EL VECINO 5
Tras el postre, fui al baño y, al salir, escuché ruido de cubiertos en la cocina. Supuse que sería Pilar, por lo que me acerqué para ofrecerle mi ayuda.
— ¡Uy, pensé que eras tu madre! —exclamé espontáneamente, al encontrarme allí al joven.
Fer dibujó su cautivadora sonrisa.
— Está fuera, me he ofrecido a recoger todo para que pueda disfrutar con nuestros invitados…
— Oh, claro… Entonces vuelvo con ella —dije apurada.
— Espera, Mayca —me retuvo, cogiéndome la mano—. Déjame a mí disfrutar de la invitada…
— ¿Qué dices? —pregunté, acalorada.
— Solo quiero verte bien —respondió, haciéndome girar sobre mí misma, sujetando en alto mi mano—. Estás preciosa.
— Gra-gracias, Fer —tartamudeé, sintiendo cómo se me aflojaban las rodillas—. Creo que no debería continuar aquí… Me echarán en falta.
— No pasa nada, solo estamos charlando. No habíamos cruzado palabra hasta ahora…
— Ya, es que… —sentía los pezones como para rayar cristal, y estos se marcaban en el ligero vestido floreado a través del fino sujetador— …después de…
— Arreglarte el ordenador —me interrumpió, corrigiendo mi frase mientras clavaba su mirada en mis pechos y comprobaba su efecto sobre mí—, qué mínimo que hablemos como amigos, ¿no? Es normal…
— Sí, claro, eso… Ya está arreglado para siempre —traté de reafirmarme en lo que había decidido esa mañana sobre el desliz, luchando contra la evidente atracción que ese jovencito ejercía sobre mí—. Así que solo mantenemos una charla…
— Por supuesto, una charla inocente con una amiga de mi madre… ¿Te ha gustado la comida?
— Sí, tu madre es una excelente cocinera, ¿no crees? —contesté, relajándome un poco.
— Eso es evidente. Aunque a mí me gustó más la comida que me hiciste tú ayer…
Me quedé sin aire.
— Eso fue un error, un grave error —dije al reponerme.
— Puede que tengas razón, un error que no debe repetirse…
Suspiré aliviada, parecía que me iba a ayudar a poner un poco de cordura para mantenerme firme dejando eso atrás.
— No te la comes tan bien como mi amiga Tania —agregó—, aunque tienes madera para enmendar ese error.
De nuevo, me quedé sin aire, sintiendo la combustión de mi entrepierna. El chico tenía una capacidad innata para dejarme descolocada y excitarme a la vez.
— ¡Descarado! —exclamé, dirigiendo la palma de mi mano hacia su rostro.
Atrapando mi muñeca al vuelo, Fernando detuvo a tiempo la bofetada.
— Y lo que te pone eso, ¿verdad?
Sus incendiados ojos avellana se sumergieron en las profundidades esmeralda de los míos, desnudándome el alma para hacerme imposible mentir.
— Sí —confesé.
— Una charla maravillosa —me sorprendió, soltándome la muñeca—. Es mejor que vuelvas ya con los “viejis”.
Sonrojada, excitada y furiosa, me aparté de él, no sin echar antes un vistazo a su entrepierna, encontrándola tremendamente abultada, con una buena erección que el pantalón apenas podía contener. Me mordí el labio instintivamente, gesto que para él no pasó desapercibido.
— Será mejor que tú no vuelvas a aparecer por allí —le advertí, saliendo de la cocina.
— Mayca —le escuché, obligándome a volver la cabeza—. Me encanta cómo meneas ese azotable culo. Tienes un polvazo…
Un hormigueo me recorrió de la cabeza a los pies, pero no respondí, dirigiéndome de vuelta a la terraza.
No volvió a aparecer en el resto de tarde que pasamos con sus padres. Debió encerrarse en su habitación o, simplemente, se marchó. Sin embargo, a mí ya me dejó trastocada para todo el día.
Por la noche, mientras Agustín se afanaba en regalarme la mejor comida de coño de mi vida para cumplir su promesa, mis pensamientos, entre gemido y gemido, estaban centrados en Fer.
En mi delirante imaginación, la boca que frenéticamente devoraba mi almeja, era la del atractivo joven, matándome de placer con su insolente lengua desatada mientras su enorme verga, dura y chorreante, esperaba su turno para que yo me la tragara.
Alcancé un orgasmo grandioso, siendo el mejor cunnilingus que mi marido me había realizado nunca, aunque un alto porcentaje del mérito fue de mi propia fantasía.
Al final, aquel resultó ser un día inesperadamente intenso, pues por culpa del perturbador encuentro en la cocina, todas mis convicciones se tambalearon, haciéndome volver al punto de partida: deseaba a mi vecino, me ponía en celo con solo pensar en él, me volvía loca su físico y su actitud chulesca y desvergonzada… El recuerdo de haber probado las mieles de cuanto placer podría darme, me torturaría día y noche.
Como estaba previsto, al comenzar la nueva semana, Agustín se marchó de viaje, y yo, tras una madrugadora sesión de gimnasio, pasé la mañana trabajando.
Sin embargo, el hecho de estar sola en casa y sentada en esa silla ante el portátil, no hizo sino hacerme volver, recurrentemente, a lo ocurrido unos días atrás, mientras unas palabras se repetían una y otra vez en mi cabeza: “Ya sabes dónde estoy si necesitas algo más…” “No te la comes tan bien como mi amiga Tania, aunque tienes madera para enmendar ese error”, “Tienes un polvazo…”
Debía ser casi la hora de comer, y me moría de hambre, pero no de un hambre que pudieran saciar los alimentos. Mi punzante apetito solo podía ser apaciguado por el tentador pastelito que vivía en el piso de al lado, así que, en un irracional arrebato, me arreglé con un atrevido vestido blanco en el que se insinuaban, mediante transparencias, mi escotado sujetador e impúdico tanga negro. Me calcé unos buenos taconazos, y tras comprobar mi sensual apariencia en el espejo de cuerpo completo del dormitorio, decidí rematar haciéndome una coleta con mi larga melena negra, dejando mis hombros y cuello al descubierto, para darme un aire más juvenil. Con un ligero toque de color en las mejillas y una barra de labios rojo intenso, terminé de acentuar mis felinos rasgos de verde mirada.
Conteniendo la respiración, pulsé el timbre de los vecinos.
— Umm, Mayca, ¿ya se ha ido Agustín de viaje? —dijo Fer nada más abrirme la puerta, recorriendo todo mi cuerpo con sus inquisitivos ojos.
Estaba desnudo de cintura para arriba, haciendo gala de un fibroso torso con sus pectorales definidos y compactos, perfectamente cincelados junto a un plano abdomen en el que se apreciaba la forma de sus fuertes músculos trabjados. «¡Dios, qué delicia de tableta de chocolate!», grité por dentro. Tan solo llevaba un pantalón corto de deporte, de tela fina, que en cuanto su mirada terminó de escanearme, evidenció un abultamiento en la entrepierna. No pude evitar morderme el labio.
— Hola, Fer… eeh… sí, ya hace unas horas… —contesté, incapaz de creerme lo que estaba haciendo.
«¡Joder, pero qué bueno está!, ¡abalánzate sobre él! », me gritó el demonio interno que me había llevado hasta allí.
— ¿Está tu madre? —pregunté, manteniendo la compostura e interpretando la farsa de una inocente visita a una amiga.
— No, está trabajando. Pero eso tú ya lo sabías… —aseveró el chico con una sonrisa de medio lado— No es a mi madre a quien buscas, ¿verdad?
«Es un chulo, ¡y un crío!, ¡y estás casada…! ¿Qué estás haciendo?», me recriminó mi conciencia, como último vestigio de mi integridad moral.
— Vaya… yo… —susurré, debatiendo internamente con mis dudas de última hora.
— Está claro que tienes un problema urgente con tu ordenador —se decidió a reimpulsarme, viendo mi titubeo—. Vamos a tu casa, que te lo arreglo —sentenció, poniendo las manos en su cintura para hacerme bajar la vista hacia sus abdominales y el tremendo paquete que ya se manifestaba debajo.
Solo pude afirmar con la cabeza. Estaba nerviosa, muy nerviosa, la chiquilla parecía yo. Pero a la vez estaba excitada, tan excitada, que las dudas solo habían sido una fugaz sombra que se había difuminado con el brillo de la seguridad de Fer.
Sin mediar más palabra, me dirigí de vuelta a casa, cerciorándome de que el informático me seguía. Ni se había molestado en coger una prenda para cubrir su torso, tan solo había tomado las llaves de su casa de la cerradura para ir tras de mí, con la vista fija en mi culo y el contoneo de este por los altos tacones que calzaba.
Confieso que cuando llegué a mi dormitorio, no supe qué hacer o qué decir. Estaba a punto de conseguir, justo, lo que había ido a buscar. Pero, a la hora de la verdad, sentí vértigo de dar el último paso que convirtiera un fugaz desliz, por un calentón, en una verdadera infidelidad premeditada.
— Mi ordenador está bien —rompí, finalmente, el tenso silencio.
Con su seductora sonrisa, el joven asintió.
— Lo sé, Mayca. La que necesita que la ponga a punto eres tú —me dijo, con solo un paso de separación entre ambos.
— Uuff, sí —suspiré.
— Ese vestidito que llevas es toda una provocación —afirmó, recorriéndome con sus ojos avellana— Quítatelo para que pueda ver con claridad ese cuerpazo de madurita caliente que apenas oculta.
Su determinación y descarados piropos me resultaban tan eróticos, que no dudé ni un segundo en obedecer su orden, sacándome el vestido por la cabeza y quedándome ante él en conjunto y tacones.
— ¡Joder, qué buena estás! ¡Y qué buen gusto para la ropa interior tienes! —exclamó.
Halagada por semejante apreciación viniendo de un veinteañero, y con los pezones erectos y la entrepierna húmeda, di un pequeño giro sobre mí misma.
— ¿Te gusta? —pregunté, borracha de autoestima.
— Bufff… ¡Mira cómo me has puesto!
Con un rápido gesto, Fer se deshizo de las chanclas con las que le había encontrado en su casa, y se bajó el pantalón corto y el bóxer, quedándose completamente desnudo para mí.
— ¡Joder! —exclamé, admirada por la belleza de su joven cuerpo tallado en roca.
Su magna hombría me apuntaba con la misma desvergüenza que su dueño exhibía siempre conmigo. Era tan hermosa, larga y gruesa, erecta y dura, tan enloquecedoramente apetecible, que inconscientemente me relamí.
— Eres una viciosa, ¿eh? —me espetó—. Me encanta cómo te relames en cuanto ves una buena polla… Esos labios rojos están pidiendo que me los folle…
Sentí cómo entraba en combustión, ya solo la lujuria guiaría mis actos.
— Venga, Mayca, come lo que quieras —me ofreció, levantando sus brazos para entrelazar sus manos tras la nuca—, es todo para ti…
Dio un paso hacia delante, minimizando la distancia entre nosotros hasta que su violáceo glande contactó con mi ombligo.
«¡Joder, qué pollón!, ¡necesito que me llene con él!», fue mi último pensamiento, un instante antes de que mis manos se posaran sobre sus pectorales y mis labios besaran la piel de su pecho, descendiendo en cálida y húmeda caricia lingual, hasta que mis rojos pétalos se posaron sobre el redondeado balano.
— Eso esss…
Con mi cuerpo doblado por la cintura, sentí cómo la pelvis a la que ya me sujetaba con las manos, empujaba lentamente, haciendo que la suave y redonda cabeza de la juvenil verga diera de sí mis labios para que envolvieran todo su grosor, rodeándola mientras se deslizaba entre ellos y penetraba en mi boca con su sabor a macho.
— Umpff… —gemí de satisfacción a la vez que succionaba.
— Así, preciosa, traga cuanto puedass…
El empuje de su cadera siguió acompañando mi succión, llenándome la boca de dura carne que se arrastró por mi lengua y paladar, calibrando mi gula a medida que alcanzaba el fondo de mi cavidad.
Tuve un amago de arcada al sentir el grueso glande incidiendo en mi garganta, pero mi excitación superó ese reflejo físico para alinear mis tragaderas con la rígida estaca que me pedía seguir avanzando.
— Diosss, Mayca… No me digas que te la quieres comer toda…
Ese comentario, que denotaba que le volvería loco, no hizo sino incendiarme más, avivando mi lujuria y las ganas de superar mis propios límites.
Me esforcé permitiendo la profunda penetración, ignorando el impulso de toser, y tragué la gruesa cabeza invasora para que entrase dilatando mi garganta mientras mi rostro se acercaba al pubis del chico, llegando a rozarlo con la punta de la nariz.
— ¡Oooohh! —exclamó sorprendido y extasiado el macho, bajando sus manos hasta apoyarlas en mi cabeza.
Los espasmos de mi faringe le hicieron enloquecer, pero tuve que sacarme ese largo y acerado músculo del estrecho conducto con un poderoso ataque de tos, el cual a duras penas pude contener para no acabar con una desagradable consecuencia de forzar mis tragaderas.
Contenido el impulso, con dos lágrimas corriendo por mis mejillas por el esfuerzo, la barbilla goteando saliva y el tanga empapado, miré triunfalmente a mi adonis.
— Joder, Mayca, nunca me habían hecho una garganta profunda —me confesó, con su rostro redibujado por el vicio— ¡Ha sido la hostia!
— ¿Sí? —pregunté con un hilo de voz, orgullosa por haber superado a todas sus amiguitas.
— ¡Ha sido brutal!, pero tampoco quiero que te ahogues a la primera y me hagas correrme enseguida…
— Me encanta tu polla, y quiero que te corras para mí—dije, poniéndome de rodillas y limpiándome la barbilla con el dorso de la mano.
Acto seguido, recorrí con mi lengua toda la longitud de la portentosa verga, desde las pelotas hasta la cúspide, lamiendo la saliva que la había embadurnado por completo.
— ¡Qué maravilla tenerte así, arrodillada! —exclamó, devorándome con la mirada—. No te imaginas lo excitante que es tenerte en esta postura, mirándome fijamente con esos ojazos, con esos labios rojos sobre mi polla, y una perspectiva increíble de esas dos tetazas bien sujetas… Y el hilo del tanga perdiéndose entre esos redondos y azotables cachetes… ufff…
— Y tú no sabes lo excitante que es tenerte a ti así, de pie ante mí, como un poderoso dios griego con una verga enorme que me pide que me la coma hasta hacerla explotar —concluí, besando el violáceo balano.
— Estaba convencido de que tenías que ser así de puta… Toda una mujer, que se mantiene tan buenorra, necesita un buen rabo para satisfacerse… El de tu maridito no es suficiente, ¿verdad? Te gusta la carne joven y dura… No hace falta que te atragantes, quiero que me hagas gozar con esa boquita el máximo tiempo posible, y disfrutar viendo cómo lo haces.
No hubo tiempo para réplica. Agarró la coleta que cuidadosamente me había hecho con mi negra cabellera para la ocasión, y tiró de ella obligándome a abrir la boca para, inmediatamente, llenármela con su viril cetro.
Esa brusquedad y acto de dominación me resultaron más excitantes de lo que jamás habría imaginado, así que chupé el enhiesto músculo con gula, hasta la profundidad que los tirones de mi cabello me indicaban, intentando mantener mis ojos fijos en la fascinante mirada de pervertido que el joven exhibía disfrutando de mí.
Succioné con la fuerza de mis deseos reprimidos hasta aquel momento, convirtiendo mi boca en una húmeda y estrecha aspiradora rematada con unos suaves y carnosos labios que hicieron las delicias del joven con su recorrido.
Fer jadeaba, con todo su cuerpo duro y febril como una roca recalentada al sol, contrayendo los firmes glúteos a los que me aferraba con las manos, mientras se sujetaba de mi coleta para no perder el equilibrio por tan apasionada mamada.
— Mayca, Mayca, Mayca… —pronunciaba mi nombre entre placenteros gruñidos, acompañando mis movimientos cervicales con vaivenes de cadera y tirones de cabello que me resultaban increíblemente excitantes.
La saliva escurría por su miembro, lubricándolo de tal modo, que mis chupadas resonaban en mis oídos acompañando los varoniles gemidos, cada vez más incontenibles, del joven que se deshacía de gusto en mi boca.
Mi mano derecha rodeó su cadera y aferró el grueso mástil que se perdía entre mis labios, sujetándolo firmemente para disminuir la velocidad mamadora, pero, a la vez, incrementar la intensidad de succión.
Esto me permitió volver a abrir los ojos, ya que los había cerrado a causa del violento ritmo alcanzado anteriormente, para volver a recrearme con los gestos de placer del atractivo muchacho mientras saboreaba con lenta dedicación su sabrosa polla, aderezada con el néctar del líquido preseminal.
Los gemidos se transformaron en bramidos, y los tirones de coleta se detuvieron para poder sujetarse a mi cabeza con ambas manos, como si fuera a perder el equilibrio por la fuerza con que mis labios tiraban de su pétrea carne hacia el interior de mi boca para alcanzarme la garganta.
Obligándome a abrir más la mandíbula, sentí la verga aún más hinchada de lo que ya estaba, palpitando sobre mi lengua para hacerme gemir de satisfacción con la boca llena.
«¡Es deliciosa, es enorme, la quiero todaaaa!!!»,gritaba por dentro.
Mi mano descendió recorriendo todo el grueso tronco que no llegaba a engullir, lubricado con mi saliva, y alcanzó sus rasuradas, duras y colgantes pelotas para tomarlas en la palma y cerrar mis dedos en torno a ellas, ejerciendo una ligera presión a la vez que mis yemas y uñas rozaban su perineo, acariciándolo.
— ¡Diooss! —gritó Fernando.
Un temblor le sacudió de pies a cabeza, y percibí cómo su potente músculo latía dentro de mi boca para, de repente, sentir una hirviente explosión de sabor a macho dentro de ella, pillándome por sorpresa.
Parte del denso semen anegó mi garganta, obligándome a tragarlo inmediatamente para no ahogarme, mientras el resto inundaba mi boca con el inconfundible gusto a leche de hombre, por lo que succioné rápidamente para sacarme el pollón de la cavidad con el espeso elixir rebosando entre mis labios.
Apenas había vuelto a ver la luz el amoratado glande, abandonando su oral refugio, cuando un potente chorro salió disparado de él, estrellándose en mi cara e impactando contra mis rojos pétalos entreabiertos.
— ¡Ooohh, Mayca, lo que te has ganado! —afirmó entre dientes.
Su mano derecha volvió a aferrar mi cabello y tirar de la coleta, a la vez que su izquierda tomaba el control de su portentoso miembro para apuntar con una tercera y abundante erupción de blanca crema hacia mi rostro, finalizando en mi boca abierta por el tirón de pelo.
Tragué ese delicioso manjar de dioses, sintiéndome yo misma una diosa, recreándome con la expresión de infinito placer de mi amante, quien contemplaba su obra a la vez que volvía a ofrecerme la polla para que terminara de extraerle todo el jugo.
Mis labios acogieron cálidamente la suave testa de su cetro, y la succionaron para que una nueva descarga de fuego seminal escaldase mi lengua y garganta.
Degusté la nueva entrega, borracha de lujuria, estrangulando al invasor con decididas chupadas para que terminase de agonizar dentro de mi boca y me diera toda su corrida en unas últimas y ya decadentes poluciones.
Sonriéndome, con cara de infinita satisfacción, Fer sacó su verga teñida con el carmín de mis labios, congratulándose por cómo los regueros de semen brillaban en mi rostro mientras me relamía degustando la leche que aún impregnaba mis pétalos.
Sin mediar palabra, con fuego en sus ojos, me tomó de la barbilla obligándome a levantarme. Carente de cualquier tipo de delicadeza, prácticamente, me arrancó el sujetador para liberar violentamente mis pechos, que botaron ante su escrutadora mirada.
— ¡Qué tetazas! —exclamó entre dientes.
De igual modo, y llegando a rasgar una de las finas tiras de tela, me arrancó el tanga, dejándome desnuda para él sobre mis vertiginosos tacones.
Por unos instantes, me contempló como quien, tras una dieta, al fin puede darse un atracón de su plato favorito.
Haciendo gala de su fuerza, me tiró sobre la cama, poniéndose inmediatamente sobre mí para estrujar mis pechos con lujuria, juntándolos y hundiendo su rostro en ellos para devorármelos ansiosamente.
Con los pezones tan erizados que me dolían, y la entrepierna empapada, reí y gemí, loca de excitación.
El chico descendió por mi abdomen con su boca, metiendo sus manos bajo mi cuerpo y haciéndolo arquearse hasta que su cabeza se perdió entre mis receptivas piernas abiertas. Agarró mis nalgas con decisión, calibrando su firmeza con los dedos, y lamió todo mi coño arrancándome un profundo suspiro.
Enseguida, sus labios se acoplaron a los de mi vulva, y su escurridiza lengua se abrió paso entre ellos, retorciéndose a la vez que daba con mi duro clítoris para lamerlo ávidamente.
— ¡Oh, Dios mío! —grité, derritiéndome con el exquisito cosquilleo que se propagaba desde el epicentro de mis placeres hacia cada fibra de mi cuerpo.
En esa ocasión no había alcanzado un orgasmo espontáneo al comerle la polla a mi fantasía, pero me había quedado cerca, tan cerca, que en unas pocas lamidas y succiones de mi perla, estallé en un potente clímax que arrancó un aullido de mi garganta.
— ¡Aauuuhh…!
Con la espalda formando un arco sobre la cama, y estrujándome yo misma las tetas, cada músculo de mi cuerpo se entregó a un maravilloso orgasmo que mi amante prolongó con la audacia de su lengua colándose entre los pliegues de mi íntima piel. Hasta que el terremoto se disipó y mi cuerpo volvió a reposar sobre el lecho.
Pero el joven no cejó en su empeño. Siguió comiéndome el coño con entrega, haciendo diabluras con su intrépido músculo en la antesala de mi vagina y el botón del placer, manteniendo mi libido en un nivel que ni yo misma sabía que era capaz de mantenerse tras la liberación de la carga sexual.
— Umm… Fer.. umm, ¿qué me haces…? —pregunté sorprendida, metiendo mis dedos entre sus cabellos para acariciar su cabeza.
Una de sus manos abandonó mi culo, y me arrancó un sincero gemido cuando, sin dejar de ensalivarme el clítoris, uno de sus dedos me penetró repentinamente.
La excitación subió un nuevo peldaño, haciéndome jadear con la combinación de succiones de pepita y continuas penetraciones digitales.
-— Ah, ah, ah…
De pronto, otro dedo irrumpió en mi vagina, dilatándola entre ambos para hacerme ver las estrellas de puro gusto.
— ¡Joder, qué comida!, ¡joder, qué comida! —exclamaba, enajenada entre gemidos.
La lengua y labios estimulaban húmedamente el clítoris, haciéndolo vibrar y poniéndolo, incluso, más duro que mis pezones. Mientras, los dos dedos entraban y salían de mi coño, llenándomelo hasta donde podían alcanzar con una deliciosa fricción de las paredes internas.
El chico sabía bien lo que hacía para darme un placer que mi cerebro apenas podía procesar, pues la tensión sexual no solo no había decaído tras el orgasmo, sino que seguía ascendiendo para llevarme al borde de uno nuevo.
Sus dedos me follaban con pericia, y su boca degustaba mi almeja y jugos con experta gula. Ni mi marido, ni ninguna de mis parejas anteriores a él, me habían hecho jamás un cunnilingus tan excelso.
— Mmm, Fer, mmm, Fer… —pronunciaba su nombre entre gemidos, jugueteando con mis dedos en su cabellos.
De nuevo, me encontraba al borde del éxtasis, pero este, en vez de llegar, se postergaba sobrecargando mi lascivia.
Hasta que, de pronto, llevándome a un placer y excitación absolutamente desquiciantes, sentí en mi interior cómo, a la vez que el chico acariciaba ávidamente con la punta de su lengua mi clítoris, sus dedos se curvaban dentro de mí para alcanzar la secreta zona rugosa de mi vagina, masajeándola con las yemas.
Aquello ya fue la apoteosis. Comencé a gritar como una loca de incontenible gozo, sacudiéndome sobre la cama como un pez fuera del agua, tirando del pelo de mi amante mientras boqueaba tratando de alcanzar el aire que se escapaba de mis pulmones.
Durante un minuto, mi amante me llevó al puro delirio con su doble técnica, hasta que, finalmente, sentí el orgasmo brotando de mi interior como un géiser, una devastadora gloria con la que tuve la sensación de orinarme repentinamente, mediante espasmos inconcebiblemente placenteros en cada eyección.
Con cada fibra de mi cuerpo en una exquisita tensión, me sujeté a aquella cabeza que se alojaba entre mis muslos, dando alaridos gozosos mientras me corría como nunca en la boca de mi benefactor.
El cénit me hizo perder la noción de la realidad por unos instantes, hasta que toda la furia sexual terminó de liberarse a través de mi coño encharcado, del que el artista bebió ávidamente sus aguas termales, como si yo fuera la fuente de la eterna juventud.
Caí agotada, respirando como si hubiera corrido una maratón, observando cómo Fernando se erguía con el rostro brillante por mis fluidos, chupándose los dedos que habían estado haciendo diabluras dentro de mí. A continuación, utilizando el sujetador que había quedado tirado sobre la cama, se limpió la corrida que había mojado su cara, sonriéndome con autosuficiencia.
— La súper mamada que me has hecho se merecía un squirt —me dijo, guardando su miembro aún coloreado por mi carmín en el bóxer—. Eres una leona.
«¿Un squirt?», pregunté mentalmente, sin fuerzas para verbalizar. «No sé qué es, pero nunca me había pasado esto… Nunca me había corrido así…»
— Ya sabes dónde buscarme si quieres otra revisión de ordenador —añadió, con su cautivadora sonrisa de picardía—. Será un placer hacértela más a fondo…
Y allí me dejó, desmadejada sobre mi lecho matrimonial, mancillado y mojado por un flujo que hasta entonces no sabía que podía brotar de mí de aquella manera, ni en tal cantidad. Con mi rostro cruzado por regueros de leche de macho que comenzaban a secarse, habiendo salpicado, incluso, mi negra cabellera. Con el intenso y delicioso sabor del néctar de ese joven dios aún en mi paladar y, sobre todo, con la mayor sensación de satisfacción de toda mi vida.
6
Pasé dos días sin volver a saber de Fer. Ni una coincidencia con él en la calle o el portal de casa, ni siquiera un fugaz vistazo a través de la rendija de la celosía de la terraza, teniendo en cuenta que mis salidas para fumar se habían vuelto más frecuentes, a pesar de que le había prometido a mi marido que lo dejaría definitivamente cuando volviese de viaje.
Mi estado de ansiedad sancionándome mentalmente, y a la vez congratulándome por lo ocurrido con el chico, me llevaba a consumir un cigarrillo cada hora, encendiendo también en mi interior la pequeña esperanza de verle aparecer en su terraza mientras yo exhalaba humo.
La soledad por la ausencia de mi esposo, aunque intentase refugiarme en el trabajo, me daba muchas horas al día para rememorar una y otra vez cada mínimo detalle de lo que ya había supuesto un punto de inflexión en mi vida.
El premeditado ataque a mi, hasta entonces, intachable fidelidad, no solo no había servido para apaciguar mis oscuros deseos, sino que los había catapultado para hacerme sentir que quería más, que necesitaba más, y que el artífice del más devastador orgasmo que había disfrutado en mi vida, me había convertido en esclava del placer que me podría proporcionar entregándole mi cuerpo para que lo utilizase a su antojo.
No podía apartar de mi mente la imagen de ese joven y atractivo ejemplar de macho desnudo para mí, con todos sus músculos en tensión y su potente polla erecta dispuesta a ser tragada con una gula que nunca antes había sentido. Mi ropa interior se humedecía con el recuerdo, y en cuanto éste evolucionaba hasta el momento de ver su castaño cabello entre mis muslos, no podía evitar acariciarme hasta descargar la excitación acumulada.
En menos de cuarenta y ocho horas, había perdido la cuenta de las veces que me había masturbado. Ni siquiera en la época de mi despertar sexual, fantaseando con el cantante de moda del momento, mis dedos habían trabajado tanto en mi coñito.
Y así fue que, aquella mañana, mientras masajeaba mi clítoris por enésima vez tumbada en la cama, escuché unos inequívocos jadeos femeninos que llegaban del otro lado de la pared.
Detuve mi autosatisfacción, y agucé el oído, percibiendo más claramente los gemidos, acompañados del inconfundible palmeo que indica un rítmico choque de carne contra carne.
«¡Qué cabrón!», dije para mis adentros. «Se está follando a una de sus amiguitas, teniéndome aquí al lado más salida que el pico de una plancha por su culpa».
Unas palabras incomprensibles para mí, en voz femenina, me hicieron saber que la amiguita estaba disfrutando por todo lo alto, dado el tono en que eran pronunciadas.
“¡Plas!”. Un sonoro azote, seguido de un quejido de mujer cargado de excitación, fueron los teloneros de la autoritaria voz de mi vecino:
— ¡En español, zorrita, que quiero entenderte! —dijo, sin detener el rítmico golpeteo de lo que yo ya estaba segura que era su pubis sobre las nalgas de la chica.
— ¡Sí, siñor! —exclamó ella entre jadeos, con un marcado acento del este—, ¡Mi mata, siñor, mi mataaa…!
En ese momento, asociando el acento a la voz, reconocí a la afortunada que estaba recibiendo las duras estocadas de mi deseado: «Joder, ¡es Dana!».
Dana era la asistenta que mi vecina Pilar había contratado tan solo tres meses atrás, en sustitución de la mujer que había limpiado la casa durante veinte años, y que se acababa de jubilar.
— Hace poco que ha llegado de Rumanía —me había dicho mi amiga al poco de contratarla—, pero ya se maneja bastante bien en español, y entre que solo tiene veintidós añitos, y que es puro nervio, me deja la casa como nueva. Estoy encantada con ella, y aunque creo que hasta le sobra tiempo, no me importa pagárselo si sigue trabajando así de bien. ¡Divina juventud!
«¡Y tanto que le sobra el tiempo!», me dije, recordando la conversación sin dejar de escuchar cómo gozaba la rumana:
— Sí, siñor, mi gusta, siñor… Impuja fuerte a Danaaahh… —pedía, aumentándose el escándalo del otro lado de la pared.
«Así aprovecha el tiempo que le sobra, la lista», pensé, «follándose al “siñor buenorro”. Normal que limpie bien, ¡porque el polvo se lo lleva ella!».
Entre aullidos, la asistenta delató su orgasmo, pero el bombeo no se detuvo, aumentando en intensidad para que el cabecero de la cama también retumbase contra la pared.
Como en ocasiones anteriores, escuchar aquello resultaba excitante, sin embargo, no reanudé las caricias en mi entrepierna, pues por encima de la excitación, un sentimiento de envidia empezó a corroerme. ¿Por qué no era yo a quien mi vecino mataba de placer?
«Prefiere follarse a una cría delgaducha, que casi no tiene tetas, antes que a mí…», me decía, dejando que el veneno de los celos corriese por mis venas mientras escuchaba cómo Fernando rugía su catarsis con fuertes embestidas que catapultaban nuevamente a la muchacha hacia el delirio.
Tras esa traca final, no quise escuchar más, me fui a darme una ducha fría que calmase mis ánimos y refrescara mis ideas. Sin embargo, con el agua incidiendo en mi rostro, no podía dejar de pensar en ello.
«¿Cómo puedo obsesionarme así? Vale, el chaval está buenísimo, y todo indica que es un dios en la cama, pero no deja de ser un crío en comparación conmigo. Joder, y estoy casada… ¡Pero cómo me pone el cabrón…! Porque es eso, un cabrón que se tira todo lo que se menea… Esa rumana es guapita de cara, no se puede negar, pero es todo hueso, y en comparación con una mujer hecha y derecha como yo, con todo bien puesto…»
Así pasé el resto de la mañana, hasta que, un rato después de comer, tomé una decisión: Mi matrimonio se había convertido en una monotonía de ausencias, y yo necesitaba emociones fuertes que llenasen los vacíos de mi soledad, anímica y físicamente. Mi vecino había encendido en mí un fuego que solo él podía apagar, y me encontraba en un momento cumbre de mi vida, en mi máximo esplendor, como decía mi marido, más guapa que nunca, como decían mis amigas, y con unas necesidades que tenía claro que el joven macho que vivía al lado podía cubrir con holgura…
Vistiendo unos shorts y una ajustada camiseta de tirantes bajo la cual me puse un sujetador que realzaba mi generoso busto, formando un provocativo escote, «Esto son tetas, y no las de la rumana», a las cuatro de la tarde llamé a su timbre.
— Hola, Mayca —me saludó Pilar al abrirme la puerta—, no te esperaba. ¿Te apetece un café?
Me quedé de piedra, era yo quien no se esperaba encontrarla a ella. En mi estado de cerebro recalentado por mis bajas pasiones, había olvidado por completo que mi amiga no trabajaba los miércoles por la tarde.
— Hola, Pilar. No, gracias, tengo mucho trabajo… —contesté, tratando de ocultar mi sorpresa.
Mi amiga me miró confusa.
— Yo solo venía a pedirte un cigarrito —solté lo primero que se me ocurrió—. Me he quedado sin tabaco, y preferiría no salir a comprar hasta que no acabe con lo que estoy…
— Por supuesto, mujer. Pero pasa, que tengo que ir a buscarlo —dijo sonriendo.
— Gra-gracias, pero mejor te espero aquí, que no quiero entretenerme, y como nos liemos a hablar…
Suspiré internamente por mi rapidez de reflejos encontrando una excusa totalmente creíble.
— Voy a buscar el bolso —dijo con una carcajada—, que no sé dónde lo he dejado.
En cuanto mi amiga me dejó a solas en la puerta, en el recibidor apareció Fer, que me miró de arriba abajo con una amplia sonrisa.
Con solo verle, mi corazón se aceleró, y una sensación de vacío se adueñó de la parte más baja de mi abdomen.
— Me parece que lo que venías a buscar para llevarte a la boca no era un cigarro, ¿no? —susurró, fijando su mirada en mi apretado escote.
Un suspiro se me escapó, sintiendo cómo se me subían los colores y se me humedecía la entrepierna.
El joven me guiñó un ojo con complicidad y desapareció en el interior antes del regreso de su madre.
— Aquí tienes —me dijo mi amiga, ofreciéndome un paquete de tabaco—. Quedan tres, aunque no son mentolados como los que tú fumas.
— Bueno, no importa —contesté—. Te cojo uno para quitarme el mono.
— No, mujer, cógete el paquete, que tengo otro sin abrir, y así tienes para toda la tarde si te vuelve a dar…
— Gracias, Pilar, eres un cielo —acepté el ofrecimiento para no desbaratar mi excusa—. Me voy a seguir trabajando… ¿Tomamos ese café mañana?, ¿te pasas por mi casa cuando vengas de trabajar?
— Claro, guapa, eso está hecho.
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