EL VECINO 7

¿Y qué vas a hacer esta noche? —me preguntó Agustín por teléfono.

— No sé —contesté, consciente de que le diría una verdad a medias—, creo que me quedaré en casa viendo una peli, y me acostaré pronto para que se me haga más corta la espera hasta que llegues.

— No aterrizo hasta las diez, así que no creo que llegue a casa antes de las once —me informó—. Es viernes, y tienes tiempo más que de sobra para dormir y no madrugar, ¿por qué no quedas con alguien y te diviertes un rato? Así no me echarás de menos tanto como yo te echo a ti…

— Eres un cielo, cariño… No sé, ya veré si encuentro algo con lo que entretenerme… —le dejé caer, sin poder evitar que decirle medias verdades me resultara emocionante.

«Algo grande, duro y potente que me deje sin respiración», confesó mi diablillo, regodeándose en mi cerebro.

— Bueno, tú intenta divertirte, preciosa, que ya no queda nada para que vuelva a casa… Te dejo, que el tren para Atenas ya va a salir. Un beso.

— Lo intentaré… ¡Buen viaje! Un beso.

«¡Y tanto que lo intentaré!».

Aún quedaban casi cuatro horas para la hora señalada, pero tratándose de la primera vez que iba a quedar con mi joven amante con premeditación y alevosía, quería prepararlo todo con tranquilidad. Las inoportunas molestias del día anterior ya habían desaparecido, y quería deslumbrar a Fernando para que, en cuanto cruzase la puerta, no pudiera pensar más que en darme lo que yo deseaba de él.

Antes de darme una tranquila ducha, y a pesar de que por la hora que era Sonia ya habría entendido que rechazaba su invitación, preferí escribirle un mensaje a mi amiga para posponer una posible quedada para otra ocasión. Aunque, en última instancia, no pude reprimir mi entusiasmo para insinuarle la razón:

— Como me dijiste que era totalmente recomendable… ¡esta noche voy a bailar “La Macarena”!

— ¡Di que sí! —me contestó casi al instante— “Que tu cuerpo es pa’ darle alegría y cosas buenas…” ¡Disfruta! Y ya me contarás.

Esa pequeña confesión, compartiendo el secreto con mi amiga, lo hacía aún más estimulante. Tenía su bendición para cometer el pecado, y luego reviviría éste contándoselo, ¡qué excitante era ser una pecadora!

Justo cuando volvía de la terraza de fumarme un cigarrito tras mi ritual de higiene, escuché el algarabío en el rellano de la escalera que indicaba que Antonio y Pilar ya se marchaban cargando con las maletas. Se me aceleró el corazón, a pesar de que aún faltaba mucho tiempo para la cita.

Gran parte de ese tiempo lo consumí eligiendo el vestido perfecto para la ocasión: sugerente, pero no descocado, pues no era ninguna cría deseosa de enseñar carnaza, y Fernando había elevado mi autoestima demostrándome que no lo necesitaba para que me deseara. Finalmente elegí un vestido de un color verde similar al de mis ojos que envolvería toda mi figura, ciñéndose a ella desde las rodillas hasta el escote palabra de honor, delineando mis femeninas formas sin mostrar más piel que la de mis hombros, clavículas, brazos y pantorrillas. Ese vestido había causado sensación en la boda de un sobrino de Agustín un par de meses atrás, en la que, incluso el novio me había dedicado alguna mirada más prolongada de lo política y familiarmente correcto.

Apenas pude cenar. «¿Y si al final no viene?», me preguntaba. «¿Y si se ha olvidado de que hemos quedado?, ¿y si le ha salido un plan con alguna de sus amigas y prefiere carne más joven…?»

Aún quedaba casi una hora para el encuentro, pero con estas dudas rondando mi cabeza, consumí con ansiedad el último cigarrillo antes de volver a entrar al dormitorio para quitarme la cómoda ropa de estar en casa, enfundarme en el divino vestido, y darme un retoque de maquillaje.

Empezaba a anochecer, y la temperatura exterior había descendido lo suficiente como para dejar la terraza abierta y disfrutar de una ligera corriente de aire mientras contemplaba ante el espejo cómo me quedaba la lencería elegida. Era de color negro, con encaje, siendo la prenda inferior un tanga con transparencias cuya tira se perdía entre mis firmes nalgas, dibujando en la parte superior un minúsculo triángulo similar al de la parte delantera. Y el sujetador, con el mismo encaje y transparencias, carecía de tirantes para poder llevarlo con el escote palabra de honor, sujetando apenas lo suficiente mis generosos pechos para mantenerlos erguidos, a la vez que permitía apreciar sin recato  las circunferencias de mis pezones.

— ¡Tienes el polvo del siglo! —escuché, procedente de la terraza.

Di un respingo, casi me da un infarto, y miré atónita en la dirección de la voz. Allí estaba Fer, apoyado en el marco de la puerta de la terraza, cruzado de brazos, observándome con una sonrisa burlona y lasciva, devorándome con su mirada irradiando fuego.

— Pero… pero… ¿tú…? Pero.. ¿cómo…? —tartamudeé.

— ¡Joder, qué pitones se te han puesto ya, Mayca! —exclamó, clavando su fogosa mirada en mis pezones—. Y mira cómo me acabas de poner… —añadió, indicándome el impresionante abultamiento de su entrepierna.

Sentí cómo me ruborizaba de súbita e incontrolable excitación por la repentina sorpresa, espoleada por el rápido análisis visual del ejemplar masculino que había irrumpido en mi soledad.

El chico, con su pelo castaño alborotado con milimétrica dedicación en cada cabello,  vestía de forma casual, luciendo un entallado polo de color blanco cuyo cuello se abría para insinuar la tonicidad de sus pectorales. Y como prenda inferior, llevaba unos ajustados pantalones vaqueros que con orgullo dibujaban la forma de sus cuádriceps de deportista, pero que, sobre todo, marcaban en su entrepierna un glorioso paquete capaz de secuestrar la mirada de la más recatada fémina que se cruzase con él. Me quedó claro que nada de su aspecto había sido dejado al azar, siendo fiel reflejo de su indómita e insolente juventud expuesta a mi experimentada mirada.

— ¡Te has colado por la terraza!, ¡esto es allanamiento de morada! —le grité con indignación, sobreponiéndome al escaneo de su planta física— Un asalto a mi intimidad…

«No me has dejado arreglarme para ti como tenía pensado, ¡cabronazo!», añadí internamente. «¡Dios, cómo me pone!», me dije, sintiendo hipersensibles los pitones a los que se había referido y la primera humedad en mi cueva.

— Pues claro que sí —contestó, acercándose a mí y tomándome por mi estrecha cintura. Sus manos quemaban sobre mi piel—. Y más que pienso asaltar tu intimidad… ¿Acaso creías que iba a venir como un corderito a la hora que me esperabas, que íbamos a tener una cita?

— No… —dije, casi sin aliento, sintiendo cómo su portentoso paquete se incrustaba en mi abdomen.

— Por supuesto que no. Esto es un “aquí te pillo, aquí te mato”, y eso a ti también te pone más, ¿verdad?

— Joder, sí —confesé, rodeando su cuello con mis brazos y restregando mi cuerpo contra su dureza—. Pero no me has dado tiempo a arreglarme bien, y te has colado en mi casa…

— Ni falta que te hace andar poniéndote más cosas que te voy a quitar enseguida. Mayca, eres un pibón con lo que sea, y era demasiado tentador saltar la celosía para pillarte así…

— Uf, Fer, eres todo un vándalo… ¡Qué engañada tienes a tu madre! —le solté, entregándome a su lujuria, tirando del cuello de su polo para que se lo sacase por la cabeza y así poder disfrutar de su fuerte torso desnudo.

— Si ella supiera… Y si tu marido supiera lo zorra que eres tú, tirándote a un jovenzuelo cuando él no está…

«¡Touché!».

Su boca se lanzó a la mía, acomodando impetuosamente sus labios con los míos y metiéndome la lengua hasta hacer que todo mi tanga se mojara.

Sus manos recorrieron mi cintura y caderas hasta tomarme con firmeza del culo, apretándomelo maravillosamente mientras su estaca me imponía toda su dureza y tamaño en el bajo vientre.

Mis manos descendieron por su espalda, constatando su envergadura hasta llegar a sus glúteos, redondeados y compactos, invitándome a colar mis dedos por la cintura de su prieto pantalón y bóxer para acariciar la suavidad de su piel, y aferrarme a la consistencia de tan atractivos músculos.

La boca del joven abandonó mis labios, succionándome el cuello para hacerme estremecer mientras sus manos ascendían por mi silueta, llegando a apoderarse de mis globosos senos para magrearlos con maestría. En menos de un minuto, ya los había liberado de la sugerente prenda que apenas podía contenerlos, deleitándome con la calidez de su tacto, continuando el apasionado masaje para hacerme jadear de placer.

Mi lujuria no le fue a la zaga y, con pasmosa rapidez, mis dedos desabrocharon su pantalón para conseguir bajarle sus dos prendas. Enseguida sentí, libre ya de cualquier restricción, el tamaño de su cálida, pétrea y cilíndrica polla incrustándose en mi abdomen, desde el tanga hasta el ombligo.

«¡Por Dios, qué maravilla!», exclamé internamente, sintiendo la humedad de la única tela que me quedaba puesta.

Hábilmente, mi asaltante se deshizo del calzado y la ropa que había quedado en sus tobillos, atrapando con su boca, a continuación, mis pechos con gula desmedida, dándose un festín que me llevó al delirio mientras una de sus manos se colaba bajo el tanga para explorar la cálida y lubricada gruta que le aguardaba.

— Aaahh… Me matasss, Fer… —dije entre suspiros.

Sus traviesos dedos perpetraron diabluras con mi clítoris, haciéndolo vibrar mientras uno de ellos se adentraba en la angosta caverna, produciendo un leve chapoteo delator de cómo me estaba derritiendo con su saber hacer.

— Mmm… si sigues así me voy a correr…

Empezó a bajarme el tanga, recorriéndome los cachetes con las yemas de sus dedos, colándose entre ellos para explorar su tersa piel interior y recorrer, con una estremecedora caricia, el delicado y sensible camino del perineo, partiendo desde el ano para finalizar en la vulva. Y todo esto, sin dejar de amamantarse glotonamente, comiéndome las tetas de tal modo que los pezones me ardían de puro disfrute.

— Dioss, Fer… ¡no puedo más! ¡Fóllame! —supliqué y ordené al mismo tiempo.

— Qué ganas tenía de que me lo pidieras —susurró, dejando mi empapado tanga junto a su ropa para, acto seguido, sacar una ristra de condones del bolsillo de su pantalón.

— Mira que eres arrogante… —le dije—. Sí, joder, me tienes chorreando, así que te lo vuelvo a pedir: ¡fóllame! Aunque creo que no te hará falta todo eso…

— ¿Ah, no? —preguntó con una sonrisa burlona—. Voy a follarte tantas veces como quiera, y no creo que gaste menos de tres de estos —añadió, abriendo un preservativo para colocarlo sobre la punta de su imponente verga.

Comprendí que no había entendido a qué me refería, pero no fui capaz de articular palabra para sacarle de su error, pues me quedé embobada contemplando cómo ese diestro muchacho enfundaba su portentosa herramienta con el látex cuyo envoltorio indicaba XL, deslizándolo por el tronco hasta la rasurada base, desenrollándolo con la destreza de la práctica a la vez que enfatizaba el enloquecedor calibre que pensaba endosarme.

— Uuufff… —suspiré.

Casi al instante, el cuerpo del informático se pegó al mío, haciéndome sentir cómo el grueso glande incidía entre mis labios vaginales.

Permaneciendo muda por la impresión, facilité su acometida separando ligeramente las piernas, lo que él aprovechó para cogerme del muslo izquierdo y subírmelo hasta su cadera.

— Toma lo que querías, pibón —susurró en mi oído.

Con una arremetida de su cadera, su ariete se deslizó entre mis humedades, abriéndose repentinamente paso por mi interior para hacerme gritar de sorpresa y placer.

— ¡Aaaahhh!

Esa polla era como acero al rojo vivo clavándose en mis carnes, abriéndome por dentro con un rastro de increíble goce a su paso. Y cuando creía que ya iba a retirarse para una segunda embestida, volvió a sorprenderme tomándome del otro muslo, alzándome a pulso y empotrándome contra la pared a la vez que su lanza me perforaba, profundizando aún más para incrustarse en mi matriz.

— ¡Oooohhh…! —grité sin mesura.

Un súbito y poderoso orgasmo sacudió todo mi cuerpo, convirtiéndolo en una incandescente bengala que se alzó sobre las caderas de mi amante, mientras mi coño, convertido en un hirviente géiser, embadurnaba su pelvis con mis cálidos fluidos.

— Me encanta la facilidad con que te corres —me susurró Fer, en el declive de mi clímax.

— Es que me pones malísima —confesé, recuperando la respiración—. Me vuelve loca tu pollón… Me desencaja la intensidad con que me follas, tan duro…

— No te mereces menos —contestó—. Eres una preciosidad de mujer, con un cuerpo de diosa que incita al pecado y el sacrilegio. Eres una hembra ardiente que siempre ha estado mal follada hasta que me has dejado ponerle remedio… Y me daré el gustazo de seguir dándote lo que, de verdad, necesitas. ¡Toma lo tuyo!

Con un nuevo embate, su pelvis incidió con violencia en la mía, presionando su glande en lo más profundo de mi ser.

— ¡Oh! —se me escapó una interjección, al quedarme sin aliento.

Atrapada por su cuerpo incrustándome en la pared, sentí cómo su pubis impactaba contra mi clítoris, provocándome una eléctrica sensación que recorrió toda mi espina dorsal, a la vez que mis nalgas se aplastaban contra la vertical superficie.

Despatarrada sobre sus caderas, gocé de la potencia del joven percutiendo en mi anatomía una y otra vez, con el característico retumbar que se escuchaba como consecuencia de la rítmica compresión de mis glúteos contra la estructura del dormitorio.

Cada poderoso impacto me producía un cúmulo de sensaciones que sinérgicamente volvían a disparar mi libido hasta llevarme al borde del orgasmo. Esa maravillosa herramienta masculina exigía el máximo esfuerzo de mis músculos internos para abrazar con fiereza su grosor, mientras su redondeado extremo me cortaba la respiración al presionarme la matriz. Mi botón, duro como una china en el zapato, vibraba con cada golpe pélvico en él, produciendo ondas expansivas que colisionaban con las ondas sísmicas originadas en mi culito sometido al aplastamiento de tan placentera prensa de  carne y yeso. Esa colisión de energías confluía con el tórrido festival de dilataciones y contracciones de mi vagina, precipitándome inminentemente a la liberadora explosión.

Entre acompasados martilleos a la pared, mezclados con mis jadeos e interjecciones, pude distinguir en mi oído los bufidos de mi macho comportándose como un toro bravo, embistiéndome sin descanso hasta darme la gran cornada con la que su asta me desgarraría por dentro. Pero su aguante era proporcional al tamaño de su miembro, y antes de que alcanzara su apogeo, provocó de nuevo el mío.

— ¡Aaaahhhh…! —grité como una auténtica puta.

Completamente abierta, ensartada en esa vigorosa polla, y brutalmente empotrada, alcancé un devastador orgasmo que hizo temblar todo mi cuerpo mientras la cabeza me daba vueltas entre delirios de placer.

Como si fuera una exótica fruta tropical, Fer me exprimió hasta que de mí brotó, en cálido estallido, el jugo de hembra lujuriosa que sólo él sabía obtener, regalándole a mi cuerpo las indescriptibles e intensas sensaciones del clímax total.

— ¡Dios, qué gozada! —exclamé, recobrando el aliento.

— Sí —asintió mi amante—, es una gozada follarte y que te corras así. Estás para empotrarte una y otra vez… —añadió, haciéndome sentir que su verga no había perdido vigor.

— ¡Joder!, ¿tú no te has corrido?

— He estado a punto de irme contigo, preciosa, pero aún me falta un poco… A lo mejor deberías ponerle remedio, ¿no crees? —preguntó con socarronería, a la vez que sacaba su estoque de mis carnes y me depositaba en el suelo.

Volviendo a sentir la fuerza de la gravedad, mis piernas flaquearon un instante, pero mantuve el equilibrio admirando cómo el erecto y enfundado falo brillaba recubierto con mis fluidos, los cuales habían escurrido por los muslos del muchacho delatando mi recientemente descubierta capacidad eyaculatoria.

Sabía lo que Fernando quería de mí en ese momento, y no iba a dudar ni un segundo en dárselo, pues era lo que yo misma anhelaba hacer. Así que, sintiendo mi culito algo magullado por el “maltrato” recibido contra la pared, me arrodillé ante mi adonis con las posaderas sobre los talones, y empuñé su cetro para retirarle suavemente la goma que lo cubría.

Él me miraba con una sonrisa perversa, disfrutando de cómo mis hábiles dedos desenfundaban su arma mientras mi ruborizado rostro y lasciva mirada de fuego verde declaraban, abiertamente, que yo deseaba aquello tanto como él, siendo mi perversión aún mayor que la suya.

Sin barreras de por medio, mis jugosos labios se posaron sobre su glande, llegándome el intenso aroma de mis fluidos derramados sobre su pubis mientras la enrojecida cabeza pasaba entre mis pétalos, que se amoldaban a su forma. La suave piel del pétreo músculo se deslizó por mi lengua, dejando un inicial regusto a látex en mis papilas que se diluyó con saliva para permitirme disfrutar del verdadero sabor a polla, de la que ya brotaban unas deliciosas gotas que barruntaban mi festín.

Enfebrecido por la follada que acababa de darme, el chico no estaba para sutilezas, así que, agarrándome la cabeza con las dos manos, me penetró la boca hasta incrustarme la punta de la lanza en la garganta.

La brusca exploración de mis tragaderas me provocó una arcada, pero fue inmediatamente contenida al sentir un tirón de cabello con el que la verga desalojó mi cavidad hasta dejarme solo el balano dentro. Fue un breve respiro porque, inmediatamente, mi boca volvió a llenarse de carne que chupé con ganas, succionando con mis carrillos hundidos para acompañar el deslizamiento de la acerada barra que me penetraba oralmente.

Una vez superado el inicial impulso de rechazo de mi garganta, tras un par de introducciones con las que Fer ya gruñía de gusto, cedí a mi desbordante ansia por devorarle. Mis manos se aferraron a sus marmóreos glúteos y tiré de él, tragándome su polla hasta el fondo, engulléndola de tal modo que la testa dilató mis profundidades para sondear el estrecho conducto, que estranguló cuanta verga se alojaba en él.

Se me hizo la boca agua, salivando de tal modo que el lubricante fluido corría por mi barbilla y goteaba sobre mis pechos al deglutir, con cortos movimientos de entrada y salida, cuanta virilidad fui capaz.

— ¡Diooss, Mayca…! —escuché en apenas unos segundos— ¡Me ordeñaaass…!

Sentí el espasmo y el ligero aumento de volumen del eyaculatorio músculo, inmediatamente seguido de la cálida sensación de un licor escanciándose en mi faringe.

El macho tiró de mi negra melena, desalojando mi garganta para que el glande expeliese un segundo borbotón de leche que inundó mi boca con su ardiente y delicioso sabor.

Con la boca llena, mamé de esa impetuosa fuente, tragando el denso elixir a la vez que un nuevo tirón de cabello hacía deslizarse la verga hacia fuera, obligándome a recibir una nueva descarga con el balano emergiendo de entre mis labios, haciendo que el blanco, y aún abundante fluido masculino, rezumase entre ellos.

Me chupé los labios tratando de no perder ni una gota del exquisito néctar que ya corría por mis comisuras, pero la gloriosa polución no había concluido, así que con la punta del falo aún en contacto con mis pétalos, recibí un nuevo chorro directamente sobre ellos.

Miré fijamente a los ojos del orgásmico informático, quien con las mandíbulas apretadas no perdía detalle de cómo recibía su corrida, y me relamí para él jugueteando con mi lengua para introducirme en la boca la leche nuevamente derramada.

La polla, ya totalmente liberada y ante mi rostro, volvió a eyacular por sorpresa, regándome la cara con un nuevo disparo que escurrió densamente por ella.

Era la segunda vez que se corría en mi cara, resultándome obsceno y perversamente excitante, por lo que empuñé el tremendo manubrio para masajearlo sobre ella, de tal modo que una última erupción, menos impetuosa y copiosa, salpicó mi cutis de blanquecinas gotas para satisfacción de mi amante, y la mía propia.

— Qué preciosidad —comentó, sonriendo complacido.

La divina verga aún goteaba cuando volví a dirigirla a mi boca, y la succioné con los labios para mamarla suavemente, obteniendo directamente en mi lengua los restos de una corrida que había sido gloriosamente abundante, y que terminé de degustar junto con la carne de la que había brotado.

— Creo que debería limpiarme un poco, ¡me has puesto perdida! —dije con la voz quebrada, observando cómo mi propia saliva y el semen que no había conseguido beberme habían goteado de mi barbilla a mis pechos.

Me sentía sucia, maravillosa y excitantemente sucia. Fer me había echado un polvo antológico, me había provocado dos increíbles orgasmos con los que mi coñito se había licuado, y con una sola de sus corridas, me había hecho disfrutar de cómo le hacía derretirse en el fondo de mi garganta, boca, labios y cara.

«Me he comportado como una vulgar guarra», me dije, «¡y me ha encantado!».

— ¡Uf! —resopló el chico—. Es que ha sido una gozada follarte, y te has tragado mi polla con tantas ganas, que no podía parar de correrme. Eres una diosa que necesitaba desatarse…

— ¡Ja, ja, ja! —reí, poniéndome en pie—. Para mí también ha sido una gozada, todo… Sacas lo peor y lo mejor de mí… ¡ja, ja, ja!

Fernando rio conmigo, y el brillo en sus avellanados ojos me confirmó que, para él, tampoco había sido un polvo cualquiera. Había disfrutado más que con cualquiera de sus amiguitas, y eso elevó aún más mi ego. Ese jovencito me hacía sentir su esclava, sometida al imperio de sus atributos e ímpetu amatorio y, a la vez, tenía la capacidad de hacerme sentir que era una poderosa diosa, dueña de su placer y deseos.

— Bueno, ahora vuelvo. Además de limpiarme, también necesito beber agua —concluí.

— Hidrátate bien, que te hará falta —dijo sugerentemente mientras le daba la espalda para salir del dormitorio—. Pero no tardes —añadió, dándome un azote en el culo que me hizo vibrar.

Giré la cabeza sonriéndole con picardía, y salí del dormitorio para limpiarme el rostro y los pechos con papel de cocina. Después, me bebí dos vasos de agua que refrescaron mi garganta, calmándola de su sobresfuerzo.

— Y ahora, el “cigarrito de después” —anuncié al volver a la habitación.

— ¡De eso nada, viciosa! —atajó el portento que me esperaba—. Ya tendrás tiempo para eso… ¡Ahora quiero devorarte!

Sin darme tiempo a reaccionar, me tomó por la cintura atrayéndole hacia él, y no pude más que aceptar sus labios asaltando los míos para llenarme la boca con su lengua.

Me besó apasionadamente, enroscando su escurridizo músculo con el mío y reactivando mi cuerpo, que respondía fervientemente al impetuoso ósculo y al contacto con esa joven anatomía que me hacía perder completamente los papeles.

Apenas percatándome de ello, concentrada en el delicioso combate que se libraba en nuestras bocas, ya me había arrastrado hacia la cama, tumbándome sobre ella para abandonar mis labios y succionarme la yugular mientras sus manos moldeaban mis pechos, poniéndome los pezones como rosadas pagodas birmanas apuntando hacia el cielo.

Estrujándome las tetas con un enérgico masaje que hacía mis delicias, se las comió con voracidad, amamantándose con lascivia de su globoso volumen, a la vez que dejaba reposar el peso de su durmiente rabo sobre uno de mis muslos.

Dejándome los pezones como buriles para grabar metal, descendió por mi anatomía contorneándola con las palmas de sus manos, al mismo tiempo que sus labios recorrían la ruta que conducía al manantial de mis deseos. Hasta que, situando su cabeza entre mis muslos, y sujetándome firmemente por el culo, fijó su pecaminosa mirada en la mía mientras la punta de su lengua rozaba levemente la suave perla de la ostra que se abría para él.

— Uuufff —suspiré, acariciando su cabello con las dos manos.

Diligentemente, sus labios atraparon el pequeño apéndice, y lo succionaron con un beso cuyo húmedo chasquido provocó un temblor de todo de mi cuerpo.

— ¿Aún quieres salir a fumarte el “cigarrito de después”, viciosa? —me dijo, haciéndome sentir su aliento en la humedad de la entrepierna.

— ¡No, joder! ¡Cómeme el coño, cabrón! —grité, desquiciada, tirando de su cabeza hacia mí.

La impertinente boca del muchacho se acopló a mis labios vaginales, presionándolos mientras su lengua, convertida en una pequeña y motriz polla, me penetraba con lúbrica suavidad para retorcerse en el vestíbulo de mi ansiosa vagina.

— ¡Joder, Dios! —blasfemé.

Nunca he sido partidaria de las palabras malsonantes, teniendo en cuenta que me gano la vida con la traducción e interpretación de las escogidas letras de otros. Pero es que en aquellos momentos, mi excitación y placer eran tales, que no encontraba términos lo suficientemente rotundos en mi cerebro para expresar adecuadamente la intensidad de mi gozo.

Fernando se comió mi jugosa almeja con apasionada dedicación, devorándome con hambre atrasada para arrancarme sonoros suspiros mientras mis dedos jugueteaban con sus cabellos.

Su inquieto músculo exploraba con fluidas caricias y penetraciones cada pliegue de mi sexo, combinándose en perfecta sincronía con sus labios para convertir su comida en un opulento banquete, en el que mi clítoris vibraba y mi coñito boqueaba como un pez fuera de su medio natural.

— ¡Oh, Dios!, ¡que me corro, que me corro…! ¡Me corrooo…! —conseguí anunciar intercalando jadeos.

Entre convulsiones que me hicieron agarrarme las tetas y estrujarlas en un arrebato orgásmico, alcancé el Elíseo con mi amante libando mi zumo hasta dejarme extasiada.

El joven salió de entre mis muslos, con una sonrisa de oreja a oreja, y ascendió hasta atacar mi boca y besarme profundamente, compartiendo conmigo el salado gusto de mi derretida feminidad, a la vez que me hacía sentir cómo su hombría ya había recuperado todo su vigor.

Mi vecinito sabía cómo mantener vivo mi fuego, a pesar del orgasmo recién disfrutado, por lo que saboreé mi coño de sus labios y lengua, aferrándome con ambas manos a su duro culo esculpido en níveo mármol, a la vez que me regocijaba con la consistencia de la enhiesta porra que se presionaba contra mi cuerpo.

— Nunca había estado tan caliente —le susurré al oído—. Quiero más…

Fer se incorporó, poniéndose en pie ante la cama, permitiéndome recrearme la vista con su agraciada planta. Esa joven fisonomía que orgullosa se presentaba a mí, parecía haber sido cincelada siguiendo los dictámenes de mis deseos: fuerte, compacta, de fibrosa consistencia moldeada por el deporte; tersa piel pulida para ser recorrida con dedos y labios, jugando con la luz y las sombras para dibujar la forma de cada músculo y darme una magistral clase de anatomía masculina. Sin olvidar esa imponente torre de Pisa con la que muchas de nosotras fantaseamos, y que había doblegado mi voluntad para convertirme en una lujuriosa adúltera asaltacunas.

Se dio la vuelta, agachándose para recoger la ristra de condones que había dejado en el suelo, provocando que me mordiera el labio de puro deseo al contemplar sus redondos glúteos de enloquecedores hoyuelos, y la rasurada bolsa escrotal colgando pesadamente entre sus robustas piernas, como una pera conferencia lista para ser recolectada.

«Uf… ¿Cómo puedo haber conseguido a semejante semental purasangre?».

— Deja eso —le dije—. No te hará falta…

— ¿Es que quieres tragártela otra vez, viciosa? —preguntó, de nuevo ante mí,  preservativo en mano.

— Umm… —me relamí—. Tal vez luego… A lo que me refiero es que no te hará falta ponerte eso para follar conmigo. Estás completamente sano, como yo, ¿no?

— Sí, claro —contestó ofendido—. Estoy bastante seguro de la salud de todas las tías a las que me he tirado —añadió con su típico tono chulesco—. Además, siempre he tomado precauciones…

— ¿Siempre has usado la gomita? —pregunté con morbosa curiosidad.

— ¡Por supuesto! No me la juego, por mucho calentón que tenga…

— Uufff —suspiré, anticipando lo que a ambos nos esperaba—. Entonces no sabes lo que se siente al follar de verdad… Venga, deja eso, que yo te lo voy a enseñar —le incité, incorporándome y sentándome en el borde de la cama para acariciar suavemente toda la longitud de la vara que apuntaba hacia mi cara.

— Pero podría dejarte preñada —alegó, sorprendiéndome por ser capaz de mantenerse cerebral en semejante circunstancia.

— Eso no puede pasar, hace más de diez años que me hice la ligadura. Venga, déjame que esta vez sea yo quien monte este pollón y te haga ver las estrellas.

— Joder, Mayca, de verdad que eres una auténtica zorra para follársela hasta la extenuación —me alagó a su particular manera, sentándose a mi lado y tomándome por la cintura para que yo me levantara y me pusiera de rodillas sobre él, con sus muslos entre mis piernas—. Es increíble que no hayas sido bien gozada hasta ahora —prosiguió, mirándome desde abajo y lanzando un excitante mordisco a uno de los pezones que quedaban al alcance de su boca—. De haberlo sabido, los cientos de pajas que me he hecho pensando en ti desde la adolescencia, habrían sido polvos para darte lo que te mereces.

— Umm, ¿sí? —contesté con un leve gemido al volver a sentir sus labios y dientes en mis pezones.

La materialización en mi cerebro de ese delicioso jovencito agarrando su enorme miembro para sacudirlo enérgicamente mientras susurraba mi nombre, volvió a resultarme perversamente excitante.

Me eché un poco más hacia delante, permitiendo que se llenara la boca con mi pecho izquierdo mientras me acariciaba el culo, y acabé por empujarle sobre la cama para que se quedara tumbado, contemplándome como a una diosa que, al fin, había ejercido su dominio sobre él.

— Desde esta perspectiva, tus tetazas se ven tremendas —me alabó—. Estoy deseando follarte a pelo y verlas botar… ¡Venga! —terminó por animarme, propinándome un azote en el culo que me encantó.

— Ahora quien manda soy yo, chavalito —le corregí, posicionándome para empuñar el erecto falo con mi mano derecha—, y vas a saber lo que es que una mujer hecha y derecha te folle de verdad.

Ya no hubo réplica, pues mi cadera descendió hasta que el grueso glande fue abrazado por mis labios vaginales.

— Ufff —resoplamos al unísono.

La redonda cabeza fue acogida por mis húmedos pliegues mientras mi insaciable coñito ya trataba de engullirla. Apenas tardé una décima de segundo en acceder a su ruego, descendiendo lentamente para sentir cómo mis paredes internas se iban dilatando al paso de la pétrea y caliente carne que mi puño mantenía en posición vertical.

— Diosss, Mayca, estás empapada y ardiendo —dijo entre dientes mi montura, sujetándome por las caderas.

Con casi media tranca dentro de mí, cogiendo aire para no desmayarme de puro gusto, liberé la sujeción de mi mano, constatando que ya no era necesaria para terminar de empalarme, lo que seguí haciendo lentamente, saboreando las placenteras sensaciones por cada milímetro de polla que me introducía.

— ¡Joder, qué bueno! —corroboró Fer.

Continué bajando, hasta que, por fin, completamente abierta de piernas, quedé montada sobre la pelvis del informático, con algo más de veinte centímetros de grueso músculo masculino ensartándose en mi interior.

— ¡Uuuuuuh! —aullé complacida— ¿Qué te parece así, chulazo?

— ¡Es la hostia! —contestó, fijando sus incandescentes ojos en los míos— Te siento aún más… Más caliente, más apretada, más jugosa… ¡Quiero más!

Sujetándome en sus brazos, que me atenazaban las caderas como si no quisiera que me escapase, me deslicé hacia arriba, y nuevamente hacia abajo, suavemente, escuchando el tenue chapoteo de nuestros lubricados sexos friccionándose en mi interior.

Gemimos en dueto, y las manos de mi amante ascendieron para apoderarse de mis senos, exprimiéndolos con los dedos. Demasiado placentero como para seguir manteniendo la calma.

Me abalancé sobre Fer. Mis labios asaltaron los suyos, y mi lengua se introdujo en su boca mientras mecía adelante y atrás mis caderas.

Sin el látex de por medio, sentía aún más intensamente el calibre de su arma moviéndose en mis profundidades, como un tizón palpitante que incidía en la boca de mi útero con el baile de mi pelvis, provocando maravillosas contracciones de mis músculos internos que intentaban estrangular a tan fiero invasor.

Respondiendo a mi ardiente beso, las manos del veinteañero volvieron a descender hasta tomarme fuertemente del culo, apretándolo al compás de mis caderas, al tiempo que elevaba las suyas.

En poco tiempo a ambos nos faltaba el aliento, dejándonos de besos, que nada tenían de romántico, para clavar nuestros ojos, cegados por la lujuria, en los del otro, con nuestras frentes pegadas la una a la otra para jadearnos mutuamente.

La intensidad fue en aumento, con mis caderas realizando un mayor recorrido adelante y atrás, haciendo que una mayor porción de marmórea verga reptase dentro de mí, sintiendo simultáneamente los choques entre las dos pelvis como deliciosos martillazos en mi clítoris.

— Ah, ah, ah… —gemía descontrolada, percibiendo cómo las mejillas me ardían por el esfuerzo y el indescriptible placer que me atravesaba.

Pensé que no tardaría en volver a correrme, y no estaba segura de si podría aguantar hasta conseguir que él se desatara conmigo, pues a pesar de que era su primera vez sin barreras, y la sensación era más intensa, seguía aguantando el ritmo como un auténtico campeón.

«A lo mejor no debería haberle mamado la polla hasta la última gota», pasó por mi cabeza. «¿Y si le he dejado seco? Pero es que está tan rico…»

Enseguida, mi mente volvió a quedarse en blanco. No podía más que disfrutar de clavarme una y otra vez en ese taladro, mientras el avellana de los ojos de Fernando parecía atravesar el esmeralda de los míos del mismo modo que su lanza hacía con mi cuerpo.

— Mmm, Mayca, me tienes a punto… —me anunció de repente—. Mátame demostrándome lo puta que eres… ¡A ver cómo botan esos melones!

Detuvo su cadera y me hizo incorporarme, dejándome perpendicular a él, con lo que sentí su obelisco tan dentro y con tanto gusto, que a punto estuve de derramarme. Pero no, me mantuve en un desquiciante preorgasmo, necesitada de un poco más de hombre para alcanzar el que sería el cuarto apoteosis de esa noche.

A horcajadas sobre el semental, no dudé en demostrar mis dotes de amazona, echando mis hombros hacia atrás para sujetarme con las manos de los fuertes cuádriceps de mi montura, en una postura que ensalzaba todo mi poderío pectoral.

— ¡Qué maravilla de tetas! —recibí como halago.

— Mmm… Para maravilla el pollón que me clavas —le correspondí—. Quiero sentir cómo te corres dentro de mí…

— Pues no te cortes, que me falta muy poco para llenarte de leche…

Aprovechando los apoyos de manos y rodillas, me icé deslizándome por la pértiga hasta que solo una porción quedó dentro de mí, y me dejé caer, empalándome salvajemente.

— ¡Oooh —exclamamos los dos.

Aquello era una delicia, sentía toda la polla en mi interior, dura y enorme, abriéndome violentamente en canal, exigiendo lo mejor de mí para obtener lo mejor de ella, por lo que mi cuerpo actuó instintivamente, volviendo a subir y bajar bruscamente, realizando una serie de placenteras sentadillas con las que el macho comenzó a gruñir, acompañando mis interjecciones con cada profunda perforación que me dejaba sin aire.

— Ah… ah… ah…

La cabeza me daba vueltas, con mis pensamientos sumidos en una neblina de placer, perdiendo el control de mis acciones para no poder dejar de subir y bajar, atravesando rítmicamente mis carnes con ese mástil que me mantenía erguida, a punto de alcanzar un glorioso desenlace para mi ejercicio gimnástico sobre barra fija. Pero este no terminaba de llegar, sacándome completamente de mis casillas en mi desesperada cabalgada.

A pesar de que unos minutos antes, Fer me había anunciado que él también estaba a punto, parecía no desfallecer. Aguantaba la intensa sesión recreándose la vista con mis expresiones de gusto y vicio, y con cómo mis pechos botaban pesadamente con cada empalada. Hasta que, por fin, dio rienda suelta a sus instintos, anunciándome con sus acciones la inminencia de su culmen.

Las manos del joven atenazaron mis tersos muslos con más fuerza, y sus caderas comenzaron a elevarse abruptamente, con espasmódicas embestidas para taladrarme profundamente con su barrena, haciéndome saltar sobre él, gritando descontrolada, enloqueciéndome de placer.

Montada sobre ese indómito toro mecánico, entre alaridos de goce que coreaban el palmoteo de nuestras carnes en frenético choque, todo mi cuerpo era sacudido desaforadamente, haciéndome sentir más intensamente las hondas penetraciones que iban acompañadas de un tsunami recorriendo cada una de mis fibras.

Mis tetas, libres de sujeción alguna, se agitaban arriba y abajo, como en una desenfrenada carrera cuya meta era el inevitable éxtasis, manteniendo a mi amante hipnotizado con su enérgico bamboleo mientras rugía por el placer y el esfuerzo.

— ¡Me muero, me muero, me mueroooo…! —articulé entre aullidos, anunciando mi clímax.

La erupción del volcán se produjo en mis profundidades, con la polla clavándose brutalmente en mi matriz, deleitándome con su incandescente lava regando explosivamente mi interior, lo que me provocó el anhelado y devastador orgasmo que triunfalmente confirmé:

— ¡Siíííí´…!

Perdida en mi propia tormenta de gloriosas sensaciones, tan solo la vara que me ensartaba impedía que cayera arrastrada por la mutua catarsis, atravesándome verticalmente para, con algunas estocadas más, descargar dentro de mí hasta el último de los ardientes trallazos de semen que pusieron fin al obsceno rodeo.

Finalmente caí, casi desmayada, sobre el ancho pecho de mi amante, recibiéndome éste con un reconfortante abrazo que hubiera podido ser confundido con romanticismo. Pero entre nosotros no había sentimientos transcendentales más allá del deseo, tan solo el más puro e incontrolable instinto animal guiaba nuestros actos, una atracción que había traspasado mi inmaculado matrimonio, derribando su fachada y salvando la diferencia de edad entre nosotros para despertar a la hembra salvaje que en mí dormitaba.

«Ni él es mi Romeo, ni yo su Julieta», pensé, sintiendo cómo nuestras respiraciones se calmaban y acompasaban. «Más bien, él es mi cabrón y yo soy su puta… Somos tan buenos siendo malos…»



9

— Este sí ha sido el polvo del siglo —comentó Fer, echándome hacia un lado para desenvainar su ya decadente espada de mi cuerpo.

Semejante afirmación constataba todo un logro para mí. Era conocedora, a ciencia cierta, de la abundante experiencia sexual que tenía el joven con diferentes chicas y en multitud de ocasiones, pues, bravuconadas aparte, yo había sido testigo auditivo y presencial, a escondidas, de algunas de sus aventuras. De modo que, el que dijera eso, significaba que yo había superado sus expectativas, y las mías, convirtiéndome en la hembra que más le había hecho disfrutar.

— Umm, sí —corroboré, exhausta—. Nunca había estado tan satisfecha… Ha sido espectacular, y sentir cómo derramabas tu leche dentro de mí… Ummm…

— Sin duda, follar sin condón es mucho mejor. Sentía que me abrasabas la polla, mucho más intenso que con la goma, aparte de que follas como la reina de las putas…

— ¡Ja, ja, ja! —reí, tomándomelo como una alabanza.

— Y correrme dentro de ti ha sido el máximo. ¡Cómo me exprimías mientras te rellenaba!

Volví a reír. Me encantaba la naturalidad con la que se expresaba, resultándome adictiva y pegadiza la vulgar manera que tenía de decir las cosas.

— Me has dejado seco —prosiguió—. ¿No tendrás una cervecita bien fría?

— Sí, claro —contesté—. Yo también estoy seca, ¿vienes a la cocina? —propuse levantándome.

Le ofrecí una cerveza, cuyo primer trago paladeó con satisfacción mientras yo daba buena cuenta de un vaso de agua.

— Ahora sí que me he ganado el “cigarrito de después”, ¿no? —le dije con una pícara sonrisa.

— Uno y los que quieras, viciosa —respondió, dándole un buen trago a su bebida—. Si no te importa, me quedaré aquí, que no creo que tarde en matar esta birra, y seguro que después me tomaré otra, así que no tengas prisa.

Dejándole apoyado en la encimera de la cocina, cerveza en mano, volví al dormitorio para coger el tabaco y salir a la terraza, no sin antes echarle un último vistazo furtivo.

«Parece que me he ligado al chulazo de la discoteca», bromeé para mis adentros.

Era la primera vez que salía a la terraza completamente desnuda, resultándome una experiencia eróticamente gratificante. Sentía el aire de la noche veraniega sobre mi piel, hipersensibilizada por cuanto había ocurrido en el interior, como una sensual caricia recorriendo todo mi cuerpo.

Encendí un cigarrillo, saboreando el cálido humo al introducirse en mi boca y la refrescante sensación del mentol en la garganta, para soplarlo suavemente con un cosquilleo en los labios.

«¡Dios, esto es la gloria!», exclamé internamente, disfrutando de las relajantes sensaciones.

Apoyada en la barandilla, satisfice mi vicio pausadamente, contemplando el estival cielo nocturno con algunas estrellas que conseguían imponerse a la contaminación lumínica de la urbe que quedaba a mis espaldas.

Me resultó tan agradable disfrutar de mi desnudez al aire libre, amparada en la  ausencia de edificios y miradas indiscretas frente a la terraza, que decidí que esa experiencia podría convertirse en una tónica habitual.

«Pero le prometiste a Agustín que dejarías de fumar cuando volviera mañana», objeté para mí misma. «Sí, y también le prometí fidelidad eterna cuando nos casamos… Y aquí estoy, recién follada por el vecino», acallé a mi conciencia.

Nunca me había sentido tan relajada, tan realizada, tan viva. Era como si me hubiera despertado a un nuevo mundo, repleto de sensaciones por descubrir, en el que la más mínima chispa era capaz de hacer saltar todo por los aires, para lo bueno y para lo malo, y eso era tan emocionante… La conciencia solo era un lastre que me anclaba en mi matrimonio y una vida aburrida, impidiéndome desatar cuanto había descubierto que reprimía dentro de mí.

Estaba en mi mejor momento, en todos los sentidos, física y mentalmente: maduramente joven y bella por fuera, y juvenilmente madura y segura por dentro, ¿por qué no disfrutar de ello?

“Que tu cuerpo es pa’ darle alegría y cosas buenas…”, me había dicho mi amiga Sonia. «¡Y tan buenas!», me dije.

Fer era un auténtico bombón, ese bombón que no puedes resistirte a comer aunque estés a dieta, porque es una tentación superior a ti. Y cuando lo pruebas y paladeas, es aún mejor de lo que habías imaginado. Su desbordante sexualidad había sacado de su letargo a la mía y, a golpes del bastón de mando que blandía entre las piernas, me había guiado a su mundo de galácticos polvos y cósmicos orgasmos, donde yo me había revelado como la más brillante de las estrellas.

«Por cierto, ¿dónde está este tío?», me pregunté, al ser consciente de que ya había consumido el cigarrillo y llevaba, al menos, otros quince minutos mirando embobada hacia el cielo. «Capaz de haberse ido sin decirme nada», me contesté. «Se ha largado tal y como ha aparecido, aunque esta vez usando la puerta».

Teniendo en cuenta que el muchacho ya había obtenido cuanto quería de mí, me autoconvencí de que eso era lo que había pasado. Al fin y al cabo, yo también había obtenido cuanto quería de él, no necesitaba más, al menos por esa noche.

Encendí otro cigarrillo, no tenía ninguna prisa por meterme en la cama, pues no tenía que madrugar al día siguiente y quería disfrutar un poco más de la sensación del aire sobre mi piel desnuda mientras exhalaba plácidamente el humo de mi malsano hábito.

— ¡Qué sexy estás! —escuché a mis espaldas.

Con una vaporosa columna blanca saliendo de entre mis labios, me giré sorprendida, hallando a Fer apoyado en el quicio de la puerta de la terraza, observándome con su cautivadora sonrisa.

— ¡Vaya! —exclamé—, daba por hecho que te habías marchado.

— ¿Marcharme? No, no con estas espectaculares vistas. Me he trincado un par de birras y me he dado una ducha para refrescarme.

— ¿Has usado mi ducha? —pregunté perpleja, reparando en su cabello mojado.

— Me he tomado esa libertad —contestó con arrogancia—. Después de haber follado a pelo, creo que ya hay confianza de sobra entre nosotros, ¿no?

— Sí, supongo —dije, sintiendo un escalofrío al comprobar que él también seguía completamente desnudo, con su miembro colgando morcillón entre sus piernas.

No solo no se había marchado, sino que parecía que esperaba darme un nuevo asalto. ¿Sería yo capaz de plantar cara en otra batalla? Al estudiar su anatomía con mi verde mirada, escrutando cada centímetro cuadrado de su cuerpo de dios griego, un hormigueo que me recorrió de pies a cabeza me dio la respuesta.

Fui a apagar el cigarrillo recién encendido.

— ¡No! —me detuvo con su voz—. Sigue como estabas antes de que llegara. Eres tan sexy…

Enarcando una ceja de forma interrogativa, me giré, reclinándome hacia delante para volver a apoyar mis brazos en la barandilla de la terraza.

— Mmm, eso es —aprobó acercándose—. Ahora sigue a lo tuyo, como si yo no estuviera. No tenemos ninguna prisa, disfruta de tu vicio…

Otro hormigueo me recorrió. No terminaba de entender el juego, pero solo su voz y actitud ya comenzaban a reactivar mi excitación, por lo que accedí a su requerimiento mirando al horizonte y llevándome el cigarrillo a los labios, besándolo para soplar suavemente el cálido y blanquecino humo.

— Uf, Mayca… —escuché, justo tras de mí— No podrías ser más sensual…

Manteniendo la actitud de impávida y relajada soledad que me pedía, sonreí por dentro. Me encantaba cómo me hacía sentir: diosa y esclava al mismo tiempo. Así que le seguí el juego, volviendo a tomar el estrecho cilindro con mis pétalos mientras sentía cómo uno de sus dedos recorría con un roce mi columna vertebral, partiendo de la nuca para bajar por mi espalda, describiendo el arco formado por mis lumbares, y delineando la redondez de mis nalgas alzadas.

El humo salió de mi boca emitiendo un profundo suspiro, poniéndoseme la piel de gallina y los pezones como pitones de morlaco.

Justo después, sentí sus dos manos sobre mis hombros, descendiendo por los omoplatos para dirigirse a los costados y recorrer mi sinuosa silueta, culminando en el culo, el cual recorrió con delicados movimientos circulares en cada glúteo.

Noté cómo mi coñito se abría y la humedad volvía a hacerse patente en él, pero mantuve la compostura a pesar de que las caricias en mi trasero aumentaban de intensidad, convirtiéndose en un verdadero masaje que oprimía mis cachetes comprobando su firmeza.

— Qué culo más rico tienes, cabrona —escuché en un susurro—. Cómo se nota que te machacas bien en el gimnasio. Más quisieran muchas tías de mi edad tener un culo así…

No pude evitar una carcajada, lo que me granjeó un sorprendente azote que hizo vibrar mis carnes, excitándome aún más.

— Te he dicho que siguieras a lo tuyo —me susurró al oído, apoyando su tremendo rabo, aún semirrígido, en la raja formada por mis nalgas.

El azote, la excitación, y el que ese juego estuviera empezando a gustarme más de lo que habría imaginado, me corrigieron para que recuperase la pose, dándole una nueva calada al cigarrillo.

— Así, viciosa, así… —siguió susurrándome a la vez que sus manos pasaban hacia delante.

Con las palmas situadas bajo mis pechos, los sopesó, emitiendo un sonido de asentimiento. Después, abarcó cuanto volumen pudo, calibrando su tamaño para volver a asentir.

— Esto son unas tetazas como Dios manda —comentó—. Redondas y aún firmes —añadió, comenzando a apretarlas con los dedos—. No me extraña que te hicieras la ligadura para no tener críos, estos dos monumentos son para mantenerlos así de bien puestos, ¿verdad?

— Sí… —contesté, inconscientemente y de forma casi inaudible.

Un fuerte apretón en ambos senos fue lo que recibí como represalia por contestar a una pregunta que no esperaba respuesta. Resultándome extrañamente placentero, pues, a pesar de que había percibido dolor, este se había propagado hacia mis erizados pezones convirtiéndose en una satisfactoria sensación.

«Joder, me pone muy burra cierto grado de dolor», me dije, disfrutándolo y recordando cómo Fer me había revelado esa faceta de mí que yo no conocía, con medidos tirones de cabello, sondeo de mi garganta, poderosas arremetidas contra la pelvis, aplastamiento de culo contra la pared, y algún que otro azote.

El joven estrujó mis pechos apasionadamente, amasándolos y magnificando la chocante y deliciosa sensación de dolor y placer, mientras notaba cómo su falo, algo más consistente, incrustaba toda su longitud en la falla de mis posaderas.

Mi coñito no dejaba de lubricar, ardiendo como las hogueras del infierno, obligándome a esforzarme para mantener la disciplina de mujer impasible que el juego de Fernando requería.

«Cualquiera que nos viera pensaría que se está aprovechando de mí», pensé. «Y, ¡uf!, estamos fuera, a la vista de todo el mundo…» Añadí, repitiéndolo una y otra vez para mí misma, recreándome en la morbosa idea que disparaba aún más mi excitación. Aunque, en el fondo, sabía que la posibilidad de que alguien nos viera era extremadamente remota.

Las manos liberaron mis glorificados pechos, momento que aproveché para dar una nueva calada a mi cigarrillo como si nada de aquello estuviera pasando, pero sus dedos no los abandonaron, dirigiéndose a mis pezones para hacer vibrar su aguda punta y pellizcarlos, proporcionándome ese exquisito efecto contradictorio que me arrancó otro suspiro cargado de humo.

Lentamente, como si estuviera saliendo de una hibernación, pues ya me había dado su potencia dos veces casi seguidas, fui notando cómo el pedazo de carne inserto entre mis glúteos iba reviviendo, lo que me ponía aún más cardiaca.

— Lo estás haciendo muy bien —me informó el aprovechado, jugueteando con mis pezones entre sus dedos como si fueran la corona de un reloj de cuerda.

— Umm, gracias —contesté, a sabiendas de que eso tendría ricas consecuencias que no se hicieron esperar.

Recibí un pellizco más intenso en sendos pezones, y apenas pude reprimir un chillido con la boca cerrada.

«¡Cabrón, me ha encantado!».

— Mmm… Mayca… —escuché mi nombre colándose en mi oído con un cosquilleo, mientras sus manos descendían por mi abdomen hasta llegar a la vulva.

Consciente de que ya me sería imposible seguir manteniéndome impertérrita, apuré con dos profundas caladas el cigarrillo mientras mis labios inferiores eran masajeados y abiertos. Conseguí apagarlo, justo, en el momento en que mi clítoris era frotado a la vez que un dedo penetraba la mojada entrada a mi horno.

— Uuuhhh… —ululé acompañando la última vaharada de humo.

— Eres tan sensual… —volvió a susurrarme, masturbándome maravillosamente—. ¿Sabes?, estás cumpliendo una de mis fantasías más recurrentes.

— ¿Ah, sí?, ¿y qué fantasía es esa? —pregunté, saliéndome de mi papel.

— Shhh… —me chistó, hundiéndome sin contemplaciones dos dedos en el coño.

— Uuumm…

— Te lo explicaré si sigues como hasta ahora —propuso—. Aguanta un poco más.

Chapoteando en mi gruta, sus dedos me estaban derritiendo, obligándome a morderme el labio inferior para ahogar mis gemidos, mientras tenía que hacer un sobresfuerzo para no empujar hacia atrás y sentir mejor cómo su polla se estaba poniendo dura en mi culo.

— Muchas veces he fantaseado con encontrarte así: desnuda, fumando sensualmente, indiferente a mí como siempre te habías comportado hasta demostrarme  lo cachonda que eres en realidad —expuso.

— Mmm… —gemí con la boca cerrada, gozando de cómo sus dedos entraban y salían de la angosta cueva mientras su otra mano me frotaba el endurecido botón.

«No podía dejar ver cómo me pones», estuve a punto de decir, aunque me contuve para no interrumpir el interesante relato. «Soy una mujer casada, y tú un crío, el hijo de mi amiga…»

— Me imaginaba que me acercaba a ti por detrás —prosiguió—, y que comenzaba a acariciar tu cuerpazo mientras seguías sin hacerme ni caso, fumando de esa manera con la que me haces desear meterte el rabo entre los labios… Y cuanto más te acariciaba, más parecías ignorarme, como si fueras demasiada mujer para mí, pero a la vez, dejándote hacer, obligándome a aumentar el atrevimiento de mis caricias para disfrutar de tus tetazas y descubrir que, aunque seguías sin inmutarte por fuera, tu coño ardía chorreante…

— Uufff… —suspiré, costándome no rendirme a la experta masturbación aderezada con tórridas palabras en mi oído.

— Eso es, así… —afirmó el muchacho— Así empezabas a suspirar en mi fantasía, doblegándote lentamente a mis dedos en tu coño y mi polla contra tu culo.

— Mmm… —gemí, mordiéndome nuevamente el labio al constatar que la barra de carne instalada entre mis cachetes se endurecía.

El relato se detuvo a la vez que sentí los labios de mi fantasioso amante depositando suaves besos en mi cuello. Sus manos abandonaron mi entrepierna, convertida en un balneario de aguas termales, para apartar a un lado mi negra cabellera mientras sus besos se dirigían a la zona cervical e iban bajando por el centro de mi espalda.

La verga se apartó de mis redondeces, haciéndome añorarla apenas un instante, pues las manos de Fernando me tomaron por las caderas mientras su lengua me provocaba un escalofrío al recorrer mi columna vertebral, descendiendo para alcanzar el pasadizo entre mis nalgas y lamerlo describiendo su redondeada forma, hasta terminar con un beso en el perineo.

— Dios, Fer… —dije entre dientes.

Recibí otro azote que propagó su vibración por todo mi cuerpo y me arrancó un gritito de dolor y placer:

— ¡Aum!

La lengua volvió a ascender entre mis nalgas, colándose entre ellas, sondeando su profundidad y lamiendo hasta dar con mi agujerito secreto.

— Uuuhhh… —aullé, sorprendida y encantada con la insólita sensación.

Las firmes manos sujetaron mis glúteos, abriéndolos para que la atrevida lengua se moviera libremente en mi delicado ojal, produciéndome unas deliciosas cosquillas que me pusieron los pezones hasta el punto de dolor, y el coño como una cafetera hirviendo.

— Mmm…  Fer, ¿qué me haces? —pregunté con mi voz quebrada por el gusto, sujetándome con fuerza a la barandilla de la terraza.

El intrépido músculo continuó retorciéndose sobre el pequeño orificio, embadurnándolo de saliva y produciéndome ese cosquilleo casi insoportable, arrancándome carcajadas difícilmente contenidas y relajando mi esfínter como consecuencia de la terrible excitación que sobrecargaba mi cuerpo.

Nunca había sentido una lengua ahí, y jamás habría imaginado que fuera tan placentero. En internet había leído algo al respecto, pero me había parecido una práctica sucia, antinatural, de auténticos pervertidos.

«Soy una guarra, una pervertida… ¡Dios, cómo me gusta!», exclamé internamente, sintiendo cómo la punta se colaba en el hoyo y se retorcía dentro para hacerme ronronear como una gata en celo.

Inconscientemente, mi espalda se había arqueado aún más, elevando mi trasero y facilitando el acceso de la divina lengua para que se introdujese en el ojal cuanto alcanzara.

Sentía los labios del informático pegados al contorno de la sensible entrada, y esa húmeda culebrilla penetrándome y chapoteando con abundante saliva en el delicado interior, provocando que mi ano se dilatara en agradecimiento a tan magníficas y prohibidas sensaciones.

— ¡Oh!  —exclamé al notar que, repentinamente, el vivaz músculo era sustituido por un dedo que se colaba con suavidad en mi interior.

Éste empezó a entrar y salir de mi culito, produciéndome una extraña sensación que rápidamente se convirtió en muy placentera. Me penetró con fluidez, realizando giros que me hicieron jadear, por mucho que intenté mantener la discreción. Pero ya me había salido completamente de mi papel, aquello era demasiado morboso y exquisito como para no dejarse llevar, y más cuando un segundo dedo forzó mis esfínteres externo e interno para hacerme aullar con esa característica mezcla de dolor y placer que  ahora tanto me gustaba.

— ¡Aauuu…!

Los dos invasores incidieron en el agujero, entrando y saliendo de él varias veces para dejarme sin aliento, hasta que fueron sustituidos por la maravillosa lengua que, de nuevo, volvió a retorcerse en mi interior con su húmedo cosquilleo.

No pude soportar más la gratificante tortura.

— Fer, fóllame —supliqué—. Por favor, ¡fóllame ya!

La boca del chico abandonó mi culo, siendo sustituida por la rotunda dureza de su verga, ya completamente erecta y lista para responder a mi súplica.

— Así me lo pedías en mis fantasías —me informó, dirigiendo su arma con una mano—. Y esta vez será real…

El glande se deslizó por mi raja trasera, recorriéndola hacia abajo para continuar con el camino del perineo, mientras la mano libre aferraba uno de mis pechos y lo amasaba con devoción. Y, al fin, dio con mis labios mayores, que lo acogieron expectantes hasta que, con una estocada, me penetró hasta el fondo, con un certero movimiento que concluyó con su pelvis azotando mis glúteos.

— Ooohhh… —gemí, embriagada de placer.

La enhiesta polla se había clavado en mi babeante coño con la suavidad de un cuchillo caliente entrando en la mantequilla, colmando todos mis sentidos con la satisfacción de recibir al deseado macho, el cual, aferrándose al pecho libre con su otra mano para masajearlo del mismo modo que el que ya amasaba, realizó una serie de profundas penetraciones que arrancaron de mí los primeros gemidos totalmente descontrolados.

Sin embargo, de repente, me la desenvainó entera, dejando mi almeja abierta y con una desasosegante sensación de vacío en mi interior.

— ¿Qué haces, cabrón? —pregunté, girando mi rostro para mirarle por el rabillo del ojo—. ¿Por qué me la sacas?

Con una malévola sonrisa y expresión de pervertido, el informático me soltó los pechos para colocar sus manos sobre mi culo expuesto, tirando de ambas nalgas para ampliar el surco entre ellas y colocar en él la punta de su lanza.

— Ahora viene la segunda parte de mi fantasía —me anunció, agarrando su miembro ya enfilado para que la gruesa cabeza presionase mi arito.

Aquello me hiperexcitó y, a la vez, me causó terror. Pero el joven, avezado en ese arte, no dio tiempo a que me pusiera en tensión, empujando con su pelvis para que el balano se abriera paso a través del relajado esfínter externo, dilatándome el ojal para que toda la testa entrara justa en mi virgen culito, forzando su anillo interno

— ¡Aaagg! —grité, paralizada por un súbito escozor que apenas duró un par de segundos.

Eso no detuvo al macho que, manteniendo firme la posición de su vara, empujó un poco más, embutiéndome un buen pedazo de su férrea verga en el recto, minimizándose el abrasivo roce de piel con piel con la lubricación de mi fluido femenino embadurnando su ariete, y su saliva recubriendo mi secreta entrada.

Con un sonido gutural escapando de mi garganta, expresé la ráfaga de dolor que me atravesó en primera instancia al forzarse el diámetro de mi ano más allá de sus límites establecidos.

Respiré profundamente, tratando de dominarme, sintiendo cómo el inicial latigazo se iba transformando en una cálida sensación al adaptarse mi anillo a la forzada apertura, resultándome inusitadamente placentero el cómo mi culito estrujaba el tremendo cilindro que lo profanaba. Además, el notar esa dura herramienta dentro de mí, donde nadie había estado, presionando y dilatando mis entrañas, se tradujo en mi cerebro como una idea y experiencia especialmente excitantes.

— Mmm… Qué culo tan rico y apretado… —escuché a Fer tras de mí, a la vez que una de sus manos se dirigía a mi coñito para acariciar su perla, dándome una satisfacción que arrancó de cuajo toda contraindicación.

Antes de ser consciente de ello, mis hondas respiraciones tratando de coger aire se habían convertido en leves jadeos. Era la primera vez que me enculaban, pero mi vecinito estaba sabiendo hacerlo tan bien, que no sería una experiencia traumática, sino, más bien, todo lo contrario: un triunfo para guardar en el recuerdo.

Incrédula ante lo que me estaba pasando y cómo lo sentía, bajé la cabeza, cerrando los ojos y concentrándome en los dedos que masajeaban deliciosamente mi clítoris mientras la barrena comenzaba a moverse dentro de mí, deslizándose a través de mi ojal con la suavidad de los fluidos previamente aplicados.

Con gusto sentí cada penetración como un nuevo logro. La polla de Fer, convertida en exitoso taladro, me perforaba cada vez más adentro, descubriéndome la capacidad de mi entrada trasera para ampliarse sin dejar de oprimir al implacable invasor.

Una deliciosa sensación de calor acompañaba cada introducción, combinándose con las gratificantes caricias en mi clítoris para hacerme gemir y disfrutar de cómo la herramienta masculina palpitaba en mis entrañas dilatándolas, cada vez, a mayor profundidad.

Podía oír, junto a mis gemidos, los leves gruñidos del macho. Sin duda, él también estaba disfrutando, aunque tuve la impresión de que se estaba conteniendo al percibir que era el primero en explorar la lujuria de mi trasero.

Levanté la cabeza y la giré para mirarle por encima del hombro, encontrándole concentrado en su tarea, mordiéndose el labio inferior mientras observaba cómo me insertaba su falo entre las nalgas, a la vez que alargaba el brazo para hacer vibrar mi botoncito.

Sus pectorales y bíceps se marcaban más de lo habitual, en tensión mientras me sujetaba y se afanaba en darle satisfacción a mi pepita. Pero lo que más alimentó el incendio de mi mente, derritiendo mis retinas, fue la enloquecedora forma en que sus abdominales se contraían cada vez que su pelvis acometía contra mi culo, dibujándose en su vientre para convertirme en privilegiada espectadora de su atractiva forma. Y por si eso aún no fuera suficiente para fundir mi cerebro, cuando se retiraba hacia atrás me deleitaba con la contemplación, por encima de los montículos de mi grupa, de ese irresistible cinturón de adonis con el que miles de veces había fantaseado en mis días de soledad.

«¡Dios, lo quiero todo dentro de mí!»

— Me está encantando compartir tu fantasía —le dije, conteniendo los gemidos con una lasciva sonrisa en mi rostro—. ¡Métemela entera!

— Sabía que no tardarías en pedírmelo —contestó con su habitual arrogancia.

¡¡¡Zas!!!, restalló un súbito azote en mi nalga derecha.

— ¡Au! —me quejé, denotando el fondo de disfrute en mi voz.

— Estaba seguro de que tenías un culito tragón, solo había que estrenártelo. ¡Te vas a enterar! —acabó sentenciando el enardecido muchacho.

Sujetándome de las caderas a dos manos, Fernando embistió salvajemente el corazón dibujado por mis glúteos, endosándome toda su pétrea carne a través de mi agujerito,  llenándome las entrañas con su portentosa polla hasta que su pelvis aplastó mis redondeces y sus pelotas chocaron contra mi incandescente vulva.

— ¡Aaaahhhgg! —grité primitivamente. Pero no de dolor, sino del más brutal y desgarrador placer liberando mis más ancestrales instintos.

La longitud y calibre de esa arma de destrucción masiva enfundándose completamente en mis carnes por la puerta de atrás, no era una experiencia para remilgadas. Me dejó sin aliento, provocándome temblores por todo el cuerpo, que parecía haberse abierto en canal, pero que, a la vez, se contraía estrangulando al violento invasor que lo destrozaba de gusto. Y sentir la pelvis del macho azotando mis redondas cachas a la vez que las colgantes pelotas rebotaban contra mi coño, había constituido el magnífico aderezo para un perfecto empalamiento.

El ariete fue desalojando el estrecho conducto, dejando un rastro de alivio en su retirada y un abrasador calor en el agujero (ya no tan pequeño) de entrada. Pero no hubo descanso, pues el toro bravo, inmediatamente, volvió a arremeter con furia, manteniéndome fuertemente sujeta por las caderas para que aguantase la embestida y gozara la más profunda penetración que se me podía dar.

— ¡Aaahgg…! —volvió a salir, gutural y agudamente, de mi garganta— Aaahgg… ahg… ahg … ahg … ahg…

Los embates se sucedieron, arrancándome de las cuerdas vocales sonidos que nunca antes había emitido, más parecidos a gruñidos animales, por la bestialidad de lo que estaba sintiendo, que a gemidos femeninos, denotando la inabarcable dimensión de mi disfrute.

— Ahg … ahg… ahg … ahg … ahg….

Con mis manos convertidas en garras, me sujeté firmemente a la barandilla, aguantando como una leona el severo castigo al que estaba siendo sometido mi culo, mientras mis pechos se zarandeaban adelante y atrás.

— Ahg … ahg… ahg …

Fer también gruñía, deslizándose sus manos de mis caderas a mi estrecha cintura para seguir sujetándome y, además, tirar de mi cuerpo hacia él cada vez que me ensartaba, aumentando la magnitud del terremoto desatado en mi anatomía.

— Ahg … ahg… ahg …

Aunque no se nos pudiera ver, al estar en la terraza chillando escandalosamente mi desfloramiento anal, tanto los vecinos de los pisos inferiores, como los de los edificios colindantes, estaban siendo testigos auditivos de cómo un joven estaba acuchillando sin compasión, y por la retaguardia, a una mujer para matarla de placer. Pero nadie podría averiguar que era yo, nadie sospecharía jamás de la intachable mujer madura, y casada desde hacía casi quince años, que vivía en el tercero “A” del portal catorce.

— Ahg … ahg… ahg …

El bombeo era incesante y abrumador. El sudor recubría mi piel, refrescándola del intenso ejercicio mientras mechones de azabache cabello se agitaban ante mis ojos.

— Ahg … ahg… ahg …

Tenía la garganta seca, pero no podía ni tragar saliva, pues mi empalador no me daba tregua, ni yo quería que me la diera.

— Ahg … ahg… ahg …

La polla se movía en mi interior como una anaconda que quisiera salir por el otro extremo, estimulando regiones de mi cuerpo desconocidas para mí, y que irradiaban un placer que me hacía estremecer.

— Ahg … ahg… ahg …

Mi ojal se relajaba y contraía, tirando de la estaca como si quisiera arrancarla de su masculina base, deleitándome con un húmedo calor y cosquilleo que se propagaban hacia mi sexo, haciéndolo llorar con saladas lágrimas que resbalaban por la cara interna de mis muslos.

— Ahg … ahg… ahg …

El semental seguía dándome sin compasión, rebotando una y otra vez contra mi culo, golpeándome inmisericorde la grupa, produciendo unas maravillosas ondulaciones en mis nalgas que subían hasta mis danzarinas tetas como una marejada sobre mi piel.

— ¡Joderrr… jodeeerrr … jodeeerrr…! —verbalicé mi cercanía al punto culminante.

— Siií —dijo él entre dientes—. Joderte bien es lo que estoy haciendo…

El cúmulo de tan salvajes estocadas horadando y sacudiendo mi anatomía, y esas excitantes palabras grabándose en mi cerebro, me hicieron entrar en una especie de trance en el que arqueé un poco más mi espalda levantando los hombros, sobreponiéndome al sometimiento, lo que a ambos nos proporcionó un nuevo ángulo de penetración de lo más exquisito.

— Cómo te gusta, ¿eh, cabrona? —escuché.

Mi cuerpo, llevado por el goce, respondió por sí mismo, empujando hacia atrás con cada embestida de mi amante, aumentando un poco más, si eso era posible, la intensidad de las perforaciones.

— Umm… umm… ummmm…—gemí, sintiendo que me catapultaba hacia el nirvana con el sincrónico empuje.

Fer subió sus manos hasta mis hombros, tirando de ellos, y yo ya no pude más. Estallé en un increíble orgasmo que me hizo aullar como una loba, con todos mis músculos en tensión y mi arito y glúteos exprimiendo al duro profanador.

Fue una desconcertante descarga, tan intensa como la que más, pero a la vez distinta a cuantas había experimentado hasta el momento, con un origen más profundo y una electrizante sensación al ascender por mi espina dorsal. Una delicia cuya diferencia achaqué a la vía por la que había sido alcanzada.

El chico sintió en sus propias carnes la vorágine de mi clímax estrangulando desesperadamente su verga. Y su respuesta fue encularme con más avidez, prolongando mi éxtasis, haciéndome sentir su polla latiendo en mi interior, demencialmente gorda. Hasta que, clavándomela con mis nalgas aplastadas contra su pubis y sus huevos presionándome el coño, rodeó con su brazo derecho mi cintura,  atenazando fieramente con la otra mano mi teta izquierda, como si fuera una pelota antiestrés, mientras su esencia se inyectaba en mis entrañas, escaldándome con cada espasmo dentro de mí.

Eso me hizo perder completamente la cabeza, pues como primicia en mi vida, encadené un segundo orgasmo consecutivo, superando al anterior. Las explosiones pirotécnicas se sucedieron llevándome a cotas jamás alcanzadas, dejándome sin voz, con mi cuerpo sumido en convulsiones que hicieron rugir al macho mientras terminaba de regarme con cuanta leche le quedaba.

Creo que por un momento me desmayé, aunque no podría afirmarlo, pues volví a sentirme terrenal cuando abrí los ojos y me encontré agarrada a la barandilla de la terraza con los nudillos blancos, mechones de pelo pegados a la frente, la piel recubierta de sudor, y la cara interna de mis muslos mojada con zumo de hembra escurriendo en regueros.

Mi amante aún resoplaba en mi oído, relajando la sujeción con la que me tenía atrapada por la cintura y el pecho, mientras su bayoneta perdía firmeza en mi interior. Hasta que decidió sacármela con un suspiro simultáneo.

— Ha sido brutal cumplir mis fantasías contigo —comentó—. Me ha encantado romperte este divino culo —añadió, acariciando mis enrojecidas y sensibles nalgas—. Sabía que, con tu vocación de puta, en cuanto te lo abriera por primera vez, ibas a disfrutarlo tanto o más que yo…

— ¿Y a ti quién te ha dicho que has sido el primero en entrar por ahí? —le espeté, mostrándome altiva y tratando de disimular el temblor de piernas.

— ¡Ja, ja, ja! —estalló en una carcajada—. Aunque al final pareciera que ya tenías práctica, eso se nota, sobre todo al principio. Sin contar el cómo chillabas… Alucinabas con cómo te estaba gustando, ¿verdad?

Sentí mis mejillas ardiendo, avergonzada porque un veinteañero me estuviera dando lecciones.

— Venga, Mayca, que no te de vergüenza que haya sido yo quien te ha desvirgado el culo —añadió al ver mi reacción—. Eres una diosa con necesidades y deseos que tu marido no puede llegar a satisfacer, y para eso estoy yo…

— Uf, sí —admití—. Supongo que eres lo que más necesito ahora. Tan joven y atractivo, fuerte y bien dotado…Por no mencionar tu modestia, ¡ja, ja, ja!

— ¡Ja, ja! Ha sido la hostia montarte. Y como muestra de mi modestia —me guiñó un ojo—, te confieso que nunca lo había disfrutado tanto… Para mí también ha sido la primera vez, sin condón, claro, y te aseguro que nunca lo olvidaré.

— Tampoco ha sido para tanto —mentí con una sonrisa maliciosa, eludiendo la transcendencia compartida de dicha afirmación y volviendo a interpretar mi  papel de “soy tuya pero no lo soy”, que a ambos tanto nos gustaba.

— ¡Ja, ja, ja! Ya lo he visto, ya… Bueno, te dejo para que disfrutes de otro “cigarrito de después”, que veo que el anterior te ha sabido a poco…

Para mi perplejidad, se encaramó a la celosía que separaba nuestras viviendas, tal y como estaba, completamente desnudo. Y justo antes de pasar al otro lado, se despidió con una inesperada petición:

— Deberías tirarme la ropa a la terraza antes de que llegue Agustín, a no ser que la quieras como recuerdo... ¡Hasta la próxima!

Y así me quedé, alucinada y físicamente destrozada por una noche de primitiva lujuria que me había hecho volar como nunca y, a la vez, sumergirme en las abisales profundidades de un océano que apenas estaba empezando a explorar.



10

No puedo negar que al día siguiente me levanté con dolores por todo el cuerpo, especialmente en el culito, aunque mucho menos intensos de lo que habría cabido esperar, teniendo en cuenta la dura sesión de sexo a la que mi vecinito me había sometido.

Parecía que, tras varios encuentros, empezaba a acostumbrarme a esa enérgica forma de follar, en la que el arrebato salvaje se revelaba como un indiscutible catalizador que elevaba la excitación y el grado de disfrute hasta cotas nunca antes vislumbradas, a años luz del sexo con Agustín. Y eso me hacía estar completamente segura de que jamás podría obtener eso con mi marido, por lo que no sentía ningún remordimiento que enturbiara la magnífica experiencia.

En casa, junto a la estabilidad de una vida hecha, tenía cuanto necesitaba a nivel sentimental y emocional. Y en el piso de al lado, junto a la emoción de la clandestinidad, tenía lo que me faltaba para sentirme completa dando rienda suelta a mis instintos. Nunca había sido tan feliz.

Antes de que mi marido llegara del aeropuerto, le devolví a mi vecino su ropa lanzándosela de una terraza a la otra, tal y como me había pedido. Aunque me permití una travesura, fruto de la jovialidad que el chico despertaba en mí. Me quedé su bóxer como trofeo, ocultándolo en un lugar donde estaba segura que Agustín jamás lo encontraría, y lo sustituí por mi tanguita usado la noche anterior. Sospechaba que no sería la primera prenda íntima femenina que el joven recibiría o tomaría como regalo, pero aun así, me resultó una idea divertida.

Cuando mi marido llegó a casa, ya con el primer abrazo y beso, me hizo saber cuánto me había echado de menos. Conseguí desviar su atención preguntándole por el viaje, pero enseguida volvió a atacarme, convirtiendo un segundo amoroso abrazo y devoto ósculo en una verdadera declaración de intenciones de su entrepierna.

Quise entregarme a él, pues le amaba aunque no llegara a excitarme, ni de lejos, tanto como lo hacía el superdotado muchacho. Y así lo hice en primera instancia, dejándome llevar por besos y caricias mientras nuestras ropas iban cayendo al suelo, hasta que mis molestias me obligaron a desistir de cumplir con mis derechos y obligaciones de ferviente esposa.

— Lo siento, cariño —le dije, estando ya los dos desnudos a los pies de la cama—, pero estoy hecha polvo… Creo que estos días de atrás me he pasado con el gimnasio, me duele todo, y sobre todo creo que me he pasado con la bici estática… Me duele especialmente por ahí abajo…

«El sillín estaba taaaaan duro…», bromeó internamente mi lado oscuro.

El gesto de decepción de Agustín sí que me causó algún que otro remordimiento, más cuando, mansamente, aceptó la situación acariciándome, besándome y diciendo: “Ya será en otro momento, lo importante es que tú estés bien”.

El más profundo sentimiento de amor por mi hombre me embargó, sancionándome internamente por mi egoísmo e injusto trato a quien tanto me quería y cuidaba. Así que, en consecuencia, acabé sentándome en el borde de la cama para hacerle una felación compensatoria, degustando su polla como si fuera un caramelo del que mis labios y lengua dieron buena cuenta.

Tardó poco en avisarme de que iba a eyacular, por lo que, para asegurarme de que quedaba bien satisfecho, le permití correrse sobre mis tetas para su disfrute visual, regándomelas con copiosos chorretones de semen caliente que llevaba toda la semana acumulando para mí.

Por último, y posiblemente influenciada por cómo el veinteañero del piso de al lado me hacía sentir, tomé el móvil para pedirle que me hiciera una foto con la que recordarme durante sus continuos viajes de trabajo. Ni que decir tiene que la idea le encantó, por lo que me retrató alzándome los pechos con mis propias manos para mostrarlos recubiertos de su lechosa simiente, acompañados de una viciosa mirada lamiéndome con erotismo el labio superior.

Pasamos el resto del fin de semana como dos enamorados, pues ese era el motivo de nuestro matrimonio, en el que desde el primer momento tuvimos claro que ninguno de los dos quería tener hijos que perturbaran nuestra vida de pareja. Y, al final, la noche del domingo, completamente recuperada, ya pude darle a mi querido marido la satisfacción de cabalgarle hasta dejarle seco y roncando, mientras yo me fumaba a escondidas un cigarrillo en la terraza pues, al menos en su presencia, había comenzado a cumplir mi promesa de dejar el hábito.

La nueva semana transcurrió tranquila, sin noticias de Fernando, pues Agustín, sin tener que volver a viajar hasta el lunes siguiente, había conseguido que en su empresa le dejasen una semana de trabajo más relajado en casa.

En ese tiempo, no escuché ni un ruido a través de la pared que delatara los frecuentes escarceos del vecino, ni siquiera con la asistenta cuando no había nadie más en su casa. Tal vez fuera porque sabía que mi marido estaba conmigo, o porque yo ya le había dado el suficiente sexo para una temporada.

«No», me dije en una ocasión. «Es un auténtico semental, necesita y tiene la oportunidad de follar cuanto quiera. Seguro que lo está haciendo por ahí, o con la rumana en el dormitorio de sus padres…»

La verdad es que no me importaba, no tenía derecho a sentir celos, y ya había interiorizado profundamente la idea de que el chico no debía representar para mí más que un magnífico juguete con el que disfrutar en mis periodos de soledad.

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