SOFIA EN BIKINI

Sofía en bikini
Todo fue su culpa. Todo porque mi mejor amiga, Lucía, me convenció para que la acompañara a una de sus sesiones de modelaje. Yo ni siquiera quería ir. No soy modelo, como ella. Aunque mucha gente me dice que podría serlo.
Me llamo Sofía, y debo admitir que soy bastante llamativa, si puedo permitirme decirlo. Mis cabellos rubios me llegan cerca de las caderas, haciendo resaltar aún más mi cintura esbelta y realzado trasero. Mi naricita puntiaguda y pronunciada sonrisa, pasan a un segundo plano en comparación con mis grandes ojos verdes. Pero sin duda, mi mayor atractivo son mis tetas.
Me empezaron a crecer en primaria, y con el cuerpecito que tenía yo en ese entonces pronto se hizo evidente su inusual tamaño. Solía avergonzarme por el modo en que los chicos me las miraban. Pero solo hasta el día en el que me di cuenta de que me gustaba que lo hicieran. Sabiendo que todos tenían sus ojos sobre mí, comencé a usar camisetas ajustadas, y sin querer “olvidaba” ponerme sujetador. Todo para ver cómo me seguían con sus ojos por los pasillos, mientras que mis pezones se ponían duros bajo sus atentas miradas.
Pronto me di cuenta de lo mucho que me humedecía pensar en lo que les “pasaba” a ellos mientras admiraban mis cualidades naturales. Tenía que frotarme por las noches para apaciguar los picores que me provocaban sus ojos clavados en mis tetas durante todo el día. Y me excitaba aún más imaginando a mis compañeros de escuela pelándoselas en la oscuridad de sus habitaciones, recordando mis pezoncitos visibles a través de la fina tela de mis camisetitas.
Creo que justamente por eso nunca me decidí a hacer de modelo, porque sabiendo lo exhibicionista que puedo llegar a ser, tenía miedo de que se me fuera de las manos a la que empezara a desnudarme delante de las cámaras. Y claro, lo que pasó el otro día lo confirma plenamente.
Tan solo entrar en aquel lugar, debí darme cuenta del enredo en el que mi amiga me había metido. Varias chicas prácticamente desnudas paseaban por los pasillos vestidas de la manera más grotesca y atrevida que había visto nunca. Trajes de baño minúsculos de formas rarísimas; vestiditos tan cortos que apenas tapaban algo; y todo tipo de prendas semitransparentes que dejaban entrever los encantos de todas esas modelos despampanantes.
Di media vuelta y me dispuse a salir de allí, pero Lucía, como de costumbre, me arrastró hacia dentro llegando hasta la recepción, donde una mujer con cara de pocos amigos apuntó sus datos. La hicieron esperar en un sofá de piel rojo, y allí me senté yo con ella esperando a que la llamaran. Seguía un poco turbada viendo desfilar a ese particular grupo de féminas medio desnudas.
—¿Lucía… estás segura de que éste es el lugar? —pregunté al fin, justo cuando una morena muy tetona pasaba cerca nuestro, vistiendo una especie de body de piel negro y una boa de plumas rojas alrededor del cuello.
—Claro, Sofía —dijo sacudiendo frente a mi cara un pequeño recorte del periódico—. Ésta es la dirección, lo pone aquí.
—Ya… pero es que… ¿Has visto a estas chicas? ¿De verdad te van a hacer fotos vestida así?
—Claro, tonta, es mi trabajo —dijo tajante—. Luego en las fotos no se ve nada, no te preocupes. Además, esto es normal en este mundillo, ¿no has visto lo extravagantes que pueden llegar a ser los desfiles de alta costura?
—Si claro, si tú lo dices… —murmuré.
Luego ví pasar a una pelirroja con una especie de traje chaqueta, pero que en vez de tela estaba hecho como de un plástico completamente transparente, dejando ver que no llevaba nada más debajo. No quería estar más tiempo allí, era demasiado, seguro que mi amiga lo entendería. Ella estaba acostumbrada a esas cosas y podría valerse por sí misma.
Hice ademán de levantarme, pero justo en ese momento un hombre alto y apuesto, con un cabello castaño claro bien engominado y unas gafas de diseño italiano, se acercó a nosotras.
—Hola chicas, ¿así que estáis aquí para la sesión de fotos que anunciamos en el periódico? —preguntó mientras consultaba unos papeles.
—Sí, para eso hemos venido —respondió Lucía, sonriéndome y sin corregir el error de aquel hombre.
Antes de que pudiera explicar que yo tan solo estaba allí para darle apoyo moral a mi amiga, y nada más, el hombre levantó por fin la mirada de sus papeles y con voz asertiva dijo:
—¡Tú! —señalando a Lucía—. Ve a ver a Manuel y le dices que Marcos te ha dicho que eres perfecta para la ropa interior.
Luego le indicó por cual de las puertas tenía que ir y por allí desapareció mi amiga, no sin antes dibujarme una sonrisa malévola, la muy cabrona.
—¡Y tú! —prosiguió el hombre, que deduje se llamaba Marcos—, deja que te vea…
No sé por qué le hice caso. Creo que el hecho de que me pidiera verme, despertó mi vena exhibicionista y sin mediar palabra alguna me levanté para él. Me tomó una mano y sujetándola en alto me hizo dar un par de vueltas mientras escrutaba mi cuerpo en detalle. Sentí un escalofrío sabiéndome observada por ese desconocido, que rastreaba cada rincón de mi cuerpo con descaro. Además, como siempre, había salido de casa sin sujetador. Pude sentir cómo los pezones se me endurecían y presionaban contra la fina tela de mi blusa ante su atenta mirada.
—Tú… Hmmm… —murmuró entonces—. Tú fuiste creada para ser modelo de bikinis.
—¿En serio…? —pregunté en voz baja, como halagada, olvidando que yo no había ido allí para hacer de modelo.
Marcos puso una de sus grandes manos en mi brazo, que acarició levemente haciéndome sentir el caliente y áspero tacto su piel en la mía.
—¡Sígueme! —dijo tirando de mí con firmeza, pero sin llegar a ser agresivo.
Me condujo por unas pequeñas escaleras de caracol a una especie de ático. Allí había otro pasillo con solo dos puertas. Me arrastró hasta la habitación más alejada, cerrando la puerta detrás nuestro. En el interior había un decorado que simulaba una playa, con un mar azul pintado en el fondo, arena en el suelo, y unos pocos accesorios como una tumbona de rayas azules y blancas, así como una pelota hinchable y una tabla de surf.
También había una serie de materiales de fotografía, como luces y pantallas blancas para iluminar la escenografía. Detrás de ese tinglado trajinaba un hombre con una cámara en la mano, como haciendo pruebas. Marcos me presentó al fotógrafo, Joaquín, casi tan alto como él, moreno, con unos ojos penetrantes que se clavaron en mis tetas antes que en mi cara.
Sin apenas darme pie a saludar o comentar nada, Marcos me empujó detrás de un pequeño biombo diciendo:
—Elige algo que te guste, lo que quieras, y te pones allí sobre la arena.
Había allí una buena variedad de trajes de baño en un colgador, algunos de ellos tan pequeños que apenas me dí cuenta de lo que eran.
—Dios mío… —pensé, pasando los dedos entre las telas y tiras que formaban esos diminutos bikinis—. ¿Qué mente perversa ha diseñado estas prendas?
Me decidí por uno que me pareció bastante normal, aunque después de desnudarme y ponérmelo, me di cuenta de que tampoco lo era tanto. El top era bastante clásico, amarillo, con dos triángulos que me cubrían bastante pero dado el tamaño de mis pechos apenas llegaban a sujetarlos. La braguita ya no era tan normal. Era un tanga de hilo que por delante tenía la forma como de una “uve”, lo que hacía que cubría justo mi rajita, pero dejaba el resto de mi pubis al descubierto. Me alegré de haberme depilado justo esa mañana.
—¿Todo bien? —oí a Joaquín gritar del otro lado— ¿Estás lista?
—Ya voy… —contesté tímidamente.
Asomé la cabeza detrás del biombo y los ví, expectantes, esperando a que saliera. Me entró algo de vergüenza y casi no me atreví a salir delante de esos dos desconocidos vestida con un bikini tan revelador. Pero me armé de valor y con la cabeza bien alta salí de todos modos, sintiendo mis pezones endurecerse tal y como siempre me pasa cuando estoy excitada.
—Mmm… fantástico… —dijo Marcos, con una voz grave y bajando su vista sobre mi cuerpo.
Apenas me coloqué sobre la arena empecé a oír los “clics” de la cámara de Joaquín, tomando docenas de fotografías en apenas unos segundos. Solamente paraba cuando se acercaba para darme algunas indicaciones de cómo ponerme. Se notaba que tenía mano, y sabía perfectamente cómo ayudarme a colocarme para hacer resaltar lo mejor posible todos mis encantos.
Me ponía de rodillas sentada sobre mis tobillos, haciendo una pose sexy apretando mis tetas entre mis brazos, lo que realmente hacía que se vieran enormes. También me pedía que me girara de espaldas a la cámara sacando al máximo mi culo hacia fuera, que apenas cubierto por esa fina tira del tanga seguro que se veía espectacular.
Con cada pose nueva se acercaba y me ayudaba a colocarme, rozándome con sus manos y provocando que mis pelos se erizaran. Incluso algunas veces se permitía colocar bien los pequeños trozos de tela sobre mis pezones, o ajustaba la tira del tanga que se iba por un lado, ya que con cada nueva postura parecía que debían ajustarlos.
Mi vena exhibicionista empezó a picarme, y me empezaba a calentar mostrándome delante de Marcos y Joaquín con ese traje de baño tan breve. Probaba poses cada vez más atrevidas, abriendo mis piernas considerablemente, o poniéndome en cuatro sobre la arena dejando ante la cámara mis más íntimos encantos apenas tapados por esa pequeña prenda.
Marcos lo miraba todo desde detrás de la cámara, y después de intercambiar un par de observaciones con Joaquín, decidieron que era momento de cambiar de modelo de bañador. Pasé de nuevo detrás del biombo mientras ellos esperaban expectantes para descubrir qué nuevo bikini iba a elegir. Confieso que me sentía bastante excitada, así que omití el resto de bikinis más convencionales y directamente me dirigí al colgador con los trajes más pequeños. Había visto alguna vez ese tipo de diseños por internet, pero nunca me atreví a comprarlos. ¿”Micro bikinis” creo que los llaman?
Apenas cubren nada. El que escogí era uno de color fucsia muy llamativo, con una tela sintética de lo más suave. Aunque tela había poca, a decir verdad. La parte superior eran apenas dos trocitos suficientemente anchos para tapar mis pezones y nada más. La parte de abajo consistía en un pedazo de tela alargada que difícilmente servía para cubrir los labios de mi coño, el resto quedaba todo expuesto.
Sentí los latidos de mi corazón acelerarse, excitada por la anticipación de mostrarme a esos tipos prácticamente en pelotas. Nunca me había puesto nada tan atrevido, y la verdad empezaba a gustarme esa sensación. Me dije que para el próximo verano tenía que conseguir uno de esos.
Aparecí de nuevo delante de las luces, mordiéndome el labio inferior para contener mi nerviosismo. Marcos y Joaquín apenas dijeron nada al verme, pero pude ver en sus miradas una lascivia que me calentó todavía más. Como en mis viejos tiempos de primaria, me excité pensando en la reacción que les debía estar provocando dentro de sus pantalones.
Joaquín volvió a colocarme en varias posiciones, similares a las anteriores, solo que ahora sospechaba que se verían bastante más atrevidas. Constantemente mis pezones se escapaban de esos pequeños triangulitos de tela, y a veces oía muchos “clics” antes de darme cuenta. Cuando sacaba mi culito hacia atrás, no sabía hasta qué punto ese pedacito de tela llegaba a taparme, sintiendo cómo se apretaba contra mi rajita.
Marcos lo observaba todo desde atrás, y empezó a hacer sugerencias de cómo ponerme, aunque no parecían que fueran poses tan artísticas como las que proponía Joaquín. Por ejemplo, me pedía que me echara sobre la tumbona con las piernas muy abiertas, haciendo que la pequeña braguita se me apretara incluso más.
—Muy, muy, lindo… se te ve increíble —animaba Joaquín—. Ahora probemos con el “look mojado”.
—¿Look mojado…? —pregunté tímidamente mientras veía a Marcos acercarse con un vaso de agua en la mano.
—Éste fabricante de bikinis requiere que le enviemos fotos de las modelos como si acabaran de bañarse —dijo él sonriendo—. No te preocupes… el agua está caliente.
Me quedé quieta y dejé que vertiera sobre mis pechos el vaso de agua, que efectivamente no estaba fría. Incluso abrí un poco las piernas haciendo que un chorrito mojara la tela que cubría mi rajita. Cuando terminó, pude ver que la tela se volvió prácticamente transparente. Mis pezones eran claramente visibles, e incluso se podían ver mis regordetes labios vaginales, haciendo que mi coño se dibujara perfectamente contra el fino pedazo de tela.
—Perfecto, éstas quedarán de diez… —dijo Marcos sonriente, satisfecho del resultado.
Volví a repetir una sucesión de poses, aunque ahora con el bikini completamente mojado y transparente seguro debían parecer prácticamente pornográficas. Marcos volvió a sugerir que me sentara sobre la tumbona con las piernas muy abiertas. Se acercó con Joaquín delante mío y le sugirió que sacara algunos primeros planos del pequeño tanga.
—Así quedarán mejor… —dijo.
Era vergonzoso, pero también me ponía muy caliente sentir sus ojos sobre mí, escuchando cada “clic” de la cámara tomando incontables fotos de mi coñito, sobresaliendo para ellos bajo el fino bikini. Me sentía cada vez más y más húmeda, esperando que no se dieran cuenta y pensaran que tan solo se trataba del agua que Marcos me había tirado por encima.
Al cabo de unos minutos, me pidieran que eligiera otro traje. Ya sin timidez, me dirigí detrás del biombo y me desnudé al completo mientras buscaba la próxima prenda. No sé lo que me obligó a hacerlo, pero escogí una prenda aún más pequeña que la anterior. A ésta creo que la llaman “microkini”. Era un trajecito de color blanco, del cual los pequeños triángulos que debían cubrir mis pezones estaban hechos de una red transparente. La parte baja… bueno, la parte de abajo ni siquiera la entendía. Ese tanga no era lo suficientemente grande ni siquiera para tapar mi raja. Según como la colocaba, siempre dejaba mis labios al descubierto, o si intentaba taparlos entonces mi rajita quedaba a la vista.
—Tardas mucho… ¿Pasa algo? —preguntó Marcos desde el otro lado.
Ruborizada, le expliqué mi problema.
—Mejor sal aquí y te ayudo —dijo entonces—. No te preocupes, Joaquín y yo hemos visto de todo —dijo como intentando tranquilizarme.
Salí despacio hasta mostrarme ante ellos. Marcos se acercó y me mostró cómo tenía que colocarme la prenda. Se suponía que debía tapar apenas mi rajita y mi clítoris, prácticamente desapareciendo entre mis labios y creando lo que llamó un efecto “cameltoe”. Me ayudó a colocarla mientras me lo explicaba, tocando mi piel con sus dedos cálidos y suaves, y asegurándose de que la tela quedara escondida colocándola cuidadosamente entre mis labios.
De pié como estaba, abrí un poco las piernas para él, mientras manipulaba el bikini para dejarlo en la posición óptima para las fotos. Se me abrieron los labios vaginales al hacerlo y por accidente acarició mi clítoris, provocando un hormigueo que se me subió por la espalda. Era una situación vergonzosa, todo mientras Joaquín nos miraba al mismo tiempo que Marcos manipulaba mi tanguita sobre mi sexo. Me pregunté si desde su posición podía darse cuenta de lo mojada que estaba, y del placer que su amigo me estaba dando sin querer.
—¿Cómo se siente? —preguntó Marcos, que seguía agachado delante mío con su mirada entre mis piernas, acabando de ajustar la tela que desaparecía entre el pliegue de mi periné.
—Yo… creo que bien… —murmuré, disfrutando la forma en que sus largos dedos acariciaron una última vez mi clítoris.
—Excelente —dijo sonriendo, y seguidamente me volvió a acompañar sobre la escena de playa.
Repetimos una serie de poses, ahora sabiendo que los labios de mi coño estaban completamente expuestos, y ese tanga que desaparecía entre ellos apenas tapaba mi rajita. Cuando me puse en cuatro, pude sentir esa tirita de tela presionar contra mi sexo, y seguro que la vista que capturaba la cámara era de lo más increíble.
Me volvieron a sentar en la tumbona con las piernas abiertas. Joaquín murmuró algo con cara de aprobación mientras se acercaba para hacerme más fotos. Con cada “clic” iba inmortalizando de cerca mis pezones y mi coño abultado que quedaba expuesto con el cachito de tela que se perdía dentro de él, y que yo sentía como apretaba cada vez más.
Mi coño estaba tan mojado e hinchado que ésta vez no les haría falta usar el vaso de agua para simular el “look mojado”. Sentí que al separar las piernas delante de ellos mi vagina se abría, y la tirita de tela apenas podía cumplir su misión de taparla dejando ver un poco de mi interior rosado y brillante por sus jugos.
Entonces Joaquín y Marcos intercambiaron una mirada extraña y luego se acercaron a mí muy serios y sin sacar ninguna foto.
—¿Qué te parecería si… bueno, si tomáramos algunas fotos con “exposición extra” —preguntó entonces Marcos.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
¿Qué podía ser incluso más expuesto que eso? Me sentí a la vez nerviosa y caliente imaginando la respuesta.
—Verás, a éste fabricante de bikinis le gusta mostrar algunas de estas fotos especiales en su página web. Simplemente tiramos del traje un poco, apartándolo hacia un lado —explicó—. Es como cuando vas a la playa y te inclinas ajustando el tanguita, apartas un poco la tela para colocarlo bien y sin querer muestras un poco más. Sería lo mismo, solo que aguantando un rato más largo para que tomemos las fotos.
—Ajá… —murmuré.
—¿Te importaría? —prosiguió—. Además, estas fotos se pagan mejor que las normales.
La verdad que en ese momento el dinero era la última cosa que pasaba por mi mente. Me estaba excitando más a cada momento, embriagada de la sensación de calor que me provocaba estar exponiendo mi tetas y mi coño para las fotos. Además, la idea de que, no solo Marcos y Joaquín, sino que un sinfín de hombres me vieran por internet, me hacía calentarme sobremanera.
Siguiendo las instrucciones de Marcos, saqué el poquito de tela fuera de mi coño brillante, haciendo como si estuviera tratando de ajustarlo. Estaba tan húmeda e hinchada que mis labios vaginales se abrieron como una flor. Joaquín hizo varias fotos de mi interior rosado, sin nada de por medio, así como de mi palpitante clítoris que se veía inflado.
Después de varias tomas, llegó el momento de cambiar de traje de baño otra vez, y Marcos sugirió que probara algo más atrevido. No podía imaginar que existiera nada más pequeño que lo que ya tenía puesto, pero entonces Marcos fue detrás del biombo para encontrar algo que se llama “bikini invisible”.
La parte superior era tan solo una serie de tiras de color rosa neón que realzaban mis pechos en lugar de cubrirlos, y el triángulo que se suponía que tenía que tapar mis pezones simplemente no existía, era un espacio vacío que tan solo los enmarcaba. La parte de abajo era parecida. También imitaba la forma de una tanguita de bikini normal, solo que no había nada de tela, no había nada más que las tiras. Al quedar éstas a cada lado de mi coño, éste se veía completamente desnudo en el centro, sin esconder nada.
Ni siquiera me molesté en pasar detrás del biombo para cambiarme, y me puse el nuevo traje de baño ante la atenta mirada de esos dos hombres a los que acababa de conocer. Marcos volvió a ayudarme a ajustarme la prenda, solo que esta vez, uno de sus dedos se le resbaló hasta el final de mi húmedo y caliente coño.
—Ups… vaya… —dijo sonriendo—. Se me ha escapado…
—No pasa nada… —respondí tímida.
Me ayudó a sentarme otra vez sobre la tumbona, y decidió que debía ajustarme un poco mejor la prenda para las fotos, que Joaquín no dejaba de sacar. Sin falta, otra vez su dedo se hundió dentro de mí. Hizo como que lo sacaba, pero con cada gesto que hacía para colocarme la “braguita”, se le volvía a deslizar hasta lo más hondo. Sabía que me estaba follando con su dedo, y no solo ayudándome a ajustar el traje, pero me vi incapaz de decirle que se detuviera.
—¿Te gusta? —preguntó presionando un segundo dedo hacia mi interior, y sintiendo lo apretado que estaba mi coñito—. ¿Te gusta lucirte frente a la cámara…?
—Sí… —susurré con un hilo de voz y abriendo mis piernas un poco más.
Con mi coño chorreando, Joaquín me sacó docenas de fotos en ese bikini invisible, y con cada nueva posición Marcos aprovechaba para “ajustar” la prenda, especialmente la tanguita. Entonces me contó que había otro tipo de fotografías que podían hacer conmigo, y que se pagaban aún mejor.
Como dije, el dinero era la última cosa que me pasaba por la mente en ese momento, y le dije que sí casi antes de que terminara de explicármelo. Me pusieron en cuatro sobre mis manos y rodillas en la arena. Marcos se colocó detrás de mí, abriendo con sus dedos mis labios hinchados y empapados delante de la cámara.
—Solo voy a posar con la cabeza de mi polla en la entrada de tu coño —explicó—, de esta manera parece que estamos follando.
—Bien… —acepté, casi sin aliento, mientras abría más mis piernas para él.
Me puse a temblar por la anticipación de sentir su miembro. Escuché el sonido de la cremallera de sus jeans. Luego, una cabeza ancha en forma de hongo empezó a presionar levemente sobre mi rajita mojada y abierta. Su polla me frotaba de arriba a abajo, sintiéndola por toda mi resbaladiza raja, mientras que Joaquín sacaba foto tras foto sin perderse nada de lo que hacíamos.
Me sentía tan caliente y excitada, con mis tetas colgando como frutas maduras, y con mi culo en pompa mientras este hombre, al que apenas acababa de conocer hacía unos minutos, frotaba su pene contra mi coñito estrecho. Pensé que iba a explotar en cualquier momento.
Al cabo de un rato Marcos dijo:
—Vamos a intentar algo diferente. Voy a abrir tu coño con los dedos, para que se vea bien, y yo voy a meter solo la cabeza dentro de tí. De esta forma parecerá como que acabo de follarte y te estoy dejando el coñito lleno de mi semen.
Sus palabras me calentaban tanto que sentí que me quedaba sin respiración. Miré por encima de mi hombro a esos dos tipos, expectantes, esperando a que les diera mi consentimiento.
—Vale… —murmuré, con ganas de sentirlo dentro de mí, aunque fuera solo la cabeza.
Me incliné echando mi pelvis hacia atrás y abrí todo lo que pude mis muslos, sintiéndome lo más caliente que había sentido en toda mi vida.
Cuando Marcos presionó la cabeza de su gorda polla contra mi apretada entrada, sentí una sensación estremecedora. Poco a poco su glande fue entrando en mi cálido agujero. Pero entonces sucedió. Estaba demasiado caliente, todo lo que había pasado había hecho que mi coño se humedeciera tanto que era muy resbaladizo. Cuando Marcos trató de poner solo la cabeza de su polla dentro de mí, más de la mitad de su miembro se deslizó sin querer en mi interior.
Sabía que eso estaba mal, pero en ese momento no me importaba nada. Me ayudé con mis brazos y empujé hacia atrás, acogiendo el resto de su dura polla dentro de mí. Cuando sentí la cabeza de su pene presionando con fuerza contra el final de mi estrecho pero escurridizo canal, no pude evitar soltar un gemido.
—Gghhmmmm… hazlo —susurré—. Fóllame.
Marcos también gimió, y agarrando mis caderas empezó un vaivén, hundiendo su gruesa polla hasta lo más hondo de mi coño una y otra vez. Incrementó el ritmo y la intensidad, y antes de que me diera cuenta me estaba follando de forma muy dura, golpeando mis nalgas con cada embestida y haciendo que las notara calientes y enrojecidas.
Joaquín estaba ocupado sacando fotos, pero no dejaba de de frotarse el bulto prominente que se adivinaba bajo sus pantalones. Seguro que estaba haciendo un reportaje de lo más completo y excitante. Se aproximaba a nosotros y nos fotografiaba desde todos los ángulos mientras su amigo me penetraba una y otra vez con vigor.
Pronto sentí que me llegaba un largo e intenso orgasmo, que aún disfruté más viendo cómo Joaquín sacaba primeros planos de mi cara con mis mejillas sonrojadas y mis cabellos descompuestos, gimiendo incontrolablemente de placer.
Mi canal vaginal se contraía una y otra vez envolviendo la polla de Marcos, que a su vez empezó a hincharse aún más. Me folló con fuerza con su miembro más grande que nunca, hasta que me endiñó una última embestida, enterrándolo dentro mi coño tanto como pudo. Una sensación de calor y humedad me invadió, y supe que se estaba corriendo dentro de mí sin ninguna protección. Fue tan intenso que me provocó un segundo orgasmo, y sentí cómo mi coño empapado lo succionaba y apretaba como si tratara de exprimir hasta la última gota.
Sin prisa fue retirando su pene de mi interior, dejando un vacío gigante en mi coño. Joaquín tomó fotos de cada instante, poco a poco, hasta que Marcos terminó de sacar su polla del todo. Me imaginé a los miles de espectadores en internet que iban a ver mis fotos, viendo ese semen blanco y espeso saliendo de mi rajita abierta, dejando bien claro que acababa de ser follada por una enorme polla.
Marcos me ayudó a limpiarme con una toallitas húmedas. Muy caballeroso enjuagó todos los restos de esa mezcla de semen y mis propios jugos que brotaban de mi coñito y se escurrian por mis muslos. Apenas me había bajado el calentón, y disfruté del calor de su mano pasando por cada rincón, desde la raja de mi culo hasta mis rodillas.
Cuando terminó, me ayudó a levantarme y me estrechó la mano de la manera más profesional. Antes de irse me felicitó, ya que, según me dijo, fue una de las mejores sesiones que habían hecho en mucho tiempo. Me dirigí detrás del biombo para vestirme, aunque aún estaba desnuda cuando Joaquín se me acercó para despedirse. Poco me importó. Me rozó la piel una última vez al darme un par de besos, y estuve a punto de pedirle que no se fuera.
Antes de darme la oportunidad, me dijo que estaba impaciente y se iba a poner a trabajar enseguida con las fotos, que también dijo eran muy buenas. Me lo imaginé delante de su ordenador con su polla en la mano, pajeándose a gusto con cada una de las fotos tan “buenas” que me había sacado.
Completamente sudada terminé de vestirme y saliendo del estudio bajé las escaleras con la mayor dignidad posible. Me dirigí hacia el mismo sofá en el que mi amiga Lucía me había “traicionado” hacía apenas una hora, pero la mujer en la recepción me llamó antes de darme tiempo a sentarme. Justo terminaba de colgar el teléfono mientras me miraba con cierto desdén. Escribió un garabato en un cheque que luego me ofreció sin mediar palabra.
Una cifra de lo más generosa, pensé, y me planteé seriamente si no debía dedicarme a eso profesionalmente. Sin duda me iría bien un ingreso como ese de vez en cuando. Me quedé observando el papelito satisfecha, aún sintiendo cómo el semen de Marcos se deslizaba hacia el exterior de mi coño empapando mis braguitas.
Un par de minutos más tarde, ví a Lucía salir por la misma puerta por la que había visto desaparecer antes de mi sesión. Escondí el cheque rápidamente en mi bolso para que no lo viera, y la recibí con la mayor de mis sonrisas. Ella, como yo, también se veía sudorosa y sonrojada.
—Ufff… Sofía —dijo resoplando—, ha sido una sesión de lo más dura…
Sonreí.
—Ni que lo digas.

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