DE SORPRESA EN SORPRESA II

-“¿Ya?”, nos sorprendió la voz del taxista que tenía su mano entre las piernas y la cara de haberse deleitado, por lo menos, visualmente al haber sido testigo de las escenas finales, las más tórridas sin duda. Ella dio muestras de control y ajustándose la falda dijo,
 -“Pues sí, aunque espero que sólo sea el aperitivo, ¿no, cariño?”, lanzándome una mirada de complicidad. “Por cierto, ¿falta mucho para el hotel?.
 -“Señorita, llevamos cinco minutos en la puerta pero no he querido interrumpir, me hubiese sentido muy mal al estorbar…..bueno...lo suyo”.
 -“Este hombre se ha ganado una buena propina” dijo al aire mientras al pagar añadía 50 euros para compensar los servicios prestados, lo que seguro añadiría un interesante final al relato de los hechos a sus colegas del gremio.
 Esta vez fue el personal del hotel el que cargó con el equipaje de ambos mientras reíamos abiertamente, con esas miradas cómplices que cruzan los que han disfrutado de algo prohibido y que, además, en este caso, otros han sido testigos envidiosos de la casual pareja. Ella iba tambaleando su cuerpo y luciendo sus preciosas piernas con esa pequeña minifalda, mientras se dirigía a la entrada del hotel, andando con aires ligeros. Sabiendo que la observaba de cerca cada vez coqueteaba más con sus andares, adoptando poses felinas, de verdadera pantera sedienta de sexo. Entró en el hall del Euroholding y a pesar de que los allí presentes debían de estar acostumbrados a que bellezas de ese estilo apareciesen de pronto, todos se quedaron hipnotizados por los destellos sensuales que desprendía mi estrella particular. No le quitaban la vista de encima, podría decirse que todos imaginaban lo que acababa de pasar y la ausencia de su ropa interior como muestra de los hechos. Era un imán tan grande que costó que alguno de los presentes cumpliese con su cometido en recepción.
 -“Tengo una suite reservada a nombre de Yara Films, S.L.”, vocalizó delante del empleado cuando éste volvió de su ensimismamiento. “Supongo que te apetecerá darte un buen baño de burbujas en el jacuzzi de la suite, ¿no, cariño?, te veo ligeramente acalorado”, me susurró al oído con la seguridad de que yo entendía perfectamente el mensaje. 
 Una vez registrados, nos dirigimos hacia el ascensor, que nos llevaría a lo más alto del hotel, la decimoséptima planta, donde se encuentran las suites, las habitaciones más lujosas. Dentro del elevador, debido a la presencia del empleado del hotel, tuve que reprimir, aunque no del todo, mis impulsos, porqué ¿a quién no le da morbo los ascensores, sabiendo que tienes muy poco tiempo pero que las sensaciones van a ser muy intensas?. Además, como sabía que ella no llevaba nada debajo de la falda, todavía tuve unos segundos para deslizar mi mano por detrás, a espaldas del empleado, y notar las secuelas de nuestras recientes fechorías. Mis dedos advirtieron que alrededor de sus labios todavía quedaban rastros de su reciente corrida, que incluso descendían hacia los muslos, mientras que su coño seguía estando a mayor temperatura de la normal (para un coño en reposo, se entiende). Antes de que se abriesen las puertas acerté incluso a introducir un dedo dentro de él, lo que hizo que ella diese un ligero respingo y me mirase a los ojos diciendo:
 -“Tú sigue así, que luego no vas a poder pararme, no me conoces….”, llevarme el dedo a la boca fue mi respuesta para que su sabor se mantuviese en mí, a la vez que intenté poner la mayor cara de sátiro que pude.
 Una vez que el del hotel dejó nuestro exiguo y peculiar equipaje en el hall de la suite, y recibió una propina que tal vez no estuvo a la altura de las que solía recoger cuando acompañaba a los clientes a esas habitaciones, cerré impetuosamente la puerta. Quería dejar rápidamente al mundo a nuestras espaldas y dedicarme con todas mis energías a aquella mujer que me tenía abducido desde hacía un par de horas. Al darme la vuelta y echar una mirada a la suite no encontré a mi preciosidad, claro, con tanto espacio y siendo la primera vez que estaba allí no era de extrañar. Me sentía cada vez más excitado, como un animal que busca a su hembra en celo y a la vez a su segura presa. Fui directamente al cuarto de baño, suponiendo que era el lugar más adecuado para encontrarla y nada. De pronto oí cerrarse una puerta, la de la habitación, parecía que comenzaba el juego. Me dirigí directamente hacia ella, el lugar más natural de un hotel y allí estaba. Me dejó impresionado.
 Sentada, en el borde de la gran cama, mirando hacia la puerta, es decir, hacia mí, con las piernas ligeramente abiertas, volviendo a ofrecerme un espectáculo divino y canturreando una canción que reconocí al momento: “Hay que gustito pá tus orejas, apretadito entre mis piernas….”. Sabía provocar, no había duda, mientras tarareaba con mucha gracia sureña esa canción de Amador (amador, curioso, sería una señal) abría y cerraba sus infinitas piernas, sujetando sus rodillas con ambas manos para acompañar el movimiento. Me acerqué lentamente hacia esa imagen de diosa que me ofrecía, y poco a poco fui desabrochándome la camisa, con insinuación, para que viese que también me gustaba provocar y correspondía a sus atenciones. Al llegar a su lado ya había acabado con todos mis botones y la tela ondeaba a cada lado de mis hombros.
 -“Uhmmm, si nos ha salido juguetón…además, depilado, como a mí me gustan los chicos, uhmm”, y poniendo sus manos en mi culo apretó mi ombligo contra ella mientras posaba apasionadamente sus labios en mi pecho. “Ahora vas a seguir quietecito hasta que yo te lo diga, ¿de acuerdo?”.
 Cada vez iba acelerando sus caricias, que incluían mordisquitos, apretaba sus garras en mis nalgas, lo que era muestra de que se disponía a continuar, con mayor intensidad, el primer acto del taxi. Por mi parte, estaba expectante y le seguía armoniosamente en sus escarceos. La reina se sentó a los mismísimos pies de la cama para acercarse más a mí, lo que aproveché para apretar con una de mis rodillas la unión de sus muslos, notando una humedad y calor que aumentaban por momentos. Al sentir esta presión, se apretó aún más y soltó un claro gemido que indicaba su total entrega. Se le comenzó a acelerar la respiración, vertiginosamente, mientras volvía a desabotonar mi vaquero dejándolo caer hasta mis pies.
 -“Aquí está una vieja conocida…cariñito míooo…ahhhh, uhmmmm, cómo te has puesto cabrona,…, seguro que me huele y quiere salir a la luz, ¿no es verdad bonita?, uhmmm”, le decía a la polla casi olvidándose de que tenía dueño y que, además, estaba allí.
 Después de mordeme literalmente toda la polla, que ya ofrecía una planta magnífica, a través del tanga que me había puesto ese día para estar más fresco, de un tirón decidido dejó al aire a mi querida amiga que apuntó al techo para demostrar que se encontraba en plena forma. Con un acto reflejo la engulló completamente en su boca y casi garganta, le dio un par de pasadas completas y giró todo el cuerpo, ofreciéndome una imagen impresionante y completa de su parte trasera mientras me decía,
 -“A ver, cabronazo…, que sabes hacer con esa pollaaaaa, dentro de mí” y con sus dos manos se abrió ligeramente los labios de su coño para facilitar mi entrada, cosa que no hubiese sido necesaria dado la humedad que reinaba en esa parte de su cuerpo.
 Ya no me podía estar quietecito, como me había ordenado, y sin pensarlo dos veces le agarré por las caderas, sus asas naturales, y de un brutal empujón clavé mi miembro dentro de su resbaladizo coño hasta lo más profundo de su vagina; la entrada fue triunfal, de una única estocada unida a un sordo sonido producido por el choque de mi pelvis contra sus nalgas, penetré en ella. Sentí un placer infinito, allí dentro se estaba demasiado bien, y el grito que ella dio al sentirse perforada así todavía me desató aún más. Estaba fuera de mí. Me quedé unos segundos parado, tensando todo el cuerpo para llegar lo más profundo posible, ella empezó a mover alocadamente su culo hacia mi, para iniciar un bombeo que le hacía gemir en cada viaje. Yo no iba a ser menos e inicié, coincidiendo con ella, una follada que nos hacía separarnos hasta que sólo la cabeza de mi polla tocaba la entrada de su enrojecido coño y juntarnos estrepitosamente dando la sensación que hasta mis huevos se iban a meter dentro. Por si fuera poco, ella en su delirio, intentaba llevar una de sus manos a mi culo para empujarme hacia ella, pero era imposible entrar más de lo que conseguíamos entre los dos.
 Aún en ese estado, era ella quien controlaba la situación y de un empujón me apartó de su cuerpo. Mi polla salió de sus entrañas y pareció emitir un ligero gemido de desaprobación. No quería apartarse de esa cueva húmeda pero calentita en la que se había convertido su jugoso coño. Ella, cual felina, se deslizó hacia el teléfono que estaba junto a la cama y sin intentar disimular su excitación solicitó a la persona que estaba al otro lado del hilo una botella de un buen brut nature burbujeante, tres copas y fresas, con una voz entrecortada que seguro hizo pensar al empleado que mientras hacía su pedido le estaban haciendo correrse de placer. Toda una mujer desinhibida, no había duda. Cada vez me excitaban más sus maneras.
 -“¿Tres copas?”, le pregunté con un cierto aire inquietante en mi voz.
 -“Sí, cariño, y a su debido tiempo sabrás porqué”.
 Mientras que los del hotel traían su pedido, ella aprovechó para buscar en el hilo musical de la suite algo que le motivase y se frenó al hallar una emisora que lanzaba ritmos latinos, que por la cadencia de su cuerpo denotaban sus preferencias. Ritmos calientes para una pantera negra. Me indicó que me sentase en el borde de la cama y que sólo mirase, si tocaba se rompía el encanto. Al son de la música acercó sus caderas a mi cara, conservando todavía su reducida minifalda, que había vuelto a poner en su sitio para hacer la escena aún más sensual. La canción continuaba y ella acompasaba sus embestidas a las sugerencias de la voz melosa del cantante, mientras que se iba acariciando, primero con suavidad y después más enérgicamente, sus seños por encima del top. Esto hacía que sus pezones se mantuviesen en las tres dimensiones ya aludidas. Sus manos seguían bajando hasta sus caderas y se perdían por detrás hacia sus nalgas, volvían hacia delante y por debajo de la falda, sin dejarme atisbar sus manejos, se desenvolvían con firmeza entre sus piernas, acariciando sus muslos y su húmedo coño sin ningún tapujo. Debido a que hacía un momento había iniciado una follada conmigo, su respiración seguía estando entrecortada y, cada vez, su excitación aumentaba al compás de las caricias de sus manos en su cuerpo.
 En ese momento y como si se le hubiese olvidado algo, se fue directamente al cuarto de baño. Coincidentemente sonó el timbre de la habitación.
 -“Servicio de habitaciones”, dijo una voz femenina que solicitaba la entrada. Una vez que encontré un batín para cubrir por lo menos mi gran erección, abrí la puerta para que la camarera pudiese dejar esos manjares en la habitación. Entró empujando un carrito con nuestra botella de brut dentro de una hielera, tres copas, un bol de fresas enteras y alguna que otra fruslería cortesía del hotel. 
 Cuando la camarera depositó todo en una mesa y cerró la puerta, mi princesa salió del cuarto de baño sin top. Sus tetas daban saltitos mostrando una alegría desbordante. Ella llevaba algo que me ocultaba en su mano. Enseguida supe que ocultaba un consolador, era demasiado grande para ocultarlo.
 -“¿No te sentirás celoso porque me abrace a este masturbador?”, dijo con ese acento del sur con el que se dicen estas cosas. ¿Masturbador?, curiosa palabra, aunque más adecuada para ese aparato que la más frecuentemente utilizada consolador.
 -“¿Celoso?, me encantan los juguetitos en manos de una guarrilla como tú, que seguro que sabe usarlo y que lleva una maleta llena de ellos, ¿no?”. Ella se sonrió por mi ocurrencia pero hubo algo en su mirada que me pareció extraño, aunque la falta de aire que sentí por mi casi dolorosa erección me quitó de la cabeza cualquier pensamiento extraño.
 Otra canción había tomado el relevo de la anterior, ahora el cantante nos susurraba: “Suavemente, be-sa-mé,…que quiero sentir tus labios.......suavemente..” y así fue como ella empezó a lamer el aparatito y poco a poco se fue agachando, suavemente, hasta llegar al suelo en el que plantó la ventosa que tenía el masturbador hasta dejarlo fijo, erecto y apuntando al centro de su rajita. Suavemente volvió a ascender mientras se humedecía los dedos y se abría los labios de su coño. Suavemente comenzó a descender para ir abriendo sus piernas y dirigirse hacia la polla artificial que ansiosa pero calladamente le esperaba, a la vez que su corta faldita se le iba subiendo hasta convertirse en un ancho cinturón. La escena era tan impresionante que iba a reventar, sentía palpitar mi polla. Su mirada fija en mí, con sus cabellos rojizos que tapaban ligeramente su cara, en la que se notaba que estaba disfrutando enormemente con lo que hacía. Al sentir que el extremo de su juguetito rozaba sus labios, acercó la mano para guiar al inerte miembro y con un decido impulso de sus caderas hacia abajo se lo introdujo hasta el fondo de su coño. En ese momento y sin dejar de mirarme a la cara como una gran puta, inició un sinuoso baile de arriba abajo, con el que se estaba follando a si misma, con inmenso placer, jadeando, como una perra en celo, cerrando los ojos y apretando las mandíbulas a cada descarga eléctrica que recibía desde las paredes de su babeante vagina.
 -“¿Dóndeeee... vas? Te heee...diiichooooo, uhmmm, que no te acerques cabronazooo, que sólooo puedes mirar....joder...diosss....síii...creo que me voy a correr aquí, como una puta, delanteeee...de ti”, me lanzó a la cara al intentar aproximar mi mano hacia ella.
 Ella seguía jugando sola, aunque de juego aquello tenía bien poco, el deslizar su rajita sobre el masturbador le iba a procurar otro orgasmo de los buenos, además con espectador y todo, lo que añadía un morbo que a ella le ponía más animal. La pelirroja no quería correrse tan pronto y volvió al cuarto de baño. Al salir fue a por una silla, que puso frente a la cama indicando que me sentara en ella y que mirase, sólo eso. Seguir mirando y obedecer. Como lo haría una profesional se tiró encima de la cama con las botas blancas de cuero todavía puestas y las piernas bien abiertas hacia mí, para que no perdiese nada del espectáculo que me iba a ofrecer. Comenzó a introducirse un dedo en su culito, primero con suavidad, aunque previamente lo había untado de un aceite especial, y después con más intensidad, haciendo que se perdiese dentro de ella, sintiendo a la vez como el masturbador entraba y salía de su coñito. Sus manos estaban muy atareadas pero aún así, todavía acariciaba su rizada y rojiza melena de una forma increíblemente lasciva, deslizando la mano hacia sus pechos, estrujando sus pezones tridimensionales con brutalidad, para arrancar placer de donde casi reina el dolor. Esos tocamientos hacían que yo no pudiese dejar de acariciarme la polla, aunque debido al estado en el que me encontraba, tampoco quería correrme. Con la punta del masturbador, que ya no era esclavo del suelo, se frotaba su clítoris y en cada sacudida se notaba que poco a poco iba creciendo dentro de ella el estallido final. Frenéticamente seguía introduciendo el juguetito y sacándolo, mientras ya tenía dos dedos dentro de su ano y habían traspasado el anillo que cierra esa entrada tan apetecible. Comenzó a mover como una posesa el masturbador dentro de ella y, no sé de dónde lo sacó, se introdujo un pequeño aparato que vibraba en su culito, lo que le arrancó un grito de placer que me hizo estremecerme de los pies a la cabeza. Era una pantera, un volcán, un tsunami. Nadie hasta ahora había disfrutado delante de mí de esa manera. Ardía en deseos de cooperar con su placer pero no quería estropear la increíble escena.
 Su clítoris estaba al rojo vivo de la sesión que le estaba propinando su mano libre; su culito vibraba por el aparato que tenía dentro y que hacía sus delicias; sus labios estaban abultados de la presión que sobre ellos ejercía el gran masturbador que la perforaba y, con la otra mano, no paraba de acariciarse los pezones que tanto me gustaban. La situación no podía continuar mucho tiempo. Todos sus intrusos comenzaron a hacer su efecto y a golpearla en su centro de placer. El masaje que se estaba haciendo sobre su enrojecido botoncito, que sobresalía visiblemente, aumentó de potencia y ritmo, sus jadeos fueron cada vez mayores, se debían de oír en toda la planta, de ella salían palabras indescifrables que sólo anunciaban un desenlace bestial. Todo a la vez. Un temblor empezó a recorrer su cuerpo, fue creciendo hasta convertirse en una convulsión desenfrenada, a la que acompañó con un grito ahogado: “me estoyyyy corriendoooooo....uhm....” y cayó de espaldas sobre la cama mientras su pecho se elevaba y descendía rápidamente, estaba a mil.
 En un momento me preocupó su estado, nunca había visto a nadie correrse así, salvajemente, casi temerariamente, además ella lo había hecho delante de un extraño, y me acerqué.
 -“¿Estás bien, preciosa?”.
  -“¿Tu....tu....qué....crees.....estoy divinaaaaaa.....que pasada, uhmmm...como me pones, cabronazo.....como me ha puestoooo....verte  ahí,...delanteeeee....de mí, sin hacer....nada”.

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