DE SORPRESA EN SORPRESA I
- Se me olvidaba que Madrid es una hora punta continua, lo que se aplica tanto al cielo como al suelo. Del primer tren tuve que olvidarme, otros habían llegado antes y me tenían ganada la posición, como en el baloncesto. A la segunda oportunidad y viendo que el reloj no me iba a dar más margen tuve que hacer un verdadero equilibrio para no ensartar a mis vecinos de vagón, cual Quijote, con el alargado tubo en el que guardaba mis tesoros rectilíneos.
Una vez acomodado en un discreto pero abarrotado rincón eché una ojeada a mi alrededor para entretener el viaje que prometía ser largo y tedioso pero a la vez promiscuo. Ya que tenía que estar allí, apretado con personas desconocidas me dispuse a contemplar los rasgos de mis vecinos, un juego mental frecuente que me relaja de otras tensiones y de vez en cuando me ofrece alguna sorpresa.
Esta vez, sorpresas, ninguna. Nadie atraía mi atención más allá de la variedad y mezcolanza de los orígenes que mostraban en sus rasgos los pasajeros de vagón, por lo que opté por cerrar los ojos y dejar volar la imaginación hacia el lugar que había elegido para pasar unos días de vacaciones en el mes de junio. Una playita casi olvidada en la impresionante costa atlántica portuguesa que tanto me atraía, a la que iba a llevar a una chica que había conocido el jueves pasado en un bar del centro que, por suerte, todavía no aparecía en las guías de “lugares recomendados”.
Ella me sorprendió enormemente al confesarme que le había caído tan bien, lo cual yo ya había notado, que me concedía un deseo que no estuviese relacionado directamente con el sexo. Así, al pronto y teniendo en cuenta que ella era una mujer, del sur, y bastante apetecible, me dejó momentáneamente sin alternativas, que le voy a hacer, pero pude salir bastante airoso de esa situación al proponerle que se dejase llevar unos días a un lugar sorpresa, que no se arrepentiría. Supuse que en su respuesta iba a rechazar mi ofrecimiento y que tal vez le complicaba menos la vida no haber hecho excepciones en cuanto a los asuntos que su genio particular podía ofrecerme, pero no fue así. Ahí estaba ella, aceptando mi tentación viajera con un desparpajo que me dejó con la boca abierta.
- “Por supuesto, me encanta viajar, ya sabes, un tópico, a las mujeres nos encanta viajar porque todo es diferente y hasta sorpresivo. Acepto y espero que no te eches atrás y no quiero saber dónde hasta que no huela a mar”.
A esas alturas de la conversación y viendo el éxito cosechado, pensé que lo mejor era tantear de qué iba mi futura compañera de viaje:
- “Pero…cómo…bueno, supongo que una vez allí… quiero decir….” Balbuceé.
- “No te preocupes, la limitación en tu deseo sólo se refería al primero, je, je, …No temas que soy una buena compañía en todos los sentidos, en todos sin excepción. Mira que sois transparentes los tíos”.
Perfecto, una mujer inteligente, abierta y…para que negarlo, a mis ojos, su cuerpo cada vez me parecía más sugerente y atractivo y cuando me miraba directamente a la cara para hablarme, me desarmaba y hacía que mi voz no pareciese segura, cosa que me sucedía en contadas ocasiones.
En estos pensamientos tan apetecibles estaba sumido cuando de pronto la vi. No a mi futura compañera de viaje, esas coincidencias sólo pasan en los cuentos, sino a la Reina del Metro, así la coroné en cuanto mis ojos aterrizaron en ella, que digo del Metro, de los transportes de España y del mundo entero. Impresionante. Una descarga eléctrica recorrió mi cuerpo de arriba abajo, de izquierda a derecha y tomó dimensiones inimaginables.
De momento era su perfil lo que me ofrecía pero no suelo equivocarme cuando atisbo una parte de una mujer y después se completa con el resto de su cuerpo. En proximidad, aunque parezca un tópico romántico, y allí reinaba la promiscuidad, lo primero en lo que me fijo de una mujer es en su cara y, especialmente, en sus ojos. En este caso no se los podía ver, tan sólo me ofrecía el perfil de su cara, ligeramente oculto por su pelo, de un tono rojizo y agradablemente ondulado que le caía sobre los hombros. Se lo ahuecaba constantemente para mitigar el calor que empezaba a palparse en esa reducida estancia inestable. No podía apartar los ojos de ella, imán potente, cada vez que movía su pelo dejaba a la vista un cuello por el que hubiese entregado mis planos (por cierto, dónde estaban….tendría que buscarlos entre los pies de mis vecinos), pues eso mis planos, si los tuviera, por rozar ligeramente con mis labios la zona que mostraba entre su lóbulo y su hombro. Sentía que me estaba recorriendo un sudor frío por todo el cuerpo y que se detenía en mi estómago.
Seguro que ella tuvo la sensación de que la estaban observando, tampoco sería la primera vez, a la vista estaba, y se giró hacia mí lentamente para clavar su mirada en la mía e iniciar un duelo en el que normalmente alguien suele ceder. No sé que me pasó en ese momento pero por nada del mundo me apetecía despreciar esa profunda e insinuante mirada y la sostuve más tiempo del que suele ser conveniente en situaciones similares. Ella tampoco parecía aflojar y mantenía su tensión alimentada por unas pupilas melosas que estaban consiguiendo que mi respiración comenzara a agitarse, lo que debido a mi cercanía, me situaba en una posición indefensa que ella, no había duda, empezaba a notar. Volvió a ahuecarse su melena, pero sin dejar de mirarme, lo que inundó el gesto de una sensualidad desbordante. Entrecerró ligeramente sus ojos con un dominio endiablado del gesto, y con el conocimiento de que ese movimiento era explosivo para mí. Como sacado de un guión erótico, entreabrió delicadamente sus labios para recorrerlos muy suavemente con la punta de su lengua, coqueta pero sin parecer obscena, como si lo hiciese una persona que los siente resecos, pero no me engañaba porque con su mirada me decía otra cosa muy diferente. Debo reconocer que en ese punto sentía una sensación de flaqueza en las piernas que me forzaba a recostar mi cuerpo contra la puerta del vagón, y que un ligero cosquilleo que empezó a materializarse entre mis piernas, me atenazó el estómago dificultando mi respiración.
Al entrar en contacto con la puerta del vagón comprobé que el tren estaba parado aunque a mí me parecía que su velocidad era la de las naves que cruzan el hiperespacio. Esto debe ser la relatividad de la que habló Einstein. Al parecer llevábamos así un buen rato, de ahí que la temperatura del vagón hubiera aumentado, y no sólo la mía como me había parecido hasta ese momento.
Ella se giró decididamente hacia mí. Tenía la sensación, para mi suerte, de que era lo que más le interesaba en ese lugar. Ella arrastraba una pequeña maleta, de esas que se utilizan en los aviones para llevar lo justo, un trolley, lo que añadía interés a su persona como viajera, ¿qué tendrán las viajeras que les hace interesantes a mis ojos?.
-“¿Siempre hace este calor en el Metro?” lanzó a bocajarro intentando hacerse una coleta con el pelo. No acerté más allá que afirmarle su pregunta con un escueto “depende”.
-“Y ¿siempre se para tanto entre estaciones?” volvió a inquirir como si yo fuese un guía de ciudad que tiene respuestas para todas las viajeras que pasan por Madrid. Le tenía que haber confesado que no me había dado cuenta de la parada porque sus ojos me habían embrujado pero tan sólo le comenté que Madrid es un caos. Gloriosa respuesta.
Tal y como estaba frente a mí, advertí en su manera de vestir que procedía de un lugar caluroso o se dirigía a él. Llevaba un top, de color discreto y muy corto, vamos, muy top, dejando a la vista un atractivo piercing, de esos que parecen dobles, con una bolita metálica por encima del ombligo y justo en el centro de éste una brillante piedra con tonos azulinos. Encima del top vestía una gastada cazadora vaquera, acompañada de una corta falda a juego, de las de cintura baja y unas botas blancas de caña alta que realzaban su figura.
-“¿Qué, te gusta?, elección de mi novio.”, dijo abiertamente al ver que mi vista no se apartaba de su ombligo. Y porqué tenía que traer ahora al novio. Qué pintaban terceras personas allí.
-“Pues sí, me gusta mucho porque suelta unos reflejos que ciegan”. Que gilipollez, no se me había ocurrido nada mejor, lo del novio me había dejado un poco descolocado.
Sus pechos también parecían preguntarme cosas, se dirigían a mí, apretados bajo el top, y delatando, debido a la clara ausencia de sujetador, que de su duelo visual conmigo no había salido totalmente ilesa. Sus pezones se marcaban ligeramente y, tal y como me gustan, mostraban sus tres dimensiones. Las aureolas destacando elevadas sobre el resto de sus tetas (que tenían una medida muy agradable a la vista y seguro que también al tacto), ensalzadas para afirmar su poder y, como punto culminante, esos pezones que se erigían como un torreón en la meseta de sus pechos para demostrarme que ella también se había excitado con mi excesiva proximidad. Mi imaginación se desbordaba y ella era el objeto.
El tren volvió a arrancar de forma violenta, supongo que para compensar el retraso, lo que hizo que su cuerpo se desplazase por la inercia y quedase, durante unos segundos, pegada literalmente al mío. En ese momento, el aroma de su pelo me embriagó y el roce de su pecho produjo una reacción en cadena, transformando mi hasta ahora adormecido pene en una verdadera polla, pugnando por conocer a la intrusa que lo había despertado de su letargo. No hizo ninguna intención por separarse y por su respiración noté que la situación, por lo menos, no le era desagradable. Debo de reconocer que, a primera vista, mi imagen no desagrada a ellas, tengo algunas características que me hacen, diríamos apetecible, usando un adjetivo que no pocas mujeres han deslizado en mis oídos en los primeros contactos y, además, suelo ducharme todos los días, como se suele decir.
-“Perdona, pero en estos vagones hay pocos lugares donde agarrarse bien”, me dijo mientras intentaba apartarse de mí sin grandes esfuerzos.
-“Tú, en cambio, si tienes muchas partes apetecibles para quedarse sujeto horas y horas”, arriesgué debido a la calentura que ya empezaba a ser palpable.
-“¿Tú crees?” dijo con una coquetería que rozaba el desafío.
-“No sólo lo creo, sino que lo afirmo y, es más, sería capaz de describírtelas una a una, aunque a la vista estén”. Por toda respuesta obtuve una sonrisa que mantenía mis esperanzas intactas. Entonces, se abrieron las puertas del vagón en una estación que no era la mía ni la de ella, aunque si la de muchos de los viajeros que ocupaban espacio alrededor de nosotros. No se cerraban las puertas y por megafonía pudimos intuir, ya que no entender, que había una seria avería y que se recomendaban itinerarios alternativos.
-“No te voy a volver a preguntar sobre Madrid, no te preocupes, pero sí te voy a invitar a que me acompañes, si eres tan amable, porque esta ciudad siempre me aturde. Madrid me mata, ya conoces el dicho”, dijo poniendo un mohín en su boca que le aseguraba mi protección.
En ese momento, al localizar mis planos, me acordé de mis obligaciones y del cliente que esperaba mi colaboración.
-“Mañana salgo en tren para Granada y tengo todo lo que queda del día para abandonarme en esta ciudad de la que dice que lo importante es la compañía, y si el alcalde no lo impide, el resto está ahí para ser disfrutado, ¿no?”.
-“Déjame hacer una llamada y te digo si soy tuyo hasta que abandones la ciudad”, observé mientras ascendíamos por las escaleras mecánicas buscando la luz en la superficie y la cobertura en el móvil. Estaba un poco nervioso y no quería que esa mujer fuese testigo de mis titubeos con mi cliente.
-“¿Puedo escuchar la excusa que le vas a dar a tu chica?, no sabes el morbo que me da saber que un hombre va a mentir a otra mujer por estar conmigo”.
-“Pues se equivoca usted, señorita, la llamada va dirigida a un cliente que espera esto”, le contesté burlonamente mientras palpaba los cilindros de cartón que contenían el trabajo de varios meses. Ella me respondió tan sólo con un ligero gesto de contrariedad, dejando claro que esa excusa ya no le interesaba tanto, sería la típica que se le da a un jefe.
Una vez resuelta mi cita, o más bien dicho mi no-cita, me dispuse a acompañar a esa mujer a donde fuese necesario, me sentía cada vez más débil y vencido y ella lo sabía, no era muy dueño de mí y en eso cooperó su cuerpo que, voluntaria o involuntariamente, había estado rozando el mío en los tramos de escaleras que tuvimos que ascender hasta llegar a la calle. Buscamos un taxi para que nos llevase, en primer lugar, a su hotel.
-“Al Euroholding, por favor”, le lanzó con premura al taxista mientras éste introducía su trolley y mis planos en el maletero.
-“Sabes elegir bien el alojamiento, ¿no?”, le comenté.
-“Bueno, esto son cosas de mi jefe, siempre quiere que su personal descanse bien, y creo que en este hotel es posible, ¿no lo crees así?”.
-“Pues creo que esta vez se ha equivocado y no por el hotel”, dije mientras acercaba mi mano derecha a su rodilla, gesto al que ella respondió con un ligero estremecimiento.
-“¿Y eso porqué?”, preguntó mirándome directamente a los ojos con un brillo que delataba de antemano que intuía la respuesta.
-“Algo se me ocurrirá para tenerte entretenida hasta que te sientes en el compartimento del tren que te lleve a tu Graná del alma” y mientras le decía estas palabras jugueteaba con la yema de mis dedos en el borde de su falda vaquera.
Ella echó una ligera mirada al conductor y comprobó que estaba demasiado atareado con la eterna hora punta vespertina del tráfico madrileño como para darse cuenta de lo que pudiese pasar atrás. Descruzó las piernas, hizo desaparecer sus dos manos dentro de la falda, levantó ligeramente su culito y en un abrir y cerrar de ojos (cosa que yo no hice para no perderme ni un fotograma) hizo descender una tanga negra a lo largo de sus piernas hasta desprenderse totalmente de ella.
-“Toma, un recuerdo mío, en este momento creo que no me hacen falta”. Y lo dijo de forma natural, como si le hubiese pedido fuego o la hora. Sabía que así tenía más efecto sobre mí, más morbo. Los latidos de mi corazón se dispararon y todo en mí pugnaba por explotar.
Acerqué su tesoro a mi cara aspirando el aroma de esa miniatura, un inconfundible olor a mujer en celo, a hembra deseosa penetró por mi nariz hasta el cerebro y de allí rebotó relampagueantemente hasta la base de mi polla. Al abrir los ojos y ver que ella se giraba discreta pero decididamente hacia mí algo empezó a brotarme en las entrañas. Me estaba convirtiendo en su esclavo, ella dominaba la situación, lo sabía y abusaba, se aprovechaba manteniéndome en vilo, con la seguridad de que mis ojos estaban subyugados por el más mínimo de sus movimientos.
Por mi parte, alternaba mi mirada entre sus encendidos ojos y la oscuridad que reinaba entre sus piernas, que sólo me dejaba imaginar, ni siquiera entrever, el tesoro que escondía pero que estaba allí, al alcance de mi mano. No me atreví a moverme por si se rompía el hechizo y preferí que fuese ella la que condujese la escena. No me arrepiento de haberlo hecho así. Una de sus manos, la que le sujetaba del asa que llevan los vehículos sobre las puertas, comenzó a descender. Se volvió a ahuecar el pelo para atenuar el calor que la inundaba, sus yemas recorrieron su cuello en dirección a una de sus tetas, que seguían mostrando claramente la forma de sus abultados pezones, la que ya había aparecido en el vagón. Al pasar por encima de ella, sus dedos le procuraron una tímida caricia pero que fue suficiente para que su pezón sobresaliese aún más que el otro, cosas de la asimetría. Jugó unos segundos con el piercing de su ombligo, resbaló por la tela vaquera de su falda y volvió a ascender buscando el lugar donde convergían sus brillantes muslos. Tuve que acomodarme en el asiento dado que mi polla estaba empezando a demandar su sitio dentro de mis vaqueros debido a que el hueco del que disponía se la había quedado demasiado pequeño.
Sin dejar de mirarme a los ojos, ella levantó poco a poco su falda hasta que la luz iba inundando (quien fuera luz, diría aquel poeta) esa estancia. Una vez que la tela quedó lo suficientemente fuera de escena como para que yo fuese testigo de sus manejos, llevó su dedo corazón directamente a mi boca para humedecerlo, propuesta a la que no puse ningún reparo sabiendo el uso que le iba a dar a mi lubricación personal. Lo chupé todo lo que pude y rodeé con mi lengua ese apéndice que se me ofrecía como aperitivo de platos más intensos; pero seguía sin atreverme a hacer nada que no estuviese en su guión, ahora me moría por llevarme a la boca un poco de su sabor. Aquí tengo que confesar que me desarma el sabor de un coñito cristalino, que rezuma excitación, que sepa a jugos de los que yo sea el culpable, es una debilidad, bien acogida por cierto, que llega a tal punto que cuando disfruto comiéndoselo a una mujer lo hago, en primer lugar, por mi propio placer, aunque pueda parecer que me esfuerzo para que ella se quede satisfecha. Esto último es sólo una consecuencia y, a la vez, mi secreto.
Con este pensamiento en mi cabeza, una vez que ella se llevó su dedo al centro de su rajita, no pude contenerme y llevé también mi dedo corazón, que previamente había ensalivado, hacia el mismo centro de placer a lo que respondió sólo con una ligera negación de cabeza que me hizo retroceder hasta mi posición de observador privilegiado. La falda permitía ver que su pubis estaba dulcemente depilado y que sólo mostraba una brasileña que caminaba estrechamente hacia su triángulo divino, de arriba abajo, apuntando al comienzo de los delicados pliegues de sus otros labios.
Con su índice y anular comenzó a separar las puertas de su particular tesoro, que ya mostraba una deliciosa hinchazón a la vez que brillaba apetitosamente a mis ojos, y de un certero avance se introdujo el dedo corazón hasta hacelo desaparecer casi por completo, sin dejar de abrasarme con sus pupilas. Una descarga de millones de voltios, pura alta tensión, recorrió su cuerpo y le hizo cerrar los ojos, momento que aproveché para recorrer con pasión su cuello, mordiéndolo suavemente hasta oír como su respiración se entrecortaba.
-“No pierdesss…tiempo…¿eh, cabronazooo?, me arrojó al oído dejándome claro que era de las que se enardecen al susurrar palabras guarras a sus amantes y que en esos momentos suelen simular detonadores explosivos.
-“Seguro… que te va… a reventar… la pollaaa”, me dijo, mientras sacaba el dedo de su coño para volverlo a introducir en mi boca. “¿A qué te gusta….cómo sabe…mi coño? y todo….por tu culpa….cerdo.”, seguía diciéndome con una entonación cada vez más viciosa.
-“Sí…sí…uhmm, uhmmm”, acerté a decir mientras me relamía debido a la exquisitez de su íntimo manjar. Cuanto daría por tener mi lengua allí, dentro, en lo profundo de esa fuente de la que manaba ese néctar.
Sin dudarlo más y sin interesarse por el conductor, se abalanzó hacia los botones de mi pantalón y uno a uno los fue casi arrancando hasta que liberó mi miembro de su opresora celda.
Menos mal, porque la calentura que acumulaba era impresionante y prueba de ello era que casi toda la sangre de mi cuerpo debía de estar allí, seguro que estaba pálido. Por la cara con la que me miró, una vez sopesado lo que tenía entre sus manos, supuse que era muy de su agrado, ya no tanto por el tamaño, diríamos muy apropiado, sino por la brutal erección que mostraba.
-“Y… ahoraaaa… me voy…. a, ahhh,.. regalar este rico tesorito… queee.. tienes entreeee.. las piernas y queee…. está diciéndome.. cómeme, cómeme”, y se agachó hasta introducirse la cabeza de mi polla en su cálida boca y, acto seguido, comenzó con frenéticos movimientos a devorarme literalmente, entre jadeos por su forzada respiración.
Debido a la postura y a que sus bragas eran mi regalo y dormían en mi bolsillo, me era fácil acceder a su coño desde atrás. Me humedecí un par de dedos y busqué su entrada natural, lo que resultó bastante fácil ya que estaba totalmente empapada de sus recientes jugos. Supongo que iba a dejar una huella palpable en la tapicería del taxi que a esas alturas parecía haberse dado cuenta de la escenita del asiento trasero pero que, a la vez, no quería interrumpir su desarrollo. Con toda seguridad el taxista se estaba excitando a menos que estuviese fabricado de metal, como Robocop.
-“Mueve… esos dedossss, hijoputa. Muévelos, ohhh, sí, así… dentro...que yo..lo sienta. Hazme correr como seguro….tú sabes, cabronazooo....mmm...mmm.”. Sus palabras me encendían y animaban a darle toda la caña que el lugar me permitía, por lo que probé a introducir, con la ayuda de sus palpables néctares naturales, un dedo en su culito, maniobra bastante viable dado que se trataba de un lugar muy amable al tacto y a recibir intrusos. Aunque, al pronto, ella cerró esa entrada por la sorpresa que le causó mi atrevimiento, pero no pasó ni un suspiro antes de que se relajase para facilitarme la tarea.
-“Sigue comiéndomela, trágatela toda, ¿te gusta, eh, cerda? Así, así, métetela toda en la boca, me gusta verla desaparecer dentro de ti...uhmmm, uhmmmm, la chupas como una verdadera puta desesperada”. No me reconocía en ese trato, estaba como loco, fuera de mí, no me importaba nadie ni nada que no fuera su cuerpo y, en especial, sus tres agujeros.
Justo entonces, hundí dos dedos en su coño, profundamente, hasta los nudillos, poniendo empeño en rozar esa zona que se muestra estriada al tacto dentro de una mujer excitada, al borde del orgasmo, y a la vez metí de un certero impulso mi pulgar en su ano, para después juguetear con los tres dedos a través de la fina piel que separa ambas entradas. Esto desató en su interior un temblor creciente que le recorrió todo el cuerpo, un latigazo eléctrico que le forzó, como poseída, a subir y bajar rápidamente su boca a lo largo de mi polla con la intención de hacerme correr allí mismo.
-“No pares, no pares….nunca, así…, uhmm, pero...¿qué me estás haciendo, cabronazo?, no me dejas ni pensar, sólo quiero tu polla y tus dedos ahíííí....síííí, bien dentro, asííí, vas a hacer que me corra aquí mismo….aghhhh” me decía intercalando entre sus palabras sonidos imposibles de entender.
Yo sabía que se encontraba en un punto sin retorno y, dentro de lo poco que podía controlar, decidí que había llegado su hora. Cambié la postura de una de mis manos y busqué más debajo de su ombligo y entre los pliegues de su coño, su botón detonador. Unté mis dedos con sus flujos y le comencé a dar un buen repaso alrededor del impresionante clítoris que destacaba bajo su divino monte. Lo apretaba con suavidad, estiraba, giraba, sobaba, mis dedos describían círculos a su alrededor, vamos todas las caricias que permitía mi postura y mi imaginación. Este ataque tuvo pronto su recompensa, ella empezó a resoplar escandalosamente, con los ojos abandonados, y no acertando a pronunciar más allá de palabras sin sentido y algunas que me parecieron idiomas extraños a mis oídos. Su boca seguía aferrada a mi polla pero ya no podía seguir con su tarea, la necesidad de tomar aire le impedía agradecerme mis manejos, sólo expulsaba bocanadas de aire cálido que yo sentía arrebatadoramente en la punta de mi capullo y que se aceleraba a medida que un intenso orgasmo comenzaba a explotar dentro de sus entrañas y pugnaba por hacerse un hueco en la atmósfera del taxi. Y llegó, y se fue de la manera más salvaje que haya visto, y originado, en un lugar tan peculiar.
-“Ahhh, me estoy yendoooo…como una puta…..¿Tú....tú quieres....matarme, uhmm, ahggg?, dijo mirándome con los ojos todavía demasiado perdidos y con sus labios a unos milímetros de mis huevos, mientras me clavaba sus uñas en la espalda, sufriendo todavía los últimos estremecimientos que me indicaban que se había corrido como una verdadera perra. Cuando sentí como se despedían las últimas contracciones de las paredes de sus dos entradas, las que tenía ocupadas con mis hábiles dedos, ella se incorporó ligeramente para deslizarme al oído:“Te vas.. a... enterar, cabrón, uhmm, me has hecho correrme como hacia tiempo y ahora te toca a ti...”, y al decir esto se humedeció un dedo que directamente buscó la entrada de mi culo con la intención, desde ahí, de estimular mi ya maltratado rabo, que a esas alturas del viaje ya estaba a punto de vaciar sus reservas de semen. Se puso decididamente a recorrer con sus labios y lengua el tallo de mi polla, girando en todas las direcciones posibles, engulléndola, sorbiéndola, soplándola, introduciendo la punta de su lengua entre mis pequeños labios, mordiendo ligeramente el capullo amoratado y todo ello sin aflojar la presión de su dedo en mi interior. Todas esas maniobras obraron en mi el milagro de la fuente natural y tras un ahogado grito “Me corroooo..”, que tuvo que escuchar el conductor, empecé a lanzar chorros de esperma a su boca mientras ella no dejaba que yo separase ni una pulgada el extremo de mi polla de su garganta, para no dejar escapar ni una sólo gota de ese manjar a la vez que apretaba con su lengua mi miembro procurándome una estancia breve en el paraíso. Las contracciones que sentía en mi esfínter apretaban continuadamente su dedo y esa sensación me pareció alucinante.
Cuando notó que mis espasmos iban cesando y que mi fuente se agotaba, limpió cuidadosamente con la boca el semen que tenía a la vista mi miembro y, de forma especial, el que todavía aparecía en su amoratada cabeza, la que todavía mantenía una arrogancia razonable. Tras tragarse como una puta sedienta lo que pudo obtener en esta última lamida me plantó un profundo beso con el que me hizo partícipe del sabor de mi propio semen y que en su boca todavía permanecía indeleble.

Comentarios
Publicar un comentario