EL VECINO 6

Cuando volví a casa noté que me temblaban las piernas. Guardé para “emergencias” el paquete de tabaco que tan amablemente me había dado mi vecina, y salí a la terraza a fumar uno de mis cigarrillos para calmarme.

Después, me di una ducha fría, la segunda del día. El acaloramiento por la sorpresa, la vergüenza pasada, el haber estado en la terraza en la hora más cálida del día y, sobre todo, el comentario que había hecho Fernando al verme, requerían que bajase inmediatamente mi temperatura corporal.

No había hecho más que salir de la ducha, cuando escuché el timbre. Me puse el albornoz, sujetándolo con una mano, y me dispuse a abrir con la seguridad de que mi vecina venía con la buena intención de que me tomase un pequeño descanso del trabajo.

— Pilar, de verdad que te lo agradezco… —comencé a decir, girando la puerta.

No pude terminar la frase, pues a quien encontré en el umbral de mi hogar fue a su hijo.

— Pilar ya está roncando en su merecida siesta —dijo, dando un paso para entrar y cerrar la puerta tras de sí—. Te traigo lo que de verdad habías ido a buscar a mi casa…

De la impresión, la mano que sujetaba el albornoz lo soltó como si tuviera vida propia, abriéndose la prenda en una inconsciente, o tal vez no, invitación a contemplar parte de mi cuerpo desnudo.

— Joder, qué pibón eres, Mayca —comentó, embebiéndose de la piel que había quedado al descubierto—. Y está claro que sabes lo que quieres… Esa debe ser la diferencia entre una chica y una mujer de verdad.

Recompuesta y retomando la determinación que apenas media hora atrás me había hecho llamar a su timbre, mis ojos se fijaron en el buen bulto que marcaban los pantalones cortos del joven.

— A lo mejor demasiada mujer para ti —le reté, dejando caer la única prenda que me cubría, mostrándole completamente el cuerpo que en los últimos años había trabajado y que ahora orgullosamente lucía, aún más lozano que en las tres décadas anteriores.

El paquete del muchacho aumentó su volumen ante mi mirada, apreciándose enorme, alimentando mi ego, y haciéndose irresistible.

— Uff, Mayca, no sabes lo que dices —replicó, quitándose la camiseta para deleitarme con su fuerte torso—. Eres la tía que más morbo me ha dado siempre, y nunca he estado con ninguna mujer de treinta y algunos…

— Cuarenta y dos —le corregí, halagada y con orgullo.

— Pues estás como para reventarte a pollazos…

— Mmm, no sé, por lo que he oído esta mañana, eres más de crías flacuchas —le recriminé, evidenciando inconscientemente mis celos—. Tu madre está pagando a Dana para que limpie, no para cepillarse a su hijo…

— Vaya, estás celosa, ¿eh? —observó, con una sonrisa de medio lado.

— ¿Yo? —pregunté, ofendida por haberme delatado—. Soy una mujer casada, ¿recuerdas? —continué, poniendo mis brazos sobre las caderas en actitud firme, y a la vez, con una pose que remarcaba mi silueta y ensalzaba mis pechos—. No tengo ninguna razón para estar celosa por lo que hagas o dejes de hacer con la asistenta...

— Querrías haber estado en su lugar, ¿eh? Necesitas una buena dosis de rabo, y es lo que viniste a buscar hace un rato a mi casa…

— ¿Serás creído? —le espeté con rabia por acertar de pleno—. Seguro que ya no podrías hacer nada conmigo, después de haber oído cómo se lo dabas todo a la rumana esa… No me interesa comprobarlo.

— Claro, y por eso estás desnuda y no dejas de clavar esos ojazos verdes en mi paquete —contestó, recolocándose el enorme bulto y haciéndome morderme el labio inconscientemente—. Dana no ha sido más que un aperitivo, un entrenamiento para darte a ti, y ahora, lo que te mereces…

— ¡No eres más que un chulo prepotente!

— Y lo que te pone eso… Casi tanto como esto…

Ante mi atenta mirada, Fer, con un solo movimiento, se bajó el pantalón y el bóxer deshaciéndose de las prendas. Su tremenda verga se presentó ante mí, tan larga y gruesa, tan hermosa y apetecible, que me relamí sintiendo el vacío en mi bajo abdomen como un hueco en el espacio-tiempo, a la vez que la lubricación se evidenciaba visiblemente en mi lampiña vulva.

— Joder… —se me escapó. Nunca dejaría de asombrarme.

— Vamos, que lo estás deseando, vuelve a probarla, golosa…

Sin saber cómo, mi vecino ya me había tomado por la nuca, metiendo sus dedos entre mis negros cabellos aún mojados por la ducha, incitándome a agacharme sobre su exultante erección. No necesitó hacer fuerza. Deseosa, me dejé llevar para acabar poniéndome de rodillas, tratando de empuñar el grueso músculo con mi mano derecha, mientras la izquierda se aferraba a uno de sus duros glúteos.

Saqué la lengua para lamer el suave glande redondeado, y éste se arrastró por ella, con un ligero empuje de la mano que tenía sobre la cabeza, para dirigirse al interior de mi boca. Mi labio superior rodeó la testa del cetro, y el húmedo músculo se retrajo hacia el interior, acariciándola, para que fuese acogida por el mullido labio inferior. Succioné con ambos pétalos, acompañando el avance de la pétrea carne que invadía mi boca hasta alcanzarme la garganta y que, inmediatamente, se retiraba con un movimiento pélvico, dejando el balano rodeado por mis labios.

Con la verga así sujeta, miré fijamente a Fer, quien contemplaba mi rostro con un gesto de satisfacción.

— Así, solo un poquito —susurró—,  lo justo para quitarte el ansia... Estás preciosa. Esa mirada tuya, con mi polla entre tus labios y los carrillos hundidos, ganaría millones de likes en cualquier web porno.

Un ronroneo surgió de mí, y volví a succionar chupando la mitad de la vara, degustando el salado sabor de su piel, calibrando su grosor y testando su consistencia, hasta que el informático me la sacó completamente de la boca con un característico sonido de succión.

— ¡Joder, cómo la chupas, Mayca!, pero ya es suficiente, que nos viciamos los dos y te lleno la boquita de leche…

— Me encantaría tomarme otra vez toda tu lechecita caliente —contesté, lujuriosa y llevada por la gula, sabiendo que yo misma podría alcanzar un orgasmo al sentir su potente corrida en mi paladar.

— Es muy tentador —concedió, tomándome de la barbilla para obligarme a incorporarme—, pero ahora lo que quiero es follarte bien follada.

No pude reprimirme y, poniéndome de puntillas y abrazándole por el cuello, me lancé a sus labios, pegando mi ardiente cuerpo al suyo, aplastando mis tetas contra sus fuertes pectorales y sintiendo toda la longitud de su virilidad incrustándose a lo largo de mi abdomen.

Fernando recibió mis labios chocando contra los suyos para, inmediatamente, abrir su boca y hacerme sentir cómo su escurridiza lengua se colaba entre mis sensibles pétalos, invadiendo la cavidad para enroscarse con el músculo que anhelaba acariciarla en húmeda danza.

Sus manos atenazaron mis nalgas con fuerza, estrujando mis firmes glúteos con sus dedos como garras, mientras me derretía besándome con una pasión que hacía años que no sentía en mi marido. Hasta que tuve que separarme de él para poder recobrar un poco de aliento mientras me chupaba el carnoso labio inferior.

— Vamos a la cama —susurré jadeando—. A ver si das tanto como alardeas…

— ¿Notas hasta dónde te llega mi polla, tal y como me la has puesto? —preguntó, estrechándome más contra su cuerpo.

— Uff, sí, casi a las costillas…

— Pues imagínate todo esto dentro de ti, abriéndote en canal. Y no serán dos minutos, no… Voy a follarte hasta que empapes toda tu cama de matrimonio como nunca lo has hecho.

Suspiré profundamente ante tal perspectiva, sintiendo cómo mis pezones punzaban su piel y mi coñito lloraba de alegría humedeciendo mis muslos.

Dándome un estimulante azote, el joven me incitó a dirigirme al dormitorio, aunque a través del espejo del pasillo comprobé que no me seguía.

— ¿No vienes? —le pregunté, girándome.

— Por supuesto, solo estoy disfrutando de cómo meneas ese culazo…

Se me escapó una carcajada de satisfacción y reanudé el camino al dormitorio, aunque más lentamente, marcando aún más el contoneo de caderas.

Al llegar a los pies de la cama, expectante y excitada como nunca, el tiempo que el chico tardó en aparecer me pareció una eternidad. «¿Se ha arrepentido y me va a dejar así?», me pregunté con impaciencia.

A los pocos segundos, mi fruto de deseo hizo su triunfal entrada en el ruedo que a ambos nos daría una tarde de gloria. Luciendo su espléndida desnudez para mi deleite visual, con su amenazante pica en ristre ya enfundada con un preservativo, lista para realizar la faena, avanzó hacia mí con paso decidido y sus ojos avellana refulgiendo, hasta tomarme por el talle y pegar su cuerpo al mío, instalando su poderosa arma entre mis muslos para que mi vulva besase la longitud de su tronco, embadurnándolo con su jugo, mientras me hacía sentir cómo la punta de semejante instrumento se abría paso instalándose entre mis cachetes.

«¡Joder, podría clavármela por el culo desde delante!».

Aprovechando mi boca abierta por el asombro de semejante constatación, sus labios se apropiaron de los míos, y su lengua invadió mi cavidad acariciando la mía para fundirnos en un tórrido beso con el que mi hizo suya, deslizando su enhiesta vara por mi coño, perineo y nalgas.

Una de sus manos subió hasta mis pechos, masajeándolos enérgicamente, estimulándolos de tal manera que el placer me obligó a arquear la espalda, ofreciéndoselos para que su boca descendiese por mi cuello y atrapase un pezón. Sin detener el maravilloso tratamiento al seno izquierdo, sus labios succionaron mi pezón derecho, haciéndolo vibrar con la lengua para terminar engullendo cuanto volumen mamario le cupo en la boca.

Jadeando, borracha por las sensaciones que recorrían todo mi cuerpo, me entregué a él, consciente de que lo único que impedía que cayese de espaldas era su brazo izquierdo rodeando mi cintura, además de la dura barra de carne sobre la que montaba, que se deslizaba atrás y adelante en húmeda frotación de mis zonas más erógenas.

Sin dejar de devorarme las tetas como si tuviera hambre atrasada, pasando de una a otra para succionar y presionar con los labios, amamantándose con la generosidad de mi busto, lamiendo y rozando los pezones con los dientes para ponérmelos como pitones, su mano bajó hasta mi culo, acariciándolo y atenazando un glúteo para acabar tomándome del muslo y subirlo hasta que mi pierna se abrazó a su cintura.

Sentí cómo Fer  flexionaba sus rodillas, y cómo el glande que se insertaba en mi raja trasera hacía el recorrido inverso, incidiendo directamente entre mis lubricados labios mayores. Estos rodearon la gruesa cabeza, adaptándose a su contorno, y permitieron que el empuje de la misma los franqueara, dilatándome y haciéndome gemir, disfrutando de cómo esa dura polla se me clavaba en el coño con inaudita facilidad.

— ¡Dios, qué gusto! —exclamé complacida.

— Me tenías tantas ganas que te entra sola… —afirmó el chico, fijando su mirada en la mía.

— Umm, sí, no puedo negarlo… Aunque sé que eres capaz de tirarte a cualquier niñata que se te ponga por delante…—manifesté, aún con rencor.

— Ya te lo he dicho, Mayca, eso no son más que entrenamientos para prepararme para ti. Tú eres mi musa, a la que siempre he deseado follarme. Pero estás casada, y eres una mujer madura, casi inalcanzable… Ahora que te tengo para mí, me voy a resarcir de todas las pajas que me he hecho en tu nombre.

Su virilidad se deslizó hacia fuera haciéndome suspirar, e inmediatamente, un nuevo empuje, clavándome los dedos en el muslo, me arrancó otro gemido al sentir la verga abriéndose paso por mi vagina otra vez.

— Mmm… A ti te da igual que esté casada o que tenga edad como para ser tu madre. Has ido a por mí en cuanto has tenido una oportunidad…  ¡Cómo me pones!, aunque seas un cabrón. A ver si puedes follarte a una mujer de verdad como te follas a tus amiguitas —volví a provocarle.

Su respuesta consistió en una sonrisa de autosuficiencia, que hubiera sido bravucona de no ser porque su polla se clavó un poco más en mí, dándome un placer difícil de asimilar, y que constataba que era más que capaz de cumplir cada una de sus fanfarronadas.

Con varios mete y saca seguidos, incitándome a botar sobre su estaca, me hizo proferir los primeros grititos de gozo. Su verga era la más gruesa que me había calzado, y estimulaba las paredes de mi vagina con un maravilloso cosquilleo.

— Te gusta, ¿eh? —preguntó en un susurro.

— Oh, sí, me encanta… No pares, ¡dame más! —pedí con lujuria.

— Más te voy a dar…

Inclinándose hacia delante, me hizo caer de espaldas sobre la cama, dejándome abierta, contemplando su magnífica planta de joven deidad esculpida en mármol. Se puso sobre mí y, manteniendo sus brazos estirados, bajó la pelvis hasta que la punta de su enfundado estoque volvió a acariciar mi vulva, frotando los empapados labios e incidiendo contra mi clítoris de forma enloquecedoramente placentera, obligándome a gemir deseosa de volver a sentirlo dentro.

— ¡Métemela, por Dios! La necesito entera otra vez… —supliqué.

— ¿Entera otra vez? —preguntó divertido, colocando su balano entre mis gruesos y acogedores labios anhelantes—. Aún no te la he metido entera…

— ¡¿Cómo?! —exclamé, loca de excitación.

Su cadera, experimentada por el variado entrenamiento con veinteañeras, encontró el ángulo correcto y, con un empujón, sentí cómo el ariete se abría paso por mis carnes, dilatándome por dentro hasta donde había llegado anteriormente, sin detener su repentino avance horadándome, y alcanzando el límite cuando su pelvis chocó bruscamente con la mía en una profunda y violenta penetración.

— ¡Aaaahhh…! —grité sorprendida por el súbito e incontenible placer que estalló en mi interior.

Como si fuera un grano de maíz expuesto al fuego, mi orgasmo explotó desgarrándome desde dentro, haciéndome convulsionar en un éxtasis que mi amante disfrutó dejando su taladro dentro, deleitándose con cómo mis músculos lo estrujaban con todas sus fuerzas durante unos segundos que me parecieron horas.

Cuando volví a la realidad, respirando agitadamente, me descubrí sujetándome de los antebrazos de mi vecino, quien había grabado en sus retinas cada mínimo gesto de mi rostro en pleno delirio orgásmico.

— Pura poesía —me dijo.

— ¿El qué…? —pregunté, aún aturdida.

— Tu preciosa cara en pleno orgasmo.

— Vaya… si hasta vas a ser sensible, y todo… —comenté con sorpresa.

— Sí, pero a ti lo que te pone es que sea un chulo, ¿verdad? Quieres emociones fuertes.  Eres una auténtica zorra cachonda, solo he tenido que meterte la polla a fondo una vez para que te corras…

— Uhm, sí…—confirmé, volviendo a sentir el cosquilleo que me producía esa actitud.

— Bueno, pues vamos a ver otra vez esa preciosa cara que pones…

— ¿Qué?, ¿es que tú no te has corrido? —pregunté inocentemente, a pesar de que seguía ensartada por su polla, dura como el acero.

— Te he dicho que te voy a dar lo que te mereces, y pienso cumplirlo —sentenció, haciéndome sentir cómo su glande se deslizaba hacia atrás recorriendo mi conducto.

— Uummm…

Con una potente acometida pélvica, el ariete volvió a abrirse paso dentro de mí, expandiendo mis paredes internas hasta sentir que hacía tope bruscamente contra mi matriz, simultáneamente a un choque de pubis que propagó ondas sísmicas por toda mi geografía femenina.

— ¡Aaahh! —grité envuelta por el placer de tan repentina y, sobre todo, profunda penetración.

— Uf, Mayca, qué coño tan estrechito y tragón tienes… Te la voy a clavar a fondo…

— ¡Oh, Dios, sí! ¡Clávamela así, hasta el fondo! —le pedí, llevada por la lascivia de comprobar, empíricamente, que la generosa dotación del joven me daba un gusto mucho mayor que la mediocridad de mi marido.

Mis manos fueron directas a agarrar los pétreos glúteos de ese David de Miguel Ángel, espoleándole para que volviera a arremeterme de la misma manera.

Una nueva retirada que me deleitó con el arrastre de su gruesa cabeza entre mis mojadas paredes estrechándose, a la vez que su culo se levantaba, y otra pasional estocada contra mi matriz haciendo vibrar mi clítoris con el choque pélvico, me arrancaron un indecoroso gemido.

Sonriendo al comprobar su efecto sobre mí, Fernando repitió el movimiento, sacando más rápidamente su miembro de mi interior y volviendo a ensartarme violentamente, provocando un temblor en todo mi cuerpo y otro agudo gemido con el que mi garganta me desconcertó.

Mi amante comenzó a marcar un rítmico bombeo, convirtiendo su verga en un pistón hidráulico que salía y entraba en mi encharcado coñito con un continuo martilleo en la boca de mi útero, y una sucesión de impactos púbicos en la vulva que transformaron mi clítoris en un diamante vibratorio. Los incontenibles gemidos escapaban de entre mis labios con cada una de las gloriosas acometidas, expresando un estado de enajenación como jamás había experimentado.

Nunca me había considerado una mujer escandalosa en la cama. Gemía cuando la cosa me gustaba, pero siempre con la boca cerrada, en un discreto tono bajo. Solo en el momento del orgasmo, cuando el verdadero placer me embargaba, no podía evitar lanzar un grito triunfal. Sin embargo, con mi vecino, no podía dejar de gemir y jadear como una puta viciosa. La intensidad con que me follaba, con un miembro de un tamaño que me hacía sentirme más llena de macho de lo que nunca había estado, me obligaba a respirar con la boca abierta, escapándose el aire bruscamente de mis pulmones para pasar a través de mis cuerdas vocales en tensión por tanto placer.

El orgasmo alcanzado con su primera incursión a lo más hondo de mis entrañas, había quedado ya muy atrás, y una nueva excitación y goce se iban acrecentando en mí a golpe de cadera.

Aferrada a su exquisito culo, contraído por la forma de embestirme sin descanso, y borracha por las sensaciones que esa juvenil herramienta de placer me proporcionaba taladrándome, me embebí de la escrutadora mirada de fuego de Fer, quien, desde las alturas, observaba cada uno de mis gestos sin perder detalle de cómo mis pechos se mecían violentamente por la potencia de sus arremetidas.

Sobrecogida por mis propios y agudos jadeos, que aunque me mordía el labio inferior no podía reprimir, agradecí mentalmente al cornudo de mi marido que, tres años atrás, hubiese fijado la cama a la pared para no escandalizar a todos los vecinos con un retumbar que delataría el vigoroso sexo que estaba teniendo lugar en mi dormitorio en ausencia de mi esposo.

«¡Mierda!, pero no puedo parar de gemir como una actriz porno…»

— Para, Fer… para… —conseguí susurrar, entrecortada por jadeos—. Nos va a oír tu madre…

— Mi madre está en su cama, a tres habitaciones de aquí —contestó dándome, para mi delirio, aún más fuerte—. Y está roncando como una bendita, así que no se entera de nada… Joder, es que de verdad que estás para reventarte a pollazos…

— Oh, oh, oh, ooohh… —asentí.

Iba a volver a correrme en cualquier momento, estaba al borde, y ese cambio de ritmo me iba a precipitar. Sin embargo, el chico, a pesar de que se le veía disfrutando de lo lindo al acuchillarme con su bayoneta sin compasión, parecía tener un aguante sin medida, y no desfallecía en su empeño por rellenarme con su carne.

A punto del colapso, me maravillé de cómo, en una postura tan tradicional, mi amante se mantenía erguido sobre mí, sin aplastarme como hacía Agustín al ponerse encima. Me dejaba libre de movimientos y me regalaba la vista con su fuerte pecho y plano abdomen en plena tensión, marcando todos sus músculos de forma más que estimulante para cualquier mirada femenina.

Recorrí su ancha espalda con mis manos, y aproveché la ventaja que me ofrecía su aguante para acariciar sus pectorales y delinear sus abdominales, hasta que, de repente, uno de sus arreones clavándome la polla en el útero, abriéndome las entrañas y restallando contra mi clítoris, provocó mi catarsis.

— ¡Aah, aaah, aaahhh…! —grité descontrolada, disfrutando de un intenso orgasmo.

Mi interior se convirtió en las calderas del infierno, y miles de incandescentes bengalas fueron propulsadas a cada fibra de mi anatomía. Las musculosas paredes de mi vagina oprimieron con poderosas contracciones al magnífico invasor, exprimiéndolo para ahogarlo, ayudadas de una cálida corriente de flujo.

Mi espalda se arqueó de forma imposible, despegando las lumbares del lecho para elevarme hacia el autor de semejante placer, quien aprovechando el alzamiento de mis montañas, las atrapó en sendos bocados con los que terminó de rematarme.

Tras unos segundos completamente clavada en la verga de ese apolíneo joven que devoraba mis tetas, llevándome a su olimpo, caí satisfecha y derrotada sobre la cama con un largo suspiro.

— ¡Joder, qué bueno! —expresé, fijando mis verdes ojos en los del atractivo informático, a la vez que recobraba el aliento.

— Sin duda—asintió—. Por un momento he pensado que me arrancabas la polla… Y estabas preciosa… Vamos a ver si te corres otra vez.

— ¡¿Qué?! —pregunté con incredulidad, sintiendo que mi libido aún no había tocado suelo y que esa propuesta la hacía repuntar.

Dándome un beso con el que su lengua acalló cualquier nueva pregunta, consiguiendo relanzar mi excitación, Fer salió de mí, dejándome el coño encharcado, completamente abierto y con la sensación de vació más intensa que hasta entonces había sentido. Se levantó succionándome el labio, y se sentó sobre sus talones.

Muda de asombro, contemplé su insolente verga completamente erecta, apuntando hacia el techo.

«¿Cómo ha podido meterme todo eso? ¡Y sigue teniéndola dura!»

El condón brillaba lubricado por mis fluidos, que ahora escurrían por el largo tronco hasta humedecerle el par de buenas pelotas que adornaban tan deliciosa herramienta.

«Si todavía no se ha corrido, las tiene que tener a punto de reventar… ¡Le he exprimido con todas mis fuerzas!»

Con pasmosa tranquilidad, sonriéndome con chulería, me agarró de las caderas, atrayéndome hacia él y levantándome para que mi culo se apoyase sobre sus muslos. Acto seguido, tomó mi pierna derecha, llevándola sobre su torso para colocarme el tobillo sobre su hombro, y repitió la operación con la pierna izquierda.

Con solo la mitad de mi espalda apoyada en la cama, y la gravedad actuando sobre mis pechos para que se movieran fluidamente hacia mis clavículas, me excité aún más, alcanzando el nivel de minutos antes de cada uno de mis orgasmos. Nunca me habían follado en esa postura, así que la perspectiva superó cualquier fantasía previa a aquel encuentro.

— Mayca, estás chorreando —observó, acariciando la entrada a mis placeres  para llevarse la mano a la boca y probar mis juguitos—. Ya te has corrido dos veces y sigues queriendo más… Eres aún más viciosa de lo que me imaginaba, y estás demasiado buena como para no estar dándote rabo hasta el final… Porque es lo que quieres, ¿no? ¡Venga, pídemelo!

— Fer, no me dejes así —pedí, sintiendo ya la necesidad—. ¡Dame tu rabo hasta el final!

Cogiendo su monolito con una mano, lo orientó hasta instalar su testa entre mis mojados pliegues. Apenas tuvo que moverse para hacerme sentir cómo el glande volvía a forzar mi entrada, penetrándome suavemente hasta que mi almeja pudo mantener sujeta la lanza por sí sola.

— Uff.. —suspiré, complacida.

A continuación, y tras comprobar la perfecta alineación de nuestros sexos, Fernando me cogió por las caderas y, dando un tirón para atraerme hacia su pelvis, me clavó su lanza de acero con una salvaje y profunda penetración que me dejó sin aliento.

— ¡Ah! —apenas pude emitir una interjección con toda la boca abierta.

La punta de su polla se incrustó en lo más hondo de mí, haciéndome sentir la bravura de su empuje como si me atravesara para salírseme por la boca. Y el colmo de la deliciosa novedad, fue sentir los hinchados testículos golpeándome en el perineo.

Disfrutando de mi cara de sorpresa por la nueva sensación, y habiendo tomado la medida de cómo deberían ser sus movimientos, mi amante comenzó a follarme sin compasión, tirando una y otra vez de mis caderas para ensartarme con su asta en un frenético ritmo, buscando un apoteósico final.

La inédita postura para mí era increíblemente placentera. Sentía todo el miembro del macho, todo su grosor y longitud, llenándome con oleadas de calor, dilatación y presión en mi abdomen, taladrándome hasta la matriz con un fluido deslizamiento que me obligaba a gritar como si me estuvieran matando. Y es que el hecho de estar con mis tobillos sobre sus hombros, hacía que mi conchita estuviese más cerrada y apretada, lo que se traducía en una sensación aún más intensa para ambos.

Mi culo rebotaba, una y otra vez, contra el pubis y muslos del joven, sonando como un toque de palmas de ritmo flamenco, y el constante golpeteo de las pelotas en la sensible piel que separaba mis dos agujeritos, constituía un inusitado aderezo a la ya, de por sí, exquisita follada que me estaba dando.

Entre incontrolables gemidos convertidos en aullidos, no podía dejar de admirar la belleza de ese joven cuerpo masculino regalándome toda su potencia, destacando el excitante espectáculo de sus abdominales contrayéndose rítmicamente con cada acometida.

Con los dientes apretados y entre gruñidos, Fer estaba entregado a su propio disfrute, haciéndome gozar con él. Tenía la vista fija en mis tetas, cuyo volumen se mecía adelante y atrás, con el vigoroso manejo de mi anatomía, como dos generosos postres de gelatina servidos por un camarero cojo. Y supe que, ahora sí, se correría conmigo.

Sin embargo, la primera en rasgarse por dentro entre gritos de júbilo fui yo, ensalzándose mis orgásmicas sensaciones por unas penetraciones aún más salvajes ante la inminencia del clímax masculino. El mío, tercero y último de la tarde, me sobrevino con una intensidad tan devastadora, que convirtió mi cuerpo en la zona cero de un ataque nuclear.

Cada una de mis células vibró de puro placer. Mi vagina se convirtió en una prensa para el cilindro de carne que la atravesaba, con unas contracciones que me hicieron temblar. Y el gusto de sentir como si me orinase a presión, con un abundante chorro de cálido flujo de corrida femenina completa, me dejó sin aire en el aullido final.

— ¡Auuuhhh…!

Disfrutando de mí, catapultado por mi orgasmo exprimiéndole, mi semental rugió con su propia catarsis, dándome unas brutales embestidas que, lubricadas con mi eyaculación femenina, sonaron a delirante chapoteo. Hasta que el último empujón me confirmó que ya había descargado toda su furia en mi interior.

Abriéndome más de piernas para reclinarse sobre mí, el campeón me dio un profundo beso, y se retiró sacándome ese productor de orgasmos que ya comenzaba a flaquear.

Sus ingles y muslos estaban mojados por mi corrida, pero sin darle ninguna importancia, se quitó el condón bien cargado de semen para dejarlo sobre la cama.

Yo no pude ni moverme, me había dejado más satisfecha de lo que había estado nunca, y totalmente destrozada. La hora que mi vecino se había pasado follándome, con los únicos recesos del cambio de postura para regalarme tres espectaculares y agotadores orgasmos, hicieron que mis cuarenta y dos años cayeran sobre mí de golpe.

— Mayca, eres un auténtico polvazo —me dijo.

— Y tú un chulazo que ha cumplido lo que prometía —contesté, sonriéndole.

— Bueno, ahora debería volver a casa antes de que se despierte la bella roncante y me vea llegar oliendo a mujer cachonda —bromeó, devolviéndome la sonrisa.

— Sí, creo que los dos vamos a necesitar una ducha… Mi albornoz se ha quedado a la entrada, con tu ropa.

— ¡Ja, ja! Ya sabes dónde estoy para darte cuando quieras lo que no tienes en casa. ¡Hasta la próxima, preciosa!

Con ganas de fumarme el más relajante “cigarrito de después” de toda mi vida, y la más refrescante ducha de la historia, Fernando me dejó a solas. Estaba agotada y profundamente satisfecha, con el coño, muslos, y culo mojados sobre la cama también húmeda, oliendo a hembra en celo, y sobre la que también reposaba un largo preservativo usado, con una buena ración de leche de hombre en su interior.

«Si hay una próxima, será él quien acabe sin poder moverse», me propuse.



7

Al día siguiente, me levanté con fuerzas renovadas. El estado de ansiedad de las jornadas anteriores había desaparecido por completo y, lo más importante, no tenía ningún remordimiento por lo que había hecho.

Consumar una infidelidad con un chico casi veinte años menor que yo, hijo de una amiga y, además, vecino, teniendo en cuenta mis circunstancias personales y el momento de mi vida en el que me encontraba, estaba segura de que se podría considerar como una consecuencia natural.

«Si pudiera contarlo, seguro que la mayoría de mis amigas se morirían de envidia», me decía a mí misma. «Sonia ya no sería la única heroína que se tira a un veinteañero macizo».

Sonia era una de mis mejores amigas, que había pasado por un duro trance a causa de su traumático divorcio. Sin embargo, en su recuperación anímica había influido notablemente un chico bastante más joven que ella, un ligue que se había echado en el trabajo. Desde que estaba liada con él, se había vuelto más suelta, y no dudaba en contarme morbosos detalles de cómo se lo habían montado en la oficina.

Cuando me contaba sus historias, despertaba mi imaginación e, incluso, algo de envidia, y tal vez eso hubiera sido otro granito de arena en la montaña que me había alzado a cometer la locura de acostarme con mi vecino.

«¡Una locura increíble y maravillosa!, ¡nunca me había sentido tan viva!»

Como ya era mi tónica habitual, fui al gimnasio a primera ahora, antes de que hiciera más calor, y así podría trabajar luego tranquilamente en casa. Además, para la tarde había quedado con Pilar para que viniera a casa a tomarse un café cuando ella llegase del trabajo y, conociéndola, estaba segura de que ese café ya se prolongaría por el resto de la tarde.

Después del calentamiento y algunos ejercicios con pesas, ocupé una de las bicicletas estáticas y, ¡qué casualidad!, en la de al lado me encontré con mi amiga Sonia.

— Pero, Sonia, ¿qué haces tú aquí a estas horas? —fue mi saludo dándole dos besos.

Mi amiga vivía cerca, e íbamos al mismo gimnasio, pero nunca habíamos coincidido por la diferencia de horarios.

— Mayca, guapísima —me saludó, correspondiendo mis besos—. Pues ya ves, que esta tarde tengo un viaje de trabajo, y como no volveré hasta mañana por la tarde, entrando en el fin de semana, he preferido madrugar un poco más hoy para no pasar tanto tiempo sin entrenar, que con lo que me ha costado ponerme en forma, como para perderlo ahora…

— ¡Venga ya! , ¡pero si estás estupenda! —dije, observándola de pies a cabeza.

— La que está estupenda eres tú —replicó, mirándome ella también de abajo arriba—. Y si ahora estoy más en forma, en parte es gracias a ti, que me animaste a apuntarme al gimnasio como vía de escape tras aquello.

— Bueno, yo solo te di un empujoncito…

— Y el ver los resultados tan divinos en ti, me sirvió de inspiración —afirmó, consiguiendo ponerme colorada.

Cada una tomó posesión de su bicicleta y, durante media hora, nos concentramos en el ejercicio sin mediar palabra. Yo me puse música inmediatamente, pues nada más sentarme sobre el sillín, sentí molestias en mis huesos pélvicos como recordatorio del “castigo”  al que mi vecino los había sometido, por lo que preferí sufrir en silencio las consecuencias de mi lujuria y la potencia de mi amante.

Cuando terminamos, aún charlamos un rato antes de que ella se duchara en el propio gimnasio para luego irse a trabajar, yo ya me ducharía cómodamente en casa.

— ¿Y qué tal está Agustín? —me preguntó—. Hace mucho que no le veo.

— Bien —contesté con un suspiro—, de viaje, como casi siempre…

— Vaya, pues ya lo siento. Es increíble lo diferentes que son vuestros trabajos: él casi siempre viajando, y tú en casa. ¡Cómo para tener vida en pareja!

— Sí, la verdad es que es complicado. Me siento muy sola… —no sabía si le contestaba a ella, o me reafirmaba a mí misma por lo que había hecho.

— Qué pena, una mujer que se mantiene tan joven y guapa… ¡La de hombres que harían cola para llenar esa soledad!  —afirmó, guiñándome un ojo de complicidad.

— ¡Ja, ja! —reí.  «Si tú supieras», dije mentalmente—. A lo mejor debería buscarme un jovenzuelo que me alegrase, como el tuyo, ¿no?

— ¡Absolutamente recomendable! —exclamó entre risas—. Como cantan Los del Río: “Dale a tu cuerpo alegría, Macarena, que tu cuerpo es pa’ darle alegría y cosas buenas…”

Reí con ella.

— Anda que no te has soltado la melena desde que estás con ese chico —le solté con la confianza que había entre ambas.

— ¡Pues claro que sí, chica! La vida son dos días y hay que disfrutarlos. Solo me arrepiento de no haberlo hecho antes, incluso cuando aún estaba con el cabrón de mi ex…

«Vaya, sí que se le ha abierto la mente, sí», pensé. «Y eso que su divorcio fue, precisamente, porque él la ponía los cuernos. A lo mejor sí puedo desahogarme en algún momento con ella contándole mi aventurilla. Parece que lo entenderá y me guardará el secreto».

— ¿Y cuándo vuelve tu ausente maridito? —me preguntó a bocajarro.

— El sábado por la mañana. Ahora está en Grecia. Mañana, cuando acabe de trabajar, tiene que tomar un tren para ir hasta Atenas, hacer noche, y ya coger el vuelo para acá.

Me pareció ver un brillo en sus enormes ojos verdes, como los míos, aunque irisaban hacia un fascinante tono gris oliváceo.

— Pues como yo vuelvo mañana por la tarde —me recordó con entusiasmo—, ¿qué te parece si te vienes a cenar a casa? Te presentaré a Julio, te va a encantar…

«Un momento, ¿quiere presentarme formalmente a su chico?»

— No sé, Sonia —dije, dubitativa—. No quisiera meterme en vuestros planes de pareja…

— ¿Pareja? No, no, ¡qué va! —negó rotundamente—. Lo último que quiero yo ahora son ataduras, lo que realmente necesito son nuevas experiencias… Julio solo es un miembro de mi equipo… —hizo una pausa dibujándosele una sonrisa de picardía— Un miembro que me gusta y con el que me corro como una loca, ¡ja, ja!

Volví a reír con ella. Resultaba chocante y divertido escucharla hablar así, teniendo en cuenta su perfecta corrección y saber estar en todo momento.

— Ya veo, ya... Anda, déjalo, que tal y como estoy, hasta me das envidia —dije manteniendo, por el momento, mi imagen de perfecta y fiel esposa de un marido que me tenía abandonada.

— ¡Pues por eso! Para no darte envidia, vente a cenar con nosotros —sus bonitos ojos volvieron a adquirir un brillo especial mientras me repasaba visualmente de los pies a la cabeza—. Estoy segura de que Julio estará más que encantado de conocerte. Nos tomamos unos vinitos y que la noche se lleve las penas… Creo que lo podemos pasar muy bien los tres, mi cama es grande…

«¿He entendido bien lo que me está proponiendo?», me interrogué mentalmente, sintiendo cómo los pezones se me ponían durísimos para marcarse en el sujetador deportivo y el top. «¿O mi mente recalentada por lo pasado en los últimos días me está haciendo imaginar cosas?»

Remarcando sus palabras, Sonia tomó un mechón de mi negra melena, que había escapado de la coleta, para colocármelo tras la oreja con una sutil caricia.

«¡Joder, sí quiere nuevas experiencias, sí!»

— Yo… eh… necesito pensármelo —contesté, abrumada y curiosamente excitada.

— Claro, claro —se apresuró a decir sonriéndome dulcemente, haciéndome apreciar, de un modo distinto al de siempre, la belleza y armonía de su rostro—. Con toda la confianza para lo que decidas, somos amigas —prosiguió, tomando mi mano con las suyas con otra caricia—. Y si este viernes te parece precipitado, y prefieres otro día, ¡pues perfecto!. Si con alguien me gustaría compartir cena, y probar un menú distinto, es contigo.

Turbada, aunque no por la propuesta en sí, sino porque mi mente no la rechazaba de pleno, sintiendo incluso curiosidad, liberé mi mano suavemente.

Mis ojos recorrieron, inconscientemente, la anatomía de mi amiga, apreciando en sus ajustadas prendas de gimnasio cómo el entrenamiento del último año había tonificado su cuerpo, ensalzando la curvilínea belleza de la que yo siempre había considerado la más guapa, con diferencia, de mis amigas. Aunque, curiosamente, lo que más nos unió cuando nos conocimos en la época universitaria, fue que ella venía del instituto habiendo sido el patito feo de su clase, convirtiéndose en cisne ese verano, y yo venía del mío habiendo sido la guapa acomplejada por una nariz claramente mejorable.

— Ya te diré, ¿vale? Si no, ya haremos juntas alguna otra cosa de amigas —le dije, intentando que no se sintiera rechazada en caso de no aceptar algo que nunca me había planteado.

Mi vecino, sin proponérselo, había trastocado mi forma de ver las cosas a niveles que ni yo misma conocía, y el erizamiento de mis pezones por esta conversación, y esa nueva forma de mirar a mi amiga, eran pruebas fehacientes de ello.

— Pues claro, ¡como siempre! Solo es una idea que se me ha ocurrido para sacarte de la rutina —argumentó alegremente—. Me ayudaste con mi depresión, y no me perdonaría que tú cayeses en una sin haber hecho nada para evitarlo, sea lo que sea —añadió, guiñándome nuevamente el ojo con complicidad—. También podemos cenar, tomar algo y ya está, ¿vale? Y ahora me voy corriendo a la ducha, que si no, no llego al trabajo.

Dándonos dos besos, como siempre, nos despedimos quedando en que ya la llamaría para el viernes, o más adelante para lo que fuera.

De camino a casa fui dándole vueltas a la conversación. Era increíble el cambio que había experimentado mi amiga. En poco tiempo, lo que parecía un matrimonio perfecto, se había hecho trizas al descubrir que su marido le había estado engañando con una jovencita. Había caído en una profunda depresión, pero había resurgido de ella más fuerte que antes, un poco díscola, pero sin duda más feliz.

«¿Haré yo algo así?», me planteé. «Sin duda, Fer me ha revolucionado dándole nuevas emociones a una aburrida vida que paso la mayor parte del tiempo sola, pero, ¿seré capaz de ir más allá? ¡Joder, que Sonia me ha propuesto montarnos un trío con su follamigo!»

«¿Y por qué no?», surgió la voz de mi demonio interior. «Sonia es una mujer muy atractiva, ¿has visto cómo le brillaban los ojos?  Es tu amiga de casi toda la vida, hay confianza entre vosotras… Si quisieras acostarte con una mujer para probar lo que es, ¡ella sería la candidata perfecta!»

«Pero yo nunca me he planteado acostarme con una mujer...», repliqué.

«¡Si eso es, exactamente, lo que estás haciendo ahora!», me desveló vehementemente mi lado oscuro. «Además, como su amante sea la mitad de bueno de lo que ella alardea, vais a pasar una noche para no olvidar jamás… ¡Si hasta te has excitado al mirarla! »

«Uf, sí…»

En ese debate interno estaba, en el que parecía que mi oscuridad iba a ganar, cuando, llegando al penúltimo escalón del portal para llegar a mi piso, se abrió la puerta de los vecinos, apareciendo Fernando ataviado con unos shorts y una escueta camiseta de tirantes, entallada a las formas de su magnífico cuerpo.

— Umm, así da gusto salir de casa —dijo al verme—. Buenos días, pibón —añadió, embebiéndose de mi anatomía embutida en las mallas y el top que delineaban mi figura.

— ¡Shhh! —le chisté, poniéndome un dedo en los labios—. No me hables así en público —le advertí con un susurro.

«¡Madre mía, qué ejemplar masculino!», no pude evitar gritar por dentro al analizar cómo las prendas deportivas mostraban sus robustos muslos y fuertes brazos, envolviendo su tronco y dibujando las líneas de sus firmes pectorales para describir la forma trapezoidal de su torso.

— ¿Por qué? —preguntó, tomándome de las caderas cuando subí el último peldaño—. Mis padres ya se han ido a trabajar, y los abuelos de abajo no se levantarán hasta dentro de un rato. Además, si eres un pibón, eres un pibón, y ya está.

— Eres un crío —le espeté, obligándole a apartar las manos de mis caderas.

— Ah, ¿sí? Eso no es lo que pensabas ayer, cuando me pedías que te la metiera entera, ¿eh?

— ¡¿Serás cabrón?! —le reprendí, abalanzándome sobre él para empujarle contra su puerta, tapándole la boca con una mano—. ¡Nunca menciones eso fuera de mi dormitorio!

Apartándome la mano, aprovechó los escasos dos centímetros que separaban nuestros cuerpos para cogerme de mi estrecha cintura y apretarme contra él.

— La verdad es que no esperaba volver a tenerte tan pronto… ¿Sientes cómo me has puesto ya? —preguntó, haciéndome sentir, a través de la finas prendas deportivas que ambos llevábamos, su dura erección incrustándose en mi abdomen.

— ¡Suéltame! —le ordené revolviéndome, aunque sin verdadera convicción, apreciando cómo el tanga se me humedecía por el roce de mis pezones contra su pecho y su tremenda vara contra mi bajo vientre— Yo solo volvía del gimnasio…

— De ponerles la polla dura a todos, como a mí ahora. Hay que ver cómo te queda esa ropita de fitness…

— ¿Serás descarado? Yo voy al gimnasio a entrenar, no a lucir palmito —repliqué.

— Y yo me iba ahora a correr, pero viendo este palmito, prefiero correrme en él…

— No es el momento ni el lugar de que me hables así —le recriminé, bajando nuevamente el tono.

Conseguí girarme para marcharme, aunque Fernando no se dio por vencido, logrando retenerme con sus brazos alrededor de mi cintura.

— Dios, Mayca, así me pones más —me susurró al oído, atrayéndome hacia sí para que mi culo quedase pegado a su tremendo paquete.

En cuanto sentí esa dura barra de carne alojándose entre mis cachetes, únicamente contenida por livianos tejidos, una interjección de placentera sorpresa se escapó de mi garganta.

— Joder, qué culazo más rico… —añadió el chico, restregando su potencia entre mis glúteos, produciéndome una electrizante y agradable sensación—. Con estas mallas que llevas, casi puedo taladrártelo…

— ¡Uf! —suspiré, con mi tanga ya empapado—. No sigas, por favor…

— ¿Que no siga? —se coló su aliento en mi oído con un cosquilleo—. Si ya estás ronroneando, gatita, y este culito prieto lo está pidiendo…

Tenía razón. Inconscientemente, mis caderas habían comenzado a acompañar sus movimientos pélvicos, recorriendo con el canal formado por mis nalgas la excitante forma de su virilidad, imposible de ser enmascarada por aquellos shorts.

«Me está nublando el juicio…», me dije.

Sus manos recorrieron mi vientre, acariciándolo para ascender hasta alcanzar las montañas de enardecidas cumbres. En cuanto rozó los erectos pezones, una descarga provocó un espasmo en mi columna, arqueándola para sentir más intensamente cómo aquella magnífica hombría se incrustaba en mi culo.

— Uufff…

— Menudos pitones, vecina, listos para una buena corrida —observó, recorriendo el volumen de mis pechos a dos manos, tratando de abarcarlos mientras los presionaba con las yemas de sus dedos.

«Me derrite, el muy cabrón me derrite…», confesé, complacida por el exquisito masaje pectoral al que me sometía, sin dejar de hacerme notar el tamaño de su erección.

— Aquí no… ahora no… —traté de resistirme entre suspiros—. Vengo sudada del gimnasio…

Su mano derecha tomó rumbo sur, y enseguida sentí el calor de sus dedos entre mis muslos recorriendo el elástico tejido, arrancándome otro profundo suspiro.

— Estás mojada, Mayca, y no de sudor…

«Dios, ya me tiene, ahora sí que voy a sudar».

Sus hábiles dedos se colaron por la cinturilla de la prenda, deslizándose bajo el tanga, hasta que toda su mano desapareció arropada.

— Umm… —gemí con el tacto de sus falanges en mi mojada vulva.

— Ahora vamos a entrar en mi casa, y vamos a hacer que este coñito hambriento trague carne hasta convertirse en una fuente —me propuso, a la vez que su dedo corazón rozaba mi perla, provocando que mi espalda se arquease aún más—. Y después, será el turno de este culazo, que también pide su ración…

«¡Oh, Dios mío!», exclamé para mis adentros. «Quiere darme por detrás… Nunca me he dejado, pero, tal y como me tiene ahora…»

Su anular y corazón se colaron más abajo, abriéndose camino entre mis pliegues para penetrarme, repentinamente y formando un garfio, mientras me oprimía una teta, me mordisqueaba e lóbulo de la oreja, y nuestros cuerpos se presionaban el uno contra el otro.

— ¡Au! —grité, en un tono demasiado audible—. ¡Joder, me molesta!

— ¿Pero qué dices? —me preguntó, sorprendido—. Si estás ardiendo y chorreando…

Su maniobra, que en cualquier otro momento me habría hecho entrar en combustión, me había producido dolor, tanto en mi sexo, como en los huesos pélvicos, al igual que lo había sentido montando en la bicicleta estática.

— Anda, vamos para adentro —siguió—, que lo de ayer nos supo a poco…

— No, no, no —me opuse, sacando su mano de mi entrepierna—. ¡No puedo!

— Venga, Mayca, estás cachonda perdida y te mereces un polvazo —insistió, excitándome con sus palabras a la vez que su pelvis golpeaba mis posaderas.

Pero ese movimiento, que habría podido hacerme perder los papeles, lo único que consiguió fue confirmar la molestia.

— De verdad que no puedo —atajé, dándome la vuelta para mirarle a la cara—. Ayer… —hice una pequeña pausa para tragar saliva y bajar más el tono de voz—. Me follaste demasiado duro… Ahora me duele.

— Ayer no tenías ninguna queja —contestó con una media sonrisa—. De hecho, fuiste tú la que pedía más. Diría que nadie te había follado nunca así, y sé que te gustó…

— Uff, ni te imaginas —le dije, acariciando su torso—. Y ahora mismo me has puesto… que me muero por repetirlo. Pero, de verdad, Fer, me duele un poco, y entre esa intensidad y esto que calzas —no pude evitar que mi mano agarrase la columna de mármol que había entre ambos—, me da miedo que me hagas más daño. Al menos hoy…

— ¡Mierda! —maldijo—. Mayca, con lo buena y cachonda que estás… ¿cómo me voy a ir yo ahora así a correr? Tendré que llamar a alguna amiga para que arregle este estropicio que tú has hecho…

Esa amenaza, apelando a los celos que había visto en mí el día anterior, me pareció un golpe bajo. «¡Qué cabronazo!». Un golpe que no surtió efecto en mí por celos, sino por el hecho de usarlo. «¡Y cómo me pone este niñato con su chulería!».

— Eso no será necesario —le dije, mirándole con el vicio plasmado en mis facciones—. Soy mayorcita para arreglar mis propios asuntos. Y este asunto —remarqué, metiendo mi mano bajo su ropa para empuñar a piel desnuda ese miembro que me fascinaba— requiere que dé lo mejor de mí para obtener lo mejor de él.

Me relamí, y a él se le escapó un suspiro contemplando mi lascivo gesto.

Sin duda, ahora ya estaba demasiado excitada, y mi juicio se encontraba trastornado. Necesitaba satisfacer mi deseo por el muchacho, necesitaba sentirle dentro de mí, y aunque de cintura para abajo no pudiera complacerme, no quería decir que no pudiera darme un buen banquete.

Sin dilación, Fernando se bajó la ropa a medio muslo bien tonificado, dejándome contemplar, al separarme unos centímetros de él, cómo la torre de Pisa parecía haber sido construida en su entrepierna.

Obnubilada por la excitación, cediendo el juicio a la lujuria, no me importó que nos encontráramos en el portal. De hecho, la imagen de la primera vez que había pillado al informático con una de sus amiguitas, acudió a mis recuerdos: precisamente en ese mismo lugar, estando el veinteañero con los pantalones a medio muslo mientras una rubia acuclillada movía la cabeza en vaivenes sobre su entrepierna… «¡Qué morbazo!»

Bajé hasta ponerme en cuclillas, sin dejar de empuñar el enhiesto músculo que mi mano apenas podía rodear, y cuya amoratada cabeza sobresalía más del doble de lo que mi mano cubría.

Se veía tan lozana y apetitosa… Dura como el acero, gruesa como un tronco, larga como una boa, potente como un misil… Surcada de portentosas venas, dotándola de la sangre suficiente para mantener firme semejante dotación; con el redondo glande, de delicada piel de tono violáceo, evidenciando humedad en su extremo para presagiar el postre que me esperaba… ¿Cómo no caer ante la tentación de tan suculento manjar?

Humedecí mis sensibles labios y los posé sobre el balano, haciendo que éste se deslizara a través de ellos para introducirse en mi boca. El sabor de su lubricación satisfizo mis papilas gustativas cuando esa testa contactó con mi lengua, y mis pétalos siguieron descendiendo para superar la corona y adaptarse al grosor del tronco que ansiaba engullir a continuación.

— Ooh, así…  Suave al principio es como más me gusta —me informó el chico con su glande enterrado en mi cavidad.

Sus manos bajaron a mi cabeza, acariciando la coleta que me había hecho para ir al gimnasio, y pensé que me tomaría de ella para marcarme el ritmo de la felación, pero no, por el momento todo el poder era mío, y se dejaría llevar por lo que ya había comprobado que era mi buen hacer.

Succioné, tirando de la deliciosa polla para seguir metiéndomela en la boca, alojando su punta entre el final de mi lengua y el velo del paladar, asomándose a mi garganta con algo menos de la mitad del miembro engullido, y la acaricié internamente retorciendo mi lengua contra ella, degustando el salado sabor de su piel mientras mi olfato se colmaba de olor a macho.

Volví a subir manteniendo la succión, dejando la porción probada con una fina capa de saliva que produjo un evocador sonido con mis labios, deleitándonos a ambos.

— Joder, Mayca, con esos labios y boquita que tienes, siempre supe que tendrías que disfrutar comiéndote mi polla…

— Uhum —asentí, chupeteando con mis suaves pétalos y la punta de mi ávida lengua el balano, como si fuera un Chupa Chups.

Me excitaba de tal manera comerme esa joven verga, que disfrutaba el acto hasta el punto de sentir cómo mi coñito seguía licuándose con el simple roce del tanga estimulando mi clítoris inflamado.

No pocas mamadas le había hecho a Agustín, pero nunca las había disfrutado de esa manera. Siempre se las hacía por él, para su disfrute, no el mío (salvo la última que le hice pensando en el chico), y para contemplar divertida mi efecto sobre él cuando acababa derramándose sobre su barriga. Pero ahora había alcanzado otro nivel, ahora lo disfrutaba de verdad.

Con Fernando había descubierto lo increíblemente excitante que podía resultar comerse una buena polla, sentir en los labios y lengua su suavidad y consistencia, cada una de sus venas, su sabor, su longitud obligándome a dilatar mi garganta… Y obtener como premio a la dedicación, el sabroso y exclusivo postre, esa hirviente y abundante leche de macho eyectándose contra mi paladar y garganta para hacerme sentir maravillosamente puta.

Mi mano acarició suavemente la estaca y, mientras mi boquita daba buena cuenta de la cabezota, descendió hasta alcanzar los colgantes testículos, sopesándolos, mimándolos y rozando la piel escrotal con las uñas.

— Dios, me estás poniendo tan malo que no sé si voy a poder contenerme para no atravesarte.

Esas palabras, y sus amortiguados gruñidos, no eran más que otro estímulo para mí, así que cedí a mi gula, y volví a succionar, envolviendo con calor y humedad la espada hasta que topó con mi garganta. Entonces, mi desaforada fogosidad me llevó a poner en práctica aquel talento que había descubierto tan solo unos días antes, con el mismo protagonista.

Conteniendo los amagos de arcada, sofocados en mi cerebro por la propia lujuria, mientras sentía cómo algunas lágrimas inundaban mis ojos, enfilé el ángulo correcto para mover la cabeza hacia el pubis del joven, permitiendo que el redondeado glande dilatara mis tragaderas para continuar avanzando y engullendo carne. Hasta que mi quirúrgicamente perfeccionada nariz rozó la piel pélvica.

— Joder, Mayca, joder… ¡eres la mejor! —exclamó, tratando de contener su tono mientras los espasmos de mi garganta le volvían loco.

Cual faquir, aguanté unos segundos la profunda penetración, hasta que tuve que sacarme el largo miembro masculino, regándolo de babas que escurrieron hasta mi pecho, y tosiendo un par de veces cuando hubo desalojado completamente el estrecho conducto.

Pero a pesar del esfuerzo, estaba ya tan sumamente excitada, que tras coger un poco de aire, volví a comerme la polla con ganas, subiendo y bajando por su tronco con los labios, realizando un rítmico “Slurp, slurp, slurp” con el que la verga se deslizaba entre mis esponjosas almohadillas y sobre la lengua, incidiéndome una y otra vez en el velo del paladar.

Fer gruñía extasiado, mientras en mí,  el propio movimiento de cervicales se extendía por todo mi cuerpo hasta sentirlo en el coño, contrayéndose y relajándose al mismo compás, llevándome a un estado cercano al orgasmo que incentivaba aún más mi ansia.

Succionaba con ganas, hundiendo mis carrillos, como quien está acabando con el más delicioso y refrescante granizado veraniego, apretando con la lengua y los labios, haciendo bufar al macho durante unos minutos que hicieron sus delicias y pusieron a prueba su temple.

Con la espalda apoyada en la puerta de su casa y sujetándose a mi cabeza, parecía que le flaqueaban las piernas de puro goce, pero seguía aguantando mi desmedido apetito como el purasangre que era.

Con la almeja vibrante y jugosa, y los pezones a punto de rasgar el sujetador y el top, volví a alinear el ariete con mis tragaderas, encajándome el suave glande en la garganta para que éste la dilatara y esa tremenda pitón fuera engullida por mi lasciva voracidad.

— Oohh, Diosss… —evocó el informático, disfrutando de la estrechez y profundidad de la penetración oral— Qué vicio tienes… Me tienes ya a punto…

Paralizado, con mis manos aferradas a sus sólidos glúteos en tensión, y mi nariz rozando su pubis, el lancero se deleitó con el reflejo de deglución constriñendo su mortífera arma.

Pero, aunque la garganta profunda fuera terriblemente excitante en mi mente y, por lo visto, delirantemente placentera para la “víctima”, físicamente resultaba incómoda y agotadora, por lo que solo aguanté los segundos que pude hasta que necesité respirar.

Finalmente, con un sonido gutural, me la saqué por completo. Estaba segura de que, al menos en esa ocasión, no sería capaz de repetirlo.

— Uff, preciosa —me dijo, observándome con cara de salido mientras me limpiaba la saliva de la barbilla con el dorso de la mano—. Solo me ha faltado un pelín para llenarte directamente el estómago de leche…

— Lo que quiero es saborearla —conseguí decir, con la voz rota.

— Sin duda, nadie se la ha merecido más que tú, y ya casi la tienes… Quiero correrme en esa sensual boquita viciosa…

Sin atisbo de duda, mirándole directamente a los ojos, agarré la marmórea columna bañada en saliva, y la succioné lentamente con los labios, sin perder ni un segundo el contacto visual.

— Oohh, me vuelve loco cuando lo haces así…

Con tranquilidad, disfrutando de cada milímetro de piel que se deslizaba por mis pétalos y se arrastraba por mi lengua, seguí chupando, arriba y abajo, arriba y abajo, sin ninguna prisa, sacándole brillo a ese juguete al que me había vuelto adicta, con mi excitación en niveles extremos, pero conteniéndome para no ceder a su impulso y comerme la polla con ansia desmesurada.

Arriba y abajo, arriba y abajo, arriba y abajo…

Así pude realizar una exquisita y pausada mamada, con dedicación, profunda y larga, retardando el éxtasis del macho, llevándole a cumbres de placer que colapsaban todos sus sentidos. Mientras, yo me recreaba viendo cómo su rostro se iluminaba de gozo y sus suspiros eran más largos y sonoros.

— Aah… Mayca… aahh… Esos ojazos verdeeess… Tan preciosa y tan putaaahh… Me estás matandoohh…

Arriba y abajo, arriba y abajo, arriba y abajo…

El sonido de mis succiones, sobre todo cuando la amoratada testa volvía hasta mis labios, y los profundos suspiros de hombre extasiado, eran música celestial para mis oídos, la banda sonora de un orgasmo que también se estaba madurando en mi interior.

Arriba y abajo, arriba y abajo, arriba y abajo…

De pronto, un portazo nos sacó del onírico momento.

— ¡Joder! —exclamó Fer, mientras yo me quedaba catatónica con casi la mitad de su verga dentro de mi boca.

— ¿Hay alguien ahí? —escuchamos la voz de Don Mariano, procedente del piso de abajo.

— ¡Soy yo… Fernando! —se apresuró a gritar el chico.

— ¡Ah!, me habías asustado. ¿Bajas, joven?

— No, no, baje usted, Don Mariano. Yo… —Fer volvió a cruzar la mirada conmigo, y una sonrisa se dibujó en sus labios— ¡Me están calentando a tope y me voy correr en cualquier momento!

— ¿Mmm? —pregunté de forma casi inaudible, con la boca llena de carne y los ojos como platos.

Sus manos presionaron mi cabeza y su pelvis se movió ligeramente hacia delante, incrustándome el balano en la garganta.

— No pares ahora —susurró.

Estaba desconcertada, pero el morbo de la extraña situación, a medio camino de ser pillados in fraganti, sumado a todo lo que llevaba acumulado, hizo reaccionar a la ninfómana que en los últimos días se había despertado en mí, así que continué con la lenta, profunda y deliciosa mamada de ese pirulo que me arrebataba la capacidad de pensar.

Arriba y abajo, arriba y abajo, arriba y abajo…

— ¿Cómo has dicho, muchacho? —escuchamos la voz del octogenario.

Arriba y abajo, arriba y abajo, arriba y abajo…

— ¡Que estoy calentando a tope para irme a correr! —gritó el atlético informático, casi sin respiración.

Arriba y abajo, arriba y abajo, arriba y abajo…

«Todavía sube y nos pilla», pasaba por mi mente. «Estoy que exploto…»

Arriba y abajo, arriba y abajo, arriba y abajo…

— Muy bien, muchacho —contestó el anciano—, el deporte es salud. Yo me voy a dar un buen paseo antes de que haga más calor. ¡Lleva cuidado de no lesionarte!

Arriba y abajo, arriba y abajo, arriba y abajo…

— ¡Igualmente! —le deseó—. Y descuide, Don Mariano —añadió en última instancia, entre gruñidos—, que nunca he calentado tan bien el músculo. ¡Voy a darlo todo!

Esa afirmación, junto con el cosquilleo en mis labios y la continua incidencia en mi paladar, me llevaron al límite.

Arriba y abajo, arriba y abajo, arriba y abajo…

Tras unos pasos, aún más lentos que mis chupadas, al fin escuchamos cerrarse el portal.

Arriba y abajo, arriba y abajo, arriba y abajo…

— Dios… ¡Aquí viene tu desayuno, preciosa! —me anunció Fer, clavando su más fiera mirada en la mía.

Su polla pareció hincharse aún más en mi boca, la sentí palpitar, y una repentina eyección de fuego seminal se estrelló contra el fondo de mi paladar, anegándome la garganta y abrasándomela al tragar parte del denso y abundante néctar.

Esa sensación supuso el detonante de mi propio orgasmo, que nació de mis entrañas para provocar un terremoto en todo mi cuerpo, el cual me incitó a chupar con desesperación la convulsionante verga, que volvía a entrar en erupción con una segunda ráfaga de candente leche de hombre, anegando cada hueco no ocupado por carne.

Mi clímax no es que fuera el más intenso que había tenido, pero sí uno de los más buscados, a pesar de que ni había llegado a tocarme, por lo que lo disfruté como una experiencia inolvidable: mi segundo orgasmo espontáneo, haciendo disfrutar a mi amante sin dejar de amamantarme de su excelsa virilidad.

Sintiendo el calor de mi propia descarga sexual, saboreé el elixir de mi joven macho derramándose a borbotones en mi boca mientras lo tragaba con avidez, sin dejar de succionar, recibiendo más y más de su esencia, que rebosaba de mis labios por su abundancia.

Mis gemidos fueron acallados por esperma y vibrante músculo, así que, finalizada mi breve explosión espontánea, decidí sacarme la verga para poder tragar lo que no daba abasto, mirando atentamente la cara de extremo placer de Fernando, quien aún mantenía sus ojos cerrados y las mandíbulas apretadas.

Cuando el glande volvió a emerger de entre mis labios, engrosados por la excitación y el roce, brillantes de saliva y leche, a la vez que tragaba el denso líquido acumulado, el semental abrió los ojos.

— ¡Joder, qué diosa! —exclamó entre dientes, mirándome con los ojos desorbitados.

Su falo eyaculó con renovado ímpetu, expeliendo un buen chorretón blanco que me cruzó el rostro, a unos milímetros de colarse en mi ojo izquierdo cuando me impactó.

Rápidamente, volví a cobijar la anaconda en mi boca, atrapando su cabeza con mis pétalos para que pudiera regalarme sus últimas descargas. Así, entre gruñidos masculinos, sentí cómo esa maravilla que parecía haber cobrado vida propia, soltaba sus menguantes ráfagas postreras sobre mi lengua, permitiéndome saciarme de su agridulce sabor hasta que, con unas pocas succiones más, me cercioré de que me había ofrecido cuanto podía otorgar en ese momento.

— Me has dejado seco —confesó mi golosina tras un largo suspiro.

— ¿Quién lo diría? —dije yo, levantándome y recogiendo con los dedos los restos de corrida sobre mi cara y barbilla—. ¡Menuda cantidad de leche! —añadí en tono susurrante, mirando mis dedos para chuparlos—. Mmm… parecía que no ibas a acabar nunca…

— Eso es porque has conseguido llevarme hasta el límite… Ha sido la mamada del siglo…

Me reí, complacida y halagada.

— Y por lo que veo —continuó, mirándome la entrepierna— tú también te has corrido, ¿eh?. ¡Me encanta lo calentorra que eres!

Dirigí mi mirada en la dirección de la suya, y comprobé cómo una mancha púrpura rodeaba la zona de mi coñito, evidenciando la humedad que habían absorbido las mallas de color violeta.

— Uf, sí, estoy hecha un asco —contesté, observando también, cómo mi top estaba salpicado sobre mis pechos con saliva y algo de semen que no había podido llegar a tragar.

— Estás preciosa… Como para irme a correr ahora, necesito sentarme un rato. Creo que te has bebido un cuarto de mi vida.

Los dos nos reímos.

— Yo necesito una ducha ya, ahora sí que me siento sucia de verdad…

— Eso es porque eres una auténtica guarrilla, ¿verdad? Solo necesitabas algún incentivo para demostrarlo, incluso a ti misma.

— Yo… —no pude evitar esbozar una sonrisa.

Unos días atrás, aquello lo habría tomado como un insulto, y me habría ofendido, sin embargo, ante la evidencia, no podía menos que aceptarlo. De hecho, hasta me pareció un halago.

—…soy una mujer casada, en mi plena madurez —proseguí—, y nunca había hecho nada así. Hasta en el portal… Supongo que has sacado mi lado oscuro.

— No, preciosa, lo que he sacado de ti es tu lado más luminoso. Una hembra como tú debería ser patrimonio de la humanidad, y no restringirse a encasillamientos sociales. Tienes luz propia, y el poder de distribuirla gozando y haciendo gozar a los demás.

Me quedé atónita. Fer era inteligente y, además, parecía tener un fondo más allá de su irresistible poderío físico y pose chulesca.

— Tal vez tengas razón… Pero nunca más vuelvas a abordarme en un sitio público —le advertí—, ni siquiera mencionarlo. Pones en peligro mi matrimonio y a mí.

— Está bien, lo entiendo, ha sido un calentón…. Aunque qué morbazo cuando hemos oído a Don Mariano, ¿eh? Y tú seguías ahí, dale que te pego, zorra cachonda…

— ¡¿Serás…?! Has sido tú quien no me ha dejado parar… Bueno, da igual. Sí, ha tenido mucho morbo, pero nunca volverá a pasar nada así, ¿entiendes? —le advertí con un dedo.

En ese momento, fui consciente de la diferencia de edad. Me vi a mí misma como una madre riñendo a un niño. Por suerte, ese niño desterró inmediatamente esa imagen de mi cabeza.

— Lo entiendo —asintió—. Entonces, ¿cuándo volveré a follarte? ¿Mañana seguirás teniendo molestias?, ¿habrá vuelto Agustín? Mis padres se irán por la tarde al pueblo…

— Supongo que mañana estaré totalmente recuperada, y Agustín no volverá hasta el sábado por la mañana… Pero a lo mejor quedo con unos amigos —dije dubitativa, recordando repentinamente el asunto de Sonia.

En realidad, no había ninguna duda, en cuanto había mencionado que quería volver a follarme, mi coñito había chapoteado. Solo me hacía de rogar. Ahora que tenía su atención, tampoco era plan de mostrarme a su disposición siempre que él quisiera.

— Venga ya, Mayca, ¿a lo mejor quedas con unos amigos? Yo te ofrezco follarte hasta que no te tengas en pie. Vas a tener de esto —se agarró la entrepierna— hasta que te deshidrates de tanto correrte.
Sonreí con picardía y fascinación. Ese chico sabía sacar de mí todo lo puta que ni yo misma sabía que era, y me encantaba.

— Mañana, a las once de la noche en mi casa —zanjé la conversación, dándome la vuelta y entrando en mi piso.

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