OSLO 1
La noche era oscura y fría, una noche invernal que cubría con un manto blanco las calles de Oslo, convirtiendo el exterior en un lugar inhóspito cuya vida se ceñía a los inevitables desplazamientos entre los confortables y cálidos interiores de los edificios de la antigua ciudad vikinga.
Markus, como se hacía llamar en aquellas latitudes, había acudido a un congreso médico que se celebraba en un antiguo y lujoso hotel de la ciudad. Le gustaba todo lo que tuviera regusto antiguo, de épocas pasadas, y aunque sabía que “su enfermedad” no tenía cura, aquel congreso le venía como anillo al dedo para distraer su mente de la larga soledad y oscuros pensamientos que llenaban su vacía existencia.
Vivir durante el mes de Diciembre en la capital noruega, pudiendo elegir como residencia cualquier lugar del mundo, no era un simple capricho. Tenía como costumbre tomarse un mes de descanso al año, tras recorrer el mundo de un lado para otro representando distintas vidas, mientras arrebataba la esperanza de otras, y Oslo, con sus escasas seis horas diarias de luz durante esa época del año, era la urbe perfecta para aprovechar el tiempo intentando darle un sentido a su existencia, más allá del instinto de supervivencia.
Para aquella fría noche, al igual que en las dos precedentes, Markus representaría el papel que siempre representaba durante su estancia en la ciudad, el de un prestigioso médico dedicado a una secreta investigación para una acaudalada fundación. Fundación de la que sólo él sabía que era el fundador, y cuyo único miembro era él mismo.
La cena de gala que clausuraba el congreso ya había terminado, y aunque a él sólo le interesaban las conferencias celebradas por puro deleite intelectual, había asistido al banquete atraído por la belleza de una de las asistentes al evento.
Aludiendo a molestias estomacales, Markus no probó bocado de la exclusiva cena que se había servido en el más elegante salón del hotel, pero se divirtió departiendo con el resto de comensales de su mesa, ya liberados de la etiqueta estrictamente profesional, mientras su mirada se cruzaba una y otra vez con la joven beldad que había captado su atención durante el congreso, y que se sentaba en la mesa de al lado.
Durante su estancia en la ciudad nórdica, el atractivo “doctor” de mediana edad se imponía una rigurosa abstinencia, una dictatorial represión de sus apetitos, con el fin de pasar desapercibido y descansar de la continua caza que le llevaba a recorrer el mundo sin despertar sospechas sobre sus actividades. Pero aquella joven había despertado sus instintos y, aunque lo intentó, no pudo evitar sucumbir a ellos. Iniciaría el juego con ella y la convertiría en su presa.
Las mesas del banquete habían sido apartadas, y en una barra se servían las copas que los desinhibidos asistentes consumían sin mesura tras tres largas jornadas de conferencias y mesas redondas intercambiando conocimientos. La presa había conseguido apartarse del corrillo de doctores que la habían rodeado atraídos por sus encantos y, en un rincón más apartado, consumía una copa de champagne observando a sus colegas, cayendo una y otra vez en la cristalina mirada azul de Markus.
El cazador la tenía justo donde quería, habiéndola cautivado con esa mirada que, a ciencia cierta, sabía que era irresistible. Era el momento de pasar a la acción antes de que aquella preciosidad se viese nuevamente rodeada por “doctores amor”, porque, sin duda, aquella joven era la mujer más atractiva de todas las asistentes al congreso, la más sensual de todas las hospedadas en el hotel y, para Markus, la mujer más llamativa sobre la faz de la tierra.
Con paso decidido, una seductora media sonrisa y una penetrante mirada de cobalto, el cazador abordó a su presa, quien lo recibió con una amplia sonrisa y una brillante mirada.
— Supongo que ya estás harta de que te aborden eminencias medio borrachas — dijo Markus, elevando el tono de su voz por encima de la música.
— La verdad es que sí —confirmó ella—, aunque sé que es el precio que hay que pagar por ser una joven becaria. Todos quieren que forme parte de su equipo. ¿También tú vienes a proponérmelo?.
Markus rio con sinceridad.
— No, claro que no —contestó—. Yo no estoy medio borracho, así que no voy a proponerte que seas mi becaria, eso tendrías que ganártelo con unos méritos más trabajados que ser la mujer más bella que he visto nunca.
— Vaya… —dijo ella con un suspiro— Ahora sí que tienes toda mi atención. Entonces, ¿qué quieres proponerme tú?.
La joven esbozó una sonrisa pícara, con una caída de sus largas pestañas mientras estudiaba de arriba abajo al más que interesante madurito que se había plantado ante ella.
Él, seguro de sí mismo, del impacto que causaba en las mujeres, y su capacidad de persuasión, no dudó en su respuesta.
— Te propongo ir a tu habitación y hacerte pasar una noche con la que el mañana ya no importará.
— ¡Joder! —exclamó ella acalorada—. ¡Eso sí es ir al grano!.
«Soy un cazador, preciosa, y tú ya has caído en mi trampa», pensó él clavando su mirada en los enormes y profundos ojos negros de ella.
— Si fueras cualquiera, en otro momento, te habría seducido lentamente, y ambos nos habríamos divertido con ello —le confesó buceando con sus claros ojos en las oscuras aguas de los de ella—. Pero tú eres una excepción, me has deslumbrado. No entrabas en mis planes, y necesito imperiosamente saciarme de ti.
— ¡Uf, qué intenso! —volvió a exclamar ella, visiblemente afectada por las palabras y la mirada—. Pero tengo novio…
— Eso no es más que otro aliciente para hacerme desearte más… Él no está aquí, y tú también me deseas. Quieres ser traviesa por una noche…
— Quiero ser traviesa por una noche… —repitió ella— Me llamo Angélica, y mi habitación es la cuatro-cero-cuatro…
— Mi nombre no importa, pero si te excita saberlo, es Markus. Ve, y espérame allí —sentenció imperativa y seductoramente—. Tu reputación quedará intacta…
No era su reputación lo que le importaba, sino que a él le relacionasen con ella.
Angélica, dudando de si respondía a un deseo propio o a una orden, se despidió con un aleteo de pestañas.
El cazador se deleitó la vista con la gracilidad y elegancia de su presa al marcharse. Aquella joven era una pantera negra, de sensuales, elegantes y felinos movimientos, con una larga y ondulante melena azabache. Lucía para la ocasión un ceñido pero refinado vestido de noche, del mismo color que sus cabellos, que envolvía una espectacular figura de curvilínea silueta y esculturales proporciones, calzando unos vertiginosos tacones de aguja que la elevaban hasta más de metro ochenta de estatura. Pero si aquello aún no era razón suficiente como para romper su autoimpuesto voto de abstinencia, al sondear en los ónices de sus ojos, Markus había adivinado la furia salvaje que rugía en su interior, haciéndola aún más tentadora. Angélica era auténtica caza mayor.
2
Con un simple toque en la puerta cuatro-cero-cuatro, ésta se abrió sola, dando paso a un pequeño recibidor con armario empotrado y la puerta del cuarto de baño. Markus cerró tras de sí, colocando el cartel de “No molestar” en el picaporte, y cerrando el pestillo de la cerradura. Entró en la estancia principal, ricamente decorada con muebles y motivos dieciochescos que le trajeron recuerdos del pasado, y ahí, encontró a su pantera, de pie ante la cama, con las manos sobre sus caderas.
— Ya me parecía que tardabas —dijo Angélica observando de pies a cabeza al atractivo hombre de claros ojos, duras facciones, cabello entrecano e irresistible magnetismo—. Nunca he sido una chica fácil… Y no quiero engañar a mi novio… Pero no sé por qué, estoy dispuesta a hacer una excepción contigo.
— Porque eres mía desde el momento en que nuestras miradas se cruzaron por primera vez en la cena —contestó el cazador, acercándose y relamiéndose ante el manjar que se le presentaba.
La joven que tenía ante sí, era un espectacular ejemplo de belleza femenina. Ángélica, a sus veintiocho años, estaba en pleno apogeo de su agraciado físico. Su larga melena oscura como aquella noche, cayendo en cascada hasta la mitad de su espalda, enmarcaba un armonioso rostro de frente despejada; grandes y profundos ojos negros; nariz recta y algo afilada; altos y marcados pómulos: carnosos, sensuales y rojos labios, sobre una tez con un ligero tono tostado. Una auténtica preciosidad cuyos rasgos, en los que se adivinaban antepasados moriscos, eran especialmente exóticos en aquellas latitudes.
La genética se había elevado a la categoría de arte en aquella joven, consiguiendo que el elegante vestido de gala que enfundaba su curvilínea anatomía, permitiese a la vista disfrutar de la forma de un poderoso busto, altivo, generoso pero sin excesos, de redondas formas, y prominente sobre un plano abdomen delineado por los paréntesis invertidos que trazaban una estrecha cintura. Las caderas se ensanchaban, acentuando la curva del talle en perfecta proporción con las dimensiones del exquisito busto, para dar paso a unas largas piernas de firmes muslos. Y en cuanto a su trasero, era el paradigma de la perfecta redondez y consistencia que pueden adquirir unos glúteos cuando la genética y el ejercicio físico se alían para que sobre ellos se pueda hacer rebotar una moneda.
¿Cómo no iba Markus a caer en la tentación de romper sus votos de ayuno y celibato?.
Ante la oscura mirada de la chica, cargada de expectación y deseo, se quitó la chaqueta del exclusivo traje hecho a medida, y con rápida facilidad desanudó su corbata de seda para dejar ambas prendas sobre el respaldo de una silla Luis XVI. Angélica se mordió el labio al comprobar cómo sus fuertes pectorales se intuían bajo la fina camisa de seda italiana.
El cazador tomó a su presa por el talle, constatando que, gracias a los estilizados tacones que ella calzaba, ambos quedaban a la misma altura. En su juventud, él había sido considerado casi un gigante en su lugar de origen, pero las nuevas generaciones habían superado los límites impuestos por la mala alimentación para dejarle en la media de estatura del país en el que, durante aquel mes, residía.
Ella, rodeada por los fuertes brazos de aquel que la había cautivado, posó sus manos sobre su pecho, acariciándolo como queriendo constatar que era real.
— Eres preciosa —susurró él, acariciando su estilizada cintura y bajando suavemente para palpar la redondez de un culo que confirmó su excitante firmeza—. Y esta noche eres mía…
— Esta noche soy tuya —repitió ella, subiendo las manos por su torso para rodearle el cuello con los brazos.
La boca de Markus atrapó los carmesíes labios de la excitante hembra, succionando la carnosidad del pétalo inferior para rozarlo con sus dientes. Ella sintió un escalofrío recorriendo su espina dorsal, y un brote de calor y humedad en su entrepierna.
Angélica se apretó al duro cuerpo de quien le había hecho estremecerse, y con su lengua penetró a través de los labios que atrapaban el suyo, para hallar el húmedo músculo de él, que la recibió acariciándola para fundirse ambos en un desesperado beso.
El tacto de la piel de aquel hombre, bajo sus ardientes labios ansiosos por saborearle, le resultó tan gélido como la noche que más allá de esas paredes rompía con una nueva nevada, pero era compensado con el fogoso arrebato con el que él degustaba el aliento de su boca.
Las manos de Marcus recorrieron la exuberante figura de su deseada y, tras su nuca, bajo la sedosa melena, hallaron el nudo que mantenía el elegante vestido sobre su piel. Con habilidad, lo deshizo, y la prenda se abrió por la espalda para deslizarse por la bronceada anatomía de aquella becaria, dejándola en ropa interior.
El modelo de gala no había engañado en absoluto, Angélica tenía un cuerpo escultural, de complexión atlética, firme y tonificado, duro y fibroso, pero sin marcar músculo que denostase mínimamente su curvilínea feminidad.
El cazador rio internamente de pura satisfacción, era evidente que aquella joven había perfeccionado los maravillosos dones que la naturaleza le había dado con un intenso entrenamiento, lo que la revelaba como una persona sana, un manjar aún más exquisito.
El conjunto que llevaba, era fina lencería negra, aquella que hace enloquecer a los hombres, y que Markus intuyó que había sido regalo de su novio para disfrute de ambos. El sujetador, con encaje, era una prenda sincera que transparentaba unos generosos pechos de oscuros pezones erizados, sujetando sin la necesidad de realzar aquellas turgentes tetas, pues su naturaleza voluptuosa no necesitaba de artificios que convirtiesen la mediocridad en excelencia. Y la braguita, también con transparencias y encaje, permitía ver una despejada vulva, hinchada y húmeda, deseosa de ser atacada. Todo en aquella mujer invitaba a la lujuria.
Angélica estudió la reacción de su nuevo dueño ante su casi total desnudez, y vio cómo sus acuosos ojos brillaban de lascivia mientras su cuadrada mandíbula se tensionaba ante una excitación apenas contenida. Sonrió complacida, pero la sonrisa se le borró del rostro cuando, descendiendo la mirada por su anatomía, comprobó que no había una reacción aparente en la entrepierna de aquel que la devoraba con la mirada. Se sintió frustrada, pues ella estaba terriblemente excitada y necesitaba que él la deseara con todo su ser.
Dispuesta a darlo todo, para que realmente no importase el mañana, abandonó su sumisa actitud para pasar al ataque. Estaba completamente segura de lo que era capaz de provocar en los hombres, segura de su irresistible atractivo y salvaje sensualidad, por lo que se desabrochó el sujetador, quitándoselo lentamente para mostrar la exuberancia de sus turgencias como gemelas montañas desafiantes a la gravedad. Y acto seguido, con un sensual balanceo de caderas, deslizó la braguita por sus suaves y tersos muslos hasta que cayó al suelo. Alzando los brazos, como si fuera una sorpresa emergida de una tarta, mostró a aquel hombre la gloria de su desnudez, tan sólo adornada y ensalzada por los vertiginosos tacones sobre los que se erguía.
Él resopló con una media sonrisa dibujándose en sus labios, pero siguió sin haber señal de vida en la zona baja de su cuerpo.
Giró sobre sí misma, dándole la espalda y arqueándola ligeramente para ofrecerle la mejor vista posible de su prieto culito de melocotón, y la reacción ya no se hizo esperar.
En un arrebato de incontrolable hambre carnal, Markus se abalanzó sobre ella, tomándola desde atrás, pegando su cuerpo al de aquella diosa de melena de ébano y suave piel canela, para atraparla entre sus brazos mientras sus manos aferraban esas divinas tetazas para amasarlas con pasión.
Angélica sintió cómo todo su cuerpo se sacudía, y un gemido escapó de entre sus labios, ante el apasionado masaje en sus senos, haciendo que los pezones le ardiesen en contraste con las frías manos que convertían el intenso magreo en una sublime sensación contradictoria, mientras su coñito lloraba de emoción. Pero seguía faltándole algo.
Dejándose hacer, echó su cabeza hacia atrás, empujando con sus nalgas, buscando una esquiva dureza que parecía demasiado contenida en un represivo bóxer, hasta que sintió cómo los labios de aquel hombre le hacían unas deliciosas cosquillas en el cuello. Se entregó a la maravillosa sensación de aquellos besos, cada vez más largos, más profundos, más intensos y succionantes, haciéndole sentir una leve presión con la que esa excitante boca la transportó a un mundo de sensaciones desconocido para ella.
Angélica sentía la lengua de su amante acariciándole, poniéndole la piel de gallina y los pezones como si pudieran ser disparados. Sintió vértigo, y la cabeza comenzó a darle vueltas como en una atracción de feria, mientras que las manos que moldeaban sus pechos de forma maravillosa, se volvían cálidas iniciando un nuevo placer por el cambio. En las prietas carnes de su trasero, sintió la inconfundible presión de una fálica dureza revelando su grosor y longitud entre ellas, y los latidos de su corazón atronaron es sus sienes con un galope desbocado. Con sus fluidos mojando la cara interna de sus muslos, se sentía morir de gusto, a pesar de no haber sido penetrada.
Markus, al fin, había podido saciar el más apremiante de sus apetitos. Con su lengua, saliva y labios, había anestesiado parcialmente la sensible piel del cuello de su presa, y sus agudos colmillos la habían perforado hasta alcanzar la deliciosa arteria carótida, que inmediatamente inundó su boca con un cálido torrente del sabor salado y metálico de la sangre de aquella exquisita becaria. Bebió de ella, escanciando su juventud en su paladar para revitalizar cada fibra de su cuerpo a medida que vital líquido escarlata fluía por todo él, templándolo con su calor y permitiendo que el segundo de sus apetitos se manifestase alzando orgullosamente el estandarte de su virilidad.
El viejo vampiro, inmortalizado en el cuerpo de un atractivo y robusto hombre que había visto la luz unos mil novecientos años atrás, en Roma, con el nombre de Marcus, para abrazar la oscuridad treinta y ocho años después, paladeó la sangre que llevaba semanas sin probar, hasta que sintió que los latidos de su víctima la conducían inexorablemente a la muerte.
Realizando un esfuerzo que casi le resultaba doloroso, cerró los dos orificios del cuello de la joven con una gota de sangre de su propia lengua, no quería acabar aún con aquella belleza, ni que se desangrase por accidente. Con su necesidad primaria ya satisfecha, estaba preparado para gozar de aquella pantera que le había hecho caer en la tentación de poner en peligro su lugar de retiro anual.
3
Los labios de aquel que la estaba poseyendo se despegaron de su cuello y, mareada, Angélica sintió con excitación cómo la verga de aquel macho se apretaba contra su culo, volviéndola loca. Necesitaba aquel instrumento de placer, lo quería todo para ella.
Como flotando en una nube, se liberó del abrazo de su amante, que liberó sus pechos para que pudiera darse la vuelta y enfrentarse a él, quedando cara a cara.
— Quiero comerme tu polla —le soltó, teniéndose en pie a duras penas, a aquel atractivo rostro masculino que se había ruborizado.
El cazador esbozó una perversa media sonrisa.
— Tienes novio pero quieres comerte mi polla sin que haya tenido que utilizar mi influencia sobre ti —le susurró burlonamente—. Me encanta lo ligeras de cascos que sois las mujeres de ahora… ¿Cómo podría negarme ante semejante petición?.
Con dos rápidos movimientos, que la abotargada percepción de la joven no podría entender, se quedó desnudo ante ella, mostrándole un cuerpo musculado por el servicio a la legión, y preservado por el don vampírico.
El Marcus romano había sido un bruto que había aprovechado su superioridad física sobre sus coetáneos para erigirse como un titán, un auténtico arma de guerra, un instrumento de muerte al servicio del emperador. Pero, al poco de licenciarse, trabajando como guardia personal de un patricio, su vida se vio truncada por el encuentro que le llevó a la muerte y dio rienda suelta a su oscuridad interior. En un arrebato de cólera, acabó con su creador, y durante un milenio sembró el terror por el antiguo imperio, las tierras bárbaras y los confines de la sombría Europa que siguió a la caída de su amada águila imperial. Hasta que la propia inmortalidad, con su inexorable y lento avance, le fue puliendo, obligándole a evolucionar para que su mente no se desquiciara por una eternidad de muerte en vida. Al final, tras una larga etapa de constante evolución en la sombra, la llegada del Renacimiento coincidió con el evolutivo salto de su intelecto, haciéndole ver una luz que jamás había tenido en su cerebro, convirtiéndole en un ser no sólo sediento de sangre y sexo, sino también de conocimiento.
Angélica quedó impresionada ante el impacto visual de aquel atractivo y poderoso cuerpo. Lo había intuido por cómo le quedaba el carísimo traje hecho a medida, pero la realidad superaba ampliamente sus expectativas. Markus era todo un David de Miguel Ángel, y ese falo, que se había resistido a alzarse a sus encantos, era un magnífico ejemplar de potencia masculina, con un tronco grueso, suculentamente grueso, y una generosa longitud que se curvaba maravillosamente, con su piel retirada para mostrar un brillante glande, rosado y algo lanceolado, apuntándole a ella con descaro.
— ¡Joder, pero qué bueno estás! —se sorprendió a si misma exclamando.
Markus vio cómo aquella morenaza de increíbles ojos de ónice se ponía de rodillas ante él y, a pesar del debilitamiento por la pérdida de sangre, tomaba su miembro con la mano derecha con decisión, acariciándolo suavemente y haciéndole estremecer. Sus rojos labios formaron una “o” perfecta, y se posaron sobre su balano para besarlo.
— Eso es, preciosa, cómetelo sin dudarlo, que te aseguro que la noche será larga…
Angélica succionó la suave carne y, aunque se sentía muy mareada, disfrutó del salado gusto en su lengua y el cosquilleo en sus labios, cuando bajó el escalón de la corona de aquel cetro para que todo el glande quedase dentro de su boca.
El macho suspiró entre dientes, metiendo sus dedos entre sus largos y sedosos cabellos.
La joven sintió cómo le sujetaba la cabeza, y supo que iba por buen camino, así que chupó aquella suave testa, acariciándola con los labios mientras escuchaba los placenteros gruñidos del afortunado que había conseguido que necesitase y desease hacer aquello. Deslizó su escurridizo músculo por toda la piel, recorriendo el grueso contorno mientras sus labios presionaban la corona, hasta que sintió cómo unas gotas, de consistencia aceitosa, se derramaban sobre su lengua para deleitarle con el sabor de la lubricación masculina. Golosamente, succionó la dura polla, introduciéndosela más en la boca para que alcanzase su garganta, arrastrando consigo el néctar que acababa de degustar.
— Oooohh —gimió Markus, contrayendo los glúteos de puro placer—.Así de profundo… Trágatela entera…
En cuanto tragó saliva, llevando consigo el líquido preseminal, Angélica percibió que se sentía mejor, menos mareada, y más hambrienta. Succionó la pértiga mientras la desencajaba de su garganta y la hacía salir embadurnada con su saliva, hasta llegar a la punta, estrangulándola con sus carnosos labios para volver a introducírsela con gula. Su coño ardía por la excitación de tener semejante herramienta llenándole la boca.
Makus estaba en la gloria. Con todo su ser revitalizado por la exquisita sangre de aquella excitante hembra, podía disfrutar al máximo de su habilidad oral, que le estaba haciendo gruñir con la pericia y gula con la que se tragaba su sable. Sintió cómo succionaba con fuerza, llegando profundo, embriagándole con la calidez de su boca, la suavidad de sus labios, las caricias de su lengua y la presión de su paladar y carrillos, incrementando paulatinamente el ritmo de la mamada, hasta alcanzar una enloquecedora cadencia de voraz succión.
Cuanto más comía de aquella dura carne, mejor se sentía Angélica. Estaba terriblemente excitada, siempre le había encantado comerse una buena verga, pero es que, además, la sensación de debilidad que había sentido se estaba mitigando, animándole a dar lo mejor de sí misma en aquella felación. Así que chupó aquel cetro como si la vida le fuera en ello, con tal pasión recorriendo todo el troco con sus labios para sentir el balano alojándose en su garganta, que en poco tiempo sintió sobre su lengua cómo el duro músculo palpitaba.
Markus constató que no se había equivocado. Aquella becaria, además de un delicioso alimento para apagar su sed, y un magnífico exponente de sensual belleza femenina, era una hembra salvaje por la que merecería la pena arriesgar su lugar de retiro. La espartana abstinencia a la que se había sometido, y la excelencia de aquella felación, le pasaron una placentera factura. Sujetando aquella suave melena azabache, entró en erupción dentro de la boca de la joven, inundándola con su estéril simiente entre temblores de todo su cuerpo.
La cálida leche irrumpió con furia contra el paladar de Angélica, saturándola con su sabor a hombre, abrasándole la lengua con su densa textura. ¡Cómo le gustaba esa sensación!. Le encantaba sentir cómo los hombres se derretían en su boca, cómo eyaculaban su sabrosa leche con una pasión desatada, obligándole a seguir chupando para obtener de ellos hasta la última gota del exclusivo elixir. Y el semen de aquel macho era especialmente delicioso y abundante, convirtiendo en un auténtico placer el ingerirlo para sentir cómo se deslizaba por su garganta, cálido y revitalizante como un trago de buen ron añejo.
Sintiendo cómo la golosa hembra apuraba los últimos lechazos de su convulsionante miembro, Markus tuvo que contener sus impulsos para no aplastar entre sus manos, con su sobrenatural fuerza, la linda cabeza que le estaba transportando a un cielo que él jamás vería.
Tragando hasta que su nuevo dueño se vació en ella, Angélica se sintió renovada, totalmente recuperada de su extraña debilidad, recargada de una estimulante energía que la hizo sentirse mejor que nunca, capaz de cualquier cosa. Y en aquel momento deseó, aún más, al terriblemente atractivo hombre que había despertado su lado más salvaje.
Con una última succión, comprobó que aquella suculenta virilidad no languidecía tras su catarsis, por lo que se puso en pie exultante.
— ¿Aún estás listo para darme lo que has alardeado? —preguntó provocativa.
— Yo no necesito descansar —respondió él con su cautivadora media sonrisa—. Lo que yo voy a darte, tu novio no podría dártelo en un millón de vidas. Te voy follar hasta matarte…
— ¡Uf! —suspiró ella, acariciando su fuerte torso—. Con que cumplas la mitad de lo que prometen tus palabras…
Aquella chica no sólo era un bombón, era una auténtica diosa lujuriosa, y Markus sabía que podría gozar de ella en toda su plenitud, a pesar de haberla desangrado parcialmente, pues la ingesta de cualquiera de sus fluidos producía un efecto regenerativo en los humanos, y aquella voraz muchachita había tomado una buena ración de semen.
Se abalanzó sobre ella, llevado por el deseo desatado, tomando sus orgullosos pechos con ambas manos y estrujándolos con lascivia. Esas tetas, de suave piel canela, eran una maravilla de joven turgencia, generoso volumen globoso y moldeable consistencia, unos senos dignos de coronarse entre los mejores de los miles que habían pasado por sus manos.
Conteniendo el impulso de clavar los colmillos en ellos y acabar precipitadamente con el juego, se los comió con ansia, introduciendo en su boca cuanta carne era capaza de abarcar, amamantándose de ellos mientras Angélica gemía extasiada. Lamiendo los marronáceos y erizados pezones con su veloz lengua vampírica, empujó con su pelvis para hallar la humedad de la vulva que se derretía ante aquel vigoroso tratamiento pectoral, sintiendo en toda la longitud de su lanza que aquella gruta emitía tanto calor como la boca del infierno.
Bajó una de sus manos, y atenazó uno de los redondos y prietos glúteos de su presa, oprimiéndola más contra él, mientras incidía una y otra vez entre los labios vaginales con su pétrea barra de carne, deslizándola arriba y abajo, en toda su longitud, frotando con su dureza el erecto clítoris para hacerlo vibrar.
— Joder, joder, joder… —repetía Angélica entre jadeos, totalmente entregada al placer con sus brazos sobre los hombros de su amante.
Sin dejar de comerse los dulces melones, y amasarlos con una mano como un panadero, el vampiro siguió embadurnando su verga con el cálido zumo de hembra, a base de rápidos movimientos de frotación del sensible botón, mientras la mano que se aferraba a la firme nalga estiraba uno de sus dedos para, repentinamente, colarse entre las dos rocas de río y profanar con decisión el tierno agujerito escondido entre ellas.
— ¡Oooooh! —gritó la perforada con sorpresa y gusto—. ¡Es demasiado!.
Haciendo caso omiso, pues la falange había entrado con facilidad confirmando que aquel ano estaba entrenado en los placeres traseros, Markus efectuó un rápido mete y saca acompasado con el empuje de su pelvis.
Angélica sintió que se derramaba, convulsionándose todo su cuerpo con un glorioso orgasmo que recorrió toda su anatomía como ondas sísmicas en la corteza terrestre.
— ¡Dios, qué bueno eres! —exclamó experimentando sus últimos ecos.
— No he hecho más que empezar —contestó él, incorporándose para quedar cara a cara—. Te he dicho que eres mía, y ahora te voy a poseer.
Agarrándola del culo para alzarla con pasmosa facilidad, Markus tomó a su víctima de los muslos, le abrió las piernas, y la ensartó con su pértiga hasta sentir sus perfectas nalgas golpeando sobre sus propios muslos.
La joven gritó sorprendida y complacida al sentir, repentinamente, cómo la dura barra de carne que le había llevado hasta el delirio frotándole el clítoris, abría su intimidad sin esfuerzo para penetrarla hasta dejarla sin aliento, con un golpe seco que encajó toda su longitud y placentero grosor en su hambrienta vagina, dilatándole por dentro para hacerla sentirse llena de hombre.
Con la presa bien ensartada en su arma, disfrutando de las poderosas y exquisitas contracciones de un coño estrecho y ansioso, Markus la agarró de su redondeado culo, comprimiéndoselo con pasión mientras lo subía y bajaba sobre su asta, fusionándose las pelvis de ambos.
Angélica nunca se había sentido manejada así, con semejante facilidad, como si su liviano peso fuera inexistente. Montada sobre aquel semental, aplastada contra él, se sentía como un instrumento para obtener placer, manipulada con destreza y precisión para que los potentes músculos de su vagina estrangulasen al invasor que le hacía jadear de puro gusto, y era tan increíblemente excitante y placentero…
De pronto, envuelta en una vorágine de placer con el que todo su cuerpo vibraba, y sin saber cómo había llegado hasta ahí, se encontró tumbada sobre la cama, con sus piernas abrazadas a las caderas de aquel potente macho, clavándole las uñas en la musculosa espalda, y con sus pechos meciéndose como dos enormes flanes agitados en sus platos, mientras éste la follaba salvajemente con un vigoroso mete y saca de endiablado ritmo y profundidad, derritiéndola por dentro con su punzón al rojo vivo, mientras su pubis machacaba incesantemente la sensible perla para hacerle alcanzar un brutal nuevo orgasmo.
El depredador estaba gozando como hacía mucho tiempo que no lo hacía. Aquella sensual belleza que había captado su atención desde que la vio en la primera conferencia del congreso, aguantaba su fiero ritmo y le pedía aún más, incitándole con sus uñas y exprimiéndole con su coño mientras sus bamboleantes senos le hipnotizaban con su danza. Hasta que todo su lujurioso cuerpo se convulsionó, arqueándosele la espalda sobre el lecho para formar un excitante puente veneciano, alzando sus pechos hacia el cielo en una catarsis con la que aulló extasiada mientras él seguía embistiéndola sin desfallecer, glorificando su éxtasis para solo detenerse cuando la vorágine orgásmica, al fin, declinó.
— Me has matado de placer —dijo Angélica, reponiéndose de la brutal experiencia.
«Aún no, preciosa», pensó él, «pero ese será tu inevitable final…».
— Pero tú no te has corrido —observó la chica con un tono de decepción—. Sigo sintiendo tu polla durísima clavándoseme… Ummm, me encantaría sentir cómo te corres dentro de mí… ¡Quiero follarte hasta dejarte seco!.
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