LA PERRA, LA CERDA Y SUS AMIGAS 3
En cuestión de minutos, aparecen las dos de la mano. Se han puesto la ropita nueva de rameras que les he comprado; taconazos, minifaldas, tops ajustados… Esas cuatro tetazas son cuatro soles, ahora de mi propiedad.
- Señor, le presento a mi hermana Rebeca.
- Oh, es muy bonita también. Ven, pequeña, dame un besito.
La perra se acerca a mí, sonriendo, y me da un beso en la mejilla, acompañado de un lametón disimulado.
- Hola, señor, encantada de conocerle.
- Me ha dicho tu hermana Elena que has estado muy cariñosa con ella, haciendo como que tú eras yo. Eso me gusta. Quiero veros.
- Sí, señor. Elena, al suelo.
- Pero Rebeca, eso era sólo un juego…
Esta perra es fantástica. Ha pasado el umbral de lo correcto: no sólo hizo gozar ayer a su hermana borracha con sus hostias, sino que hoy ha conseguido domesticarla. Intervengo:
- Elena, tu hermana te ha dicho que vayas al suelo. ¿No la vas a obedecer?
- Sí, don Eduardo, ya voy. Es que me da vergüenza, delante de usted…
- No te preocupes, me parece bien. Continuad.
Rebeca continúa en su papel, tan bien aprendido.
- Elena, ¿qué eres?
- Soy… soy su perra.
- ¿Y yo quién soy?
- Tú eres mi hermana pequeña, Rebeca…
- No no no…
- Aaay. Usted es mi amo, don Eduardo…
- Así mejor, mi perra. Ahora chúpame los pies.
Asisto a la gloriosa transformación de esas dos criaturas. Por un lado, mi pequeña perra Rebeca, representando el papel de mí mismo a la perfección, un amo que somete a su mascota con firmeza. Por otro lado, mi nueva novia Elena, que saca de su interior la verdadera perra arrastrada que llevaba escondida. Y todo sin el menor esfuerzo por mi parte. Elena le lame los pies a su hermanita, que me mira feliz y orgullosa por su trabajo bien hecho.
- Estáis portándoos las dos muy bien. Me gusta que juguéis juntas para mí. Pero ahora, aprovechando que estoy en persona, ya no hace falta que Rebeca haga de mí, ¿no creéis? A ver, Elena, ¿entonces eres mi perra?
- Lo siento, don Eduardo, esta hermana mía no sé qué tiene en la cabeza. Me ha llevado a hacer y decir cosas que ni me imaginaba… Aunque usted ha dicho que le parecía bien…
- Claro que me parece bien, mi perra. No te preocupes por nada. A ti te gusta ser humillada, despreciada y tratada como la cerda que eres. Y yo estoy aquí para complacerte.
- Buf, tiene usted razón, se me encharca el coño sólo de oírle. Pero me preocupa mi hermanita, que no tiene ninguna experiencia…
- Con la pequeña Rebeca no vamos a tener ningún problema. Ya has visto que sabe tratarte a las mil maravillas. De hecho, le vamos a dejar participar siempre en nuestros juegos. Elena, tú limítate a hacer lo que te digamos. Rebeca, mi perra, demuéstrale a tu hermana mayor lo que sabes hacer…
La tetuda pequeña gatea hasta mi polla y se la mete entera en la boca. Elena mira asombrada. Follo con fuerza la garganta de la tonta, y acerco del pelo a Elena.
- ¿Ves, Elenita? Tu hermana pequeña sabe muy bien cuál es su cometido. Ahora tú.
- De verdad que es usted un mago, mi amo. Nunca hubiese imaginado que Rebequita supiera hacer esas cosas…
- Calla y traga tú ahora, cerda.
- Sí, mi amo.
Elena se afana en engullir todo mi rabo. Indico a Rebeca que le empuje la cabeza, para enseñarle a tragar igual de bien que ella. Elena acaba por aflojarla faringe y dejarse llevar. Mis huevos chocan con su barbilla una y otra vez. Me voy a correr. Saco mi polla y riego las caras de esas dos tetudas con mi semen. Les hago limpiarse con la lengua la una a la otra. Luego me pongo a mear. Rebeca traga entusiasmada; su hermana acaba imitándola. Luego la pequeña se dirige a mí.
- Amo, muchas gracias por su pis. Estaba muy rico.
- Así me gusta, mi perra. Cerda, aprende de tu hermana pequeña.
- Yo… Perdón, mi amo, es que estoy muy sorprendida… Yo le agradezco mucho su meada y todo lo demás. Rebeca es mucho más lista de lo que yo creía y hace las cosas mucho mejor que yo. Y tiene las tetas más grandes. Y es más joven. Todas esas cosas hacen que yo sea peor, que merezca menos la atención de usted. Y realmente, saber que soy una segundona despreciable me pone a cien.
- Perfecto, preciosa. Has dado en el clavo. Rebeca es mi favorita; es mi perra y yo su amo. Y tú eres, a partir de ahora, la perra a las órdenes de tu hermanita y mi cerda para todo. ¿Entendido?
- Sí, mi amo. Intentaré servirles como mejor pueda.
- Muy bien. De momento no vas por mal camino. Trae las pinzas de la ropa. Me apetece que os adornéis para mí. Gateando, por supuesto.
- Sí, mi amo.
Miro cómo se aleja Elena a cuatro patas. Tiene unas tetorras fenomenales, que me parecerían perfectas si no fuera por la inmensidad de las de la tonta. Esta pequeña permanece junto a mí, a la espera de las pinzas. Su hermana vuelve con la cesta en la boca. Les hago ponerse una en cada pezón y dos más para sus clítoris. El hermoso espectáculo de esas dos jovencitas tetudas degradadas me excita, y les arreo unas hostias en las ubres que hacen caer las pinzas, que se vuelven a poner enseguida.
- Córrete, perra.
- Sí, mi amo. Muchas gracias.
- Tú, también, cerda.
- ¿Ahora? ¿Así? No sé si puedo, de repente…
- He dicho que te corras tú también, cerda.
Esta Elenita no sabe que su hermana está totalmente domesticada. La ve correrse a mi orden, muy sorprendida, pero cuando le cruzo la cara acaba teniendo también un orgasmo.
- Cerda, te correrás cuando yo diga. Igual que tu magnífica hermana.
- Sí, mi amo. Son tantas cosas inesperadas…
- Ahora me voy. Recordad las dos vuestro puesto.
Me acompañan a la puerta. Agarro de las tetas a Rebeca y la alzo para darle un beso en la boca, sin prestar atención a Elena. La cerda se acerca y la retiro de un mandoble en la cara.
Día 5
Elena está trabajando ya. Subo a ver a Rebeca. Mientras me masajea la polla entre sus tetazas, le hago contarme la noche.
- Mi amo, ha estado todo muy bien. Ahora Elena ya no me manda hacer nada. Le mando yo todo el rato. Cuando usted se fue, la puse a hacer la cena y luego ella fregó la vajilla. Me apetecía ver la tele un ratito y mientras ella me chupaba el coño, de rodillas en el suelo. Luego le meé en la boca y me acosté en su cama, que es más grande, y le dije que ella se quedara en la alfombra. Esta mañana, antes de irse al trabajo, me ha hecho el desayuno. Mientras me lo daba, le he dicho que se corriese y se ha corrido. ¿Lo he hecho bien, mi amo?
- Claro, mi perra. Ahora las cosas están muy bien. Vístete, que vamos a un sitio juntos.
- Por favor, don Eduardo, ¿puede darme antes unas bofetadas?
- Ay, mi perra caprichosa. Toma, putilla, te las mereces…
Rebeca se viste, siguiendo mis órdenes, con una blusita blanca, una minifalda plisada gris y unas sandalias de plataforma, además de recogerse el pelo en dos coletas. Lleva los labios de boba pintados, y su aspecto general recuerda a una fantasía japonesa inigualable. La llevo de la mano, un pasito por detrás de mí, y los hombres van tropezándose a nuestro paso. Entramos en una tienda de tatuajes. Una adolescente muy mona, con la media melena negra pegada a la cara, nos recibe tras el mostrador.
- Buenos días, ¿qué desean?
- Hola, hermosura. Mira, te traigo a mi perra tetuda para que le pongas unos aros en los pezones y en el coño, como esos del escaparate.
- Jajaja, su perra tetuda. Qué locos están todos en este barrio. Pero si eres una cría, por Dios.
- Tú limítate a hacer tu trabajo y a cobrar. No me gustan esos comentarios. Y dirígete a mí. La perra está aquí para obedecerme, no para charlar contigo.
- Oh, perdón, señor, ya está entendido todo. Yo a lo mío. Ven, pequeña, pasa ahí y desnúdate.
- Me voy a tomar algo. ¿Cuánto tardarás?
- Bueno, depende de la piel de esta niña. Si todo va bien, en una hora está lista.
Entro en un bar y me tomo una cerveza, mientras anillan a mi perra. Cuando han pasado cinco minutos, me doy cuenta de que dispongo aún de un montón de rato. Cojo un taxi y voy a ver a Elena. Me siento en su mesa. Sus compañeros nos miran de reojo, mientras teclean. Hablamos en voz baja.
- Hola, cerda. Rebeca me ha dicho que te has portado muy bien.
- Buenos días, mi amo. Sí, como usted dijo que la obedeciera, ahora hago todo lo que me dice. La verdad es que me encanta esta nueva vida.
- Eres una magnífica puta despreciable, me alegro de haberos descubierto a las dos. Levántate, ve al baño, quítate el tanga, suéltate el pelo, desabróchate dos botones de la blusa y vuelve.
- Sí, mi amo.
La cerda vuelve con el tanga escondido en el puño. Lo va a meter en un cajón cuando le digo que me lo de. Me lo guardo en el bolsillo.
- Así, muy bien. Que todos sepan en tu trabajo lo zorra que eres. Se te ve el sujetador por el escotazo. A partir de ahora vendrás sin ropa interior a trabajar y vestida más sexy. Quiero fotos a diario.
- Gracias, mi amo. Me encanta servirle. Tendrá las fotos de su cerda.
- Sal un momento conmigo a la calle para despedirte.
La cerda me sigue hasta la puerta. Le hago atarme los cordones de los zapatos, arrodillada. Está preciosa, a mis pies, en público. Luego se acerca a besarme y le escupo en la cara. Mi saliva resbala por sus ojos y llega hasta su boca. Se relame. Luego, en un movimiento rápido, se desabrocha el sujetador y lo saca por una manga de la blusa. Me lo meto en el bolsillo, con el tanga. Nos damos un abrazo, y ella aprovecha para agarrarme la polla dentro del pantalón y darle unas sacudidas. La meto en la oficina de un azote en el culo. Me quedo con las ganas de tumbarla a hostias, pero hay demasiado público en la calle.


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