LA PERRA, LA CERDA Y SUS AMIGAS 2
La oficina está algo alejada, y me acerco en taxi hasta allí. Sólo será una toma de contacto. Consigo que me atienda ella, con la excusa de hacerme un seguro de hogar, y me muestro educado, simpático y galante. Ella sabe realzar sus evidentes atractivos, y lleva un escote bastante descarado, que miro sin recato. Sus tetas son enormes; no me parecen mucho más pequeñas que las de su hermana.
- Me alegro de que me haya tocado una señorita tan atractiva.
- Gracias, señor. ¿Distancia a un curso fluvial?
- No, la casa no está cerca de un río. ¿A qué hora sales, preciosa?
- Jajaja, no sea usted así, no le conozco de nada…
- Pero yo a ti sí, hermosura. Te llamas Elena Sánchez, tienes 20 años, una hermana más pequeña, y sois huérfanas.
- ¿Cómo sabe usted todas esas cosas? Me está dando miedo…
- No temas, pequeña. Soy detective privado y me sé la vida de casi todo el mundo.
- ¿Detective? ¡Qué interesante! Seguro que tiene mil historias que contar…
- Claro que sí. No tengas ningún miedo; no me has dicho a qué hora sales.
- Ah, perdón. Salimos de aquí a las dos y media, pero luego voy a casa a comer con Rebeca. La pobre es un poco corta, y me tengo que ocupar siempre de que no le pase nada. Además, aún es bastante pequeña y no se vale por sí misma.
- Me gusta que me cuentes los detalles de tu vida. Y además, me gustas tú.
- Qué zalamero es usted, señor. La verdad es que me pica la curiosidad. ¿Nos vemos esta tarde, a las seis, en la cafetería Frutos?
- Ah, sí, la conozco, está en la calle que se llama igual…
- Sí, jajaja, nos tomamos algo y me cuenta sus historias, ¿vale?
Esta chica es tan inocente como su hermana. Algo más avispada, pero igual de sencilla. Sus tetorras suben y bajan acompasando su respiración. Le digo que no me convence el seguro y me voy, no sin antes plantarle un par de besos agarrándole de la cintura.
- Vamos a intercambiarnos los teléfonos. Recuerda, me llamo Eduardo.
- Claro, tengo buena memoria. Hasta luego, señor Eduardo.
Salgo de la oficina de Elena y vuelvo a casa dando un paseo. Llamo a mi perra.
- Hola, perra.
- Hola, mi amo. Ya ve, he visto su llamada a la primera. Estoy todo el rato mirando el teléfono nuevo.
- ¿Qué haces?
- Estoy haciendo la comida para cuando venga Elena.
- ¿Y estás de pie?
- Sí, claro, cuando hago la comida estoy de pie…
- Muy mal.
- Lo siento, mi amo. Ya estoy en el suelo, de rodillas. Y me encanta, la verdad. No sé qué tiene usted…
- Lo que tengo es una perra inútil. Cuando hables conmigo tienes que estar en el suelo, ¿entendido?
- Sí, mi amo, no volverá a pasar.
- Bien. Te llamo para contarte que he conocido a Elena, y esta tarde tenemos una cita. Cuando se despierte de la siesta, ayúdale a ponerse guapa para mí.
- ¿Ha conocido a mi hermana y van a verse hoy mismo? ¡Qué bien, me encanta que mi amo quede con mi hermana! ¿Cómo quiere que se la prepare?
- La quiero bien arreglada, con los labios pintados de rojo y la ropa interior a juego. La quiero dispuesta, vestida explosiva, preparada para ser mía.
- Su perra hará todo lo que quiera para que no se enfade más, mi amo.
- Así me gusta, Rebequita.
Cuando llegan las seis de la tarde, busco un sitio discreto para espiar. Veo a Elena que sale de su casa y se dirige al bar, en su misma calle. Lleva el mismo conjunto que se ha puesto Rebeca esta mañana. Llamo a mi perra.
- Perra, ya veo que tu hermana mayor se ha puesto lo mismo que llevabas tú antes.
- Sí, mi amo. Espero que le guste así. Yo misma le he pintado los labios y le he elegido las bragas y el sujetador rojos, que se compró para la nochevieja.
- ¿Y no ha protestado por todo eso?
- No, mi amo. Antes le he dado las llaves y el teléfono y le he dicho que no necesitaba todo eso, que no volvería a salir de casa si no estaba ella. Como estaba muy contenta, se ha dejado arreglar como yo le decía.
- Muy bien, mi perra. Voy a encontrarme con ella. Supongo que estás en el suelo mientras hablas conmigo.
- Sí, mi amo, ni lo dude. Soy su perra y estoy en el suelo, a cuatro patas. Bueno, a tres, porque llevo el teléfono en una mano…
- Jajaja, muy bien. Siempre de rodillas, y además con las tetas fuera, así te quiero.
- Ay, pues ya me las saco, perdón. Ya está. En esta postura, los pezones pegan contra el suelo y está frío… ¡Qué rico!
- Frótalos bien y córrete. Adiós.
- ¡Ahhhh! ¡Gracias, gracias, gracias!
Entro al bar y me dirijo hacia Elena, que se ha sentado en una mesa del fondo. No hay más clientes: mejor, así tendremos algo de intimidad. La camarera china trastea en su móvil, absorta.
- Hola, Elena, te he traído caramelos de limón.
- ¿De limón? ¡Son mis favoritos! ¡Gracias, gracias, gracias!
Me resulta encantador que esta tetuda repita las mismas palabras que su hermana tonta, vestida igual que ella cuando me la chupaba hace un rato. Desenvuelve un caramelo y se lo mete en la boca, feliz. Los tirantes del sujetador evidencian su color rojo.
- Pues a mí me gusta mucho la ropa interior roja, guapa.
- Uy, qué vergüenza. Es que mi hermana ha insistido en que me pusiera así…
- Pues tiene buen gusto, esa Rebeca.
- Jo, se acuerda de los nombres y de todo. Menos mal que parece una buena persona. Eso de ser detective es un puntazo. ¿Me va a contar muchos secretos de la gente?
- Claro que sí, si confías en mí, cariño.
- Vale, me parece bien. ¿Qué quiere que haga?
Esa pregunta inocente me la pone dura al instante. Retiro un mechón de pelo de su cara y le acaricio la mejilla. Ella sonríe, vergonzosa y mimosa.
- Quiero que me enseñes el caramelo que llevas en la boca.
- ¿El caramelo? ¿Por qué?
- No debes hacer preguntas.
Saca su lengua, con el caramelo, y mantiene la boca abierta para mí. Le cojo las manos. Está temblorosa, pero sigue mostrando el dulce, a la espera de mis órdenes. Con sujetador y todo, sus pezones se clavan en el vestido. Está mojada.
- Muy bien, Elena. Ya puedes cerrar la boca. Sólo quería saber si confiabas de verdad.
- Ay, pues claro. Me he puesto un poco nerviosa, pero está bien, señor.
- Como te estás portando fenomenal, te voy a contar una historia. Esto era una mujer que se comió un caramelo mágico y empezó a sentir calor, un calor que le hacía respirar más fuerte, que le hacía encontrarse muy bien, como en el cielo…
- Ay, señor, ésa soy yo…
- Eso es, mi vida.
Le aprieto más fuerte las manos y acerco mi boca a la suya. Vuelve a sacar la lengua. El caramelo ya se ha consumido. Nos besamos con pasión. Le suelto las manos y me rodea el cuello. Nos abrazamos. Sus tetorras están aplastadas contra mi pecho. Le acaricio sobre la ropa, la parte superior del culo, el lado de una teta…
- Ay, don Eduardo. Me tiene usted cachondísima.
- Pues vamos a tu casa.
- Pero está mi hermana…
- Sube tú primero y haz que se meta en su habitación. Luego me abres y follamos en la tuya.
- Sí, me apetece mucho…
Elena se va del bar. Espero unos minutos y subo a la casa. Me recibe con el conjunto de lencería rojo. Una hembra tan espectacular como su hermana, desde luego. Me tumbo en su cama y me hace un estriptís. Luego, ya desnuda, se acerca a mi polla y me la chupa con entusiasmo, para metérsela luego en el coño. La follo agarrándole las ubres, con furia. Nos corremos. La dejo tumbada y me largo. Ahora soy el amo de la pequeña y el novio de la mayor. No está mal, para sólo tres días.
Día 4
Entro en la casa. Rebeca está viendo la tele, sentada. Cuando me ve, baja al suelo, se saca los melones y se acerca hacia mí, gateando. Ocupo su sitio en el sofá.
- Hola, mi amo. Ayer Elena me trató muy bien después de estar con usted. Me dijo que era un señor muy especial, que parecía un mago. Luego quiso celebrar que lo había conocido, y bebimos vino.
- Vaya, así que os emborrachasteis a mi salud…
- Pues sí. Mi hermana no me deja beber nunca, pero ayer fue distinto. Y todo gracias a usted.
- Déjame adivinar: luego os pusisteis cariñosas.
- ¡Sí! A ver si va a ser un mago de verdad… Pues sí, después de beber mucho vino empezó a contarme que usted le había regalado caramelos de limón, que le había besado, y todo lo que me contaba lo hacía conmigo a la vez. Ella se portaba como si yo fuera usted. Era raro, pero muy divertido. Luego fuimos a su habitación, y se desnudó para mí. Yo también me desnudé. Y después estuvimos jugando a que hacíamos guarradas, con el chocho y las tetas, mucho rato.
- Vaya con las hermanitas tetudas. Lástima no haber estado allí, perra.
- Espere, que no he terminado. Como yo veía que ella quería que yo hiciera de usted, se me ocurrió hacer las cosas tan ricas que hace siempre conmigo. Entonces le agarré los pezones, luego le di azotes en las tetas, y luego también en la cara. Ella se movía como si quisiera más, y yo seguí así, venga otra bofetada, y todo eso. Al final nos dormimos abrazadas, como cuando éramos pequeñas. Y esta mañana se ha levantado muy contenta, sin reñirme por nada de lo que pasó ayer. Le he preparado el desayuno, como todos los días, y me sonreía y me acariciaba. Luego, antes de irse, me ha dado un beso en la boca, largo largo. Está súper cambiada. Yo creo que usted le hace mucho bien, como a mí, mi amo.
- Me estás dando muy buenas noticas, perra. Anda, sube.
- Sí, mi amo.
La historia que me acaba de contar mi perra es increíble. Ahora resulta que su hermana es también una cerda viciosa. Pero qué chollo me he encontrado, por dios. Coloco a la perra abrazada sobre mí y la desvirgo. Nos corremos juntos.
- Buena perra. ¿Te ha gustado que te meta la polla en tu coñito?
- Buf, sí, mi amo. Cada día me lo paso mejor con usted. ¿Vendrá esta tarde también?
- No lo sé. Hablaré con Elena. Pero tú, mientras yo no esté, tienes que seguir haciendo de mí. Me gusta.
Echo una meada en la garganta de mi perra y me voy de compras. Esas dos putitas tienen poco vestuario adecuado para mí. Encargo que envíen todo a su casa. Luego llamo a Elena.
- Hola, mi amor.
- Hola, don Eduardo. Disculpe, pero no me sale tutearlo. Ayer disfruté mucho con usted.
- Seguro que también disfrutaste después, con tu hermanita…
- ¿Con mi hermana?
- No tienes que disimular. Te dejé muy cachonda y si luego te pusiste cariñosa con ella, es lo más lógico…
- Ay, señor, con usted no se pueden tener secretos. Pues sí, luego le empecé a contar lo maravilloso que es usted y una cosa llevó a la otra… ¿De verdad que no le parece mal?
- Me parece perfecto. En esta vida hay que disfrutar, siempre que se pueda. Y si yo no estaba, tu hermana seguro que ocupó muy bien mi lugar…
- Pues no lo voy a negar. Lo pasé muy bien, imaginándome que ella era usted. La pobre hizo todo lo posible por complacerme, como siempre…
- Genial. Pues ya sabes, a partir de ahora, tu relación con Rebeca va a ser esa. Tienes que comportarte como si ella fuese yo. Ya has visto que eso te conviene.
- Qué cosas más raras me pasan, don Eduardo, pero estoy de acuerdo en que todo esto es bueno. ¿Lo veré esta tarde?
- Sí, me pasaré un rato por tu casa. Y no olvides nuestro pacto.
- No lo olvidaré. Besos, y muchas gracias por su comprensión.
Llamo al timbre. Subo. Elena me recibe en la puerta. Se me echa al cuello, entusiasmada.
- ¡Qué cantidad de cosas me ha comprado! ¡Y es todo precioso! ¡Gracias, gracias, gracias!
- Claro que sí, cariño, tú te mereces eso y mucho más. ¿Qué tal llevas la tarde?
- He estado con Rebeca, atendiéndola como si fuera usted. Ella me hace unas cosas…
Le agarro del cuello y la tumbo en el suelo de un bofetón. Luego le meto la punta de mi zapato en el coño, y mientras muevo el pie, le pregunto:
- ¿Cosas como éstas?
- Buf, don Eduardo, sí, cosas así…
- Me parece muy bien. Tienes una hermana que es un tesoro, ¿no?
- Sí, don Eduardo. Es una niña impresionante.
- Bien, pues se merece que le demos algún capricho. Sácala de su habitación y preséntamela. Pero nada de harapos. Las dos vestidas con mis cosas.
- Pero es muy pequeña e inocente…
- De eso nada. Si sabe sustituirme en mi ausencia, es ya lo suficientemente mayor.
- Pero…
Al segundo pero, mi mano se lanza como un resorte. Empiezo a sacudir a esa puta, con saña. Ella se asusta un poco, y acude a prepararse con su hermanita. Yo me sirvo un whisky y espero.
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