EL VECINO FINAL

El sábado siguiente amaneció como un día especialmente caluroso, lo que, en un principio, me dio mucha pereza para acudir con Agustín a un concierto de música clásica al aire libre. Pero, al final, mi maridito consiguió convencerme para no dejar de ir, pues hacía un mes que teníamos las entradas y, además, me informó de que ese mismo día, Pilar y José Antonio nos habían vuelto a invitar a comer en su casa y tomar unas copas hasta que cayese el calor.

La idea de volver a encontrarme con mi amante en presencia de mi marido y sus padres me causó cierto desasosiego, pero a la vez, me resultó emocionante. No había vuelto a verle desde que me había empotrado en la pared y, entre otras deliciosas cosas, me había descubierto las excelencias del sexo anal… ¿Habría guardado mi tanga con olor a hembra?

Tras varios días batallando con la ansiedad de haber dejado forzosamente de fumar por tener siempre a Agustín cerca, sentí la necesidad de aprovechar la oportunidad de que se metía en la ducha para consumir, fuera y apresuradamente, un cigarrillo que me trajo gratos recuerdos. Un buen enjuague bucal y concienzudo lavado de manos en el aseo del dormitorio enmascararon la falta a la promesa hecha a mi esposo.

«El más intrascendente de los pecados que tengo que ocultar…»

Más serena, tomé la determinación de divertirme con la situación por la que tendría que pasar. Aprovechando que debía arreglarme para asistir al concierto, decidí ponerme el elegante y ajustado vestido verde que había seleccionado una semana atrás para deslumbrar a Fer, habiéndome impedido su impetuoso asalto lucirlo para él.

En el cajón de la ropa interior comprobé que el único sujetador que quedaba bien con la prenda elegida era, precisamente, aquél que iba a juego con el tanga que había regalado al chico a cambio de su bóxer.

«¡No puedo ir con una pieza de cada!», me dije. «¡Sería un sacrilegio no llevar el conjunto completo!», añadí, dibujándoseme una pícara sonrisa en los labios.

Por primera vez en mi vida, me vestí sin llevar prenda íntima inferior, y me resultó de lo más excitante.

Coqueteando con mi propio reflejo en el espejo, comprobé que el vestido me quedaba como un guante, ajustándose a cada vertiginosa curva de mi cuerpo; cubriendo mis voluptuosos pechos para formar el escote palabra de honor, pero, a la vez, remarcando su globosidad y turgencia; ciñéndose a mi esbelta cintura, de invertidos paréntesis que han eludido el inevitable ensanchamiento  de la procreación; delineando mis pronunciadas caderas de ánfora romana; dibujando la rotundidad de mis firmes nalgas, redondeadas rocas de ribera fluvial, y envolviendo mis tersos muslos hasta casi las rodillas, formando una campana bajo la cual, en lugar de badajo, se encontraba mi jugoso coñito.

Agustín salió de su tranquila ducha, entrando en el dormitorio en el momento en que terminaba de calzarme los taconazos y comprobaba cómo ensalzaban la tonicidad de mis piernas y elevaban, aún más, mi prieto culito.

— ¡Estás espectacular, nena! —exclamó al verme—. No habías vuelto a ponerte ese modelito desde la boda de mi sobrino… ¡Anda que no voy a presumir de mujer en el concierto!

— Exagerado —contesté, riéndome encantada por el cumplido. «Y si supieras que no llevo bragas…»—. Seguro que allí habrá jovencitas que atraigan más las miradas —terminé diciendo.

— Ninguna te llegará a la tapa de los tacones —aseguró, rodeándome la cintura con los brazos y haciéndome sentir, a través de la toalla enrollada en su cintura, que era lo que realmente pensaba.

— Cuánto te quiero… —susurré, absolutamente convencida de ello.

Me besó apasionadamente, estrechando su abrazo, y sus manos comenzaron a recorrerme la cintura con suaves caricias que comenzaban a bajar hacia mi culo.

«¡Va a notar que no llevo tanga!», grité por dentro.

Sentí un escalofrío y, a la vez, una terrible excitación, por lo que, manteniendo a duras penas la cabeza fría, me separé de mi esposo apartando suavemente sus manos, que ya alcanzaban a donde debería haber notado la tira del tanga.

«No se ha dado cuenta. Menos mal que la cabeza con la que está pensando ahora mismo no es la que tiene sobre los hombros».

— Venga ya, Mayca, que estás muy buena y tenemos tiempo para uno rapidito, ¿no? —me recriminó.

— Yo todavía no me he maquillado —traté de poner una excusa—, y ya me he peinado…

— Venga, cariño —insistió él, devorándome con la mirada—. No puedes ponerte así y no dejarme catarte… Nos da tiempo a todo, y siempre puedes hacerte una coleta con la que estás súper sexy…

No me quedaban excusas, me iba a pillar sin ropa interior e iba alucinar. ¿Cómo podría explicarle que iba a un concierto de música clásica y, sobre todo, a casa de los vecinos con el coño al aire?

El miedo me dejó paralizada, pero, de repente, la providencia vino en mi auxilio. El nudo de la toalla de Agustín se había aflojado al frotarse contra mí y, justo en ese momento, se le cayó al suelo, mostrándome su pene erecto apuntándome a la cara, como una señal.

No lo dudé ni un segundo. Ante un incrédulo Agustín, me puse de rodillas, agarré su polla sobresaliendo de mi puño poco más que la testa, y le di un jugoso beso.

— ¡Joder, cariño! —exclamó.

Chupeteé el glande con mis labios y lengua, besándoselo golosamente. Había encontrado una salida para no tener que dar una explicación que no podía, ¿y por qué no disfrutarlo?

Me comí el balano, haciéndolo entrar en mi boca hasta que mis labios dieron con mi puño, y continué succionando hacia dentro y hacia fuera, con mis suculentos pétalos envolviéndolo mientras la lengua le acariciaba el frenillo.

— Uf, nena —escuché desde las alturas—, si sigues así no me va a dar para echarte un polvo, ufff…

«¡Oído cocina!», gritó mi demonio interno.

Quité la mano para agarrarme a sus muslos y devorar toda la verga hasta el final, alcanzándome la campanilla, aunque no pudiendo pasar de ese límite que otro había rebasado sobradamente.

— ¡Dios!

Chupé sacándome el enhiesto músculo lentamente, hundiendo mis carrillos para que mi mojada cavidad bucal se adaptase a todo el contorno del tronco, presionando con los labios como suaves y mullidos cojines masajeando la dura carne, hasta que la punta emergió, teñida con un tono violáceo y acompañada de un húmedo sonido de succión.

Miré a los ojos de mi esposo, quien me contemplaba con su rostro desencajado por el gusto, y le sonreí con malicia, lo que le provocó un suspiro mientras brotaban un par de transparentes gotas del pequeño orificio de su vara.

Mi lengua salió para lamer esa muestra de máxima excitación, tomándola para volver a mi boca convirtiendo las gotas en un fino y brillante hilo de aceitoso fluido que colgó hasta mi labio inferior, cortándose cuando me relamí paladeando su salado sabor.

Otro profundo suspiro y la emergencia de más lubricante, me indicaron que mi hombre ya estaba totalmente bajo mi control, permitiéndome hacer con él lo que quisiera.

«Ya no habrá posibilidad de preguntas incómodas», me dije. «Le tengo dominado», concluí, sintiendo cómo mi desnudo coñito se humedecía bajo la falda del divino vestido.

Volví a comerme la polla, succionándola hasta el fondo, abrasándola con el calor de mi paladar, y comencé un suave vaivén cervical con chupadas que arrancaron gemidos masculinos.

— Así me matas, preciosa —dijo Agustín entre dientes—. Cada vez lo haces mejor…

«Porque ahora me gusta de verdad», contesté para mí misma, con la boca llena de la palpitante estaca de mi marido y mayor humedad en mi entrepierna. «Solo necesitaba comerme un buen rabo para que despertara mi apetito, y aunque el tuyo no sea lo mismo, tampoco está nada mal. A falta de pan, buenas son tortas».

Mamé con verdaderas ganas, saboreando el duro falo, excitándome con el roce en mis sensibles labios y mi capacidad para engullirlo entero sin apenas esfuerzo, disfrutándolo mientras volvía loco a mi hombre.

Lo que había comenzado como una vía de escape, se había convertido en algo que realmente quería hacer, y tan cachonda me estaba poniendo, que, por un momento, temí que mi coñito desnudo acabara mojándome el vestido. Así que, tenía que poner fin a aquello cuanto antes.

Aspiré con todas mis fuerzas, convirtiendo la felación en una salvaje mamada de vertiginoso ritmo, lo que no tardó en producir el efecto deseado.

— Dios… Dios… Dios… —bufaba mi esposo— Cariño, me voy a correr… Si no paras me corro…. Me voy a correr…

Por supuesto, hice caso omiso a su advertencia, y continué con mi tarea hasta que, al momento, la verga se hinchó en mi boca y sentí el primer espasmo ascender por el tronco que se deslizaba sobre mi lengua.

— Me corro, Mayca, me corroooohh… —anunció Agustín entre jadeos, tratando de no alzar la voz, sorprendido y extasiado porque, por segunda vez en toda nuestra vida como pareja, no se la soltara.

Comiéndome toda la carne hasta que la punta se asomó a mi garganta, sentí en ésta la primera descarga eyaculatoria de mi hombre, tragándola directamente. Y así me mantuve, alcanzando con mi mano los testículos para apretarlos suavemente y exprimir a mi orgásmico maridito, quien me dio hasta la última gota de su densa leche en varias ráfagas, colándose directamente a través del sumidero de mis tragaderas.

Con una última succión, dejé la cincuentona herramienta reluciente, y al satisfecho beneficiario apoyado en la cómoda del dormitorio.

Me puse en pie, comprobando que la humedad de mi almeja no había sido lo suficientemente abundante como para evidenciarse en el verde de mi prenda.

— Uf, nena, ha sido increíble… —recibí como halago a mi perfecto trabajito oral.

— Gracias —contesté con una complaciente sonrisa—, me alegra que te haya gustado.

— Joder, ¡y tanto! Y aunque te he avisado, como siempre, es la segunda vez que me dejas correrme en tu boca… Y eso es… ¡buf! Y encima esta vez te lo has tragado todo, ¿no…?

— Claro, no iba a dejar que me mancharas el vestido —le confesé, dándole la verdadera razón por la cual le había hecho eyacular directamente en mi garganta—. Así que no te acostumbres a ello, ¿eh? —le advertí, remarcándole que era yo quien tenía el mando.

— ¡Ja, ja, ja! Eres increíble. De todos modos —añadió pensativo—, no sé en qué estarás metida ahora…

— ¿Y eso a qué viene? —pregunte con curiosidad, con mis manos sobre las caderas.

— Es que, últimamente, cuando hacemos el amor, te noto distinta, no sé… como más desatada…

Sentí un escalofrío atravesándome.

— Y luego está lo otro —continuó—. Hace poco, después de quince años juntos, me dejaste correrme por primera vez en tu boca… Y el otro día en esos pechotes que me vuelven loco… Y ahora hasta te lo has tragado…

Un nudo se me hizo en el estómago, y no por el biberón que acababa de tomarme.

— ¿No estarás traduciendo una novela erótica? —terminó por preguntar.

Una increíble sensación de alivio me hizo resoplar por dentro. Me había temido lo peor: que mi amado esposo sospechase algo. Sin embargo, su confianza en mí era ciega, pues nunca le había dado motivos para lo contrario y, además, la confianza se basaba en un principio de reciprocidad, ya que él se pasaba la vida viajando de un sitio a otro, conociendo a gente, lejos de casa…

— No, no, qué va —negué, riéndome con la curiosa teoría—. Solo es que te echo mucho de menos cuando estás fuera. Así que, cuando estás, quiero disfrutarlo al máximo y que tú también lo hagas… Así no te buscarás alguna jovencita por ahí —terminé, dándole la vuelta a la tortilla.

— Venga ya, preciosa. ¿Cómo voy a buscarme nada por ahí? ¿Para qué quiero una jovenzuela, teniendo semejante mujer en casa, y que encima me hace estas cositas?

Me dio un cariñoso beso que, encantada con mi cinismo, le correspondí.

— Vale, pero como ya te he dicho antes —le insistí ante su entusiasmo—, no te acostumbres a cómo ha terminado ahora, que ha sido una excepción —«¿Seguro? ¡Si a ti también te encanta!», dijo mi diablillo interno—. Solo quería que no me pusieras perdida para poder lucir este vestido que tanto te gusta.

«Cínica, cínica, cínica…» canturreó mi conciencia.

— ¡Claro como el agua, mi señora! —se cuadró cómicamente— Entonces, ¿terminamos de arreglarnos y vamos a que presuma de mujer?

Ya en el baño, antes de darme un retoque de maquillaje y carmín en los labios, y volver a cepillarme la melena, sequé la humedad de mi entrepierna, disfrutando nuevamente de la excitante sensación de ir sin ropa interior. Sin duda, esa travesura y lo que acababa de pasar con Agustín sin satisfacción para mí, mantendrían mi libido, al menos, durante un buen rato.

El concierto mereció la pena, aunque el calor, en determinados momentos, fuera abrumador. La orquesta había sonado maravillosamente en una de las más populares zonas verdes de la ciudad, habiendo interpretado algunas de mis piezas favoritas. Y la guinda definitiva del pastel consistió en el aire colándose por la abertura de mi falda, transportándome mentalmente al fin de semana anterior, dejándome meridianamente claro que iba a estar bien calentita todo el día.

Después, volvimos al  barrio para tomarnos un par de vinos y hacer tiempo para acudir a casa de los vecinos. En ese tiempo, mientras Agustín entablaba conversación con un conocido, intercambié mensajes con mi amiga Sonia. No habíamos hablado en toda la semana, debido a que ella había estado muy liada en el trabajo, por lo que enseguida me preguntó por mi experiencia del viernes anterior.

Con un lenguaje en clave para que solo ambas pudiéramos entendernos, en el caso de que mi marido echase un vistazo a la pantalla de mi móvil, le conté, a grandes rasgos, lo que había hecho, cómo lo había disfrutado, y lo increíblemente viva que me había hecho sentir. ¡Como para bajárseme la calentura que llevaba arrastrando desde primera hora!

Mi amiga lo entendió y me apoyó animándome, incluso, a repetir:

— Me alegro por ti. Ya tenemos una edad como para no estar perdiendo el tiempo. Date todos los caprichos que te hagan disfrutar, ya has visto que la juventud puede darte gratas satisfacciones, y  bien dotadas, por lo que dices. ¡Aprovéchalo!

Agustín ya se despedía del conocido, por lo que concluí el intercambio de mensajes con un “Así haré en cuanto pueda. Besos”.

— ¡Bravo! —leí, justo antes de que mi marido volviera a prestarme toda su atención—. Por cierto, que mi oferta sigue en pie para cuando quieras… ¡Carpe diem! Besos.

Sentí una corriente en mi vulva, y esa vez no había sido producida por el aire.

Acabadas las consumiciones, y algo afectados por el vino cayendo en estómago vacío (bueno, el mío no tan vacío), nos presentamos ante la puerta de los vecinos, la cual se abrió antes de llamar al timbre.

— ¡Hombre, chaval! No me digas que te vas ahora que llegamos nosotros —dijo Agustín al encontrarnos con Fernando, dispuesto a salir.

— Pues sí, me iba a comer con los colegas del fútbol —contestó el chico para mi frustrante alivio—. Aunque… la verdad es que no me apetece mucho… —añadió, realizándome un rápido escáner de pies a cabeza que mi esposo no percibió—. ¡Mira, acabo de cambiar de opinión! Me quedaré a comer con vosotros… Mi madre ha hecho paella —aclaró en última instancia.

— ¡Cómo sois los jóvenes! —exclamó Agustín con una carcajada—. Di que sí, que donde comen cuatro, comen cinco, y la paella de tu madre está para chuparse los dedos.

— Tú sí que sabes, Agustín. Las cosas ricas siempre hay que compartirlas, ¿verdad, María del Carmen? —se dirigió a mí como siempre hacía en presencia de los demás.

— Sí, claro —contesté acalorada, fijando mis verdes ojos en la refulgente mirada del chico—, siempre que cada uno tenga lo suyo.

Fer nos dejó pasar para dirigirnos al salón al encuentro de sus padres, siguiéndonos por el pasillo. Con un fugaz giro de cabeza comprobé, por el rabillo del ojo, que su vista iba fija en mi culo enfundado en el ajustado vestido. Sentí la ansiedad que solo un cigarro, que no podía fumarme, podría calmar.

Pilar y José Antonio nos recibieron con besos y abrazos mientras su hijo se marchaba a su cuarto, reincorporándose unos minutos después para explicarle a su madre que, al final, comía con nosotros.

Aprovechando que nadie me prestaba atención en ese momento, con mi marido riendo a carcajadas con su amigo, me embebí de la juvenil anatomía que quedaba de espaldas a mí, en una perspectiva que pocas veces había podido disfrutar.

Con su castaño cabello alborotado, formando su característico peinado de calculado despeinado, Fer vestía una camisa azul celeste, de manga corta ceñida a sus brazos para evidenciar la tonicidad de sus tríceps, quedándole perfectamente ajustada a las líneas de sus anchos hombros para descender estrechándose deliciosamente, en consonancia con las oblicuas formas de su fuerte espalda, hasta llegar ligeramente por debajo de la cintura; permitiéndome vislumbrar, en sus pantalones cortos de color blanco, la forma de sus redondeados glúteos, bien prietos y propensos a que mis uñas anhelaran clavarse en ellos.

«¡Dios, qué mordisco le daba ahora mismo!», gritó mi leona interna.

Las patas de esos pantalanes, bajo el dulce melocotón que remataba la espalda, envolvían hasta casi las rodillas esas piernas robustas como centenarios robles de agraciado crecimiento, permitiéndome disfrutar de la vista de unos gemelos potentes, duros y con forma de corazón, que daban fe de la futbolística afición del muchacho.

«Es un demonio vestido de ángel… ¿Cuándo volveré a arder en su celestial infierno?».

Cuando se dio la vuelta, rápidamente tuve que apartar mi vista simulando contemplar un cuadro, pues estaba segura que, tanto mi mirada como el rubor de mis mejillas, podrían delatar la lujuria de mis pensamientos, y no solo a él.

— Bueno, pues ahora traigo otro plato y cubiertos —dijo finalmente Pilar tras la explicación de su hijo—. Id sentándoos, por favor, que la comida está en su punto.

Nuestros encantadores vecinos habían preparado la mesa redonda del salón para estar más frescos con el aire acondicionado, pues el día no estaba como para salir a comer al bochorno de la terraza. Así que acabamos allí sentados los cinco, un poco más apretados, quedándose Agustín a mi izquierda y Fernando a mi derecha, peligrosamente juntos los tres.

«¡Qué casualidad!», me dije, sintiendo nuevamente el desasosiego. «Como si fuera una comedia de Hollywood que acabará en enredo, sentada entre mi marido y mi amante».

Como era de esperar, la conversación fue amena y el alimento delicioso, mi esposo no exageraba cuando decía que la paella de Pilar era para chuparse los dedos. Así que dimos buena cuenta de toda la comida regada con un par de botellas de vino, de las cuales el joven no probó ni una gota. Todo lo contrario que yo, que no dejando de sentir la mirada de soslayo del chico, traté de ahogar el nerviosismo con más cantidad de la habitual.

— ¿Y cómo vas con la búsqueda de trabajo, chaval? —le preguntó mi amado a mi amante—. Imagino que el verano es mala época para encontrar algo, ¿no?

— Así es, Agustín —contestó el aludido, girando un poco su cuerpo para dirigirse a quien preguntaba, permitiendo que mi subrepticia mirada reparara en cómo su camisa llevaba desabrochados los dos botones superiores, formando una abertura en la cual sus cincelados pectorales se vislumbraban para que las yemas de mis dedos ardiesen ambicionando recorrer su escultural consistencia.

— Ahora es bastante complicado —corroboró—. Solo hay “empresas cárnicas”, de las que, por ahora, paso, a no ser que en tres meses más no encuentre algo mejor.

Sentí la rodilla del chico contactando con mi muslo, produciéndome una descarga eléctrica que subió hasta mi cerebro, el cual, ligeramente ebrio, ordenó a mis ojos dirigir la mirada más abajo, por debajo del borde de la mesa. Apenas fue un vistazo de dos segundos, lo suficiente para comprobar que, con el giro para atender a mi esposo, la entrepierna del joven ya no permanecía oculta bajo la mesa, quedando expuesta a mis atentas pupilas para que pudiera apreciar cómo se marcaba un llamativo paquete que sugería el tamaño de la artillería ahí guardada. Me sentí sofocada y tuve que apartar rápidamente la vista.

— ¿”Empresas cárnicas”? —preguntó Agustín.

— Sí, así es como se las conoce en nuestro mundillo… —aclaró Fer, incidiendo nuevamente con su rodilla en mi muslo para comenzar a frotarlo lentamente.

No pude atender a la explicación, pues el cosquilleo recorrió mi cuerpo incitando a mis globos oculares a dirigirse, una y otra vez, al atractivo abultamiento que parecía acrecentarse con ese clandestino roce, al tiempo que mis pezones también se endurecían.

Afortunadamente, mis continuas miradas pasaban desapercibidas para el resto de comensales, pues todos estaban atentos a la exposición del informático. Y él se estaba recreando en ser el centro de atención, explayándose sobre su futuro laboral y las oportunidades que esperaba aprovechar, seguro de lo que estaba provocando en mí, ya que era la única persona consciente de cómo mis verdes ojos se dirigían bastante más abajo que los del resto de oyentes.

Yo ya tenía los pezones como para rayar cristal, hecho que, con un vistazo indiscreto, se podría comprobar evidenciándose a través del ligero sujetador y la fina tela ajustada del vestido. Por suerte, la única mirada que percibí, de soslayo, fue precisamente la de aquel que estaba produciendo esa reacción, sonriendo mientras hablaba.

— De todos modos —intervino de pronto Pilar—, también estamos pendientes de lo de mi empresa, del posible puesto libre en Zaragoza…

— Sí, mamá —le atajó condescendientemente su hijo—. Pero esa es una posibilidad remota, y preferiría encontrar algo por mí mismo. Ya estoy más que crecidito…

Con esa última afirmación, clavó su rodilla en mi muslo, obligándome a echar un último vistazo allá abajo. Sentí que me humedecía al comprobar el intencionado doble sentido con que se había expresado para que yo lo captase. En el pantalón corto se podía apreciar una tremenda hinchazón de fálica forma que se prolongaba desde la entrepierna hacia el mulso derecho del chico, como si bajo su ropa escondiese una boa constrictor que estuviera buscando la luz en la pernera de la prenda.

«¡Dios mío, y tan crecidito que está!», me dije, mordiéndome el labio.

Frotando mis muslos uno contra otro de forma nerviosa, traté de contener la natural lubricación de mi coñito desnudo, siendo en vano, por lo que, al igual que me había ocurrido estando arrodillada ante mi hombre, comencé a temer por la posibilidad de mojarme el vestido.

— ¡Di que sí, chaval! —aprobó mi marido sobresaltándome—. Confiar en uno mismo y conseguir las cosas por tu propia mano es lo que más satisfacciones da, ¿verdad, cariño? —preguntó en última instancia, dándome un leve codazo.

Ese gesto logró sacarme del trance en el que estaba sumergiéndome, e incluso, consiguió que Fernando apartase su rodilla de mí al convertirme, en ese momento, en el centro de atención.

— Sí, claro —dije yo, serenándome y tratando de disimular mis erectos chupetes para dirigirme al chico—. Seguro que si confías en tus aptitudes, podrás conseguir cosas que antes parecían impensables, pura fantasía…

Nuestras miradas se encontraron con un choque de fuego entre ambas, siendo imposible la interpretación de su correcto significado para el resto de tertulianos. Solo nosotros dos teníamos la clave para desencriptar el mensaje, ¡y cómo nos gustaba jugar a ello!

El joven esbozó una sonrisa de medio lado.

— Y la fantasía se puede cumplir —continué, animada por la ligera embriaguez y el morbo de que solo uno de los presentes entendiera a qué me estaba refiriendo en realidad—. Seguro que puedes abrir puertas que nadie más había abierto, y deslumbrar con tu talento y dura perseverancia… Así que tendrás que aprovechar la más mínima oportunidad para meter la cabeza…

— Gracias, María del Carmen —contestó, manteniendo mi mirada—. La cosa se está alargando, y es duro… Pero tengo bien claro mi objetivo, así que en cuanto vea esa oportunidad, me aplicaré para entrar hasta el fondo…

«¡Uf!, y tan a fondo que sabes entrar, cabronazo…», contesté mentalmente.

— ¡Bien dicho, hijo! —cortó José Antonio la velada declaración de intenciones entre su vástago y yo—. Y eso también te valdrá si entras en la empresa de tu madre. ¿Quién sabe?, a lo mejor te sirve de trampolín para algo aún mejor, o hasta puede que te guste y vayas ascendiendo… Lo importante es lo que te ha dicho Mayca: confiar en uno mismo, aprovechar las oportunidades y dar lo mejor de ti.

— Sin duda que eso haré —convino el veinteañero—. Agradezco tu consejo, María del Carmen —volvió a dirigirse a mí—, lo seguiré al pie de la letra. Entrar por la puerta de atrás, si la preparación es buena, puede conseguir éxitos inimaginables, ¿no?

Por un instante, me quedé sin aliento, sintiendo un desasosegante vacío en mis entrañas. «Bien que lo sabes, experto empalador…».

— Claro que sí —contesté, manteniendo la compostura—. Si sabes manejar tus armas, entrar por la puerta de atrás puede conseguir que se encadene un éxito tras otro… Sin olvidar que la precipitación no es buena compañera. Ya sabes que, sobre todo en los inicios, y para que las cosas no se disparen antes de tiempo, hay mucho que tragar…

Los avellanados ojos de Fer refulgieron, mientras los otros tres seguían la conversación como espectadores de un partido amistoso de tenis, sin percibir que bajo la liza deportiva subyacía una exposición de encarnizadas batallas libradas por contrincantes que ansiaban enzarzarse en un nuevo cuerpo a cuerpo.

— Por supuesto —asintió él—. Aunque no todos los tragos son amargos, ¿verdad? Y pueden dar buena medida de las profundas aspiraciones que se pueden alcanzar…

«¡Joder!», grité por dentro, hambrienta a pesar del banquete que nos acabábamos de dar. «Te arrancaba la ropa ahora mismo y te devoraba, demostrándote lo profundo que puedo aspirar hasta conseguir ese trago dulce…»

— Al menos eso es lo que dice mi experiencia —afirmé.

— Y creo que la de todos —intervino Pilar— ¿Ves, Fernando, cómo hasta Mayca te dice lo mismo que yo llevo semanas diciéndote?

«Sí, seguro que las mismas palabras y significado», no pude evitar reír internamente por el inocente desconocimiento de mi amiga.

— Sí, mamá —volvió el informático a usar el tono condescendiente—, tenéis razón. Lo he entendido todo perfectamente, y actuaré en consecuencia.

«Ummm… Lo que me espera en cuanto Agustín vuelva a marcharse el lunes…»

Con un asentimiento y una petición de mi amiga para que su adorado niño le ayudase a traer el postre, la conversación se dio por zanjada. Fer acompañó a su madre a la cocina, no sin antes estirarse bajo la mesa los faldones de la celeste camisa para ocultar la erección que portaba, y volvió a mi lado cargando con una fuente rebosante de un espectacular flan casero. Al sentarse y recogérsele la prenda superior, con un discreto y rápido repaso, pude comprobar que, a pesar de haberse relajado el músculo cubierto por el inmaculado pantalón, el tremendo paquete seguía produciéndome unos calores que ya no había forma de disipar.

Durante el postre ya no hubo jueguecitos de piernas rozándose, ni intercambio de mandobles de doble filo, pero aun así, mi entrepierna al aire bajo el vestido, los furtivos vistazos hacia la derecha, y el vino, mantuvieron en alza mi temperatura, haciéndome sentir algo mareada.

— Y ahora, unas copitas para hacer bien la digestión —propuso José Antonio—. Agustín, ¿llevamos esto a la cocina y elegimos digestivos? Tengo de todo, pero sobre todo, una pequeña colección de whiskies que tendrás que catar…

— ¡Cómo sabes lo que me gusta, bribón! —contestó mi marido, levantándose con él para empezar a recoger platos.

— ¿Nos echamos un cigarrito fuera mientras estos eligen? —me invitó Pilar.

— Tendrás que salir sola —contesté muy a mi pesar, pues en mi estado, me moría por satisfacer el vicio que mantenía a escondidas—. Le prometí a Agustín que lo dejaría…

— ¡Y lo está consiguiendo! —terció él con orgullo—. Así que no la tientes.

«No es la principal tentación que tengo aquí», repliqué para mis adentros, observando cómo Fer también se ponía en pie.

— ¡Bravo por ti! —exclamó Pilar— Ojalá yo tuviera tu fuerza de voluntad, pero ya estoy mayor para cambiar costumbres —añadió, tomando el paquete de tabaco de su bolso—. Tranquila, que no te tentaré. Ponte cómoda en el sofá mientras tanto, a ver qué nos ofrecen estos dos para tomarnos… Fernando, ¿podrías acompañarla un poco?

— Será un placer —contestó el informático, haciendo un galante gesto para invitarme a levantarme de la mesa y dirigirme al sofá.

En un momento, me quedé a solas con mi secreta tentación, sentada en el sofá, prudentemente cruzada de piernas, y mordiéndome el labio mientras él permanecía ante mí exhibiendo su planta esculpida en roca viva. La camisa había vuelto a ocultar decorosamente su entrepierna, pero los botones superiores desabrochados no dejaban de invitar a mis orbes de esmeralda a colarse por la abertura para acariciar visualmente la tersura de sus pectorales. De no ser porque su madre estaba en la terraza, y nuestros maridos en la cocina, no habría podido evitar abalanzarme sobre él como una tigresa con hambre atrasada.

La tensión sexual se palpaba en el ambiente, con ígneas ráfagas partiendo de nuestras miradas para encontrarse a medio camino entre ambos y confluir en un choque de energía que cualquiera podría sentir. Así que, sobreponiéndome a mi fogosidad y desinhibición etílica, quise decir algo para suavizar la situación:

— Tus padres son encantadores…

No pude continuar la frase, pues sintiendo el rubor encendiendo mis mejillas, observé cómo Fer se sacaba del bolsillo una pequeña pieza de lencería negra, para llevarla a su nariz.

— Qué cabrón… —susurré—. ¿Llevas siempre mi tanga en el bolsillo para acordarte de mí? —le pregunté, escuchando las risas de José Antonio y Agustín en la cocina.

— Claro que no —contestó tranquilamente, usando el mismo tono susurrante—. No necesito esto para pensar continuamente en ti y en lo que te haría… Lo he cogido de mi habitación cuando he visto cómo venías vestida para mí, obligándome a quedarme a comer. Querías provocarme, ¿eh? Ese modelito te queda espectacular, estás para darte bien...

— ¿Ah, sí? Mmm… —me relamí, alisando las arrugas de mi segunda piel y estirando la espalda para realzar mis prominentes pechos—. Pues que sepas que ese es el tanga que combina con el sujetador que llevo —me dejé arrastrar por mi excitación, confiada porque nadie podía escucharnos—, y odio no ir conjuntada.

Recordando la película “Instinto Básico”, interpreté el papel de Sharon Stone. Descrucé mis piernas lentamente, dejándolas abiertas unos instantes, a la vez que movía el culo sobre el sofá para que el vestido se recogiera un poco. Provocando una sonrisa perversa en el chico, éste pudo contemplar sin reparos mi lampiño y húmedo coñito.

— Uf —dejó escapar un suspiro—. Cómo te gusta calentarme…

Guardó de nuevo mi prenda interior en su bolsillo, abriéndose en el mismo gesto los faldones de la camisa para dejarme bien clara la portentosa erección que su pantalón apenas podía retener. Pero, enseguida, tuvo que disimular mi efecto sobre él, recolocándose el instrumento y la ropa al percibir el ruido de los mayores volviendo por el pasillo con su botín.

Volví a cruzar mis piernas estirando la parte baja de mi prenda, sintiéndome aún más excitada y mareada, pero teniendo que realizar una magistral actuación para ocultar mi volcán interior, ya que los dos cincuentones entraban en la sala cargando cuatro botellas cada uno. Y al minuto, con un aroma a tabaco que disparó mi angustia, volvió Pilar de la terraza.

Alegando que ya era hora de dejar a los mayores con sus cosas, Fer se retiró a su cuarto, lanzándome un último vistazo a la vez que metía su mano en el bolsillo. ¿Significaba eso que se pajearía pensando en mí? Mi ansiedad alcanzó una nueva cota.

«Joder, estoy más salida que el pico de una plancha», me dije, «y al final se va a notar que estoy mojada… Tengo que salir de aquí, necesito un cigarro y… un buen dedo».

— Pero, mujer, ¿cómo te vas a ir ahora? —me reprochó la vecina al anunciar mi intención de abandonarles—. Podemos pasar aquí toda la tarde, fresquitos, tomándonos unas copas y riéndonos…

— Lo siento, Pilar —me disculpé—. No me siento muy bien, estoy un poco mareada y creo que voy a dormir un rato de siesta… Pero no os preocupéis, que estoy bien, solo necesito descansar. A lo mejor vuelvo con vosotros más tarde, ¿vale?

— Descansa, cariño, que será que se te ha subido el vino —me dijo tiernamente mi esposo—. Aquí estaremos para cuando te hayas recuperado, aunque no te garantizo que nos mantengamos muy serenos —añadió con una sonrisa—. Le he prometido a José Antonio que probaría una buena parte de su colección…

— Ni caso —le interrumpió Pilar—. Vuelve cuando estés mejor, que ya me encargaré yo de que no se nos vaya la mano a ninguno, que estos dos se comportan como críos cuando están juntos. ¡Que duermas y descanses bien!

«Mejor dicho: ¡que fume y me masturbe bien!», contestó internamente mi lado oscuro.

Agradecí las amables palabras, y con un beso a mi esposo, me despedí estando convencida de que le esperaría en casa.

«Seguro que llegará tan borracho como para no poder echarme ni un polvo, por mucho que le provoque», me aseveré. Así que decidí que aprovecharía el tiempo para hacerme, al menos, un par de buenos dedos, con sus “cigarritos de después” entre medias.

En cuanto llegué a casa, saqué el paquete de tabaco que tenía escondido y salí a la terraza, donde el mentolado humo entrando en mi garganta y pulmones rebajó considerablemente la desazón que se había apoderado de mí. Sin embargo, no tuvo ningún efecto en el vacío que sentía en mis entrañas, ni en el cosquilleo de mi húmeda almeja, por lo que volví dentro para saciar mi otra gran necesidad.

No había hecho más que poner un tacón dentro, cuando me pareció escuchar que alguien llamaba a la puerta con los nudillos.

«¡No puede ser!», exclamé internamente con frustración. «Que no use la llave, que no use la llave, que no use la llave…» Me repetí mientras me metía rápidamente en el aseo para lavarme las manos y refrescar mi aliento ante la posibilidad de que mi esposo decidiera entrar.

El toque en la puerta se repitió, algo más fuerte.

«¿Querrá comprobar que estoy bien y si ya me he quedado dormida? Es un amor, pero lo que yo necesito ahora es otra cosa…»

Me sequé y me dirigí a abrir la puerta, agradeciendo al cielo por haberme dado tiempo a enmascarar mi vicioso pecadillo.

— Cariño… —dije, abriendo la puerta y quedándome sin palabras.

— No es cariño, precisamente, lo que vengo a darte… —me cortó Fernando, entrando directamente y cerrando la puerta tras de sí.



11

— ¿Pero estás loco? —pregunté, aún conmocionada—. ¡No deberías estar aquí!

— ¿Cómo que no? —replicó Fer con autosuficiencia, tomándome por la cintura para pegar su cuerpo al mío y hacerme sentir la rotundidad de ese paquete que no había dejado de captar mi atención durante la comida—. Aquí es donde debo estar… ¿Por qué hacerme una paja pensando en ti, cuando puedo follarte?

Sus manos ascendieron por mi talle hasta alcanzar mis pechos y acariciarlos por encima de la tela, donde se volvían a marcar descaradamente mis erectos pezones, mientras su boca atacaba mi cuello besándolo y produciéndome un estremecimiento.

— Mmm… No puede ser —traté de negarme, pero aun así, derritiéndome con sus labios y manos, a la par que las mías se sujetaban a su cintura—. Tus padres y mi marido están ahí al lado… Agustín podría venir en cualquier momento…

— Sabes tan bien como yo que eso no va a pasar —me susurró al oído, a medida que su ímpetu presionándome con la pelvis me iba empujando por el pasillo en dirección al dormitorio—. Esos tres ya estaban arreglando el mundo entre tragos, y no se van a mover de ahí en mucho rato. Tienen su propia fiesta, así que vamos a montarnos nosotros la nuestra…

Aprovechando cómo el vestido se ceñía a toda mi figura, sus manos siguieron recorriendo mi anatomía como si fuera un alfarero que le diera forma al barro, acariciando con su calor cada curva para volver a provocar la humedad en mi intimidad.

— Yo no tenía intención…—traté de oponerme sin convicción, denotando en mi agitada forma de respirar cómo la excitación se adueñaba de mí.

Las manos del veinteañero me voltearon, amasando mis pechos mientras su duro paquete empujaba mi culito hasta la puerta del dormitorio. Los tacones me daban la altura precisa para que sintiera, de forma terriblemente excitante, todo el armamento del chico incrustándose ente mis nalgas, desde su parte más baja.

— ¿De qué no tenías intención, Mayca? —me preguntó, guiándome con su empuje hasta situarme a los pies de la cama—. Te pones este modelito para remarcar los buena que estás y te presentas en mi casa sin bragas… —aseveró, haciéndome sentir cómo una de sus manos recorría mi terso muslo, ascendiendo por él y colándose bajo la tela—. ¿No tenías intención de calentarme la polla?

— Uf, sí —acabé confesando—. Pero no podemos ir más lejos…

— Eres una auténtica zorra, ¡y me encanta! Tu boca dice una cosa, y tus actos otra… Así, sigue meneando el culo así, que ya me va a reventar el pantalón.

En ese momento fui consciente del movimiento de mi trasero frotándose contra la dureza que tenía detrás, buscando sentirla más intensamente.

— Me has calentado la polla a conciencia —continuó—, y no dejas de hacerlo. Quieres quemarte, ¿verdad? Y el que el cornudo esté casi aquí al lado te da más morbo, ¿eh?

— Joder, sí —respondí jadeando.

La mano que se colaba bajo mi falda me incitó a subir la rodilla sobre el lecho, a la vez que la otra me tomaba del hombro, obligándome a agacharme para acabar gateando sobre la cama.

— Muy bien, así, a cuatro patas… Tienes un pollazo… —dijo, acariciando mis muslos y subiendo a mi culito alzado para magrear su acorazonada forma—. Toda una jaca para ser bien montada…

— Mmm… ¿Vas a montarme así, sin quitarme la ropa ni los tacones? —pregunté, arqueando ligeramente la espalda para ofrecerle la más provocativa imagen de mi cuerpo.

— ¡Uf, sin duda! Estás divina… Tan elegante y tan puta…

Sus dedos tomaron los bordes de la falda y la subieron lentamente, recogiéndomela hasta la cintura como quien desenvuelve un regalo, dejándome el culo desnudo y expuesto para él.

Hasta mí llegó el aroma de mi propia excitación, al quedarse mi mojado coñito sin la prenda que había actuado como retén de su perfume a hembra ansiosa.

— No deberíamos —aún tuve la osadía de decir, teniendo la certeza de que no había vuelta atrás—. Todavía puede venir Agustín…

“¡Zas!”. Un azote en mi nalga derecha, que me hizo proferir un quejido cargado de deseo, acalló mi pobre oposición.

— Ya estará con el segundo whisky, y si viniera, me da que es de esos a los que les gustaría ver cómo su mujercita disfruta a cuatro patas de una buena polla, recibiendo lo que él no puede darle… Seguro que sabe que tanta hembra necesita un buen macho que la satisfaga…

Nunca se me había ocurrido tal posibilidad. «¿Disfrutaría Agustín viéndome gozar con otro?», me pregunté. «No creo, es bastante tradicional, pero… ¡Uf, qué idea más morbosa!».

Sentí los dedos de Fer acariciando mi congestionada vulva, arrancándome un largo suspiro.

— Estás chorreando —observó—, necesitas rabo ya.

— Sí…

Giré la cabeza para ver, de soslayo, cómo el veinteañero se quitaba rápidamente la ropa para dejarla sobre la cama, regalándome por unos instantes la espectacular imagen de su trabajada anatomía, esculpida para mi goce personal, con su portentoso obelisco apuntando a mi cuerpo ofrecido.

«Dios, que este Robin Hood vuelva a ser certero en la diana…»

Sus manos se posaron sobre mis nalgas y, dando un paso hacia mí, sentí su glande abriendo mis hinchados labios vaginales con puntería, penetrando con fluidez a través de ellos, hundiéndose entre mis pliegues como un pico de pan en queso fundido.

— Ooohhh —gemí, disfrutando de cómo la pétrea herramienta me iba dilatando por dentro, insertándose en mis lubricadas y ardientes profundidades hasta incrustarse en mi matriz, aumentando la intensidad de mi gemido—. ¡Dios, cómo lo necesitaba!

— Uf, no hace falta que lo jures. Quemas por dentro… ¿Sientes cómo me la has puesto con tu vestidito y ausencia de tanga? —preguntó él, empujando para clavarme la polla con ahínco, aplastándome los cachetes con su pelvis.

— Diosss… —solo pude contestar, vislumbrando un precipitado orgasmo.

Con sus manos sobre mi grupa, sujetándome por la parte más elevada de mis glúteos como un auténtico cowboy, Fer empezó un lento mete y saca de fluido movimiento, con el que la cabeza de su ariete percutía en la boca de mi útero y nuestra carnes chocaban en rítmico palmoteo.

Yo gemía tratando de no elevar el tono, muerta de gusto por cómo ese acerado trozo de carne me abría y horadaba en una postura con la que el balano frotaba todas mis paredes internas, estimulando sus regiones más sensibles, a la vez que mi cuerpo se mecía acompañando el vaivén e impactos en el trasero.

El macho bufaba, clavando sus dedos en mis prietas carnes y acelerando el compás de sus embestidas como claro indicativo de que él tampoco tardaría en llegar al clímax. Pero yo fui más rápida que él. Todo el día arrastrando una calentura con momentos álgidos entre los que sobresalía ese joven semental follándome a cuatro patas, sin siquiera desnudarme, en un “aquí te pillo y aquí te mato”, fue demasiado para mí.

— Ummm… —gemí desesperadamente, cerrando los ojos y la boca mientras un seísmo sacudía toda mi anatomía.

— ¡Joder, cómo tiras, pedazo de jaca! —escuché a mis espaldas.

Vibré con un profundo orgasmo en el que todos mis músculos se tensaron exprimiendo la vara inserta en mí, ansiando recibir su fogosa descarga en mis adentros. Y hasta me pareció escuchar música en mi delirante apogeo.

— ¡Qué oportuno el puñetero móvil! —escuché al chico, esclareciéndome el motivo por el cual, a pesar de estar al borde del colapso, no se había derramado en mi interior con mi furia orgásmica.

Como si estuviéramos enlazados por bluetooth, el final de mis fuegos artificiales coincidió con el de la música del dispositivo, cortándose la llamada y la posible liberación del informático.

«Si ha estado a punto de correrse tan pronto conmigo», vino a mis pensamientos, «es porque le pongo muy burro, y a lo mejor no ha estado con ninguna otra en toda la semana…»

— ¡Quiero tu leche ya! —me sorprendí a mí misma diciendo, a la vez que gateaba sobre la cama para desenvainar la espada de mi cuerpo.

Ante un sorprendido Fernando, me di la vuelta y avancé a cuatro patas hasta que me introduje la gruesa lanza en la boca, engulléndola hasta que su punta atravesó mi garganta y me provocó una arcada que me obligó a retroceder un poco para no ahogarme con mi propia gula y lujuria.

— ¡Joder, y así la vas a tener ya!

Sus manos me agarraron de los negros cabellos y, lanzando el avellanado fuego de su mirada a las verdes lagunas de la mía, me folló la boca sin contemplaciones.

Su dura carne sabía a coño, a mi licuado coño, que seguía contrayéndose con esa excitante y exigente profanación oral, y era deliciosa.

En menos de un minuto, mi amante demostró cuán inminente había sido su orgasmo cuando el teléfono se lo había arrebatado, tirándome de la melena para colocarme la cabezota de su polla entre la lengua y el paladar, y gruñir con su impetuosa polución llenándome la boca de cálido y denso elixir seminal, que saboreé y tragué mientras los espasmos se sucedían en mi cavidad, colmándomela nuevamente para que rebosara entre mis labios y su estaca.

Con una última succión, y Fer relajando el tirón de mis cabellos, me saqué la verga de la boca, paladeando el exquisito sabor de la generosa y juvenil leche candente que sus testículos habían fabricado para mí.

— Qué maravilla de perrita complaciente y golosa eres —me dijo, meneando su falo ante mi rostro y observando cómo me relamía los labios con dos regueros que partían de mis comisuras adornando mi barbilla.

— Tú me has hecho así —le acusé sonriente, llevándome un dedo a la barbilla para recoger y degustar el néctar que había escapado a mi glotonería.

— ¡No! —me detuvo sujetándome la muñeca—. Estás preciosa así, es una muestra de lo cachonda que eres…

— Pero ya hemos terminado, ¿no? —objeté—. Uno rapidito para calmar el calentón y ya está.  No deberíamos seguir tentando a la suerte…

— Esto solo ha sido el aperitivo, demasiado rápido. Será porque llevo toda la semana reservándome para ti…

— ¿Ah, sí? —pregunté melosamente, sentándome sobre los talones y sintiendo el peculiar tacto de los estilizados tacones sobre mi culito desnudo; olvidando por completo la remota posibilidad de que apareciera Agustín en cualquier momento—. ¿No le has dado duro a ninguna de tus amiguitas o a la asistenta?

— Qué mala eres… Cuando se ha probado el caviar, uno ya no se conforma con sucedáneos.

— Uf, me halagas mucho —confesé, sintiendo cómo enrojecían mis mejillas.

— No es halago, sino un hecho. Eres mucho más interesante que cualquiera de ellas, con ese erotismo de mujer madura que te convierte en diosa… ¡Me das muchísimo morbo! Y estás buenísima, follas como la reina de las putas, eres complaciente, y encima puedo montarte a pelo… ¡uf!

Con sus palabras y cimbreante verga ente mi rostro, habiendo perdido apenas consistencia tras la eyaculación, mantuvo mi libido en niveles que me emborracharon más que todo el vino que había tomado.

— ¿Entonces, me lo vas a dar todo a mí? —pregunté, sacándome por la cabeza el ajustado vestido que ya me incomodaba por estar recogido en mi cintura.

El veinteañero resopló contemplándome, y hasta me pareció percibir un espasmo de su miembro a media asta cuando me quité el sujetador. Mis pechos se liberaron con un bamboleo, mostrando sus rosados pezones erectos como pitones, y el chico no pudo evitar alargar la mano para acariciarlos suavemente.

— Aún me pesan los huevos —contestó—, no estoy acostumbrado a la abstinencia. Y, como puedes ver, no voy a tardar en volver a estar a tope para darte lo tuyo…

— Mmm… a ver cómo los tienes…

Con mi mano tomé sus testículos, sopesándolos con delicadeza a la vez que acariciaba todo el escroto.

— Sí parecen cargados, sí —comenté.

Las yemas de mis dedos alcanzaron el perineo, delineándolo suavemente mientras la palma de mi mano abarcaba las tremendas pelotas, sujetándolas.

Un leve jadeo masculino y espasmo de la vara semirrígida, me confirmaron que el semental no exageraba. Con poco que le hiciera, ya tendría esa maravillosa polla como un barrote para reventarme el coñito.

Masajeando con delicadeza la región testicular, mi otra mano tiró de la piel de la gruesa pieza de embutido para descapuchar completamente la redondeada cabeza, que parcialmente había quedado resguardada en ese estado de erección a medias.

Ignorando los restos de semen que habían fluido de mis comisuras para no limpiármelos y lamerlos como pedían mi instinto y gula, mi lengua se alargó a través de los labios para alcanzar el rosado glande y lamerlo de abajo a arriba, punteando jugosamente en el frenillo.

Otro jadeo y un aumento de calibre corroboraron que estaba en el buen camino.

Mi húmedo músculo recorrió la viril herramienta, desde la punta hasta la base, donde mi mano apretaba cariñosamente sus colgantes gemelos, y constaté que ya no necesitaba sujetar la vara con la otra mano para mantenerla erguida. Besé sonoramente el tronco en su nacimiento con mis esponjosos labios, y fui recorriendo toda su extensión, ascendiendo poco a poco por su longitud para que mis pétalos, finalmente, dedicaran sus golosas atenciones al balano, que ya permanecía completamente descubierto por sí solo.

— Ufff, Mayca, qué boquita tienes….

Ya volvía a tenerle en pie de guerra, casi totalmente rearmado para atacarme con mayor contundencia que mi marido en su época de gloria, pero me gustaba tanto su polla, que no pude resistirme a metérmela en la boca para chuparla tranquilamente, agasajándola con todo el calor, suavidad y jugosidad de mis carrillos, lengua, paladar y labios.

La humedad de mi entrepierna se hizo más patente cuando sentí cómo ese manjar terminaba de engrosarse dentro de mi cavidad oral, poniéndose duro como la porra de un policía antidisturbios, excitándome tanto, que comencé a succionar con más fuerza.

— Para, golosa, que te vicias —dijo Fer, sujetándome la mandíbula y sacándome el trabuco—. Si sigues comiéndomela así, no voy a querer que pares, y tenemos pendiente acabar lo de antes… Venga, date la vuelta y ponte como la perrita que eres.

— No soy una perrita —le solté con orgullo.

— No, claro que no… Eres una leona, y como tal te pienso follar…

«¡Dios, cómo sabe accionar siempre la tecla correcta! Que haga conmigo lo que quiera…»

Fui a quitarme los tacones, pero él me detuvo.

— Estás muy sexy con ellos. En mi opinión, te dan aún más clase —añadió.

Ese comentario y el fuego de su mirada me hicieron sonreír, por lo que obedecí sin dudar, volviendo a ponerme a cuatro patas sobre la cama, ofreciéndole mi retaguardia.

Inmediatamente, me sujetó por las caderas, y con una potencia que casi me hace dar con mi cara sobre el lecho, me arremetió brutalmente, ensartándome hasta que nuestros cuerpos restallaron con una profundísima penetración que hizo las delicias de mi encharcada vagina.

— ¡Mmmm! —gemí mordiéndome el labio.

Con mayor bravura que antes de mi orgasmo, Fernando comenzó a darme poderosas embestidas, con las que su ariete parecía querer reventarme por dentro, a la vez que sus pelotas golpeaban mi vulva como si pudieran atravesar sus inflamados labios para introducirse, también, en mi gruta de lujuria.

El placer de tan salvaje arrebato era incontenible. Sentía que me acuchillaba con su afilada bayoneta como si quisiera matarme de gusto, y apenas conseguía ahogar los gritos que nacían en mi garganta para amortiguarlos con mi boca cerrada.

El mástil se deslizaba por mi interior con la lúbrica facilidad de mis descontrolados fluidos, a la vez que mis músculos internos se contraían para volverme loca con el desquiciante grosor de una polla que cualquier mujer desearía para ella.

Haciendo fuerza con los brazos para mantener la postura, aguantando los empellones, sentí cómo, perseverando en taladrarme, el macho masajeaba mis nalgas, acariciaba mi cintura, subía por mis arqueadas lumbares, y terminaba agarrando con fiereza mis colgantes pechos violentamente zarandeados. Los apretó apasionadamente, estrujándolos con cada empujón, ampliando las indescriptibles sensaciones que me hacían temblar, y disfrutó de su volumen y turgencia disparando mi goce y excitación hasta cotas ya insoportables.

— Me revientas, me revientas, me revientas… —repetí entre jadeos, tratando de no alzar la voz

Iba a estallar ya, parecía inevitable pero, de nuevo, el tono de llamada del móvil del chico llegó a mis oídos, impidiendo mi precipitación al vacío y manteniéndome en ese intolerable estado de preorgasmo.

— ¡Joder! —protesté con frustración, escuchando la rockera melodía.

El jinete detuvo la cabalgada dejándome su verga dentro, y cuando pensé que iba a tomar el aparato para acallarlo, me sorprendió agarrándome por los hombros para tirar de mí, clavándome en su lanza con más ahínco.

— Ni caso —le oí decir entre dientes—. Quien sea, que espere, que ya te tengo otra vez donde quería.

La melodía se prolongó un poco más, tal vez medio minuto, tiempo en el que mi amante me ensartó como si estuviera domándome, y cuando al fin se detuvo, sentí cómo mi hombro derecho era liberado de su sujeción.

Giré la cabeza y, por el rabillo del ojo, vi cómo el informático se chupaba un pulgar. Lo siguiente que sentí fue la apoteosis, pues poniendo la mano sobre mi grupa, sin dejar de taladrarme el coño, me metió ese dedo por el culo con tal facilidad y gustazo para mí, que aullé derramándome en un desgarrador éxtasis.

— ¡Auuuuuuu…!

Mi convulsionante coño expulsó a presión cálidos fluidos que mojaron mis muslos y las sábanas, y todo mi cuerpo vibró llevándome al olimpo, hasta que las aguas volvieron a su cauce y mi rostro acabó sobre la almohada.

Estaba recuperando el ritmo respiratorio aprovechando la breve tregua que me daba mi macho, quien con su enhiesta polla dentro de mí hacía gala de su aguante para seguir complaciéndome, cuando la melodía del teléfono volvió a inundar el dormitorio.

— Joder, voy a tener que cogerlo —protestó el joven desenfundando su arma de mis carnes—. No te muevas, que solo será un segundo.

— Ahora mismo no puedo ni moverme —contesté con una sonrisa de satisfacción, cerrando las piernas y bajando las caderas para descansar.

— ¿Sí, mamá? —preguntó Fer al descolgar la llamada, tras tomar el móvil del bolsillo de su pantalón.

Un escalofrío puso toda mi piel de gallina.

— …

— ¿Y eso era tan urgente como para llamarme tres veces casi seguidas?

— …

— Sí, sí que lo he oído, pero no podía contestar.

— …

— Porque, entre otras cosas, tenía las manos ocupadas —me lanzó un malicioso guiño.

— …

— ¿Y a ti qué más te da? Cosas mías…

— …

— Venga, vale… Bueno, pues si no os vais a mover de ahí, ya llamaré cuando vuelva. Pasadlo bien y no te preocupes por mí. Un beso.

Cortó la llamada y tiró el móvil sobre su ropa.

— ¿Qué pasa? —interrogué con preocupación, dispuesta a levantarme de inmediato.

— Nada, solo quería decirme que me he dejado las llaves en casa. Ya sabes, madres… Por cierto, que me ha dicho que tienen para rato con tu marido, así que, ¿dónde lo habíamos dejado? —terminó preguntándome, hipnotizándome con el movimiento de su monumental monolito recubierto por mis fluidos.

Cualquier temor que momentáneamente hubiera pasado por mi cabeza, quedó completamente eclipsado por semejante visión.

— Acababas de hacer que me corriera como una loca. He tenido un squirt de esos…

— Mmm… Si es que estás hecha para gozar y gozarte —comentó, poniéndose nuevamente tras de mí a los pies de la cama—. Ven aquí.

Levanté la cadera volviendo a separar mis muslos, y me incorporé para presentarme totalmente dispuesta a ser sometida a una nueva sesión de gran felina en celo.

Fer volvió a tomarme por la grupa, y me preparé para recibir su certera estocada en mi jugosa almeja. Sin embargo, la redondeada punta de su polla no tomó ese camino, sino que se abrió paso entre mis cachetes hasta incidir sobre mi agujerito.

— Por ahí, ahora, no —me negué, girando la cabeza para contemplar cómo sonreía con cara de pervertido.

— Mayca, tienes un culito precioso, redondo y prieto, está pidiéndome rabo desde que apareciste con ese vestido y sin tanga en mi casa.

— ¡Pero no me has preparado! —objeté, disfrutando de la excitante sensación de tener esa pértiga aprisionada entre mis firmes glúteos mientras su extremo me dilataba el anillo exterior sin dificultad.

Sin duda alguna, el lubricante natural de mi almeja recubriendo al invasor, facilitaba un cálido deslizamiento que me hizo agarrarme a las sábanas.

— Ni falta que te hace, ¿ves? —recibí como respuesta, dejándome sin aliento al notar cómo la cabeza de la pitón también se abría paso a través del segundo anillo para ir dilatándolo con un cosquilleo—. El otro día ya te lo abrí y: “cuando haces pop, ya no hay stop”. Estás tan cachonda que antes te ha entrado mi dedo a la primera… Ahora siente cómo entra toda mi polla en este culito provocativo y tragón que tienes…

— Uuuhhh —ululé, comprobando que tenía razón, sintiendo cómo mi recto se iba llenando de pétreo músculo de macho.

Arrugué las sábanas con mis dedos convertidos en garras, pues la sensación de tener algo entrando por ahí, abriéndome en canal, era tan poderosa que me arrancaba sollozos de puro placer.

— Mmm… sigues teniéndolo bien apretadito —escuché—, y me encanta… Voy a tener que encularte hasta el final…

— ¡Oh, Dios, sí!, ¡métemela toda ya! —supliqué entre más sollozos, deleitándome con la exquisita presión y calor.

Con un contundente empujón que acabó de endosarme la mitad del ariete que faltaba por profanarme, Fernando terminó por azotar mi culo con su pelvis, arrancándome un alarido de extremo placer naciente en mi garganta, y que tuve que acallar mordiéndome el labio hasta casi hacerme sangre.

¡Cómo me gustaba esa penetración trasera! Era tan profunda y bestial, tan pecaminosa, excitante y placentera, que me iba a crear más adicción que el tabaco.

Entre gruñidos de macho y sacudidas de mis nalgas, berreé cada profundo sondeo de mis entrañas, tratando de mantener la boca cerrada.

— Uuhm… uuhm… uuhm…

Mis brazos no tardaron en flaquear ante el empuje del toro bravo, y acabé, nuevamente, con el rostro sobre la almohada, mordiéndola para acallar mis sollozos y gritos de extremo goce a la vez que la abrazaba.

— Uuhm… uuhm… uuhm…

Así recibí un severo “castigo” que, de nuevo, hizo gotear mi coño, llorando de gusto por la severa azotaina que mi culito estaba recibiendo.

«Estás más para darte un buen azote que para ofrecerte asiento en el metro», recordé que me había dicho con descaro la primera vez que entró en mi casa. «A este tipo de azote se estaba refiriendo, el muy cabrón… ¡Dios, me encanta!».

Con mi cuerpo inclinado y mi trasero en alto, al joven le costaba enfilarme entera toda su herramienta para seguir rebotando contra mis vibrantes carnes, así que me la sacó, dejándome la más increíble sensación de vacío que jamás había experimentado.

Apenas tuve dos segundos de tregua, pues inmediatamente, Fernando se subió a la cama, colocándose en pie para quedar por encima de mis orgullosas cachas y, dirigiendo su mortal flecha a la acorazonada diana, volvió a penetrarla a fondo con la facilidad propiciada por mi ojal completamente abierto para él.

— Uuuuhmmm… —amortiguó la almohada.

Desde su posición de superioridad, inclinándose sobre mí, mi amante castigó mis posaderas sin compasión, empalándome con toda su pértiga de arriba abajo, metiéndome toda la polla con su pubis impactando en mis enrojecidas redondeces, mientras sus pelotas rebotaban contra el frontón de mi vulva y perineo.

— Uuhm… uuhm… uuhm…

Me moría del bestial gusto que experimentaba siendo dominada de esa exquisita manera, como una yegua montada y sometida a la férrea voluntad de su jinete convertido en dios.

— Uuhm… uuhm… uuhm…

Empotrándome en la cama y almohada, Fer bombeó incesantemente mi culito en alto, con su verga perforándome como si buscara petróleo en las profundidades de mi curvilínea anatomía. Y no tardó en obtener la recompensa a tan placentero esfuerzo, rompiéndome por dentro como un martillo neumático que acaba por resquebrajar el suelo sobre el que percute sin denuedo.

— Uuhm… uuhm… uuhm… ¡Uuuuuhmmm…!

El orgasmo se propagó por cada una de mis fibras, profundo, devastador, salvaje; tensando todos mis músculos hasta el borde de la ruptura, constriñendo la excelsa virilidad del veinteañero hasta hacerle estallar inundando mis entrañas con su hirviente esencia, lo que provocó que encadenase otro clímax que sacudió toda mi anatomía y que terminó por derrumbarme en la cama con más de veinte centímetros de duro y lozano varón metidos por el culo.

— Ahora sí que hemos terminado —me susurró al oído con satisfacción, una vez que nuestras respiraciones se calmaron—. Te dejo tiempo para cambiar las sábanas antes de que aparezca tu marido.

Aún extasiada, pero consciente del riesgo que seguíamos corriendo, me pareció la mejor idea. El dormitorio olía a sexo, las sábanas estaban mojadas con zumo de hembra, deseaba fumarme el relajante “cigarrito de después”, y necesitaba una ducha. Así que nos desacoplamos, sintiendo un reconfortante cosquilleo y alivio al expulsar al poderoso conquistador de mi multiorgásmico placer anal.

— ¿Cuándo vuelve a irse de viaje Agustín? —me preguntó el dueño de mi más profunda satisfacción mientras se vestía.

— El lunes por la tarde —contesté, sentada en la cama, recreándome la vista con cómo agarraba la apaciguada anaconda para guarecerla en la elástica ropa interior que anteriormente no me había dado tiempo a apreciar.

«Uf, si no fuera demasiado arriesgado, volvería a ponerle bruto, aunque solo fuera para disfrutar viendo cómo ese pollón se marca en la licra, como si fuera un superhéroe pornográfico…».

— Pues el lunes por la tarde me tendrás aquí —sentenció, seguro de que no habría oposición alguna por mi parte—. Que pases un buen resto de fin de semana —se despidió, terminando de calzarse.

— Lo mejor ya ha pasado… Ya estoy deseando que llegue el lunes.

Con un guiño mutuo, Fernando se marchó y, a pesar de haberme dejado hecha una ruina, me puse rápidamente en movimiento para ocultar cualquier pista de lo que ahí acababa de ocurrir.

Al final, incluso me sobró tiempo hasta que Agustín volvió a casa con una considerable melopea, encontrándose todo recogido y a su mujercita bien follada y fresca como una rosa.



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El día siguiente fue como el cantante de ópera: Plácido Domingo, pues lo pasamos en la piscina del club de campo del que mi esposo es socio. Y el lunes por la tarde, le acompañé al aeropuerto para despedirme cariñosamente de él. Se llevaría mi amor por cuatro días, tiempo en el que sería consolada con lujuria.

Cuando llegué a casa, me cambié la camisa que pudorosamente había tapado mi culo enfundado en unos estupendos leggins de cuero rojo brillante, los mismos que llevaba la primera vez que tonteé en serio con el vecinito, y me puse sin sujetador el mismo top blanco de aquella ocasión, ajustado y con escote redondo, que realzaba el globoso volumen de mis tetas y marcaba los pezones, erizados por el contacto directo con la tela.

También me cambié las sandalias, siendo sustituidas por unos taconazos negros. Y cuando terminaba de recoger mi azabache melena con una larga coleta, el toque de timbre que anhelaba disparó mi excitación.

Con pose seductora, ladeando cadera, abrí la puerta.

— ¡Uy, Pilar, no te esperaba! —exclamé descolocada.

— Ya veo… —contestó mi amiga, haciéndome un escáner de pies a cabeza con el que me sacó los colores—. Ya se ha ido Agustín, ¿verdad? —añadió, entrando en mi casa y cerrando la puerta.

— Eeeh, sí… —contesté desconcertada.

— Y por eso vas de putón, para seducir a mi Fernando…

— ¿Qué dices? —pregunté con incredulidad.

«¡Oh, Dios mío, se ha dado cuenta de que hay algo entre nosotros! ¿Cómo puede haber atado cabos?», me pregunté.

— Venga, Mayca, no hay más que verte…

«Niega, niega y niega», dijo mi diablillo interno. «Seguro que puedes darle una explicación convincente para acallar sus sospechas…»

— Pilar, creo que te estás haciendo una idea equivocada… ¿Fernando, tu hijo?, ¿cómo voy a querer yo seducirle?

— ¡Basta ya con esta farsa! —explotó mi vecina—. ¡Eres una zorra mentirosa! ¿Cómo tienes la indecencia de seducir a un crío, a mi hijo, y de ponerle los cuernos a tu marido?

«¡Joder, lo sabe! ¿Pero cómo?».

— Tranquilízate, Pilar —traté de calmarla—. Vamos a sentarnos y me lo explicas…

— ¿Que me tranquilice? ¡Bastante tuve que aguantar el sábado y ayer para no montar la tercera guerra mundial!

«¡Mierda! Seguro que vio desde la terraza, cuando salió a fumar, la provocación de Fer con mi tanga».

— Pero, ¿de qué hablas? —intenté agarrarme a un clavo ardiendo, buscando en mi cerebro una rápida explicación a ese lance.

Mi amiga respiró hondo, serenándose un momento y cogiendo aire para, sin pausa, empezar a disparar como una ametralladora:

— El sábado, cuando se suponía que tú estabas durmiendo una siesta porque no te encontrabas bien, yo pasé por la habitación de mi hijo y vi que se había marchado dejándose un llavero sobre su escritorio. Entré para comprobar si eran las llaves de casa, y como sí lo eran, le llamé con ellas en la mano para avisarle. Entonces, de repente, oí un largo gemido que vino del otro lado de la pared. Ya sabes que estas paredes son de papel…

«¡Y tanto que lo sé! No tenías por qué estar en el cuarto del chico…»

— “¡Anda, mira!”, pensé en ese momento —prosiguió Pilar con su relato—, “Mayca se está dando un homenaje ella solita”. ¡Pero no! Porque, a la vez, también escuché la música del teléfono de Fernando con la misma procedencia. “Será una casualidad”, me dije. ¡Pero tampoco! Porque después me pareció escuchar su voz… contigo…

Un escalofrío sacudió mi columna vertebral, poniéndome la piel de gallina. No había explicación posible, no había escapatoria.

— Me quedé en silencio, a la escucha —continuó—, y sólo pude captar algunos susurros a dos voces, aunque no podía asegurar que una de ellas fuera la de mi hijo. Me puse nerviosísima, no podía creerlo, y no estaba segura de si quería comprobarlo, así que me fui de allí. Pero después de unos minutos dándole vueltas, viendo a tu marido tan felizmente ignorante, no pude evitar volver para tratar de averiguar si con quien le estabas engañando era mi niño… Y empecé a escucharte gemir otra vez, más fuerte, ¡como una puta! Porque es lo que eres… Así que decidí llamar otra vez, y volví a escuchar la inconfundible musiquilla del otro lado, acompañando tus gemidos. Esa fue la prueba que me dejó claro que con quien estabas ejerciendo era con mi Fernando.

«Por unas malditas llaves», me dije, resignándome.

— Y cuando la llamada se cortó, te oí gritar —el monólogo no tenía descanso—. ¿Cómo puedes ser tan puta, a tu edad…? Sentí la necesidad de volver a llamar, de hacer algo para que esa aberración no continuase, y cuando mi hijo contestó al teléfono, pude escuchar claramente su voz, tanto en el auricular como a través de la pared, tomándome el pelo sin cortarse, mientras yo le hablaba bajito para que nuestros maridos no me oyesen... ¡Y ya no pude más! Volví con José Antonio y Agustín, disimulando mientras me pensaba si contárselo a ambos…

«Por lo menos no escuchaste cómo tu “niñito” me daba bien por el culo», dijo mi lado oscuro.

— Y no se lo has contado, ¿verdad? —al fin intervine, segura de ello por la actitud de mi esposo.

— ¡Pues claro que no! Por la amistad que hasta ahora nos unía, no le iba a decir a tu marido que le estabas engañando con otro, ¡que eres la puta de Babilonia!

— ¿Serás falsa? —le espeté, ya harta de que me llamase puta. Una cosa es que me lo dijera su hijo en momentos de calentón, resultándome un halago, y otra que ella lo utilizara para ofenderme, escupiéndomelo en la cara en mi propia casa—. ¿Cómo que no se lo has contado a Agustín por nuestra amistad? Y resulta que vienes a mi casa a insultarme… No se lo has contado porque el que me hace gritar como una puta es tu hijo, ¿eh? Y mi marido le cortaría los huevos si se enterase…

Las dos estábamos furiosas, y aquello significaría el fin de muchas cosas.

— ¿Y cómo que yo le he seducido? —continué, cegada por la rabia de haber sido descubierta y acusada de ser la única culpable— ¡Fue tu hijo el que vino a por mí! Fue él quien me calentó y me llevó a su terreno, aprovechándose de que paso mucho tiempo sola, aprovechándose de su juventud y atractivo, haciéndome sentir deseada…

— ¡Da igual quién lo empezara! Tú eres una mujer hecha y derecha, y él solo un muchacho jugando a ser hombre… Tenías que haberle parado los pies. Esto se quedará aquí, entre nosotras, y nunca más volverás a verle…

— ¿Y qué me lo impide? —me revolví—. ¿La amenaza de que se lo cuentes a Agustín, con la vergüenza de que quien me folla a sus espaldas es tu hijo?

— Mira que eres zorra, ¡qué engañada me tenías! No volverás a verle porque ayer estuve haciendo llamadas, moviendo hilos para acelerar las cosas, y esta misma mañana le he mandado a Zaragoza a hacer la entrevista para mi empresa. Te aseguro que le van a dar el puesto inmediatamente, por mis santos ovarios, ¡así que se quedará allí! De momento, en casa de mi hermano.

Me quedé de piedra, eso sí que no me lo esperaba. Pero al instante reaccioné con rabia, una rabia visceral que nubló mi juicio, y eso provocó que mi demonio interior hablara por mí para echar más leña al fuego:

— Pero vendrá a ver a su mamaíta, ¿no? Y en cuanto venga y me vea a mí —hice un gesto con las manos remarcando mi físico ceñido con sugerentes prendas—, querrá echarme un polvo que hará temblar las paredes… ¡No te imaginas el pollón que gasta tu hijo!

Pilar se quedó impactada, recorriendo toda mi anatomía con su mirada, asimilando y calibrando mi amenaza a la vez que digería la aseveración sobre los genitales de su muchacho.

— Ya me aseguraré de que eso no pase —dijo finalmente—. Eres más zorra de lo que me imaginaba, una auténtica bruja disfrazada. Con tu cara bonita y tu tipito despampanante… Más vale que tampoco te acerques a mi marido —me amenazó con un dedo.

— ¡Estás loca! —le espeté—. Ni con un palo tocaría a José Antonio…

— ¡Mejor! ¡Adiós, Mayca!

Con un portazo que retumbó en todo el edificio, se acabó la discusión y mi aventura.

Y así me quedé, con mis provocativos tacones, leggins y top, pensando en la cruel ironía de cómo esas paredes de papel me habían brindado la oportunidad de alcanzar las mayores satisfacciones de mi vida, pero a su vez y del mismo modo, me las habían arrebatado dejándome con la miel en los labios.

Sin duda, aquella experiencia cambiaría mi percepción vital para siempre, pues lo que Fernando había despertado en mí, jamás volvería a ser reprimido.



EPÍLOGO

Han pasado dos meses desde aquel día. Por supuesto, no he vuelto a saber nada de Fer. Supongo que estará en Zaragoza, trabajando y dándole duro a cuantas afortunadas aragonesas se le pongan a tiro.

Al mes de su marcha y bronca con su madre, me enteré por Agustín de que nuestros vecinos, aprovechando la independización del chico, se mudaban a vivir a la casa del pueblo, poniendo su piso en alquiler.

Hace tan solo quince días que han conseguido alquilar el piso a un par de estudiantes universitarios. Sospecho que el que haya sido a tales inquilinos, constituye una venganza de Pilar, pues es sobradamente conocedora de lo ruidosos que suelen ser esos jóvenes. Así que creo que mi examiga tiene la esperanza de que, por culpa de estas paredes, sus arrendatarios me hagan la vida imposible. Sin embargo, el tiro le ha salido por la culata.

Lo que ella no puede imaginar es que, la primera vez que fui a llamar la atención a mis nuevos vecinos por el volumen de su música, estos, amablemente, me invitaron a tomar una copa con ellos para disculparse, y la acepté. La segunda vez que acudí también me invitaron, y no solo acepté, sino que antes de acabarme la copa, ya estábamos los tres realizando una libre representación del puente de Londres, conmigo entre ambos briosos jovencitos, con una polla clavándose fogosamente en mi coñito mientras la otra se derretía en mi boca.

Y aquí estoy ahora, en la terraza, terminando esta historia con mi portátil mientras me fumo un cigarrillo mentolado. Hace media hora que mi marido se ha marchado de viaje, de lo cual mis nuevos vecinitos están puntualmente informados. Así que concluyo estas líneas esperando a que vengan para convertirse en mi rica y abundante “merienda”, pues estoy deseando satisfacer, a dos bandas, todos los apetitos que Fernando despertó en mí.

FIN

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