COSAS DE RICAS
La alta sociedad está repleta de secretos inconfesables, se guardan en los armarios bajo tres llaves. Confieso que No debería haberme dejado arrastrar por Bibí. No la culpo a ella, pues yo soy la responsable de mis actos, pero sin su participación nunca hubiera llegado a hacer lo que hice y sigo haciendo en este preciso momento aún preñada de no sé bien de quien. La cuestión no es si me agrada o desagrada, sino que no está bien. Es arriesgado, poniendo en apuro mi vida personal, familiar, pero sobre todo, que si alguna vez llega a descubrirse, sería avergonzada públicamente, perdiendo mi estatus social. Pero Bibí tiene razón en un detalle…
Nunca me había sentido tan viva como en ese momento, notando el sabor amargo de la virilidad de un desconocido, oyendo palabras soeces que nunca le he permitido a ningún hombre… Comencé a acariciarme lentamente por mi torso, por mis tetas haciendo que mis pezones se pusieran duros como piedras.
Con una mano bajé hasta mi más íntimo secreto, que en ese momento no era tal, ya que estaba totalmente abierta de piernas mostrando al mundo… "Este es mi coño y quiero que me folléis". Mientras con la otra seguía pellizcando mis duros pezones. Lentamente comencé a acariciarme el clítoris, con ese punto que una solo sabe darse.
Estaba tan metida que no avisté lo que ocurría tras de mí, vislumbré una sombra, parecía que había alguien ahí mirándome y disfrutando, solo vi sombras. Y sí, digo disfrutando porque estaba segura que el tipo se estaba masturbando.
La primera reacción que tuve fue pararme y ver qué pasaba, pero era tal la excitación que tenía, que pasé, me dejé llevar, seguí metiéndome mano, acariciando mi mojado coño mientras se deleitaba viéndome como me masturbaba…. Pensé que por qué no darle a ese desconocido un poco más de placer visual, él me lo estaba dando con sus miradas y viendo cómo se masturbaba, me puse a cuatro patas orientando mi culo directamente hacia él. Con una mano me acariciaba el coño, también llamaba a la puerta de mi culito, que, si bien más de una vez me lo han hecho por ahí, al principio cuesta, pero con el calentón y lo mojada que estaba, el dedo entró solito en lo más profundo de mi cueva.
Mientras no paraba de acariciarme y meterme una y otra vez los dedos en mi mojadísimo coño, sentí un ruido, sin mirar, sabía que estaba pasando, ese desconocido se acercaba, el corazón se me puso a mil, mis latidos se podían escuchar a más de 100 metros. Y entonces noté como dos manos agarraban mi trasero y lo separaban, no daba crédito, estaba a cuatro patas con un dedo en el coño y un desconocido me estaba separando los glúteos mientras me lamía el ya dilatado ano… Lo lamía una y otra vez, estaba que casi me corría cuando noté una tremenda tranca entrando en mi culo, comenzó a bombear y a darme bien, muy fuerte.
– “Así, así, fuerte”. Grité entre jadeos, estaba empapadísima y sentí correrme, me corrí por lo menos tres veces en un momento, era brutales los orgasmos que estaba teniendo, cuando al poco, sentí un gran chorro de leche caliente descargando dentro de mi culo. Le apreté contra mí todo lo que pude, quería todo dentro, fundirnos en un gran orgasmo hasta que caí rota sobra la cama.
Me quedé así, con el culo en pompa y soltando leche un rato, sentía dolor y placer a la vez, no era capaz de reaccionar, al poco, en unos minutos volví en sí y al girarme vi que ya no estaba, se había ido y me había dejado un buen reguero de leche sobre mí. Solo había una gorra que se dejó, la cogí y la dejé en el sofá con la esperanza de que volviese, pasaron los días, y repetí el momento masturbarme. Tuve muchos orgasmos ese verano, pero ninguno como aquellos que esos desconocidos me dieron.
Bibiana es mi mejor amiga. Ambas somos socias del Club Social al que somos asiduas. Club al que vamos a jugar a pádel, al spa, a tomar una copa o en familia a comer algún fin de semana. Para ser socia hay que pagar una acción que no está al alcance de cualquiera de los que pasan por la calle, además de la cuota mensual que le quita el hipo que nuestros maridos cubren sin ningún problema. No estoy segura de la cantidad, pues la contabilidad familiar es cosa de Cayetano, mi marido. A mí solamente me preocupa disponer de dinero suficiente para mis necesidades, pues nunca he trabajado ni tengo pensado hacerlo, me siento bien siendo la mujer de…
Bibí, como otras socias del club, está en mi misma situación. Carlos, su marido, también es un empresario de éxito que ha dedicado buena parte de su vida a su carrera profesional. Aunque debo reconocerle al mío que se interesa por mí y los niños. Tenemos cuatro, y la dedicación de Cayetano por ellos es más de lo que lo hace Carlos por los suyos. Tal vez sea debido a que Carlos es quince años mayor que ella, mientras Cayetano es de mi misma edad y tenemos gustos más parecidos. De ahí pude derivar que nunca había sentido la necesidad de comportarme como lo estoy haciendo ahora. Bibiana sí. Se casó joven, a los veinticinco años, según ella enamorada, aunque yo no estoy tan segura. Al menos, su percepción de la palabra amor no concuerda exactamente con la mía. Tardaron en tener hijos, a pesar de que él insistía, pero ella se negaba a convertirse en madre tan pronto. – Aún no. Yo siempre le decía que era lógico que él tuviera prisa pues ya había entrado en la cuarentena. Pero como en todos los aspectos de su vida, Bibí decidió cuando y cuántos. Solamente uno, una en su caso.
La conocí en el club, como a tantas otras, pero congeniamos enseguida. Me gustaba su manera de vivir la vida aunque nunca le permití que me arrastrara a juegos que me parecían peligrosos. Además, era una de las pocas mujeres que no se dedicaba a despellejar a las demás socias, algo común en nuestro ambiente. Vive y deja vivir, decía, aunque a mí me sonara a eslogan de partido de izquierdas. Durante estos años nuestra relación ha sido siempre próxima, pero nunca tanto como lo ha sido el último lustro. Que nuestras hijas, en mi caso la segunda, hayan coincidido en el mismo equipo de hockey hierba y se hayan vuelto inseparables, ha ayudado. Ha sido entonces cuando hemos tomado la confianza suficiente y he conocido a mi amiga en su faceta más íntima.
Como ella, yo también me he fijado siempre en los hombres, en los jóvenes sobre todo, pero teniendo una vida afectiva completa no te planteas nunca nada a pesar de recibir miradas, gestos e, incluso, invitaciones deshonestas. Las que han surgido las he despachado siempre con elegancia. Bibiana no. Su vida en pareja, específicamente en su vertiente sexual, no es, creo que nunca ha sido, tan satisfactoria como la mía, así que ella sí ha respondido a ciertos cantos de sirena, llegando a traspasar límites que yo nunca cruzaré. O eso pensaba. No sé con cuántos hombres se han acostado con ella desde que se casó, pero puedo dar fe de seis casos, a parte del juego que nos traemos entre manos. Bueno, las manos no son lo que estamos utilizando más, todo hay que decirlo.
Lo que sí debo reconocerle es buen gusto y prudencia eligiendo a su juguete, así los llama ella. Aunque a mí me parecieran auténticas locuras. Así, se lio con un monitor de tenis del propio club. Estuvo jugando con él unos meses, sin darle pie a nada más allá de un flirteo más o menos disimulado, hasta que éste dejó la entidad. Fue entonces cuando le ofreció una despedida de altura. También relacionado con el club, estuvo acostándose con un camarero holandés que había venido a trabajar un verano para perfeccionar su español. Demasiado joven para ella, me dijo pese a que le encantaban los yogurines. Se jactaba de haberle enseñado muchas palabras en castellano que de otro modo no hubiera aprendido.
Conozco tres casos más de los que nunca vi al hombre pues no pertenecían a nuestro círculo, otra de sus normas, pues para una mujer guapa y exuberante como Bibí es bastante fácil seducir a quien se proponga. Pero cometió la mayor locura con un joven de raza árabe que trabajaba de jardinero en una empresa que el club contrató para una reforma de la zona infantil, donde nuestros hijos hacen cursos de tenis, hockey o lacrosse…
– Está bueno aquel moro.
– Ni se te ocurra. ¿Te has vuelto loca?
– No me he vuelto loca, ni se me ha ocurrido nada.
Y tanto que se te ha ocurrido pensé para mí. La confirmación llegó a la semana siguiente. Nunca me he acostado con uno, me confió con aquel destello que aparecía en sus ojos cuando estaba tramando una de sus travesuras. Dicen que también tienen buenas pollas, como los negros.
– ¿Cómo puedes estar planteándote algo así? Si los moros ya son sucios por naturaleza, este además es un jardinero.
– ¿A ti quién te ha dicho que los moros son sucios? ¿Sabes que su religión les obliga a ducharse dos veces diarias?
– Además, a las blancas nos ven como a putas.
– No digas eso.
– Así nos ven, ¿no te das cuenta que sus mujeres no pueden hacer nada, que disfrutar del sexo es de infieles?
– Seguro que nunca le han chupado la polla, gratis me refiero.
– Eres incorregible.
Tres días después me explicaba con todo lujo de detalles cuánto le había costado metérsela entera en la boca y como mugía el toro mientras le daba desde detrás…– Como recompensa por los dos polvos que me ha echado, le he permitido correrse en mi garganta.
Hasta hace seis meses, esta había sido la mayor locura cometida por mi amiga. – Mira, me dijo Bibiana mostrándome la pantalla de su móvil una tarde que estábamos tomando el cálido sol de junio en la piscina del club. “Dama de clase alta aburrida ofrece sexo oral a hombres jóvenes bien dotados”.
Al no reconocer el número de móvil anotado pregunté… – ¿quién es esta loca?
Un movimiento de cejas y aquel brillo tan característico que iluminaba sus ojos avellana me dio la respuesta.
– ¿Te has vuelto completamente majara?
– ¿No te da morbo?
– ¿Morbo? ¿Cómo se te ha ocurrido semejante locura?
Había colgado el anuncio en una aplicación de las que sirven para ligar. No os diré cuál, pues tampoco la conocía, pero por lo que me explicó algunas están pensadas para buscar pareja e incluso relaciones estables, pero otras, como la que me mostraba, servían para la búsqueda de sexo sin compromiso…
– Llevo meses dándole vueltas a la idea y al final me he lanzado. Publiqué el anuncio ayer por la noche y ya he tenido 46 respuestas. No te imaginas lo caliente que me tiene. Esta mañana he violado a Carlos.
Insistí en que había perdido el juicio, pero conociéndola, tal vez solamente se trataba de otra manera de echarle sal y pimienta a su sexualidad. Como fantasía, reconocí que tenía su cosa, sobre todo si le había servido para incentivar su vida de pareja, pero obviamente, el juego iba más allá, mucho más allá…
– He seleccionado tres, de momento.
– ¿Cómo?
– Por el tamaño de la polla, respondió.
Aunque mi amiga había entendido perfectamente que no le preguntaba por el método sino por cómo se le había ocurrido hacerlo, vi claramente que no iba a detenerse por más argumentos racionales que yo aportara. Los expuse de todos modos, que a saber con qué y quién se encontraba, en qué situaciones, tal vez peligrosas, apelando además a en qué te convierte eso.
– No será distinto a liarme con desconocidos, con un tío que me ha entrado hace un par de horas, además, esperará de mí una mamada y eso voy a ofrecerle, así que no te preocupes por mi seguridad.
– Pero quién sabe con qué te puedes encontrar, insistí.
– Si tanto te preocupa mi bienestar, ¿por qué no me acompañas?
– Ni hablar, habrase visto.
Se llamaba Mr28.O así se hacía llamar aquella monstruosidad oscura y venosa que me mostraba excitada en la pantalla del IPhone que mi amiga se había comprado para disponer de una línea nueva que utilizaría solamente para esto. La foto del miembro era lo único que Bibiana había solicitado a su juguete. Lo demás, físico, intelecto, situación, nivel económico, le importaba bien poco. Solamente quedaremos con él para chupársela y luego nos iremos.
– ¿Quedaremos?
– ¿Desde cuándo he decidido acompañarte?
– Venga, acompáñame. Tú también te mueres por verla. He quedado esta tarde a las seis en la tercera planta del parking del Carrefour de Meridiana.
– ¿Pretendes que te acompañe hasta aquel barrio?
Tenía su lógica desplazarse a una zona de la ciudad que nadie de nuestro entorno frecuentara, pero una cosa era visitar un barrio medio y otra muy distinta hacerlo en uno de clase baja. Aunque no es el peor de Barcelona, eso se lo tuve que admitir. Llegamos a las 6:10, Bibí nunca ha sido una persona puntual, aparcamos su Mercedes SLK en la misma planta, pero lejos del Opel Astra blanco de tres puertas en que nos esperaba. Suerte que había conducido ella, pues yo temblaba como una hoja. Como tuviéramos un problema, no sabría qué hacer ni qué decir. Ella, en cambio, estaba excitadísima.
En cuanto divisamos el coche, aparcamos a unos 50 metros de distancia. Como medida de precaución, además, subimos caminando a la segunda planta tomando una puerta que teníamos detrás de nuestro coche, para reaparecer en la tercera por el acceso más próximo al señor 28. Un chico que aún no había cumplido los treinta años esperaba sentado en él. Estaba solo, aunque los cristales posteriores estaban tintados y no sabíamos si habría alguien más agazapado. Ese pensamiento me incomodó, pues el parking estaba bastante desierto y si decidían agredirnos, difícilmente tendríamos escapatoria.
Cuando el hombre nos vio dirigirnos hacia su coche sonrió ampliamente, sin quitarse las gafas de sol de espejo que supongo que buscaban hacerle pasar inadvertido. ¿Qué puede haber más llamativo que un hombre solo con gafas de sol en un sitio cerrado?
– Veo que iba en serio. Pensaba que no vendrías y resulta que aparecéis dos. Mejor dos que una, afirmó mirándonos de arriba abajo como si fuéramos dos trozos de carne. – ¿Las dos sois damas aburridas?
– No, yo soy la dama aburrida. Ella solamente me acompaña, respondió Bibí altiva.
– Ah, tú eres la dama. Pues tu amiga también parece una dama, en este caso será la dama de compañía, ¿no? Apostilló altanero.
Pero Bibiana lo cortó, más brusca de lo que yo hubiera preferido. – ¿Y tú eres Mr28 centímetros?
Preguntó mirándole directamente la entrepierna. El chico, sin duda un niñato de extrarradio, sonrió envarado, al tiempo que se bajaba el pantalón de chándal blanco para mostrarnos aquella enormidad. Aún no estaba dura, pero en reposo asustaba. Bien, continuó la maestra de ceremonias. Tú y yo pasamos al asiento trasero mientras mi amiga se sentará en el delantero. Preferiría que me la chuparas arrodillada. Siempre he soñado con poner de rodillas a una zorra rica como tú. Eso aquí no podrá ser, respondió Bibí altiva mirando en derredor….
– El vestido que llevo vale más de lo que cobras cada mes y no pienso mancharlo en este suelo asqueroso. Así que si quieres seguir adelante, será como yo he dicho. Si no, nos vamos.
– Está bien, tú mandas Dama Aburrida.
Abrió la puerta del coche para que Bibiana entrara mientras él la secundaba. Yo lo rodeé para sentarme en el asiento del copiloto, pues no quería que el volante y los pedales me molestaran. Me giré, apoyándome en la puerta cerrada para gozar del espectáculo.
Mi amiga ocupaba el asiento de detrás de mí, así que el chico me quedaba en diagonal, por lo que tenía una panorámica perfecta de la acción. Mientras Bibí se recogía la melena rubia en una cola para que el cabello no le molestara, él alargó una mano y le sobó un pecho, preguntándole si eran naturales, a lo que mi amiga asintió.
Supongo que quería que se las mostrara pero el vestido se desabrochaba por detrás, con cremallera, tenía asas anchas, y vi que ella no estaba por la labor. Estiró los brazos para bajar el pantalón y el slip también blanco y apareció aquel trozo de virilidad que parecía haber crecido desde que nos lo había mostrado orgulloso fuera del coche. Bibí lo acarició suavemente, recorriéndolo con lentitud, hasta llegar a sus testículos inmensos, sopesándolos los manoseó como si de gelatina se tratase, para volver a ascender despacio.
– ¿Qué te parece lo que tengo para ti?
– No está mal, respondió humedeciéndose los labios.
Bajó la cabeza sin dejar de mirarla ni un segundo hasta que sus labios besaron el glande, abriéndose tranquilos para degustar aquel manjar. Lo rodeó para ascender de nuevo, tomando carrerilla para bajar algún centímetro más. Ascendió de nuevo. Descendió un poco más. Así estuvo, con exasperante lentitud, un buen rato, hasta que llegó a engullir completamente aquel vástago enhiesto de rugosidad venosa. ¡Madre de Dios! ¡¿Cómo podía caberle tamaña monstruosidad en la boca?!
Se la sacó, roja por el esfuerzo repitió el juego una segunda y una tercera vez. El chico resoplaba a la vez que alababa las excelentes dotes de mi amiga en un lenguaje bastante soez al que yo no estaba acostumbrada pero que parecía no molestar a mi compañera. Bibí cambió, para lamer todo el miembro de la punta hasta la base, para finalizar en los depilados testículos del joven, donde se entretuvo un buen rato. Ascendió de nuevo, reanudando la felación a un ritmo exasperantemente lento. Estoy segura que sentía más placer ella que él.
El chico resoplaba, gemía…, – eso es niña rica, eso es, chupa, hasta que agarró culo de Bibiana tratando de dirigir el ritmo.
Pero la experta felatriz no siguió sus indicaciones. Continuó a la velocidad con que había comenzado, sin modificar el vaivén, alternando succiones más o menos profundas, según su notable albedrío. Hasta que el chico llegó a puerto. Bibí le masajeaba los testículos con fruición, mientras él jadeaba estridente insultándola…
– ¡Sigue así zorra, la chupas de vicio puta rica, nunca ninguna furcia me la había chupado como tú!
Cuando las palabras dieron paso a un profundo gemido acompañado de intensos movimientos pélvicos. Si ya estaba alucinada con la extraordinaria actuación de mi amiga, que no perdiera el compás a pesar de los embistes del joven y que tragara sonoramente toda la lechada que sacudía aquel miembro, me dejó completamente perpleja. Más si cabe cuando aún tardó varios minutos en liberarla, despidiéndose de ella lamiéndola de arriba abajo, también los fastuosos huevos del chaval, para volver a ascender hasta acabar besando el glande, succionándolo con devoción….
– ¿Qué te ha parecido…? Preguntó Bibiana cuando ya estábamos en el coche de vuelta a nuestro barrio.
– Una locura.
– Va, dime la verdad. Seguro que te ha parecido excitante.
– Claro que me ha parecido excitante, pero no por ello deja de parecerme una auténtica locura.
– Ha sido bestial. Me he corrido.
– No puede ser.
Te lo prometo. No ha sido un orgasmo típico, ya sabes, la explosión del clímax, pero desde que me la he metido en la boca hasta que he acabado, he sentido todo mi cuerpo vibrar. ¡Buf! tienes que probarlo, te encantará.
– ¿Yo? ¡Ni loca!
Zanjé, pero no pude quitarme la imagen de los labios de mi amiga devorando extasiada aquel cipote descomunal durante varios días. Incluso las dos veces que tuve relaciones con Cayetano durante la semana siguiente, revivía la imagen cada vez que cerraba los ojos llevándome a los orgasmos más intensos de los últimos años de mi vida.
– Mañana por la noche tenemos una cita. Sí, la cena con las del comité de apoyo a la escuela.
– No sabes la pereza que me da.
– No, me refiero a después, al acabar.
– ¿Qué?
Había pasado más de un mes, cinco semanas exactamente, desde que habíamos ido al parking del Carrefour y el tema parecía haber decaído bastante a pesar de que los días posteriores solamente habláramos de ello. Pero comprendí que había vuelto a las andadas. Me mostró otra imagen de un falo más oscuro que el anterior, pero también de tamaño considerable….
– Llevo empapada desde ayer por la noche.
– ¡Ese lenguaje!
– De verdad, no te imaginas lo excitada que estoy, y encima esta semana Carlos está de viaje, así que tengo que consolarme sola.
– ¡Bibiana por favor! No me cuentes esas cosas.
Se rio de mí a carcajadas, negando haberse masturbado pues quería estar completamente despierta y receptiva a todas las sensaciones que el juego le proporcionara, pero estaba impaciente.
– No sabes el morbo que me da. Cenaremos con las monjas de la junta escolar, discutiendo la necesidad de dotar de una rígida educación a nuestras hijas y los valores cristianos que debemos contemplar, para tomarme de postre un buen trago de leche calentita de un mozo de almacén, sentenció sin dejar de reírse.
– Estás loca.
No hay mucho que contar de la cena, más allá de definirla como una reunión de más de dos horas en que las tres monjas, la directora de la escuela y dos maestras que la acompañaban, expusieron a las ocho madres de alumnas que formamos el comité de apoyo las nuevas directrices que pretendían aplicar en aras de encaminar a nuestras hijas en la dirección correcta. Estas charlas no suelen tener demasiada contestación por nuestra parte, pues, exceptuando un par de casos, solemos asistir más por recibir la información que para proponer cambios.
En cuanto nos montamos en el Mercedes de Bibí, ésta envió un mensaje al afortunado. Después de un par de respuestas mutuas, anotó una dirección en el navegador. Once minutos nos separaban de una calle desconocida en un polígono industrial Oeste, a las afueras de la capital entre Alcantarilla y San Ginés un pueblo del extrarradio en el que no recordaba haber puesto los pies nunca. En este caso buscábamos un Seat Ibiza rojo. En cuanto lo divisamos, nos acercamos a él y aparcamos a su lado, siendo los dos únicos coches de una calle sombría que seguramente debía estar muy concurrida de día.
Avisé a mi amiga de la indiscreción que suponía que el individuo viera nuestro coche y pudiera anotar la matrícula, pero nos pareció mucho más arriesgado aparcar en una calle paralela y recorrer andando el desierto escenario. El hombre superaba holgadamente los treinta años y no era nada atractivo. No veíamos su cuerpo ya que estaba sentado en su asiento pero era obvio que tenía sobrepeso. Con ambas ventanillas bajadas, comenzó una conversación escueta y directa.
– ¿Dama aburrida?
– ¿Cañón sideral?
A pesar de la ridiculez del seudónimo, el chico parecía educado, nada que ver con el bravucón de la primera vez. Nos disponíamos a entrar en su vehículo cuando nos pidió hacerlo en el de Bibí.
– Que me la chupe una dama de la nobleza me pone, pero que lo haga en su Mercedes es el súmmum.
Bibiana accedió, pues así cada vez que monte en él a partir de esta noche voy a excitarme recordando el momento, estás enferma, respondí. Ambas bajamos para que ellos pudieran pasar al asiento posterior, yo tomé la misma posición que la vez precedente y comenzó el espectáculo. Si el hombre carecía de atractivo, su indumentaria, una bermuda estampada y una camiseta negra, empeoraban el conjunto, pero no estábamos allí para asistir a un pase de modelos.
Nosotras, en cambio, sí vestíamos acorde a nuestra posición social y a la cita precedente. Bibiana siguió su ritual, anudarse el cabello antes de lanzarse a descubrir el tesoro oculto, mientras el afortunado esperaba impaciente. Tal como la foto nos había anunciado, era más oscura y menos venosa que la anterior. Estaba fláccida y los hinchados testículos tenían un tono morado debido al rasurado que se había aplicado hacía pocas horas. Esta vez mi amiga no la acarició, en cambio, entonó un Ave María Purísima antes de introducírsela completamente en la boca que me hizo sonreír. Sin duda, estaba muy metida en su excitante papel.
El aún moderado tamaño del miembro le permitió alojarla entera en su cavidad mientras sorbía sin ascender para notar como crecía en su interior. Lentamente fue subiendo, liberando otra monstruosidad mientras el chico gemía. Descendió, ascendió, descendió de nuevo para volver a ascender, con la misma lentitud que mostró cinco semanas atrás. Mi amiga me estaba dando una lección maestra de cómo mamar grandes vergas…
La calidez de la boca, unos labios suaves y húmedos, el toque preciso de la lengua recorriendo las partes más intimas y erógenas del cuerpo, hacen que el sexo oral sea una de las prácticas sexuales más placenteras, excitantes y estimulantes. También tiene su componente psicológico de confianza y entrega total. Como en todas las expresiones de sexualidad, el sexo oral es un arte que mejora con la experiencia y el conocimiento de la pareja. Comentaba una vez solas.
– El mejor consejo que te puedo dar es que seas abierta, que escuches al macho, me decía camino a casa. – Indica lo que te gusta y también lo que no te gusta cuando lo recibas, y de igual forma intenta estar atenta cuando seas quien la mama. Exprésate siempre de forma amable, cariñosa y sensual.
La felación es lo máximo cuando se le hace a una buena polla. Concretamente, consiste en aplicar la boca, los labios y la lengua en el cipote del macho para darle placer. La mayoría de los hombres están encantados de recibir una felación. El contacto de la polla con la lengua y los labios les resulta de lo más excitante.
– Te voy a explicar cómo hacer la mejor mamada del mundo paso a paso…
Lame varias veces la verga del tío, desde la base hasta la punta, como si fuera un helado ¡Pero no lo es…no mastiques! De vez en cuando, al llegar arriba, recorre con tu lengua toda la cabeza y nunca te olvides del borde.
Lame también el agujero uretral, sin chuparlo y sin absorber. Introduce la cabeza en tu boca, rodeándolo con tus labios y evitando el contacto con tus dientes. Mantenlo allí un poco. Baja rápidamente introduciendo tanta tranca como pueda caber en tu boca… puedes sujetar con una mano la parte de la polla que no introduzcas en tu boca.
Mantente así unos segundos. Deslízate hacia arriba hasta el glande. Ahora puedes apretarlo con los labios y besarlo como si lo quisieras alargar. Vuelve a introducirte el mazo en la boca y muévete arriba y abajo simulando una penetración.
– ¿Cuáles son las posturas adecuadas para la Felación? Es algo muy importante estar cómoda con un total acceso a su entrepierna completa… polla, huevos, perineo y ano.
La posición más habitual es la que el hombre yace encima de la cama, con la cara hacia arriba, estirado… puede estar algo sentado si desea observar que es lo más habitual. Entonces tú tienes acceso a todas las partes del fastuoso falo y a los testículos con total complacencia.
Esta posición permite un buen ángulo para que la verga entre fácilmente en la boca. Es muy cómoda para el macho que debe estar pendiente solo de disfrutar. Cuando el hombre se sitúa de pie o de rodillas, puede resultar incómoda para la persona que realiza la felación, pero permite realizar la mamada sin usar las manos, dejándolas completamente libres para acariciarle. Es muy buena para realizar el toque de la mariposa. Se trata de una técnica de felación muy estimulante. Consiste en pasar la lengua levemente a lo largo del frenillo o la cara inferior del cipote.
El hombre puede acariciarte el pelo, pero nunca deberían empujar o moverte la cabeza, ya que es cuando puedes atragantarte… el caso es que no tienen piedad y lo realizan, así que debes estar preparada para las atragantadas de nabo.
Una posición muy interesante es en la que tú te estiras confortablemente en la cama hacia arriba, con la cabeza ligeramente levantada… te puedes poner un cojín detrás. El hombre se sitúa de rodillas de manera que la polla queda a la altura de la boca. De esta manera tienes total acceso a la gran verga y a sus testículos colganderos. También le puedes estimular el ano, el perineo y las ingles con las manos.
Evidentemente, también puede auto estimularse fácilmente. El hombre tiene un puesto de observación privilegiado, aún más si la felación se termina eyaculando… recuerda que al hombre le gusta mirar ya que su estimulación es muy visual. Además, él puede acariciar y estimular tu cuerpo si no es egoísta, porque esta posición resulta cómoda para los dos.
– “Yo también se lo haré así a Cayetano, le dije en ese momento.
Ese espectáculo me excitó, endureciendo mis pezones y humedeciendo mi chocho. Bibí recorrió todo el tronco de esa enorme polla, alternando paseos con la lengua que acababan en los testículos con sonoras succiones que elevaban la temperatura del habitáculo, así como los jadeos del paciente. Aguantó menos que el primero pero también fue premiado con una prórroga de varios minutos cuando su engrudo ya se alojaba en el estómago de mi amiga. Un poco más de caña
– Un placer guapas, cuando queráis repetir, ya sabéis dónde encontrarme fue su despedida cuando hubo bajado del coche….
– No entiendo cómo puedes habérsela chupado a un gordo asqueroso como éste, fue mi pregunta cuando enfilábamos el camino de vuelta a casa.
– De asqueroso nada. Es la polla más sabrosa que me he comido nunca.
La miré sorprendida, definitivamente había perdido el juicio… – En serio. Sabía súper bien. A polla, evidentemente, pero no desprendía aquel olor agrio, medio sucio de algunas.
– ¡Qué asco! Pensé.
– Y el semen sabía dulzón. Tendría que haberle preguntado qué ha comido hoy…
A las dos semanas volvíamos a estar en danza. Varias veces la avisé de que se estaba precipitando, que estaba yendo demasiado lejos, pues una cosa era probar una fantasía y ponerla en práctica y otra bien distinta, aficionarse a un juego peligroso. Pero no quiso escucharme. Definía las dos experiencias como las más placenteras de su vida, exageras, objeté, pero allí estábamos de nuevo, aparcadas delante del Ikea de un miércoles a las once de la noche esperando al propietario de una verga muy blanca de pelo rubio, que Bibiana mostraba anhelante en la pantalla de su Smartphone.

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