LAS FANTASIAS DE EVA

LAS FANTASIAS DE EVA El PUB CHARLINES Eva es una mujer que ya rondará los cuarenta. Con una estatura sobre el uno sesenta, un cuerpecito menudo, donde todo guarda proporción. Un culito redondo y pequeño y unos pechos tersos sobre la ochenta, ochenta y cinco. Una bonita cara, con una sonrisa arrebatadora. Su profesión está basada en el asesoramiento y búsqueda de productos inmobiliarios. Eva había ido a visitar a un posible cliente que vendía un edificio. El hombre amablemente le había enseñado la propiedad y le había explicado todas las virtudes que está tenía. Parecía un buen hombre y entablaron una amigable conversación. Pablo, el dueño de la propiedad le comentó que escribía relatos eróticos y Eva, le preguntó si le podía mandar algunos. Pablo con mucho gusto se lo mandó y esperó su respuesta. Los días pasaron sin que Eva contestara al correo donde recibió el relato. Pero un día sorprendentemente, todo cambió. Eva contestó al correo. Querido Pablo, ¿cómo explicarte lo que he sentido al leer tu relato? La verdad que me ha sorprendido y he de confesarte que algo se ha abierto en mí. Espero que puedas entender lo que te digo. Pablo leyó muchas veces ese mensaje antes de contestar. Pues parecía una invitación a preguntar e informarse sobre las sensaciones despertadas. Pablo meditó durante unos días como contestar a ese correo que cuando menos le había sorprendido. Por fin se decidió a contestar. Querida Eva, tras leer tu correo, me sugiere que hay algo en ti que necesita bullir, escaparse, salir a la luz. Me encantaría conocer más datos sobre este asunto, si te parece bien. También transcurrieron unos días sin noticias, con una larga y excitante espera. Eva meditaba muy mucho su respuesta, en cierto modo se iba a desnudar ante ese hombre, no sabemos si psíquica, o físicamente, o de ambas maneras. Tras meditar durante tiempo su respuesta, por fin se decidió a contestar. Estimado amigo, sigo leyendo sus relatos que son muchos y variados y la verdad que en cierto modo estoy excitada y anhelante, de sentir en mis propias carnes, ciertas fantasías. Me gustaría poder vivir, aunque solamente sea psíquicamente, algunas fantasías que jamás me atreví a hacer realidad. No sé si usted tendría a bien guiarme en este camino desconocido para mí. Pablo leyó el correo con una profunda cara de sorpresa, jamás se hubiese imaginado esa respuesta. Él estaba dispuesto, sin ninguna duda, a ser su guía espiritual en esta nueva andadura, pero sabía que debería ser cauto. Por lo que contestó a Eva tras unos días sopesando la respuesta. Mi querida Eva, nada me produciría más placer que poder echarle una mano en esta su nueva faceta de la vida. Las fantasías provocan un placer que es múltiple. Primero cuando se piensan, cuando se cree en la posibilidad de realizarlas y por supuesto una vez realizadas. Como ya le dije, estaría encantado de realizar sus fantasías, no tiene más que ir diciéndome cual le apetece y gustoso, prepararé sus fantasías. Eva recibió el correo y tras leerlo su corazón se desbocó, su adrenalina se disparó y su sexo se inundó. Nunca se había decidido siquiera a pensar en sus fantasías, a pensar que estás se pudieran realizar. Ella era una mujer muy sexual y se masturbaba con una cierta frecuencia pensando en esas fantasías, que ahora podría realizar. Esta vez no tardo nada, se sentó frente al ordenador y escribió lo siguiente. Querido Pablo, le contaré una de mis fantasías más recurrentes, en ella yo estoy en un pub y un hombre arrebatador, serio y duro, se me acerca, me invita a una copa y se convierte en mi amo, haciéndome su puta desde el primer momento. Eva se lo pensó dos veces antes de mandar el mensaje, todo lo que en él había era duro, muy duro, pero era su deseo más buscado, su fantasía más añorada y si era posible, le gustaría cumplirla. Pablo recibió el correo y al igual que Eva, esta vez no dudó y contestó de inmediato. - Querida Eva, la espero a la media noche del miércoles en el pub El Botillas. Eva, se movía nerviosa por el salón. Hacía poco había conocido a ese hombre que la había subyugado. Ese hombre serio y formal, extremadamente educado, había roto todas sus defensas. Aún recordaba aquel día en el PUB, pasada ya la media noche, cuando le vio entrar con ese porte seguro y ese paso lento y firme. Se acercó a la barra y tras dar las buenas noches al camarero, pidió un whisky con agua. Esa seguridad y ese poderío, la tenían con la mirada fija en él. El la miró y amablemente le preguntó- ¿Perdón señorita, nos conocemos? Eh... no, no, perdóneme, estaba pensando. Si me dice lo que pensaba, le invito a una copa. Eva totalmente desubicada, no supo qué responder, pero el hombre, le preguntó qué, qué deseaba tomar. Eva contestó que una tónica con ginebra. Ella se sentía profundamente dominada por ese hombre. La verdad que no era un tío espectacular. Si parecía un hombre fuerte y muy bien vestido, cercano a los sesenta o ya en ellos. Un porte amable y serio, una sonrisa canalla y una voz fuerte y segura. Eva no sabía ¿porque estaba mojada?, ¿porque su cuerpo había reaccionado de aquella manera?, pero el hombre había conseguido excitarla, simplemente con su presencia. Pablo había entrado a tomar una copa, sabiendo que ella estaría ahí, camino a casa ese pub le pillaba de paso y por eso había quedado ahí. Además, ese día también le apetecía un whisky. Entró en el PUB y nada más cruzar la puerta, la vio. Una muchacha tímida sentada junto a la barra. Morena, con el pelo rizado y unos pechos menudos que se veían redondos bajo la blusa. Parecía estar sola, por lo que se acercó a la barra, situándose junto a ella. La muchacha lo miraba absorta y él sabía que la tenía en sus manos, pero debía dejar que madurase aun un poco más. Le invitó a una copa, para poder entablar conversación con ella. La veía sumisa, sus actos se basaban en buscar su agrado, en que el, le otorgara su atención. Ella se movía sigilosa, sin separar la vista de la del hombre, estaba atrapada en sus ojos y su deseo de agradarle, le hacía moverse más grácilmente. Pablo sereno y cauto la observaba en su devenir, mientras le preguntaba por su vida, por su trabajo, por su situación sentimental. Ella contestaba totalmente subyugada ante la presencia de ese hombre, que, sin tocarla, le hacía temblar y la tenía excitada como una vulgar perra. Tras un par de horas de charla, llegó la pregunta, que el deseaba hacerle desde que entrara en el bar. ¿Tienes amo? Eh... ¿cómo dice? Ya me escuchaste, ¿que si tienes amo? Eva se sorprendió con esa pregunta, ella nunca había oído hablar de esas cosas, desconocía totalmente que era ser una sumisa. Perdón, no sé de qué me habla, desconozco esos términos, salvo para los esclavistas negreros del sur de los Estados Unidos. Veamos cómo te lo explico, esto no es fácil, pero creo que me entenderás. Estoy seguro de que estás mojada y no sabes por qué, estás excitada, aparentemente sin motivo alguno y mi voz y mi seguridad te tienen atrapada. Te sientes atraída, pero no ves razón alguna, para estarlo. Estoy seguro de que, si te doy una orden, la cumplirías con gusto y te excitarías aún más. Tiene usted razón, desde que le vi, estoy excitada, mis bragas están mojadas y no puedo separar mis ojos de los suyos. Me encantaría que bajaras tu mano a tu sexo, metieses uno de tus dedos dentro y después lo chuparas lujuriosamente. Eva lo miró con los ojos totalmente abiertos y como un autómata, bajó muy despacio la mano hasta su cintura, lo volvió a mirar, él asintió con la cabeza. Metió su mano bajo su falda, se acercó a su tanga, totalmente mojada, la separó a un lado y metió su dedo corazón muy lentamente en su empapado sexo. Gimió al traspasar su sexo, sacó su dedo, lo miró. Estaba totalmente brillante y un espeso líquido blanquecino lo recubría. Tras mirar su dedo, miró al hombre, mordió su labio inferior y muy despacio acercó su dedo a la boca sorbiéndolo muy lentamente. En ese momento apretó sus piernas, no sabía, ni cómo ni porqué, pero se estaba corriendo. Joder tío, que bueno, que rico, me tienes como una perra, vamos a algún sitio. No hoy no, ya llegará tu momento. Y ahí estaba Eva en el salón de su casa, frente a una caja que le había llegado por mensajero. Se acordaba del hombre que le había hecho correrse sin siquiera acercarse a ella. ¿Sería suya la caja? Aún no se atrevía a abrirla. Inquieta dio un par de vueltas al salón y por fin se decidió, ya estaba otra vez empapada. Fue directa a la caja y la abrió. Un vestido de seda negro apareció ante ella, bajo él había una nota. Este vestido es la prueba de tu entrega a mí, si te lo pruebas, has de hacerlo desnuda, pues así es como habrás de portarlo siempre. Si lo haces, probártelo, este es mi número, cuando estes decidida a ser mi obediente sumisa, llámame al número que figura al fondo de la nota. El vestido es tuyo, es un regalo por ser obediente el otro día. No me hagas perder el tiempo, si no estás dispuesta a ser mi sumisa, no me llames. Eva se había mojado de tal manera, que sus fluidos goteaban entre sus piernas. Jamás había estado tan excitada, tan perra, tan deseosa de ser... Con el vestido bajo su brazo, se acercó a su habitación, frente al espejo, se desnudó. Se gustaba desnuda, tenía un cuerpo bonito, con una piel brillante y sus pechos menudos miraban al cielo desafiantes. Sus piernas largas y tersas y su sexo, con su abultado clítoris sobresaliendo, le daba el aspecto de un pico de águila. Miró el vestido y lo dejó caer desde su cabeza a los pies. Unos finos tirantes lo sujetaban en sus hombros. El roce de la seda en la piel la excitó y el frescor del tejido, erizó sus pezones y su piel. En el espejo, sus pezones se marcaban desafiantes bajo la tela. Ese tacto de la seda en su piel, le producía mil escalofríos y una excitación superlativa. Decidida, encendió su teléfono móvil y marcó el número que había al final de la nota. Una voz fuerte y seca le contestó tras la línea telefónica. Buenas tardes, ¿dígame? Señor, soy yo, llevo su vestido puesto y estoy dispuesta a ser suya. En media hora estaré en tu casa, prepárate y ya sabes, solamente el vestido y unos zapatos. Cuando Eva iba a contestar, el teléfono dio la señal de fin de llamada. Eva tenía media hora, para ducharse y arreglarse. En veinticinco minutos estaba lista y esperaba de pie frente a la puerta. Su indumentaria escasa, le transmitía el frescor de la calle. Con una puntualidad extrema sonó el teléfono en su mano. Eva, estoy aparcado frente a tú portal. Eva abrió la puerta, salió a las escaleras y una corriente fría recorrió su cuerpo. Ya a mediados de septiembre empezaba a refrescar. Salió a la calle donde un impresionante descapotable, la esperaba frente al portal. El hombre le abrió la puerta del acompañante y le hizo subir al vehículo. Estás espectacular, ahora iremos a un lugar, donde espero demuestres tu sumisión. Eva no dijo nada, cubrió sus pechos con sus brazos y agachó su cabeza. Lentamente la noche se hacía dueña de la ciudad, hasta cubrirla por completo. Pablo circulaba sin exceder la velocidad permitida, adentrándose en un espeso bosque. En este bosque había un claro donde paró el vehículo. Pasa al asiento de atrás. Siéntate a lo largo del asiento. Pablo iba dando órdenes mientras Eva se iba posicionando en ese asiento. Se sentó con la falda del vestido cubriendo sus pies y observando cómo el hombre atento miraba sus piernas, aún cubiertas por la fina tela. Ve recogiendo muy lentamente el vestido. Eva obediente fue retirando hacia arriba la falda del vestido, dejando cada vez más porción de sus piernas al descubierto. Cuando casi la totalidad de sus nalgas estuvieron descubiertas, el hombre la mandó parar. Para, acaríciate, acaríciate para mí. Eva paró, y vuelta como estaba, acarició sus nalgas, tersas, brillantes, descaradamente suaves. Se acariciaba lentamente a la vez que el hombre observándola gemía. Tu sexo, muéstrame tu sexo. Eva se sentó frente al hombre, lentamente fue abriendo sus piernas hasta dejar su sexo totalmente depilado a la vista del hombre. Él gimió al verlo brillante, por los jugos que Sandra no paraba de expulsar. Acércate, acércate más al borde del asiento. Eva totalmente expuesta abrió sus piernas para él, colocándose en el borde del asiento. El hombre acercó su mano y acarició ese sexo, recogiendo los flujos que dé él se desprendían. Con los ojos fijos en Eva, lamió sus dedos, a la vez que su otra mano apretaba su polla. Volvió su mano al sexo de Eva, ahora ya con la polla fuera. Acariciaba lento el sexo de esta, mientras la miraba descaradamente a los pechos. Destapa tus pechos, ofrécemelos. Eva deslizó ambos tirantes dejando sus pechos descubiertos, con sus erectos pezones apuntando al cielo. Pablo acercó su mano a los pechos de Eva y gimiendo le apretó un pezón. Eva suspiró en un quedo gemido, mientras mordía su labio. Apretaba los pechos de Eva, a la vez que su otra mano acariciaba su polla, sintiéndola cada vez más dura. Subía y bajaba por el cuerpo de la chica, con el único impedimento de la enrollada tela del vestido. Desnúdate, quítatelo todo y vuelve a la postura. Mientras Eva sacaba el vestido por su cabeza, el hombre había sacado ya completamente su polla y la mecía de arriba hacia abajo. El la miró profundo mientras llevaba su mano al sexo de Eva, esta gimió al sentir el contacto de su mano y esos ojos que le penetraban la mente. Eva veía la gorda polla del hombre y se relamía, la quería para ella, la deseaba. Ponte en cuatro y sujétate al respaldo del asiento trasero. Eva se puso en cuatro dando la espalda al hombre. El hombre sin pensarlo dos veces introdujo dos de sus dedos en el coño de Eva, a la vez que mecía su polla, ahora con más entusiasmo. Mientras que los dos dedos de Pablo invadían su coño, su dedo gordo, entró en su culo. Eva gemía y se retorcía sobre el asiento, esa caricia desconocida para ella, le estaba proporcionando un gran placer. Así mi amo, así, no pare, gracias mi amo, muchas gracias. Pablo se acercó al respaldo de su asiento del conductor y pasó al asiento de atrás. Eva se retorcía sobre los dedos de Pablo, que ahora la penetraban más intensamente. La mano de él entraba lentamente, haciendo en Eva una doble penetración que la volvía loca. Fólleme, señor, fólleme por favor, por favor. Pablo se tumbó en el asiento colocando a Eva de espaldas y totalmente encima de él. Metió la polla entre las piernas de Eva, frotándose con la humedad de su sexo. Eva gemía y se agarraba con fuerza a los brazos de Pablo. Por favor señor, por favor, por favor, ya no aguanto mas La excitación crecía en Eva que necesitaba ser penetrada. Pablo continuó unos minutos rozando su polla contra los labios vaginales de Eva, llenándose de su humedad. Eva gemía, suplicaba, quería, deseaba, anhelaba ser penetrada. Finalmente, Pablo la sentó y le besó la boca muy lascivamente, mientras apretaba sus durísimos pezones. Tras recorrer su cuerpo sin descanso y apretar con fuerza sus pezones, le besaba `profundo con toda su lengua. Pablo colocó a Eva con una pierna en el asiento del copiloto y otra en el asiento de atrás. Se sujetó a sus caderas, muy lentamente la dejó caer, entrando en ella de un solo envite. Eva gimió y rebotó sobre esa gruesa polla que llenaba totalmente su sexo. Apoyada con sus manos en la ventanilla del automóvil, dejaba que fuera Pablo quien taladrara su sexo. Tras unos minutos en esta difícil postura, donde, Eva recibía los envites temblando, Pablo se acercó a su oído. Te voy a reventar el culo, prepárate. La tumbó sobre el asiento, levantó su pierna derecha, acercó su polla al pequeño agujerito trasero, untó con gran cantidad de saliva este agujerito y muy lentamente atravesó con la punta de la polla el esfínter de Eva. Esta gritó, pero no de dolor, si no de una mezcla entre dolor y placer, que le hizo empujar su culo contra la polla y clavársela entera. Tras este movimiento donde los huevos de Pablo tocaron su culo, Sandra paró un momento, respiró hondo y se volvió a buscar la boca de su amo. Ahora sí, ahora era su perra y podría hacer con ella lo que gustase. Deme fuerte señor, deme fuerte. Pablo siguió lento, sabía que tenía que conquistar con tranquilidad ese agujerito que se acababa de abrir. Dado que la postura era algo incomoda, Pablo, optó por poner a Eva en cuatro apoyando las manos de esta en la ventanilla. Ahora sus movimientos eran más libres y podía empujar con todas sus fuerzas. Pablo azotó con fuerza el culo de Sandra y está gritó y gimió. Más señor, deme más, deme fuerte, muy fuerte. Pablo a la vez que intensificaba sus azotes, también intensificaba sus acometidas. Sujeto a las caderas de Eva le daba fuerte, muy fuerte. Sandra abrió sus piernas y se dejó caer sobre el asiento, la estaba destrozando, pero sus orgasmos la tenían en el mismo cielo. La intensidad que puso Pablo en sus acometidas, le llevaron a clavar su polla en lo más hondo del culo de Sandra, que gritó, a la vez que se corría perdiendo el sentido. Joder putita, joder, que rico. Eva despertó llena de semen y con el culo dolorido de la tremenda follada. Chúpame la polla, déjala bien limpia. Eva recogió en su mano esa polla ahora morcillona y clavó sus labios en ella. La chupó con adoración, dándole las gracias por los orgasmos, por el placer que le había dado. Recorría el glande con su lengua, bajaba por el tallo, lamía los huevos y volvía a subir hasta introducir su totalidad en la boca. Con estas caricias bucales, la polla de Pablo volvió a resurgir y ya dura otra vez, fue engullida con más ganas por Eva, que ahora se follaba la boca con esa gruesa polla. ¿Quieres mi leche putita, la quieres? Sí señor, si, démela, démela. Y sujetando la cabeza de Eva con sus dos manos, Pablo se dejó ir dentro de esa caliente boca que se tragó todo, mientras Eva no apartaba los ojos de él.

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