LA GATITA
Tú me buscaste. Me encontraste en ésta misma página, por uno de mis relatos, y te diste cuenta de que eso era precisamente lo que durante tanto tiempo habías deseado sentir, y nunca habías podido explicarte a ti misma con palabras. Por tu primera aproximación, pensé que tu experiencia era ya suficiente para dar los primeros pasos, y decidí darte lo que humildemente me pedías. Acogerte, enseñarte, y mostrarte éste mundo de placeres que sólo te atrevías a confesarte a ti misma en tus fantasías más febriles.
Sin embargo, al poco tiempo de empezar fueron surgiendo sorprendentes dificultades. Tus reservas eran muy fuertes, tus miedos, tus dudas, se manifestaban a cada paso. La imposibilidad de tranquilizarte y guiarte con mi mano y mi mirada, hacían mucho más complicado avanzar porque eras todo el rato como una gatita asustada y parecías dudar tremendamente antes de cada pequeño paso. Todo parecía hablar de una mujer sensual, atrevida, juguetona… que había explorado casi todo lo que se había puesto a su alcance en el sexo. Que había disfrutado de juegos
lésbicos con su mejor amiga, de innumerables historias de discoteca, de concurridas fiestas con algo más que copas y música.
La sorpresa vino cuando hablábamos del sabor de tu Amo en tu boquita. De que ese se convertiría en el que asociarías a tu despertar cada mañana, y a uno de tus mayores deseos ante el más mínimo gesto de tu Amo para que le regalases ese placer tranquilo y sin complicaciones, en momentos de fatiga. Y sin embargo. ¡Nunca habías probado ese sabor! Me confesaste pudorosa que siempre hacías que los hombres se derramasen en tus pechos o tu vientre, que nunca te atrevías a tomarlos en tu boca, o sobre tu rostro, como algunos habían pedido. Te las arreglabas por volverles tan locos que acabara dándoles igual, y haciendo que se corriesen sobre ti sin insistir más.
Las cosas iban a cambiar, sin embargo. Como tu Amo, me resulta impensable que no vayas a beberte todo lo que te de, cuando te lo ordene. Entendiste enseguida que pese a tus reservas anteriores estaba fuera de toda cuestión, y que muy pronto tendrías que aprender a disfrutar de ese nuevo sabor. Sin embargo tu carita de susto hizo que me apiadase un poco de ti. Estando tan sólo al inicio de nuestros encuentros, ya sabía suficiente de ti como para hacerte el aprendizaje más llevadero. Eres una gatita muy caliente, pero te hace falta a veces explorar y descubrir por ti misma… se obtienen mejores resultados dándote algo de libertad para explorar, descubrir los objetos, tu cuerpo, o el placer de tu Amo, a tu propio ritmo y con tus propios experimentos.
Así pues, te llamé a mi lado casi como casualmente, sentado en un sillón. Habiendo ya aprendido lo básico, te acercaste gateando por la alfombra como una gatita traviesa. Casi podía oírte maullar, y también, tu ronroneo al apoyar en mi pierna tu barbilla. Estabas vestida como yo te había dejado tras irme esa mañana. Sólo para mí, sin estridencias, pero a mi servicio. Ropa interior negra, medias, el pelo recogido, dos gruesas muñequeras de cuero y una bufanda de seda también negra y muy suave al cuello, anudada por mí y que caía sobre tus hombros hacia el suelo en esa postura. Tiré de ella acercando tu cara a mí, y te susurré una orden. Vi los nervios en tu cara, y la sorpresa. Pero me complació ver también la determinación de superar este trago (sonreí ante el tonto juego de palabras, pero tú lo interpretaste como un gesto de ánimo, y te levantaste presta). Volviste con una copa de cristal, y un platito de fondo abajo. Ante mi gesto de aprobación, y con mi permiso expreso, te arrodillaste ante mí, con tus piernas recogidas entre las mías, y
ese brillo en los ojos que me enorgullece verte cuando sabes que vas a ser valiente y portarte bien para complacerme.
Dejé que me quitaras suavemente la toalla que llevaba a la cintura aún desde mi ducha, ya una hora antes. Te dejé hacer lo que tan bien haces, y mientras tanto te observaba. La devoción con que fuiste besando hacia arriba desde mis pies a mis rodillas, el cuidado con que tu lengua acarició mis ingles mientras ambas manos masajeaban los músculos de mis piernas, y, tras una de esas risitas dulces que te hacen parecer aún más niña de lo que eres, como fuiste poco a poco saboreándome y metiéndote mi miembro en la boquita.
Volví a mi lectura, mientras te dejaba hacer. Siempre me ha gustado, y ya lo sabías, no sólo prolongar ese placer, si no incorporarlo al día a día, hacer de él un elemento normal más de tu compañía, y disfrutarlo mientras me ocupo de otros asuntos. Sentía el calor de tu lengua, el cariño de tus labios. Notaba en mis rodillas el cambio de peso a medida que tu excitación iba en aumento, y que tu cabeza comenzaba a subir y bajar en toda la longitud posible. Tus manos pellizcando mis testículos, o simplemente agarradas a mis muslos mientras me tomabas hasta el fondo de tu garganta.
Llevaría ya unos 15 minutos leyendo tranquilo, dejándote esmerarte, cuando empecé a notar como buscabas mi pie. En silencio, sin atreverte a molestarme, pero sin poder contenerte, te acariciabas de lado contra mí. Bajé mi libro y te miré con curiosidad. No era normal una impertinencia de éste tipo, pero vi en tu cara que la excitación de ésta orden te estaba venciendo. Elevé una ceja para darme por aludido sin decir nada, pero te permití con un movimiento que cambiaras tu postura. Noté como te relajabas y te dejabas por fin ir, ante mi permiso implícito de masturbarte y acariciarte al tiempo que acelerabas el ritmo de tu felación. Dos párrafos más tarde empecé a perder la concentración en lo que estaba leyendo.
Como me gusta tener siempre tareas para ti, variadas, y que en pequeñas cosas expresen lo profundo del vínculo que te une a tu Amo, tuve una última ocurrencia para probarte, y saber si eras capaz del más difícil todavía. Con tu boquita rodeando mi polla, mientras te acariciabas contra mí y tu respiración y el olor de tus flujos llenaba ya el ambiente, te dicté las últimas frases del párrafo en el que iba a abandonar por fin la lectura:”Recuerda éstas dos líneas, gatita: tendrás que repetirlas cuando hayas acabado tu tarea para que esté completamente satisfecho contigo. Deberás grabarlas a fuego en tu memoria, unidas a éste momento y no olvidarlas nunca, como símbolo de que tu mente está también por completo entregada a la voluntad de tu Amo. Además, es práctico. Así me recordarás dónde retomar la lectura.””Ángela Vicario se atrevió apenas a insinuar el inconveniente de la falta de amor, pero su madre lo demolió con una sola frase: -También el amor se aprende.”
Te la repetí dos veces, para facilitarte la tarea, y para observar con gusto como tratabas de respirar hondo, de apartar de ti la sensación de fuego entre tus piernas, el roce de mi cuerpo, el latir de tuAmo entre los labios, intentando memorizar palabra por palabra lo que no habrías de olvidar nunca. Confié en que la intensidad del momento te ayudase a recordar, puesto que no deseaba tener que castigarte tras verte tan esmerada. Te aparté con suavidad de mí, con un pequeño tirón del pañuelo, para que no tuvieras llena la boquita. Repetiste con total exactitud ambas líneas para mí, aunque casi en un susurro, pues tu respiración era tan rápida y superficial que ya no había aire en tus pulmones para alzar la voz. Satisfecho, volví a guiar mi polla hacia tu boca, y con mi mano enredada en tu pelo te indiqué un ritmo más vivo, dispuesto ya a recompensarte pronto con mi leche.
Adoptaste gustosa el ritmo, y de haber peatones en un lugar tan apartado, creo que los gemidos les habrían hecho detenerse a escuchar el placer de mi putita. En pocos minutos te noté desfallecer ligeramente, tras sucumbir a un orgasmo que se me antojó aún más largo de lo habitual en ti, pero te rehiciste enseguida para no modificar tu ritmo, pues era evidente en mi gesto que no lo permitiría, estaba a punto de darte a probar mi leche, tu tarea principal de esa tarde.
A punto ya de derramarme, te corregí como estaba pensado. Metí dos dedos en tu boca, y la aparté de mí. Seguiste chupándolos con fruición, y masturbándome con tu mano derecha. La izquierda recogió la copa que estaba preparada junto a ti, dispuesta a no dejar escapar una gota.
Me recosté a disfrutar de los últimos momentos, y de la imagen de cómo me exprimías en la copa con todo el mimo. Tuve un orgasmo largo y profundo, y varios chorros de mi semen ocuparon el fondo de esa copa de cristal, y mancharon las paredes. Tenías una cara entre nerviosa y divertida, pero seguiste acariciándome, y echando hasta la última gota en la copa. Cuando me pareció suficiente, tiré nuevamente de tu collar, y te puse a cuatro patas sobre la alfombra. Fui por mi bata, y volví con ella y uno de tus juguetes. Te giré, para sentarme detrás de ti y te exploré con mis dedos con cierta brusquedad. Comprobé satisfecho que efectivamente seguías tremendamente húmeda al sentir acercarse el momento de la verdad, y te introduje unas cuantas veces tu consolador favorito, dejándolo dentro.
Llegado por fin el momento de la verdad, me levanté a tu lado. Cogí la copa y el platito, y pasé mi leche de uno al otro. Era suficiente para cubrir el fondo, y me mostré satisfecho. Fui hasta una esquina del salón, y deposité allí el plato. Volví a por ti, y caminando a tu lado, con el pañuelo como tu correa, te llevé hasta él. Lo cogí y te lo acerqué, ofreciéndote tu comida, la leche para mi gatita. Totalmente metida en el juego, me sorprendí al oírte efectivamente maullar con claridad, y mirarme inocente. De nuevo el brillo en tus ojos, y ese miau, bastaron para provocar una erección bajo mi bata. Tendría que esperar.
Te inclinaste sobre él, y parecías querer olisquearlo. Lo miraste curiosa, desde varios ángulos, y por fin vi salir tímidamente la puntita de tu lengua. La acercaste, mojándola tan solo en mi semen, y desapareció inmediatamente de nuevo en tu boca. Durante unos segundos eternos no te moviste un milímetro. Estabas ahí, paralizada, tratando, supongo, de no dejar escapar ese primer instante. Súbitamente, empezaste a comer, a lamer de veras el plato de forma glotona, claramente sorprendida y complacida por ese nuevo sabor. En poco tiempo el plato estaba brillante de tu saliva y no quedaba en él ni rastro de mi semen. Para rematar tu estupendo papel, volviste hacia la mesa, y te pusiste de rodillas junto a ella, maullando y mirando al vaso en el que aún quedaban restos de mi leche.
Estaba contento contigo, así que decidí concederte lo que pedías. Cogí la copa, y fui rebañando con mi dedo los restos que en ella quedaban, para ofrecerlo a tu boquita. Sentí como succionabas en él con fuerza, y como de veras tu lengua lo rodeaba sin dejar nada. Pronto se acabó, pero mi erección era muy evidente y hasta te permitiste una mirada divertida. Parecías querer decir que tenías aún hambre.
Te quedaba aún una tarea, sin embargo. Sentado en el sofá, te atraje y te tumbé junto a mí. Con tu cabeza en mi regazo, y mis manos perfilando tu cuerpo, distraídas, explorando con total naturalidad aquello que me pertenece, te pregunté aquellas dos líneas. Habías sido una putita buena, la perfecta sumisa para tu Amo esa tarde, y sólo faltaba la guinda; aunque seguramente, esa sea ya otra historia.
¿Eres capaz de recordar lo que te leí, gatita? Demuéstralo.
Espero que hayas disfrutado… Si quieres leer más, compartir tus fantasías, o simplemente decirme que te ha parecido, no dudes en escribirme.Tú
Comentarios
Publicar un comentario