en ese instante, ya
que no veía; todo era oscuro aunque
tenía los ojos abiertos. La voz no me
salía aunque estaba segura que estaba
tratando de gritar. Temblaba y no
escuchaba nada, ni siquiera mi corazón.
Él paró.
Cansada, me desparrame
completamente.
– Ahora viene lo mejor –dijo
maliciosamente.
– No –grite asustada–, no creo
aguantar.
Realmente estaba asustada.
Todavía no podía ver bien, no
enfocaba del todo. Era como estar
viendo una foto tomada con una cámara
de bajo pixelaje.
Los oídos me zumbaban.
Y sobre todo, no podía mover casi los
músculos.
Lejos de ser un buen orgasmo… se
convirtió en mi peor orgasmo. No sabía
cómo eso había ocurrido, pero lo había
logrado, había hecho de esto una mala
experiencia.
– ¿Quieres el trabajo? –preguntó
molesto.
– Claro –tartamudee insegura.
– Entonces podrás –aseguro y luego, de
una sola estocada, metió en mí, su erecto
pené.
Sentí como se me hubieran metido una
espada
en llamas y no pude evitar gritar.
Él me pegó una bofetada.
– Callada –dijo con la mandíbula
apretada.
Estaba segura que esto era lo más
cerca que podría estar de una violación,
aunque fuera consentida, mi cuerpo sentí
como si lo estuvieran violando, pero eso
hizo que me humedeciera en
sobremanera.
No sabía cómo, mi mente estaba
confundida, realmente confundida, pero
por lo visto mi cuerpo no.
Mi teoría sobre el por qué tenía
rápidamente orgasmos estaba a punto de
ser derrumbada.
No era yo, era mi cuerpo.
Me dejé llevar por las sensaciones, no
tenía de otra.
Y luego vino a mí una idea: ¡Quería
ser violada por este hombre! ¡Quería
dejar que me manipulara a su antojo!
Él froto fuertemente mi clítoris y
llegue a un tercer orgasmo, igual de
devastador que el anterior.
Pero esta vez, me desmaye.
Cuando me desperté, tenía su pené en
mi boca, estaba dejando todo ese semen
caliente en mi garganta, ya que lo tenía
tan dentro de mi boca que me provocaba
ahorcadas.
No sabía que había sucedido conmigo
en todo ese tiempo, y una sensación de
pánico me embargo.
Trague rápidamente y trate de no
ahogarme.
Una vez terminó de descargarse en mí,
apretó mi cuello y dijo:
– El trabajo es tuyo, perra –y me
escupió en la cara.
Temblaba completamente y me dolía
todo.
¡Realmente había sido violada!
Y no me gustaba, para nada me
gustaba.
Me caí al suelo cuando me intente
levantarme.
Trate de recoger mi ropa, pero mis
músculos no tenían fuerza.
– Espero que te guste lo que he hecho
contigo –se ajustó la corbata y me quitó
el cinturón de la cintura, luego me pegó
en un pecho con el cinturón y se lo
puso–. Como lo has hecho tan bien, te
daré el mejor de los dos trabajos que
teníamos vacantes. Además, ya sabes,
cuando quieras me puedes venir a
buscar –me guiño el ojo.
– Eso no fue sexo, fue violación –dije
indignada.
– No es así –replicó moviendo la
cabeza–. Nunca me pediste que parará,
lo querías así, lo querías rudo y sin
poder defenderte, el hecho de que ahora
te sientas indefensa no quiere decir que
fuera de otra forma. Además, ¿piensas
que todos los hombres te tratarán con
respeto y te harán el amor? Eres una
ilusa si piensas así –trate de hablar pero
él siguió–. No puedes creer que te
saldrás siempre con la tuya, que tratarás
a los hombres como quieras, mientras
enseñas todo tu cuerpo de esa manera.
Lo siento, pero si quieres estar en este
mundo, que sigue siendo machista,
tendrás que aparentar ser una dama para
que te traten de esa manera, o por lo
menos decir cuando no quieres algo –se
dio vuelta y se sentó en su escritorio.
Estaba confusa.
Realmente nunca dije que no, nunca lo
detuve.
Había dicho que parara cuando me iba
a meter su pené, pero no lo detuve
después de eso, lo dejé entrar en mí.
No era una violación, sólo sexo
salvaje, realmente salvaje, no como
esos que había visto en tantas películas
porno, o ese que había experimentado
con aquel chico en el callejón.
Sentí mis piernas totalmente húmedas,
y estaba segura que era mía toda esa
humedad.
Quizás él tenía razón y me había
gustado, pero mi cerebro se había
negado creerlo.
– ¿Tienes algo con que limpiarme? –
pregunte.
– Mi lengua, cariño –se burló.
– Hazlo –le dije, aunque después me di
cuenta de lo que pedía, pedía más y más.
– Me gusta tu sentido del humor –dijo
levantándose de su silla y mirándome
desde su altura.
Me sentí insignificante a la par de ese
hombre.
Fue una sensación rara, pero me hizo
darme cuenta de que tan loca estaba.
Estaba mal si pensaba dejarme tocar
por ese hombre de nuevo. Estaba más
que loca si quería otro orgasmo.
– Está bien –accedió–. Pero esta vez
seré cuidadoso, no quiero que te vuelvas
a desmayar, no es mi estilo follar con
mujeres inconscientes, por suerte ya
estaba a punto de terminar –explicó.
– ¿Cuánto tiempo estuve desmayada? –
me anime a preguntar.
– Ni un segundo –respondió riendo.
Abrió mis débiles piernas y poco a
poco fue lamiendo todos mis jugos.
– No fue una violación ¿no? –pregunte
humillada por mi comportamiento.
– No, no lo fue. Y no debes sentirte
mal por querer algo que ahora se ve
como malo. Querer ser objeto de un
hombre no es malo –dijo sobando mi
pezón cariñosamente.
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