LAS FANTASÍAS DE EVA, LA BODA
LAS FANTASÍAS DE EVA
LA BODA
CHARLINES
Pablo, la verdad que la primera fantasía te ha quedado de lujo. Té voy a contar una espinita que tengo clavada desde, creo casi toda mi vida adulta.
Cuando me casé, muy, muy joven, tenía la edad justa, dieciocho añitos, no conocía nada de la vida y jamás había estado con nadie. Simplemente había conseguido unos besos inocentes y algún atrevido que me tocó las tetas.
El día de mi boda, yo iba radiante, con mi vestido blanco con incrustaciones de pequeñas perlas. El vestido era atrevido para la época, marcaba mis curvas y dejaba a la vista un más que generoso escote. Mis tetas al ser menudas, no se extralimitaban a la vista de los demás. Me había colocado las tetas de tal manera que ofrecía un perfecto canalillo a quien estuviera por encima de mí, casi todo el mundo.
Al llegar a la iglesia no pude dejar de ver los ojos del propio sacerdote, que me comían las tetas. Yo me excitaba sin saber el porqué de esas miradas, más que furtivas. El sacerdote no dejaba de mirar mis pechos y a mí me parecía que los acariciaba. Me hubiese gustado ser violada ahí en esa iglesia y por ese sacerdote.
Me gustaría poder revivir esta fantasía, sin saber, ni querer saber, dónde parará.
• ¿Crees que podría ser factible?
• Sin duda, pequeña, déjame a mí. Esta semana no, pero para la próxima, serás la novia más puta que hubo en este país.
• Muchas gracias por todo
• Tu déjate llevar.
El coño de Eva era una fuente, pensaba y se relamía pensando que su “sueño”, podría hacerse realidad. El miércoles de esa semana, llamaron a su teléfono móvil.
• ¿Buenos días, Eva?
• ¿Si, quien me llama?
• ¿Tiene usted el vestido de su boda?
• Si, si, lo guardo con cariño.
• Bien, el sábado una limusina pasará por usted. Vístase, como si fuera el día de su boda.
¡Joder!, Eva se mojó toda, por fin haría realidad su fantasía. Los nervios le atenazaron, no sabía ni cómo, ni donde, su fantasía se haría realidad. Esos días hasta llegar el sábado, Eva, fue un manojo de nervios y excitación. Los días para ella eran eternos y las noches, las pasaba en vela. Por fin llegó el sábado. Eva se levantó temprano, desayunó y se duchó, rasurando con extrema pulcritud todo su cuerpo. Se perfumó, con sus ungüentos favoritos y procedió a vestirse.
Un precioso conjunto de seda cubría sus pechos y su sexo y era rematado con un liguero, que hacía su cuerpo totalmente lujurioso. El vestido, posiblemente una talla menor de lo que ella recordaba, ofrecía sus pechos en un escote, que no dejará indiferente a ningún invitado a la boda.
Radiante y exuberante Eva subió a la limusina que le llevaría a la ermita. Habíamos elegido una ermita en las afueras de una localidad, la habíamos decorado y preparado para la ocasión. Todo estaba perfecto, solamente faltaba la novia.
Eva llegó con la limusina, radiante. El cura fue a recibirla y quedó prendado de su belleza. Sin remedio sus ojos fueron directos al escote y ahí se quedaron a vivir. Cuando Eva levantó la cabeza, vio esos ojos fijos en sus pechos y saliendo de su sopor, pregunto
• ¿Qué mira padre?
• Tus carnes expuestas hija, tendrás que confesar antes de la boda, ahora mismo estás en pecado.
Eva miró al cura con un asombro infinito.
• Pero... ¿qué dice padre?
• Lo que has oído hija, lo que has oído. Sígueme.
El cura llevó a Eva hasta el primer banco de la ermita y ahí la sentó. Mirándola fijamente a los ojos le dijo
• ¿No ves como tus pechos escapan de ese vestido tan ajustado? En la casa del señor eso es un sacrilegio y un pecado mortal, tendré que ofrecer tu castigo al señor, para que te perdone.
Eva estaba totalmente desubicada, nunca pensó que la moral del cura fuera tan alta. Él la sujetó de la muñeca y la atrajo hacia su cuerpo, la dobló sobre sus rodillas y la azotó en ambas nalgas. Lentamente fue subiendo el vestido hasta dejar las nalgas de Eva al descubierto. Esta sollozaba y gritaba, pero el castigo era potente, sin perdón, sin compasión. De repente el cura paró, acarició las nalgas de Eva, con lujuria, con la mirada perdida y pasó los dedos por encima de la tanga que apenas tapaba el sexo de Eva.
Eva notaba como el miembro del cura iba adquiriendo dureza a la vez que intensificaba los azotes. Cuando paró y acarició su caliente culo, mil escalofríos la recorrieron y notó como mojaba su tanga. Al sentir el dedo del cura recorrer la fina tela de su tanga, Eva suspiró y se dejó caer sobre las rodillas del cura apoyando un pecho contra su polla.
Tras acariciar el culo de Eva durante un largo rato, el cura volvió a colocarla en el asiento, con el brusco movimiento uno de los pechos quedó expuesto a la vista. La mirada del cura fue lasciva y lujuriosa, hasta tal punto que le obligó a llevar una de sus manos a acariciar tan preciosa visión. Con una sucia mirada, el cura acariciaba casi babeando el pecho de Eva, que intentaba resistirse, sin éxito, solamente consiguió que el cura dejara su otro pecho al aire también.
• Pare padre, pare por favor.
• Enseña tus pechos al señor, muéstrate zorra, ofrécele tu cuerpo.
La falda del vestido de Eva se había subido de tal manera, que su tanga, se mostraba también a la vista del cura. Este, con la mirada llena de lujuria, bajó su dedo hasta el coño de Eva y lo atravesó, entrando y saliendo varias veces de él.
• Mira como estas, puta, estas encharcada.
Eva totalmente ida, se dejó hacer, notando como ese dedo le entraba en su húmedo coño. El cura le dio la vuelta y apartando a un lado la tanga, le lamió el coño y el culo. La lamía con lujuria, con prisas, gimiendo como un toro. Volvió a sentarla en el asiento, le arrancó la tanga y como un perro rabioso se lanzó a comerle el coño.
• Pare padre, pare, por favor, pare.
El cura loco de excitación se levantó y sacando su polla, cayó la boca de Eva, metiéndole la gruesa polla en esa dulce boquita. Eva atónita chupaba esa polla gruesa, venosa y caliente, mientras el cura se iba desnudando. Ella chupaba con frenesí a la vez que el cura, ya desnudo le guiaba con las manos rodeando su nuca.
• Así putita, así, chupa, cómetela entera
El hombre se sentó en el banco y elevando a Eva sobre sus piernas, le clavó la gruesa polla hasta el fondo. Eva gimió y de inmediato comenzó a cabalgar esa gruesa polla que le llenaba completamente. Así estuvieron unos eternos minutos, hasta que el cura totalmente excitado, tumbó a Eva sobre el banco y se lanzó a comerle el culo. Eva, se estremecía ante esa caricia que, nunca antes, había experimentado. El cura traspasaba el culo con su lengua llenándolo con su saliva. Se levantó colocando las rodillas sobre el banco, levantó todo lo que pudo las piernas de Eva y apuntó su capullo hacia el pequeño agujerito.
• No padre, por ahí no, por favor, por favor.
El hombre hizo caso omiso y de un empujón taladró el estrecho agujero, metiendo en él, la mitad de su polla. Eva gritó pidiendo clemencia, pero el cura, sujeto a sus caderas, dio otro empujón, encajando la polla en su totalidad. Eva volvió a gritar, a la vez que sentía como el hombre se movía lentamente dentro de ella. Raramente ese dolor se iba convirtiendo en placer y el cura notaba como el culo de Eva se iba relajando. Cada vez le era más fácil entrar en ella y aprovechó la ocasión para darle fuerte, muy fuerte.
• Pare padre, pare que me parte, pare, joder, pare por favor.
El cura siguió dándole con fuerza, hasta notar como sus espermatozoides se pegaban por salir. Se salió de Eva, se sentó sobre sus pechos y se derramó sobre su cara, cubriéndola con su semen. Eva abrió la boca pidiendo la polla para poder darle las gracias. La chupó con gula, con ansias con decisión, dejándola bien limpia. Le miró a los ojos, le guiñó un ojo, se colocó el vestido y salió hacia la limusina donde entró con una amplia sonrisa en la boca.

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