LA PERRA, LA CERDA Y SUS AMIGAS
La detecto en una calle céntrica. Va tecleando en su móvil, confundida entre la gente. Camina despacio. Enseguida distingo su carita de boba sin remedio. Pero sobre todo, sus enormes tetas, que le obligan a chatear más lejos de lo normal. Viste pobremente, con una camiseta gastada, unos vaqueros viejos y unas zapatillas rozadas. La sigo un rato, hasta que se sienta en un banco, sin dejar de usar el teléfono.
Me siento junto a ella y me enciendo un cigarro.
- Buenas tardes, guapa.
- ¿Qué? ¡Ah! Buenas tardes, señor.
Mientras me saluda, me mira por un instante con sus ojos de corderilla. Luego vuelve a la pantalla, sin darme más importancia. Desde mi posición, veo con deleite el contorno de sus peras, que le llega hasta las piernas. El resto de su cuerpo está bien formado, exceptuando quizás el labio inferior de la boca, que cuelga más de la cuenta, dándole un aspecto de atolondrada.
Acabo mi cigarrillo. No sé muy bien cómo entrarle, para que no se asuste. Pruebo con los estudios.
- ¿Y a qué curso vas, bonita?
- Eh, ¿curso? ¿Del colegio? Ya estuve en el colegio. Ahora eso se ha terminado, señor. Mi hermana dice que no valgo para los libros, y yo creo que es la verdad.
- Ah, bueno. Si lo dice tu hermana, nos parece bien.
- ¿Usted conoce a mi hermana?
- No lo sé, pequeña. Dime cómo se llama…
- Se llama Elena Sánchez Foronda y tiene ya 20 años, es muy mayor. Trabaja en un sitio que tiene ordenadores y ella sabe mucho de eso y de todo. ¿Usted trabaja con mi hermana?
- No, preciosa. Yo no trabajo con Elena. ¿Y tú cómo te llamas?
- Yo me llamo Rebeca Sánchez Foronda. ¿Y usted cómo se llama?
- Eduardo. ¿Y a quién escribes tanto?
- No escribo mucho, porque es un rollo esto de las letras. Elena me ha comprado este teléfono para que le diga dónde estoy cuando salgo de casa. Pero como tardo mucho en escribir las cosas, estoy todo el rato con esto.
- Rebeca, déjame ver.
La chica me pasa su móvil y veo los últimos mensajes. Le cuenta a su hermana que está paseando por la calle Mayor, y que se ha sentado en un banco de la plaza. No me nombra. Mejor.
- Rebeca, vamos a hacer un pacto secreto.
- ¿Un secreto, señor Eduardo? Eso parece divertido, pero no sé si sabré de esas cosas…
- ¿Y si lo hago yo fácil todo?
- Vale, eso mola mucho.
- Venga, pues quedamos así. Yo te digo cómo tienes que hacerlo y tú lo haces. Vamos a probar. Cuéntame cómo es tu vida, pero a cambio no le dices nada de mí a tu hermana ni a nadie.
- O sea, que yo no lo he visto nunca ni sé que se llama Fernando ni usted existe ni nada de eso, como si fuera invisible, ¿no?
- Eso es, bonita. Yo no existo, aunque tú sabes que sí existo…
- Eso, sólo lo sé yo y nadie más. Me gusta mucho, sólo yo. Ni Elena ni nadie.
- Perfecto, pero te he dicho que me cuentes tus cosas.
- Ah, sí, es verdad. Pues yo vivo con mi hermana, porque mis papás se murieron, y estoy siempre en casa, viendo la tele. Y como Elena trabaja mucho, pues yo hago las cosas de limpiar y las comidas y todo eso. Y cuando termino, salgo a pasear un poco, pero Elena me dice que no tengo que hablar con nadie y que le escriba dónde estoy.
- ¿Y no hablas nunca con nadie?
- No, porque además tampoco me dice nadie nada. Pero ahora estoy hablando, vaya. Perdone, qué lío.
- No te preocupes, Rebequita, recuerda el secreto.
- Ah, qué guay. Es verdad. Usted no existe, jijiji. Entonces no estoy hablando con nadie.
- Eso es. ¿Te gusta el juego?
- Me gusta mucho, porque Elena estará contenta, y yo también, las dos. ¿Y usted está contento? Ya sé que de verdad sí existe, por eso lo pregunto…
- Jajaja, sí, estoy muy contento. Me encanta haberte conocido y que seas mi secreto.
- ¿Yo también soy un secreto? ¡Bien! Entonces tampoco existo, jajaja. Usted no se lo tiene que contar a sus hermanos ni a nadie.
- Vale, así lo haré.
Como suponía, esta criatura es lela, totalmente. Vuelve a su móvil. Escribe que llegará pronto. Su hermana le envía un emoticono con un beso. Le pido el teléfono otra vez y tomo nota del número.
- Te llamaré cuando estés sola.
- Claro, porque si no mi hermana se dará cuenta de que sí que existe usted, y se fastidiará el juego.
- Muy bien, eres muy lista. Y tienes una cara y un cuerpo muy bonitos.
- Qué va, señor Eduardo, no mienta, ¿no ve que tengo un pecho demasiado grande?
- A ver…
- Mire, son enormes, y pesan muchísimo…
Rebeca se vuelve hacia mí y pone la espalda recta, realzando sus melones exquisitos. Sus brazos caben a duras penas debajo, apoyados en las piernas. No lleva sujetador, y sus pezones bajos se le marcan con claridad en la camiseta gastada.
- Son muy grandes, mi niña, es verdad. ¿A que no adivinas cómo me gustan a mí las tetas de las mujeres?
- Jajaja, señor, pues no sé, normales…
- No no no.
- Pues pequeñas…
- No
- Vaya, pues grandes, no acierto una…
- Eso es, Rebeca, me gustan muy grandes, como las tuyas.
- Hala, pues me alegro mucho. Siempre se metían conmigo en el cole, y Elena me llama tetas gordas todo el rato para chincharme. Y eso que ella también las tiene muy grandes, pero un poco menos…
- Vaya, ya veo. Pues yo creo que son fenomenales. Y también me gustan más cosas de ti…
- ¿Sí? ¿Qué cosas, qué cosas?
- Me gusta tu boca, me gusta tu lengua, me gusta que juguemos a ser secretos…
Esta tonta encantadora me está poniendo a cien. Me sonríe y me saca la lengua, bamboleando divertida las tetazas. Por la calle no pasa casi nadie, y todos van a lo suyo. Pero debo permanecer en mi sitio, aunque mi polla pide otra cosa.
- Bueno, señor, me tengo que ir ya. Si me llama por teléfono, tiene que ser cuando Elena trabaja, por las mañanas. Bueno, y a veces se va de viaje también. Ya veremos, yo creo que pronto. Usted me ha dicho que le gustan mis tetas, mi boca y mi lengua. A mí me gusta su nariz, sus orejas y no sé qué más, jajaja…
- Muchas gracias, encanto. No olvides que tienes que hacer lo que yo te diga.
- Claro, así es más fácil, qué bien.
Cojo a mi Rebeca de la nuca y le doy un beso en la boca. Ella respira fuerte y entrelaza su lengua con la mía, sin retirarse. Le acaricio los pezones y se le ponen duros al instante.
- Buf, señor Eduardo, qué rico. Nunca había besado con lengua, y menos mal que no existimos, porque si se entera Elena, me mata. Y encima me ha tocado las tetas, eso es una guarrada.
- Te he besado y te he tocado las tetas porque me gusta. Haré lo que me guste contigo, no olvides que tenemos un secreto y yo digo lo que hay que hacer.
- Pero las guarradas son malas, eso dice Elena…
- Que diga lo que quiera. Nosotros dos somos invisibles, recuerda eso. Todos los juegos que yo me invente serán secretos y nadie más lo sabrá.
- Sí, eso es muy divertido, es una cosa que me gusta mucho. Tiene usted toda la razón.
Nos levantamos y vuelvo a atornillarle un beso de despedida, sin poder evitar masajearle los melonazos bajo la camiseta. Ella pone los ojos en blanco mientras se deja hacer. Al separarnos, un hilillo de baba cae de su boca. Durante unos segundos se chupa el labio con la lengua, despacio, para secarlo, mirándome a los ojos.
- Adiós, señor Eduardo. Muchas gracias por enseñarme a besar con lengua. Es riquísimo, y encima sin que se entere nadie, jajaja…
- Hasta mañana, mi Rebeca.
Vuelvo a casa y busco a su hermana en internet. Está buenísima. Es clavada a Rebeca, exceptuando el aire atontado. Me duermo con una sonrisa.
Día 2
- ¿Diga?
- Hola, Rebeca, soy Eduardo, ¿te acuerdas de mí?
- Jajaja, no, no conozco a ningún señor que se llame Eduardo.
- Claro, muy bien, yo tampoco conozco a ninguna Rebeca, ¿qué haces?
- Pues estoy fregando el suelo de la casa y estoy hablando por teléfono con un señor que no sé quién es porque pone “número oculto”.
- ¿Y dónde estás?
- En casa, ya se lo he dicho, en la calle Ramón Frutos 10, segundo izquierda…
- ¿Y estás solita?
- Sí, Elena ya se ha ido y no vuelve hasta las tres…
- Pues voy a hacerte compañía.
- No, no se puede venir a casa si es desconocido, aquí sólo entran los amigos de Elena y los tíos de Villafranca…
- Y yo, a partir de ahora también yo.
- ¿Sí? ¿Pero por qué?
- Porque soy tu secreto y vas a hacer siempre lo que yo te diga.
- Es verdad, perdone, es que es un poco lío esto de que no existimos y todo eso…
- Yo te ayudo a que no sea lío, ya te lo dije ayer, simplemente obedéceme siempre sin preguntar tanto. ¿entendido?
- Ay sí, señor Eduardo, pero no se enfade, que yo aprenderé, yo me porto muy bien…
- Así me gusta.
Cuelgo el teléfono. Esa casa está bastante cerca. Es un edificio antiguo, descuidado. Llamo al portero automático y me abren sin contestar. Subo al piso.
- Hola, preciosa.
- Ay, hola, señor, esto es muy raro pero me gusta mucho.
La tonta lleva ropa de casa: el pelo recogido, una camiseta larga como vestido, y unos calcetines viejos. Habrá que mejorar todo eso. Pero primero la caliento un poco con otro beso profundo, mientras le pellizco los pezones. Ella se deja hacer, encantada.
- Cuando me veas, tienes que ponerte guapa para mí.
- ¿Guapa? ¿Se refiere a peinarme, ponerme ropa bonita y todo eso?
- Así es. Como si fuésemos novios…
- Jajaja, yo nunca he tenido un novio. Elena dice que soy muy pequeña y que no necesito esas cosas. Ella a veces tiene novios, pero pocas veces.
La chiquilla se acerca a mí de nuevo. Quiere más besos. Le agarro del culo mientras me lame la cara como una perrita, frotando sus tetazas con mi pecho. Está ya bastante cachonda. Menudo tesoro me he encontrado. Me siento en el sofá del salón, tomando posesión de la casa.
- Ay, perdón, perdón, perdón. Aunque jugamos a que no existimos, no le he ofrecido nada de beber. ¿Quiere agua, cocacola…?
- Quiero tu saliva.
- ¿En un vaso?
- No, mi pequeña, tu saliva en mi boca, más besos…
- Jajaja, qué tonta, pues vale, anda que no son ricos los besos…
Vuelve a acercar su boca a la mía. Realmente son buenos sus besos, todo hay que decirlo. La acomodo a horcajadas sobre mí, levantándole la camiseta. Tiene unas piernas preciosas y un tipazo perfecto, pero sobre todo las ubres más increíbles de la historia. Pega su cuerpo al mío mientras seguimos jugando con las lenguas. Le agarro una tetorra y le retiro la braga a un lado para acariciarle el coño encharcado. Ella no dice nada, sólo jadea, me lame, disfruta como una loca. Tengo la polla muy endurecida bajo el pantalón. Me froto con su vientre. Consigo que se corra. Está desplomada contra mi cuerpo, feliz.
- Lámeme más, me gusta.
- A mí también me gusta mucho…
- Eres una buena perra.
No contesta. Sigue lamiéndome. Le empujo la cabeza hacia abajo, y continúa su trabajo de perra lamedora. Siguiendo mis instrucciones, me desabrocha primero la camisa y luego la bragueta, hasta que le coloco la cabeza en su sitio, arrodillada entre mis piernas. Le agarro del pelo y le follo la boca. Es una chupapollas de primera. Al rato me corro en su garganta y tose.
- Rebeca, muy mal, mi perra, tienes que tragarlo todo sin toser.
- Ay, señor Eduardo, es que me ahogaba un poco. Perdone, no volverá a pasar, me aguantaré la tos. Es que yo no había hecho estas cosas nunca…
- Bueno, te perdono. Pero tienes que mejorar.
- Claro, señor. En cuanto me acostumbre lo haré todo como usted diga.
- Ahora eres mi perra y yo soy tu amo. ¿Entendido?
- Jajaja, claro, me gusta. Así podré lamerle y chuparle como una perra buena. ¿Y usted me tocará ahí abajo más veces? He sentido algo muy bueno, algo nuevo…
- Si te portas bien sentirás eso cada vez que yo quiera. Se llama correrse.
- ¡Bien! Este juego es lo más, mi amo, jajaja. Me gusta mucho correrse, o correrme, o como se diga. Me correré cuando usted quiera.
- Así me gusta, me llamarás amo y yo a ti perra. Y el sitio de las perras, ¿sabes cuál es?
- Pues no sé, en el rincón, en la cama, en el suelo…
- Eso es, en el suelo mientras no te diga tu amo otra cosa. ¿Te acuerdas de todas las órdenes que te he dado hasta ahora?
- No sé, mi amo. Pues que tenemos un secreto, que es que no existimos, y que me ponga guapa y que soy su perra, no sé qué más…
- Está bien. Ahora me voy. ¿Cuándo vuelves a estar sola?
- Luego viene Elena, comeremos juntas, se echará una siesta, después será ya por la tarde y a veces se va un rato, no lo sé.
- Bien, pero mañana por la mañana sí estarás tú nada más, ¿no, mi perra?
- Claro, ella trabaja, como hoy… Mi amo, no sé qué me pasa, pero cuando me dice perra tengo cosquillas y me acuerdo de cuando me pellizca aquí…
Rebequita, aún de rodillas, se levanta la camiseta. Sus enormes tetorras son un espectáculo indescriptible, del que es imposible cansarse nunca. Se señala los pezones, mirándome con su carita embobada. Le doy un cachete en cada pezón y saca la lengua, como pidiendo más. Vuelvo a azotarle las tetazas, ahora más fuerte. Ella permanece en su sitio, callada, con las mejillas sonrosadas, sosteniendo la tela. Sigo hostiándole, ahora en los melones y en la cara. Estira el cuello, quiere más bofetadas en su carita de imbécil. La complazco.
- Córrete otra vez, perra.
- ¡Sí, mi amo!
La pobre se deshace de nuevo, dejando caer sus brazos. Acaba de tener su segundo orgasmo, sin necesidad de tocar su coño de perra. La dejo en el suelo y me dirijo a la puerta. Ella se da cuenta, se repone y gatea a mi lado.
- Me da pena que se vaya, mi amo. Pero tengo que acompañarle hasta la puerta, ¡soy su perra!
- Muy bien, pequeña. Nos vemos pronto.
Camino por la calle sin quitarme de encima la imagen de esa chiquilla disfrutando de mis mandobles, con esas ubres inmensas ofrecidas y encantada de ser azotada y abofeteada. Llego a casa, como, descanso un poco, y la perra permanece en mi mente. Tengo que volver a verla, hoy mismo.
- ¿Rebeca?
- ¿Sí, mi amo? –responde en voz baja.
- Ya veo, tu hermana está en casa, durmiendo la siesta. Baja al portal un momento, perra.
- Sí, mi amo.
Me había quedado con ganas de más idiota tetuda y no podía esperar hasta mañana. La arrastro a un rincón de la escalera y le arranco las bragas. Le doy media vuelta, la subo a un escalón y le meto la polla en el culo, agarrándole la boca con mi mano. Tiene mis cuatro dedos entre los dientes, pero aún acierta a lamerlos con ansia. Le saco los melones por el escote y se los aplasto contra la pared. Me voy a vaciar en sus intestinos.
- Córrete, perra.
- ¡Aaaah!
La empujo hasta mi polla y le hago limpiarla bien. Nos ponemos las ropas en su sitio y le despido con un azote en el culo que la lleva escaleras arriba. Aún gira su carita antes de desaparecer. Una sonrisa de oreja a oreja se dibuja en su cara.
- Adiós, mi amo. Muchas gracias.
Vuelvo a casa, con sus bragas rotas en el bolsillo. El pequeño desahogo me ha dejado más tranquilo. Pienso en la hermana durmiente y decido investigarla un poco más. En un rato, tengo ya todos sus datos: dónde trabaja, sus aficiones, sus gustos, su vida en mis manos. Duermo pensando en el futuro.
Día 3
Al despertar, llamo de nuevo a Rebeca.
- Buenos días, mi perra.
- Buenos días, mi amo. Le tengo que contar una cosa. Ayer, cuando subí, Elena se despertó con el ruido de cerrar la puerta. Me preguntó que si había salido y le dije que sí, que había bajado un momento.
- ¿Inventaste alguna excusa?
- No, mi amo. No supe qué decirle. Me cogió el móvil y estuvo mirando las llamadas esas de “remitente desconocido”. Yo le dije que no sabía nada y ella se enfadó mucho.
- Bueno, eso lo voy a arreglar. Te llevaré otro teléfono, y será secreto. Lo esconderás muy bien. Esta llamada la borraré luego.
- Buf, menos mal. Yo ya no sabía qué iba a pasar. Pero ahora Elena está mosqueada y me ha dicho que si pasa algo raro otra vez, me quitará las llaves de casa.
- Bien, eso también lo arreglaré esta misma mañana.
- Es usted un señor muy listo, mi amo. Me gusta que no se enfade y diga que lo arreglará todo. ¿Va a venir a verme hoy?
- Claro, mi perra. En un rato estoy allí.
- ¡Viva!
Esta tetuda es un tesoro. No es poca cosa que esté tan contenta conmigo. Creo que hasta le estoy cogiendo cariño. En fin. La perra me abre la puerta, arrodillada. La miro y me cago en dios, qué pedazo de hembra. Se ha arreglado para mí. Le cojo de la barbilla y le hago ponerse de pie. Sonríe satisfecha. Sabe que está de muerte. Lleva la melena peinada y suelta, la cara ligeramente maquillada, una gargantilla negra, un vestido de tirantes pegado al cuerpo, a punto de reventar por sus inmensas tetas, y unos zapatos de tacón atados al tobillo. Se gira coqueta. Es consciente de que también su culo impresionante, sus piernas, todo, es un regalo inigualable de la naturaleza, para mí.
- Menudo cambiazo, mi perra.
- ¿Le gusta, mi amo? Le he robado a mi hermana estas cositas un rato. Luego las pondré otra vez en su sitio. Me duele un poco el culito por lo de ayer, pero me gusta mucho, porque así estoy todo el rato acordándome de usted.
- Muy bien, pequeña.
Me siento en el sofá, y mientras me la chupa borro mis llamadas de su teléfono. Acabo en su cara, y se relame satisfecha de verme contento.
- Córrete.
- ¿Así, de repente, mi amo?
Le cruzo la cara.
- He dicho que te corras, no que me respondas.
- Perdón, mi amo. Me ha sorprendido, no me lo esperaba.
Cierra los ojos, en su posición de rodillas, y se concentra. Le arreo un par de hostias en los melones, para ayudarle. Se corre al momento. Es un milagro del cielo. Su cuerpo perfecto merece ser enrojecido, apretado, azotado. Le digo que espere así un rato, que voy a arreglar los asuntos que tenemos entre manos. Antes de bajar, busco unas pinzas de la ropa y le coloco una en cada pezón, sacándole las ubres por el escote. Me llevo las llaves.
En un momento, vuelvo. Le he comprado el teléfono nuevo y he hecho una copia de las llaves para mí. Le ordeno abrir los ojos.
- Aquí tienes tu teléfono secreto, perra. Escóndelo bien. Le he quitado el sonido y la vibración, así que en cuanto te quedes sola tendrás que estar pendiente de él.
- Gracias, mi amo, así lo haré. Y me encanta tener las pinzas puestas, es una sensación nueva y muy buena.
- También he hecho una copia de las llaves para mí. Si tu hermana te pide las tuyas, dáselas sin rechistar.
- Qué bien, me encanta cómo lo soluciona todo, mi amo.
- Eres una buena perra. Ahora me voy. Nos vemos pronto.
- ¿Puedo pedirle una cosa, amo?
- Dime, mi perra.
- Por favor, si tiene un poco de pis, me gustaría mucho beberlo, porque es una guarrada que siempre he querido hacer, pero no he podido.
- Ponte de pie y desnúdate, despacio.
- Sí, mi amo.
La perra se incorpora, aún con las pinzas en las tetas, y empieza a desnudarse para mí. Las ropas de su hermana le sientan muy bien, pero desnuda está perfecta. Aún con los tacones puestos, la llevo del pelo al baño y la coloco junto a la taza. Ella abre la boca y saca la lengua, sonriendo. Le meo en la cara y traga todo lo que puede. Cuando acabo, lame los restos de mi polla y vuelve a cerrar los ojos, ilusionada por unos cuantos bofetones más, que le arreo encantado.
- Córrete otra vez, perra.
- Ay, sí, gracias, mi amo…
La dejo con sus convulsiones en el suelo del baño y me voy. Tengo que visitar a su hermanita.

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